junio 24, 2020

Invocando el espíritu republicano

A raíz de la difícil situación actual se ha estado invocando la necesidad de que impere un espíritu republicano en el quehacer nacional, particularmente en las altas instancias políticas. Esta invocación tiende a estar asociada a coyunturas complejas que demandan solidaridad y unidad para enfrentarlas como es el caso de cataclismos naturales –terremotos, inundaciones, aluviones- y guerras militares o sanitarias, como es en la que nos encontramos actualmente, contra covid19, que afecta no solo a nuestro país, sino que a todo el mundo.

Mi sentido común me dice que república es la antítesis de lo que se comprende por monarquía o dictadura, donde el poder no está concentrado en una persona, ni siquiera en una élite, y donde las controversias son resueltas civilizadamente, sin imposiciones ni menoscabos a terceros.

Cuando se incorpora el vocablo espíritu el tema adquiere otra dimensión vinculada a un entorno, a una manera de ser, donde un espíritu republicano implica un ambiente de escucha, de atención, de trato, de respeto al otro, de reconocimiento a los demás. No implica ausencia de conflictos, sino que muy por el contrario, implica reconocerlos y un espíritu capaz de procesar pacíficamente los conflictos, voluntad para buscar y concretar acuerdos sin menoscabo para nadie.

El espíritu republicano no se limita al momento en que se elige a un parlamento, o cuando hay un cambio de gobierno, o cuando se rinde tributo a los héroes de la patria. Supone mucho más que eso: una conducta, una forma de vida, de vivir y tratar a los demás, particularmente de parte de quienes ostentan posiciones de poder.

Las invocaciones a la unidad y solidaridad para abordar la crisis sanitaria, económica y social  caen a saco roto, y minan la credibilidad de quienes las emiten, cuando en medio de la pandemia y confinamientos, desde la casa de gobierno se cotizan productos gourmet –caviar, mousse de pato, paté de jabalí y mozzarella de búfala- para los menús de La Moneda. Da lo mismo si finalmente se concretó, o no, la compra. Lo concreto es que el solo hecho que se haya cotizado, revela una ausencia total de espíritu republicano.

Asocio a espíritu republicano el concepto de que las autoridades deben ser las primeras en respetar las obligaciones que se nos imponen a los mortales de a pie. Si por estrictas disposiciones sanitarias miles de familiares no han podido despedir como hubiesen deseado a quienes en estos días han fallecido, con mayor razón deben cumplir tales disposiciones quienes son nuestras máximas autoridades. Su incumplimiento por parte de la máxima autoridad del país atenta contra el espíritu republicano al que tanto gusta aludir: la real igualdad ante la ley.

La modestia y la austeridad también son expresiones muy estrechamente vinculadas a lo que entiendo por espíritu republicano. En este plano la derecha tiene un modelo en el olvido: Jorge Alessandri Rodríguez, quien viviendo con sencillez, en su calidad de presidente del país, se iba caminando desde su departamento a la casa de gobierno, sin escoltas ni choferes. Esa es la esencia del espíritu republicano que le permitió levantar al país luego del destructor terremoto de 1960, hace ya 60 años atrás. Bien haría la derecha en recordarlo y emularlo en estos tiempos de coronavirus.

(*) Photo by Tim Marshall on Unsplash

junio 19, 2020

La joya de la corona: Uruguay

En América Latina hay un paisito que se está distinguiendo por su capacidad para enfrentar el covid19: Uruguay. A la fecha solo ha registrado 24 víctimas fatales, menos de mil contagios, menos de 20 casos activos y con sobre un 90% de recuperados. Con 3 millones y medio de habitantes, Uruguay está dando que hablar en términos muy positivos. Si bien no se puede cantar victoria hasta que no termine el partido contra el coronavirus, vale la pena arriesgar algunas reflexiones que ayuden a explicar el hecho de que se esté manteniendo a raya la pandemia. 

 Algunos piensan que Uruguay tiene todo a su favor. No es así, tener a Brasil al lado, donde la pandemia está causando estragos no es para nada una ventaja, y menos cuando está gobernado por quienes conducen el país mirando por sobre el hombro al coronavirus. Brasil es vice campeón mundial en contagios y muertes. Entre Trump y Bolsonaro no hay diferencia alguna. Son lo mismo en distinto envase. Pero no nos vayamos por las ramas. Tampoco es una ventaja que el gobierno uruguayo esté recién asumido, mas encima de signo opuesto al anterior. Fue el primer y sorpresivo desafío que de un paraguazo tuvo que encarar el gobierno de Lacalle Pou, un hombre de derechas que encabeza una coalición multicolor como le llaman allá donde también está la ultraderecha militarista encabezada por quien fuera comandante en jefe del ejército uruguayo.

El modelo de abordaje de la pandemia por parte de Uruguay parece caracterizarse por los siguientes elementos. En primer lugar, desde el primer caso que se tuvo conocimiento el gobierno decretó emergencia sanitaria, cerrándose las fronteras, los aeropuertos y suspendiendo los servicios educacionales, religiosos y todos los eventos públicos. El gobierno no esperó a ver como evolucionaba lo que algunos llamaban despectivamente “la gripecita”. Se lo tomó en serio. 

En segundo lugar, el gobierno decretó una cuarentena voluntaria. No quiso coartar la libertad de sus ciudadanos y que a los uruguayos les es tan cara. Tanto la libertad como la justicia son dos conceptos que los uruguayos valoran muy fuertemente. Apeló y confió en la conciencia, el comportamiento y la responsabilidad del pueblo uruguayo. La respuesta, hasta ahora al menos, ha sido ejemplar. Se la tomaron muy a pecho, como una suerte de honor. 

En tercer lugar, tanto el gobierno como la oposición consensuaron tanto la emergencia sanitaria como la cuarentena voluntaria, así como la creación de un fondo coronavirus financiado con el 20% de los sueldos más altos de la administración pública –ministros, legisladores, funcionarios públicos-. 

En cuarto lugar, un sistema de salud, con un potente servicio público de atención primaria que está a la altura de las circunstancias, que no ha alcanzado a ser desmantelado y que en esta hora se valora en toda su magnitud. 

 A estos factores podemos agregar otros asociados a la baja densidad poblacional, la baja tasa de informalidad laboral en relación a otros países, así como al nivel educacional-cultural de sus habitantes que sin duda están ayudando a contener el coronavirus. Estos factores están incidiendo justamente porque el gobierno adoptó las medidas tomando en cuenta ese contexto.

(*) Photo by Amy Rollo on Unsplash

junio 13, 2020

¿Qué pasó? ¿Por qué renunció Mañalich?

Escribo estas líneas apenas me enteré del cambio del ministro de la cartera de salud chilena. Y me enteré a las 6 horas de producida la renuncia porque me encontraba podando ramas y chipeando las podas. Curiosamente, en el interregno me llegó un wsp desde Rapel, donde vive un familiar muy apreciado, que vive en la acera política contraria a la mía, y que me pedía que estuviese atento a algún llamado de Piñera para hacerme cargo del ministerio de salud. No le tomé el peso asumiendo que me estaba bromeando. Poco después me llega otro wsp de un amigo de muchos años, español, casado con chilena, jubilado y que vive en Luxemburgo con quien acabo de retomar una fluida comunicación. En este último wsp me informaba que lamentaba la renuncia del ministro de salud. Recién en ese minuto me cae la teja del significado del wsp.

La pregunta que surge es porqué renuncia cuando acaba de haber un cambio de gabinete donde uno de los cambios que muchos vislumbraban era en la cartera de salud. El cambio fue un mero juego de sillas ministeriales para recomponer el cuoteo político y prepararse para tiempos electorales. Muchos apostaban que el ministro Mañalich debía salir. Presumí que no caería en base a que no se cambia a un general que tiene la responsabilidad de enfrentar una guerra salvo que incurra en alguna locura o que se vislumbre una derrota de proporciones. En este minuto estamos enfrentando una guerra no convencional, porque el enemigo no es otro país ni otra persona o grupo de personas, es un virus, es covid19, de quien no existen mayores antecedentes. El general a cargo de esta guerra, en este caso es el ministro de salud.

Sin embargo, intempestivamente, ahora cayó. Desconozco si renunció, si le rechazaron la renuncia o si le pidieron la renuncia. Da lo mismo. Lo importante es que algo pasó en el interregno para que el presidente le quitara el piso a Mañalich, quien también fuera su ministro de salud durante los 4 años del anterior gobierno de Piñera. ¿Qué fue lo que pasó? No pueden haber sido los ataques de que ha sido objeto, las peticiones de la oposición, ni las políticas o las estrategias de comunicación implementadas. Todos estos elementos ya estaban antes del cambio de gabinete último y no fueron suficientes para derribarlo.

Desde el cambio de gabinete último hasta ahora visualizo dos grandes factores que deben haber incidido en la caída de Mañalich. Uno, que desde entonces los resultados indican que se está perdiendo la guerra en forma categórica, y dos, las contradicciones en los datos remitidos a la organización mundial de la salud (OMS) y a la opinión pública. Esta última razón, combinada con la primera, creo que fue la gota que rebalsó el vaso.

Todos sabemos que para ganar una guerra, convencional o no, es imprescindible tener a todo un país respaldando y acatando a sus autoridades, sus políticas, sus decisiones, sus acciones. Por los más diversos motivos, Mañalich no lo logró. El nuevo ministro tendrá la responsabilidad de lograrlo. De parte nuestra, los ciudadanos de a pie, tenemos la mejor voluntad para respaldarlo porque, mal que mal, en ello se nos va la vida.

junio 12, 2020

Un modelo con pies de barro

Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay
Desde hace ya varias décadas que al país (Chile) se le han venido atribuyendo cualidades que covid19 está poniendo en duda. Entre las cualidades más destacadas se encuentran el crecimiento económico en las últimas décadas que nos ha vuelto más ricos, que somos más eficientes, que estamos entre los países menos corruptos. En concreto que seríamos un país moderno, en paz, un país modelo. Para unos, gracias a la revolución silenciosa del innombrable, el país inició una senda de progreso y crecimiento como nunca en la historia; para otros, esta senda se habría iniciado con la transición, con la llegada de la democracia actual y su reducción de la pobreza desde un 40% a menos de la mitad.

Unos lo atribuyen a la constitución del 80 que sentó las bases económicas y cuyas innumerables reformas no han sido capaces de alterar mayormente, otros lo atribuyen a la disciplina fiscal en que se empeñaron los gobiernos a lo largo de la transición y que no tocaron el corazón del modelo ni las turbias privatizaciones emprendidas en la década de los 80.

No obstante que la desigualdad se ha mantenido incólume, si es que no se ha visto incrementada, nadie duda que la pobreza material ha sido reducida significativamente a lo largo de todo este tiempo. Lamentablemente, los problemas que estamos viviendo a raíz de covid19, están mostrando la cara fea del modelo que tenemos. Si bien se está ante un fenómeno inédito que afecta a todo el mundo, del que nadie se verá eximido de sus consecuencias, debe reconocerse que hay países que han enfrentado de mejor manera la pandemia. Sería el caso de países que han contado con modelos políticos y económicos más sustentables, con autoridades guiadas más por el sentido común que por intereses creados, y una ciudadanía con la educación y cultura a la altura de la contingencia.

El más potente signo de que estamos asentados sobre un modelo con pies de barro está dado por lo que estamos viviendo en estos días. Autoridades que recién se están percatando de una realidad nacional marcada a fuego por la desigualdad, donde más de la mitad del país vive al borde de la cornisa a punta de un endeudamiento que no se sostiene en el tiempo sin que explote en algún minuto. Todo esto frente a un Estado que nunca tiene los recursos suficientes para asumir un rol protector de los más débiles, pero que siempre los tiene para asumir un rol represivo con miras a mantener “el orden”.

Desafortunadamente la pobreza material volverá por sus fueros y se explica porque su reducción en todas estas décadas ha sido sobre la base de la precarización del empleo y el endeudamiento. Covid19 tan solo está poniendo a la vista, sobre la parrilla, lo que el estallido social había insinuado.

Si queremos amortiguar el impacto que covid19 tiene sobre nosotros y las nuevas generaciones, es imprescindible que seamos capaces de enfrentar la realidad sin esconder nada bajo la alfombra: de situarnos fuera de la caja. No solo en Chile, sino que en todo el mundo.

junio 06, 2020

¿La docencia presencial en jaque?

Photo by NeONBRAND on Unsplash

La semana pasada escribí sobre el salto a la virtualización de la docencia que ha afectado a todos los niveles educativos –primaria, secundaria y terciaria- a raíz de las restricciones impuestas por las cuarentenas, confinamientos, distanciamientos sociales por el covid19 que está impulsando el teletrabajo en quienes tienen el privilegio de conservar su empleo. Muchos creen que el cambio se limita al paso de lo presencial a lo virtual, en seguir haciendo virtualmente lo que se hacía presencialmente.
Al respecto es necesario puntualizar al menos tres cosas: una, que lo virtual no reemplaza el quehacer presencial, particularmente en lo que se refiere a la actividad educativa; dos, que no se trata de replicar virtualmente lo que se hace presencialmente; y tres, lo que está ocurriendo ahora, es para salir del paso, mientras dure el temporal llamado covid19, no es para quedarse como algunos quizás estén pensando o soñando.
La educación virtual carece de elementos que son consustanciales al proceso formativo: humanidad, sociabilidad, en una palabra: calidez. La calidez que da el cara a cara, la interacción físico-mental entre el profesor y sus alumnos, al igual que entre los alumnos. El mirarse a los ojos, la observación de los gestos, las posturas, las reacciones, las emociones, los sentimientos, que retroalimentan la interacción segundo a segundo para ir modificando el proceso de enseñanza-aprendizaje según las circunstancias que la mediación tecnológica es incapaz de proveer.
Se equivocan quienes creen que la educación virtual replica lo que se hacía presencialmente, esto es, conectarse profesores y alumnos para que los primeros expongan y/o hagan lo mismo que hacían presencialmente, ya sea vía pizarra, presentaciones en powerpoint, fotografías, videos, u otras vías. Los códigos en los mundos presencial y virtual son muy diferentes, ponen en acción con distintas intensidades y maneras los sentidos –oído, vista, olfato, tacto, habla- con que nos relacionamos y recibimos o enviamos información.
Lo que hace la virtualidad, es abrir espacio a la posibilidad de enriquecer la educación presencial, complementándola, al ofrecernos la posibilidad de enfrentar emergencias como la que estamos viviendo en este minuto; de poner a nuestra disposición conocimientos de terceros disponibles en “la nube”; de implementar nuevas metodologías de enseñanza-aprendizaje.
Desafortunadamente en estas semanas de educación virtual ha estado tendiendo a ser a imagen y semejanza de lo que se hacía presencialmente. Esto se puede explicar porque en muchas instituciones el cambio tuvo lugar abruptamente. En otros casos porque los profesores no tenían la preparación y/o las capacidades para su implementación. En cierta forma estamos pagando el costo de la improvisación propio de quienes suelen posponer lo importante por lo urgente. Tuvo que invadirnos un virus –covid19- para que nos cayera la teja.
Como todo en la vida, no hay que irse a los extremos, no todo es blanco ni negro, hay toda una gama de tonalidades. Yerran quienes creen que la educación virtual llegó para sustituir el quehacer educacional presencial, más bien deberíamos afirmar que llegó para complementarlo. En este plano, por más inteligencia artificial que pongamos sobre la mesa, por más que le metamos robots, automatismo al proceso educativo, nunca va a alcanzar la riqueza que provee la interacción humana. Tampoco tiene sentido una docencia presencial que prescinda de las oportunidades que proveen las tecnologías de información y comunicación actuales.
Por último, no debemos perder de vista que la calidad en la educación no viene dada por su infraestructura física, sus plataformas tecnológicas, sino por sus profesores, por su compromiso y la pasión con que desarrollan sus funciones, por la motivación, el interés, la curiosidad que son capaces de despertar en sus estudiantes. Al respecto invito a ver un video en el que se destaca este punto.

Por todo lo señalado, pasada la emergencia actual, deberemos ser capaces de encontrar la ecuación más apropiada para el aprovechamiento de las potencialidades de lo presencial y virtual en el proceso formativo.

junio 04, 2020

Una virtualización de la docencia sobre la marcha

Photo by Austin Distel on Unsplash
Con motivo de la pandemia que está afectando a millones de personas a lo largo del mundo, y que está causando muerte y desolación, al igual que toda actividad económica, cultural, social y deportiva, el sector educacional está siendo profundamente afectado. Los establecimientos básicos, medios y superiores se han visto imposibilitados de desarrollar las funciones que les son propias en forma presencial.

Las restricciones asociadas a las sugerencias, recomendaciones y/o medidas adoptadas –confinamientos, cuarentenas, toques de queda, entre otras-, han sacudido a un sector caracterizado porque en esencia ha desarrollado su quehacer educacional bajo un formato tradicional, sin mayores innovaciones durante todo el siglo pasado y comienzos del presente. Los cambios experimentados han estado asociados al equipamiento físico, a los laboratorios, a la disponibilidad de computadores, antes que a la infraestructura física y a las metodologías de enseñanza-aprendizaje.

Si bien han emergido nuevos métodos de enseñanza-aprendizaje, sigue primando, la clase magistral, frontal, donde el profesor expone contenidos y los alumnos toman nota, escuchan. Si bien se está batiendo en retirada, a los profesores les ha costado abandonar un formato al que están habituados, pero que en los tiempos actuales ya no corresponde, tanto porque los estudiantes exigen un rol más activo, como porque los profesores ya no tienen el monopolio del conocimiento de los contenidos a tratar, los cuales se pueden encontrar en la red de redes, internet. Hoy, el rol del profesor es más de acompañamiento, orientación, motivación.

Unos establecimientos más que otros, particularmente universidades, han realizado importantes esfuerzos orientados a poner bibliotecas digitales y poderosas plataformas tecnológicas de información y comunicación al servicio de sus alumnos, docentes e investigadores. La intensidad de uso de estos recursos para los distintos propósitos –docencia e investigación- da cuenta del grado de involucramiento de los destinatarios. En no pocos establecimientos, tales bibliotecas y plataformas no han sido ocupadas en los términos que se esperaban.

Con la llegada de covid19, las instituciones educacionales han debido abandonar la docencia presencial para subirse, de golpe y porrazo, a una docencia virtual para la cual pocas estaban adecuadamente preparadas. Las dificultades han sido de distinto orden: entre otras, no todos los docentes están siendo capaces de adaptarse a esta imprevista nueva realidad; no todos los alumnos tienen acceso a internet en los términos requeridos; no todos los docentes y alumnos tienen el espacio y la tranquilidad en sus viviendas para trabajar y estudiar; no todos los establecimientos educacionales poseen la plataforma tecnológica informática capaz de soportar la simultaneidad de acceso a ella. A estos factores se debe agregar la tensión, el miedo y la incertidumbre reinante que las circunstancias actuales están generando. Todos estos elementos estamos llamados a dominarlos y no dejarnos dominar por ellos.

Como puede observarse, el desafío para los distintos actores es mayúsculo. La capacidad para sortear los obstáculos nos pone a prueba para que salgamos fortalecidos de esta contingencia que nadie se esperaba.
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mayo 28, 2020

Razones en favor de las canastas


A raíz de mi última columna escrita sobre las famosas cajas o canastas familiares, a continuación se acompañan las razones dadas por el gobierno para distribuirlas a cerca de 500,000 familias que beneficiarían a 2 millones 500 mil de personas, con el propósito de efectuar un somero análisis de ellas. No obstante que conocía estas razones, de todos modos agradezco a quienes me las hicieron llegar.

1. Se afirma que asegura la provisión de alimentos ante las actuales necesidades, lo que no sucede al entregar plata que los necesitados podrían destinar a otros fines. Esto es ¿los destinatarios irán a comprar los productos de la canasta? O bien, ¿por qué cuando hay algún tipo de emergencia cualquier gobierno entrega, por ejemplo, frazadas? ¿por qué no le depositan en la cuenta rut para que compren frazadas, estufas, cocinas, etc.? ¿se ha pensado a qué público llega eso? ¿tienen EDUCACIÓN Y CULTURA para no comprar cualquier cosa menos lo más importante?

Respuesta: La lógica que inspira este argumento revela la desconfianza en la decisión de las familias al suponer que podría destinar los recursos a otros fines, razón por la cual sería necesario no otorgarle la libertad de definir qué comprar, sino que se le compra a su nombre. Sería interesante saber quiénes definieron el contenido de las cajas, con qué criterio lo hicieron y para qué tipo de familia. Es una lógica totalitaria, más propia de regímenes dictatoriales que de democracias, al adoptar decisiones entre bambalinas, las que afectan a terceros con recursos ajenos.

En relación a las preguntas ¿por qué cuando hay algún tipo de emergencia cualquier gobierno entrega, por ejemplo, frazadas? ¿por qué no le depositan en la cuenta rut para que compren frazadas, estufas, cocinas, etc.?

Afirmé en su momento que en caso de emergencias, como el de la pandemia actual, la provisión de canastas familiares tiene sentido si la cadena de abastecimiento está quebrada. Para el caso que se señala, frazadas, se trata de un bien único, no una canasta con muchos productos distintos, y no obstante ello, los distintos gobiernos han terminado optando por un bono invernal para atender las necesidades de abrigo, así como para el inicio de las actividades escolares se opta por el bono marzo para que la gente pueda comprar materiales escolares, en vez de proveerles de cajas con los materiales requeridos.

Respecto de las preguntas que ¿has pensado a qué público llega eso? ¿Tienen EDUCACIÓN Y CULTURA para no comprar cualquier cosa menos lo más importante? ¿quién te asegura que no vayan a comprar droga o vino?

Estas preguntas revelan una desconfianza, fundada o no, en la capacidad de las personas para decidir qué comprar. Bajo esta premisa debiéramos retroceder en el tiempo y volver al sistema donde los dueños de los fundos, de las salitreras, pagaban a sus peones u operarios con fichas que solo se podían ocupar para comprar en las pulperías que eran de los mismos dueños. Es como si el gobierno estuviese entregando canastas cuyos contenidos fueron comprados, con platas del Estado, a las empresas de los amigos de quienes conforman el gobierno.

Si desconfiamos en la capacidad de las personas para decidir qué comprar, me pregunto ¿por qué delegar en las personas la decisión de quienes han de gobernarnos o de legislar? Así era cuando el voto no era universal, cuando solo unos pocos podían votar, quienes tenían un patrimonio, la oligarquía, únicos iluminados de la época con derecho al voto.

2. Aunque la logística es más complicada, se asegura (por economías de escala) más por menos.

Respuesta: Las dificultades que se han puesto de manifiesto en el curso de los días dan cuenta que no se asignó el peso que correspondía al complejo abordaje logístico asociado a la cadena de abastecimiento. Afirmé en su momento que la cadena vinculado al aprovisionamiento de una canasta familiar, incluyen procesos que no son triviales: a) hay que definir e identificar el contenido de la canasta asociado al monto que se presupuestó; b) a quienes comprar; c) dónde almacenar la compra; d) cómo armar cada canasta; e) cómo distribuir las canastas y quiénes las distribuirán; y f) cómo entregar las canastas. Toda esta cadena tiene un costo que no es menor por más voluntarios que se tengan tanto para el armado de las canastas como para su distribución. Toda esta cadena tiene un costo, por más voluntariado que quieras ponerle, y que más probable que sea sustancialmente mayor que la economía de escala que eventualmente se haya podido obtener con la compra al por mayor. Me compro el argumento si la economía de escala es mayor que el costo logístico generado para proveer las canastas.

3. Se evita desplazamiento de gente a comprar alimentos y disminuir el contagio.

Respuesta: Este argumento se cae desde el momento que la llegada de las cajas no está impidiendo que las personas estén saliendo de sus casas, ya sea a trabajar o a efectuar las compras. De hecho, en el curso de los días en contagio ha ido in crescendo y nada indica que la llegada de las cajas esté aminorando este crecimiento. Me compraría el argumento si estuviésemos viendo una sustancial disminución de salidas a comprar por parte de la gente acompañada de una baja en los contagios. Creo que estamos viendo lo contrario,

Cabe agregar, algo vergonzoso y no por ello menos relevante: la manipulación política por parte de alcaldes, senadores, diputados, ministros, seremis y otros personeros políticos distribuyendo cajas, algunas de ellas con los nombres de los próceres, quienes simulan ser los benefactores.
Inevitables son también las suspicacias que despierta un gobierno con una impronta gerencial a toda prueba. Los recursos comprometidos son significativos, del orden de los 15 mil millones de pesos sin incluir los costos de la cadena de abastecimiento, más o menos la mitad del fraude que conocimos de los carabineros y que sería interesante cotejar con tantos otros fraudes. Ojalá algún día conozcamos la verdad en esta materia.

Por último se me señala que según la última encuesta CADEM, más del 80% de la población estaría aceptando la medida de proveer canastas familiares y estableciendo como corolario que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Al respecto quisiera aclarar que mi escrito no pretende ser la última palabra, tan solo pretende expresar lo que pienso. Si la mayoría está o no de acuerdo con lo que pienso, es otro cuento. No es mi intención congraciarme con la mayoría ni con la minoría, ni aferrarme a lo que pienso contra viento y marea. Por el contrario, sobre la base de buenas y poderosas razones estoy abierto a pensar de otra manera.

mayo 24, 2020

Las famosas canastas familiares

Photo by Kouji Tsuru on Unsplash
Cuando el presidente, por cadena nacional, anunció la provisión de dos millones y medio de canastas para las familias de menos recursos, para compensar en parte las dificultades asociadas a los menores ingresos que tienen por las medidas sanitarias aplicadas, me agarré la cabeza pensando en que si lo que quería era resolver un problema y anotarse un punto, al gobierno le saldría el tiro por la culata.

Lo que sobrevino después de la alocución presidencial parece haber sido una crónica de algo absolutamente previsible. Las críticas no tardaron en dejarse caer, porque el anuncio que generó amplia expectativa inmediata, fue acompañado de la más absoluta improvisación a la hora de la implementación. El anuncio presidencial implicaba un complejo abordaje logístico asociado a la cadena de abastecimiento al cual no se le asignó el peso que correspondía.

En efecto, cuando de una canasta familiar se trata, hay una serie de pasos a seguir que no son triviales: a) hay que definir e identificar el contenido de la canasta asociado al monto que se presupuestó; b) a quienes comprar; c) dónde almacenar la compra; d) cómo armar cada canasta; e) cómo distribuir las canastas y quiénes las distribuirán; y f) cómo entregar las canastas. Toda esta cadena tiene un costo que no es menor por más voluntarios que se tengan tanto para el armado de las canastas como para su distribución.

Uno se pregunta: ¿no era acaso más práctico agarrar el dinero asociado al costo del contenido de cada canasta, más el costo logístico más arriba mencionado, y depositarlo en la cuentarut de los destinatarios?

Las ventajas eran manifiestas para cualquiera con dos dedos de frente. Al azar mencionaré algunas de ellas. Uno, no nos complicamos la vida; dos, es de ejecución inmediata, no requiere tiempo de nada; tres, cada familia ocupa los recursos recibidos en lo que cree que más necesita sin recibir nada que no quiera; cuatro, se dinamizan las economías de barrio donde residen las familias receptoras, y por tanto con un importante efecto en cadena.

A estas ventajas agregaría otra no menos relevante: impide la vergonzosa manipulación política que hemos estado viendo estos días. Alcaldes, senadores, diputados y otros personeros políticos distribuyendo cajas, algunos de ellos con sus nombres. Politiquería barata. Y más encima algunos, haciendo gala de una inocencia a toda prueba, afirman que no lo hacen con intención política alguna, simplemente para asegurarse que lleguen a quienes deben llegar. Es uno de los problemas que tenemos: nos creen tontos, y a veces pareciera que lo somos, no solo hasta las 12, sino que las 24 horas del día.

A las ventajas ya mencionadas agregaría otra no menos importante: se evitan suspicacias respecto de eventuales negocios bajo cuerda. Mal que mal, el volumen de las compras a realizar es como para abrir el apetito de las más grandes empresas capaces de responder al desafío de la provisión. La magnitud de los recursos que involucra la operación cajas no es menor. Es importante asegurarse que todo el proceso haya sido transparente y que no haya nada bajo cuerda o fraguado en una cocina.

¿Cuáles son las desventajas? Me cuesta descubrirlas. Algunos quizás insinúen que debido a que la compra se hace al por mayor se consiguen mucho mejores precios y que con el valor del contenido de la canasta se obtiene mucho más que si con ese dinero uno va a comprar al negocio de la esquina. Dudo que así sea si al costo del contenido de la canasta se agrega el costo de toda la cadena de abastecimiento más arriba mencionada. Otra desventaja que se podría citar es que estamos en cuarentena y que por ello no podemos salir a comprar. Ojo, no todo el país está en cuarentena, y dentro de las comunas que están en cuarentena, no cuesta nada abrir una ventana de tiempo para realizar la compra con los recursos recibidos, tal como se está haciendo con los permisos que se conceden vía comisaría virtual.

Uno se podría preguntar ¿cuándo tiene sentido una decisión de esta naturaleza, distribuir canastas familiares a quienes las necesitan? La respuesta es clara: cuando la cadena de abastecimiento está rota, no funciona, y requiere una intervención. Es lo que puede ocurrir cuando estamos ante un terremoto. Claramente no estamos en esta coyuntura.

Por último ¿por qué no se incluyó el valor de la canasta en el ingreso familiar de emergencia que sí se ingresa a la cuentarut? Habría sido una inyección a la vena.

mayo 19, 2020

La lógica de Bolsonaro

Photo by James Jonathan on Unsplash
 El gobierno de Brasil, encabezado por Bolsonaro, no ha dejado de sorprendernos desde que ganó las elecciones presidenciales. Su populismo de derecha ejerce una atracción irresistible más allá de sus fronteras. En Chile, tanto Acción Republicana como la UDI siguen de cerca sus pasos y la lógica de sus actuaciones.

Partió su gobierno premiando a Moro, el impoluto juez del caso Lavajato, como ministro de justicia. La principal razón de Bolsonaro fue por haber sacado del camino a la presidencia a Lula como candidato, dejando el campo libre a Bolsonaro. Recientemente, se deshizo de Moro al tener la osadía de no detener las investigaciones que el poder judicial está realizando en torno a su familia, especialmente a sus hijos, y que Bolsonaro intentó interferir.

Ahora está enfrentado con los gobernadores regionales, recordemos que Brasil es un país federal, por discrepancias respecto de las acciones a tomar para enfrentar el covid19 que está causando estragos. Bolsonaro, desde el inicio, al igual que Trump, minimizó la pandemia, incluso burlándose de quienes advertían la gravedad del fenómeno en camino, los gobernadores regionales. Éstos se agarraban la cabeza a dos manos ante la indiferencia de un gobierno central que desoía las solicitudes de adopción de drásticas medidas –cuarentenas, cierre de escuelas, comercios y restricciones al transporte- para frenar los contagios y evitar que se llegara a la realidad que se está viviendo en la actualidad.

Incluso más, tilda de tiranos a quienes apoyan el distanciamiento social al afirmar que “el desempleo, el hambre y la miseria será el futuro de aquello que apoyen la tiranía del aislamiento social”. Para Bolsonaro la vida debe seguir, al igual que Trump, provocando la renuncia de su segundo ministro de Salud, quien alcanzó a durar menos de un mes en el cargo.

Ya el anterior había sido destituido por no compartir las decisiones de un presidente que frente al covid19 ha decidido mirar al techo y alentar a sus partidarios a oponerse a sus gobiernos locales. La política de Bolsonaro es ignorar la pandemia, continuar como si acá no pasara nada, y forzar el suministro de cloroquina a quienes se vean afectados por el covid19. Mientras tanto, la pandemia agarra vuelo en tierra brasileña a vista y paciencia de todos y arriesga extenderse más allá de sus fronteras.

La lógica de Bolsonaro es muy simple, la simpleza elevada a su máxima expresión: dejar que mueran quienes tienen que morir. Su política es, las cosas son como son, y por lo mismo, hay que dejar que ocurra lo que tenga que ocurrir. Fue taxativo al afirmar "¿más muertos? ¿y qué? yo no hago milagros". Lo que no puede ocurrir es que se detenga la actividad económica. Es la misma lógica de Trump y la que tenía Johnson en Inglaterra, hasta que se infectó y se vio comprometido. Ahí recién le cayó la teja.

No pocos adhieren a esta lógica, caracterizada por su inhumanidad, amparada en la amenaza del desempleo, el hambre y la miseria, como si ese fuese un destino inevitable, desechando abrirse a caminos humanitarios.

mayo 14, 2020

Cavilaciones en torno al covid-19

Photo by CDC on Unsplash
El covid19 nos tiene a todos perplejos, sin saber a qué atenernos. Ha generado un escenario nunca antes visto y no cuesta imaginar mucho lo que se vaticina. Si bien pandemias han habido muchas a lo largo de la historia, para las generaciones en vida, ninguna con este nivel de extensión y profundidad. Además, esta pandemia se da en un contexto de difusión, de información y desarrollo científico-tecnológico inexistente en el pasado. Se ha informado, comunicado y difundido a una velocidad sin precedentes.

Por lo mismo han saltado por los aires las elucubraciones, especulaciones y noticias falsas, las que se han vertido, particularmente por las redes sociales bajo el formato de videos postulando que el virus ha sido creado en algún laboratorio. Muchos de ellos hacen alusión a tenebrosos complots para obtener provechos políticos –aquellos que suponen la participación de China, USA o Rusia- o económicos-financieros –aquellos que creen en una industria farmacéutica coludida con investigadores-científicos vinculados a ella- o para sembrar el terror con propósitos inconfesables.

En estas líneas asumiré que el virus tuvo un origen accidental, y que tras él no hay intencionalidad malvada alguna, al menos hasta que alguien no me demuestre lo contrario. No soy proclive a sumarme a tesis sin mayor base.

Es importante resaltar que estamos ante un escenario inédito, y que por lo mismo, los gobiernos de distintos países han estado haciendo camino al andar, a tientas, a ciegas, a punta de prueba y error, a través de distintos mecanismos y estrategias. Unos más, otros menos, tomando decisiones centradas en la información provista por comisiones de expertos, apoyados por sistemas estadísticos más o menos sólidos, robustos, confiables, cotejando las consecuencias en términos sanitarios (salud), económicos (laborales) y/o políticos (elecciones), y las características de la población.

Las excepciones están constituidas por quienes se resisten a abordar el virus como un problema, los negacionistas. Trump y Bolsonaro están en esa línea, asumiendo que la vida debe continuar, que quienes tienen que morir, mueran. Así de simple. Y no les faltan adherentes. Total, de algo se tiene que morir uno. Pero en general, bajo gobiernos del más diverso signo, debe reconocerse que ha existido en los distintos países un esfuerzo por adoptar medidas que amortigüen el impacto sanitario-económico del virus.

Esfuerzo cuyos resultados están por verse, con mucho cuidado y con lupa. En base a qué indicadores mediremos estos resultados? Cuáles son los que dan cuenta de lo que queremos medir? La tasa de recuperados? La tasa de muertos por covid19? Qué mediremos? La resistencia de la población? La eficacia, o la eficiencia, del sistema de salud para enfrentar la pandemia? La eficacia, o la eficiencia, de las políticas gubernamentales? Cómo aseguramos que los resultados son confiables? Contra qué mediremos los resultados obtenidos? Contra los de otros países? De cuáles? Qué hacer si los resultados son los esperados? Bajamos la guardia? Levantamos las cuarentenas? de un viaje o gradualmente? dónde? Qué hacer para evitar rebrotes?

Para responder, estas y muchas otras interrogantes habrá que andar con pies de plomo. Ya habrá tiempo de analizar cuán exitosas han sido las medidas adoptadas por los distintos países. A vuelo de pájaro llama la atención el caso de Nueva Zelanda que ya ha reabierto su comercio, sus restaurantes y escuelas para niños. Dicho país, encabezado por una mujer, cortó por lo sano desde un comienzo: cerró sus fronteras. Pero ojo, recordemos que se trata de una isla, lo que facilitó el cierre.

Lo concreto es que mientras el virus esté entre nosotros y no se descubra la vacuna que lo neutralice, no nos queda más que adoptar los mayores recaudos posibles para evitar el colapso de los servicios de salud. No vaya a ser que terminemos muriendo en una cola de espera para ser atendidos. Y después, cuando los valores de los indicadores y el sistema de salud lo permitan, ingresar a una fase de normalización gradual, progresiva. No antes.

Referencia: http://victorramio.blogspot.com/

mayo 07, 2020

La nueva normalidad

Photo by Everton Vila on Unsplash
A raíz del virus que está infectando al país y al mundo, han surgido distintas expresiones, tales como “la nueva normalidad”, “retorno seguro”, entre otros, para dar cuenta de la necesidad de retomar cuanto antes el nivel de actividad precovid19.

Desde el lado sanitario se pone énfasis en la necesidad de desarrollar una serie de acciones orientadas al mantenimiento de una vigilancia epidemiológica y la aplicación masiva de tests diagnósticos, entre otras, con el propósito de controlar y/o suavizar las olas pandémicas que sigan a esta en la que nos encontramos. Al menos hasta que se encuentre la vacuna que la neutralice el covid19, que no pocos pronostican que se logrará de acá a fines del presente año.

Desde el lado económico la preocupación gira en torno a la recuperación de la actividad económica-productiva. Medio mundo está parado con consecuencias desastrosas. Ninguna de las generaciones vivas ha tenido un nivel de incertidumbre como la que hoy nos embarga y que nos atraviesa a todos. Unos más que otros, nadie está a salvo de sufrir lo que se nos viene.

En este contexto ¿qué se entiende por nueva normalidad? En general se asume que la nueva normalidad es la preexistente hasta la llegada del covid19 con un mayor nivel de preocupación sanitaria, con una revisión de los sistemas de salud imperantes, junto con una reanudación de la máquina económica-financiera-productiva.

Mi percepción es otra. La nueva normalidad no puede ser la que existió hasta antes del covid19, con algunos retoques o apretadas de tuercas. De ser así nos estaríamos farreando la oportunidad que nos brinda la pandemia de levantar la mirada, de abrir espacio a una verdadera una nueva normalidad.

En el ámbito económico los economistas tradicionales especulan en torno a los escenarios que se plantean en términos de letras (U, V, W y L). La primera (U) supone que solo después de un buen tiempo, se recuperará el nivel de actividad precovid19; la segunda (V) asume que una vez superada la emergencia, la recuperación será rápida; la tercera (W) postula que si bien vendrá pronto una recuperación, ella sería seguida por una nueva caída del quehacer productivo, para luego recuperarse hasta alcanzar los niveles esperados. La última alternativa (L) es sostenida por quienes estiman que el estancamiento llegó para quedarse, que no habrá recuperación alguna, o bien, que la recuperación será extremadamente lenta. Por ello, esta opción está asociada a la depresión, en tanto que todas las otras se relacionan con la recesión.

La mayoría de los economistas, que podríamos motejar como “realistas” en la materia, parece estimar que lo que ocurrirá tendrá forma de U, V o W, y una minoría, que el país y/o el mundo, se comportará como una L. Los optimistas son quienes postulan la V: que tendremos una pronta recuperación, como que acá no ha pasado nada. Y los pesimistas serían quienes creen en la L, que no habrá recuperación ni en el corto ni mediano plazo.

Lo interesante es que en todos los casos se piensa “dentro de la caja”, esto es, si volvemos al mundo en que vivíamos con todas sus características positivas y negativas. Se asume que el mundo es como es, que nuestros comportamientos son como son, que no tenemos vuelta. Estimo imprescindible, y la oportunidad está para “salir de la caja”. Es preciso pensar de otro modo, en una nueva economía que se aleje de la tesis del crecimiento permanente basado en la ocupación de recursos no renovables.

Estamos actuando como aquella familia que se está comiendo su capital. ¿Qué hará cuando se le acabe? La nueva normalidad está “fuera de la caja”. Algunas pistas están dadas en mis últimas columnas y muy probablemente también en las próximas.

abril 30, 2020

Repensando lo que viene: el ingreso mínimo garantizado

Photo by Travis Essinger on Unsplash

En mis últimas columnas he estado escribiendo acerca de las reflexiones a las que nos está invitando la pandemia. En esta ocasión haré mención a la relevancia de contar con un ingreso mínimo garantizado.

No pocos lo descartan de plano, centrándose esencialmente en que el país no está en condiciones de financiarlo, al menos en su actual estado de desarrollo. Al respecto quisiera enfatizar que el tema de la viabilidad depende de las alternativas que estén sobre la mesa y de la valoración –económica, política, social, cultural- de cada una de ellas. Esto es, las platas las podemos poner en distintas canastas y en distintas cantidades en cada una de ellas. Las podemos poner en educación, en salud, en defensa, etc. Por tanto, si es viable o no, depende de nosotros mismos, de nuestra propia voluntad.

Dicho esto, me abocaré a las razones que me inducen a la convicción de que, querámoslo o no, más temprano o más tarde, vamos hacia un ingreso mínimo garantizado, cuyo monto vendrá dado por el nivel de desarrollo que nos vayamos dando.

El desarrollo científico-tecnológico alcanzado está posibilitando avances portentosos en la productividad con aumentos significativos en nuestros ingresos, y por tanto, una mejor calidad de vida, una mayor satisfacción de nuestras necesidades básicas, y más tiempo libre. Pero ojo, esto no se está dando a todos por igual, sino que muy por el contrario, en forma fuertemente desigual. No nos creamos el cuento de que esta desigualdad se explica porque unos se esfuercen y otros no. Es posible que sea cierto en algunos casos, pero si nos ponemos una mano en el corazón, sabemos que no lo es en muchos casos.

Más que el esfuerzo, el trabajo desplegado, son las redes de contacto –léase pitutos-, las herencias, la educación recibida, la posesión de información privilegiada, la ausencia de ética, la cooptación y la corrupción, tienden a explicar muchas de las diferencias existentes entre aquellos a quienes las va “bien” y a quienes les va “mal”. El modelo de sociedad que hemos estado construyendo, si bien publicita y aparenta valorar la meritocracia y la igualdad de oportunidades, no la hace carne de igual manera. Unos corren con muchas ventajas, demasiadas. No es creíble que el 1% de la población se apropie de más del 30% del producto nacional bruto sea fruto de un mayor trabajo efectuado por quienes conforman ese porcentaje.

Los avances tecnológicos alcanzados han posibilitado un nivel de automatización y robotización que impactan fuertemente el mercado laboral, en términos cuantitativos y cualitativos. No se puede ignorar que la cantidad de empleo que genera, es significativamente menor que la que destruye, y que el empleo generado tiende a demandar personal de mayor especialización, calificación profesional o formación educacional.

En los últimos 40 años, este impacto no se ha expresado con la fuerza debida gracias al aumento de la velocidad de circulación del dinero motivado por la aparición, o popularización, de las tarjetas de crédito, que acompañados de una publicidad a la vena, abrieron cancha a la posibilidad de vivir con más de lo que se gana. El incremento de la actividad económica producido a partir del endeudamiento que trajo consigo la multiplicación de las tarjetas de crédito, mitigó, ocultó el desempleo que traía consigo el progreso científico-tecnológico. A ello se agrega la persistente publicidad que invita a consumir, y que apela a factores emocionales-psicológicos para generar nuevas necesidades de carácter adictivo, cuya privación es fuente de múltiples males. El crimen, la violencia, las drogas, la rebeldía, la depresión, el desequilibrio mental, la obesidad, la diabetes, el quiebre familiar son algunas de sus consecuencias.

Pero hoy, como consecuencia de la pandemia, la paralización de actividades está desnudándolo todo, tanto a nivel de salud como a nivel de la economía de las personas y las empresas.

Para superar el colapso económico que trae consigo el desempleo, en base a los antecedentes expuestos, como paso necesario, aunque no suficiente, estimo imprescindible romper el cordón umbilical que ha existido históricamente entre el trabajo y el ingreso de las personas. Esto es, que debemos tener un ingreso básico garantizado, independientemente que trabajemos o no. Los gringos lo llaman “basic income”, los franceses “revenue de citoyenneté”, los españoles “renta básica”.

De alguna manera, este ingreso básico garantizado se está procurando aplicar como consecuencia de la pandemia por parte de los gobiernos de los distintos países como una forma de amortiguar su impacto en el ámbito productivo, para salvar la emergencia. En Chile se está llamando ingreso familiar de emergencia.

Me asiste la convicción de que este concepto ha llegado para quedarse, si bien su instalación tomará más o menos tiempo. Ello dependerá de nuestra capacidad para adaptarnos a una nueva realidad basada en una mejor relación con la naturaleza y con nosotros mismos.

El día que tengamos este ingreso básico garantizado a un nivel razonable, que hoy podríamos situar dentro de los US$ 10,000 y US$ 15,000 anuales, ese día cantará Gardel, y será el día del mayor logro del capitalismo. O del comunismo por la vía del capitalismo.

Quienes estén interesados en el tema les invito a ver este microfilm en el que se aborda el tema (pinche acá),

abril 22, 2020

Repensando lo que viene: el valor de lo público

Photo by Olga Guryanova on Unsplash
La semana pasada, con motivo de la pandemia, hice mención a la importancia de no andar a las carreras dejándonos llevar por las ambiciones y la tentación del consumismo, así como la de vivir más en armonía con la naturaleza, sin buscar su sobreexplotación. Terminaba haciendo alusión a la necesidad de repensar nuestra forma de vida, nuestros modelos productivos, nuestra mirada respecto de la propiedad y la gestión de los medios de producción. Ahora abordaré el tema del valor de lo público y la próxima semana la relevancia de asegurar una renta o ingreso mínimo garantizado.

Una vez más, cada vez que ocurre un desastre -terremotos, aluviones, guerras, en este caso una pandemia- unos y otros, trabajadores y empresarios, quienes sufren las consecuencias, buscan refugio, apoyo en el estado. En tiempos “normales” sumidos en el exitismo, en la lógica neoliberal dominante denostamos a ese mismo estado buscando reducirlo a una mínima expresión, a un rol meramente subsidiario, de privilegiar los derechos de propiedad y de monopolizar la posesión de la fuerza para resguardar la seguridad nacional interna y externa.

Lo que estamos viviendo ilustra el valor de lo público, lo que debiera expresarse en disponer de un estado en forma para enfrentar una emergencia como la actual. Las emergencias han llegado para quedarse, hoy es una pandemia, así como en el pasado han sido terremotos, aluviones, contaminaciones u otros. No obstante los progresos registrados en todos los campos, persisten serios problemas cada vez más complejos en la sociedad contemporánea: creciente contaminación, crisis hídrica, desigualdad. Su envergadura no es para que sean abordados en base a gestos y actuaciones de buena voluntad por parte del sector privado. En vez de menor y peor estado, necesitamos, con urgencia, como lo prueba la realidad actual, más y mejor estado.

Yo mismo arisco la nariz al afirmar esto, dudando de la posibilidad de ello. Sin embargo, no tenemos alternativa, y para ello nosotros mismos tenemos una gran responsabilidad: ser exigentes en nuestra condición de ciudadanos para que se nos provea un servicio público de calidad, en el campo de la salud, la educación o cualquier otro. A la hora de la verdad, las dificultades se multiplican cuando estamos ante un estado incapaz de responder con eficacia y eficiencia, así como de coordinarse apropiadamente con el sector privado, ante una contingencia como la que vivimos.

No obstante los heroicos esfuerzos en que está empeñado el personal médico y paramédico para encarar el covid19, las tribulaciones que está viviendo el área de salud pública no son menores. Gran parte de ellas se explica por la postergación experimentada desde hace décadas, la que debiera ser revisada bajo el prisma del valor de la salud pública, del valor de contar con una población sana, lo que trasciende en mucho el ámbito privado.

abril 15, 2020

Repensando lo que viene: la necesidad de parar

Photo by Santiago Lacarta on Unsplash
La semana pasada sostuve que la pandemia en la que estamos sumergidos nos está forzando a repensarlo todo, partiendo por una suerte de análisis introspectivo, una reflexión sobre el sentido de nuestras vidas y el modelo de sociedad en que queremos vivir.

El análisis introspectivo y el sentido de nuestras vidas entran en el ámbito psicológico y filosófico, en tanto que el modelo de sociedad cae en el campo sociológico y político. No obstante ello, en vez de abordar aisladamente cada uno de ellos, procuraré hacerlo en forma sistémica dado que están fuertemente relacionados. La pandemia nos está invitando a repensar varios temas, en particular cuatro, de los cuales ahora abordaré dos de ellos.

Uno, la importancia de parar, de asumir una vida más pausada, de no tener que andar corriendo por parte de quienes tienen más recursos, esto implica que no es necesario andar a las carreras, que la codicia, las ambiciones desmedidas, son inconducentes. La misma pandemia nos está mostrando como mueren personajes por falta de aire a pesar de disponer de todos los recursos que han querido. Recursos que los de abajo no alcanzan a tener por más que traspiren la gota gorda trabajando toda su vida. Esta realidad nos hace dudar de aquella expresión bíblica donde se afirma que “te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. No pocos lo hacen y no se ganan el pan de cada día, y por lo mismo, no pueden disminuir su ritmo de trabajo. Bajo el actual nivel de desarrollo científico-tecnológico esta realidad es inconsistente.

Dos, la relevancia de asociarnos con los demás y con la naturaleza de otra manera, de llevar adelante una vida con menos guerras y más ecológica. Una vida que no vea a quienes nos rodean como potenciales enemigos y no mire la naturaleza como un recurso a conquistar y explotar. Es insostenible una sociedad que para satisfacer sus necesidades deba estar en permanente crecimiento en un contexto de recursos naturales finitos. Bajo este esquema estamos hipotecando el futuro de las generaciones que vienen, nuestros hijos y nietos. La misma pandemia está delatando, a nivel mundial, la precariedad bajo la cual opera el sector salud dada la falta de recursos disponibles para enfrentarla. Ello no obstante que sobran recursos cuando se trata de desatar una guerra armamentista. Esto es válido no solo en los países subdesarrollados, sino que también en los países desarrollados.

Estos dos temas nos invitan a reflexionar sobre nosotros mismos y sobre la forma como nos relacionamos con la naturaleza. Debemos ser capaces de pensar en nuevos estilos de vida, nuevas pautas de consumo, nuevos métodos de producción biológicamente sanos, en armonía con la naturaleza, en nuevas formas de propiedad y de asociación entre propietarios, administradores y trabajadores.

En la próxima columna abordaré los otros dos temas, los que se vinculan con la necesidad de una revalorización de lo público, porque a la hora de la verdad, moros y cristianos todos terminan apelando al Estado; y con la relevancia de disponer de un piso de seguridad que permita superar colectiva y colaborativamente, sin traumas ni depresiones, contingencias como la que vivimos.

abril 08, 2020

A repensarlo todo

Imagen de Miroslava Chrienova en Pixabay 

La tarea del momento es salir airosos, zafar de la pandemia que nos aflige confiando que las autoridades hagan lo suyo y que sus decisiones obedezcan a cánones morales antes que económicos. Decisiones adoptadas por autoridades políticas basadas en las recomendaciones de los especialistas en la temática en torno a la aplicación de cuarentenas, obligación de usar mascarillas, implementación de cordones sanitarios, protocolos y otras, las que deben ser tomadas privilegiando criterios sanitarios antes que económicos.

Esto en ningún caso sustituye lo que son nuestras obligaciones, nuestras tareas. No podemos esperar que los desvelos de las autoridades sustituyan los nuestros. Eso de mirar por sobre el hombro el autocuidado que nos debemos, nos está costando caro. En no pocos, sus propias vidas, así como la de terceros.

En este minuto, nada sacamos con desesperar, atacar, buscar las cuatro patas del gato. Es la hora de la colaboración, de respaldar anímica, física y financieramente a quienes la contingencia ha puesto en la primera línea de fuego, muy especialmente, el personal de salud -médicos, paramédicos y colaboradores-. No es el minuto de sacar cuentas alegres ni tristes.

Esto nos pilla en circunstancias sobre las cuales habrá que reflexionar profundamente una vez que hayamos sorteado una contingencia que nuestra generación no había vivido. Reflexiones que debieran invitarnos a recorrer senderos distintos a los pasados, a dejar de lado los sesgos que obstruyen nuestras capacidades, a percatarnos de nuestra vulnerabilidad, de que no somos dioses.

No faltarán quienes buscan sortear tales reflexiones aludiendo a que no es primera pandemia, que catástrofes han existido siempre, que se trata de ciclos que sobrevienen periódicamente con independencia de nuestras acciones. Tienden a ser los mismos que sostienen que el cambio climático obedecería a ciclos naturales que nada tienen que ver con la acción del ser humano. Es la clásica reacción escapista, negacionista, que busca eludir nuestras propias responsabilidades de lo que está ocurriendo.

Pasada la urgencia haríamos bien en revisarnos nosotros mismos, en auscultarnos, en evaluar nuestra relación con la naturaleza. No deja de ser una ironía vernos encerrados en los tiempos actuales para no vernos enterrados, mientras no pocos animales aprovechan de pasear por las calles.

Estamos ante una pandemia que en términos de a quienes afecta, pareciera ser muy democrática. Esto, en el sentido que si bien tiende a afectar a quienes tienen más edad, no parece discriminar desde un punto de vista socioeconómico. De hecho, a nivel mundial se ha visto caer a no pocos conspicuos personajes. Desde el punto de vista del tratamiento, la pandemia estaría tendiendo a ser bien poco democrática. A los de arriba les ponen aviones especiales, a los de abajo los hacen esperar, en tanto que otros deben seguir trabajando para poder comer.

Una vez que se logre sortear la emergencia, lo que viene será durísimo, forzándonos a repensarlo todo, partiendo por un análisis introspectivo, el sentido de nuestras vidas y el modelo de sociedad en que queremos vivir. Tema para otra ocasión.

abril 02, 2020

La pandemia nos delata: ¿qué hacer?

Photo by engin akyurt on Unsplash
Escribo esta columna en medio de una inédita pandemia que no nos había tocado vivir y que nos ha pillado de sorpresa. En un mundo globalizado en que estamos, es difícil encontrar a alguien que no esté afectado. Con los amigos y familiares  distribuidos a lo largo del mundo, estamos todos implicados. Unos en Barcelona, otros en Sao Paulo, otros en la quebrada del ají, y nosotros en Chile, donde se cuecen las habas, y donde el corona virus está en sus inicios, en plena fase de despegue.

No faltan quienes afirman que todo esto es parte de una conspiración china o que se trata de una magnificación de algo sin mayor relevancia para distraer a incautos, así como quienes desparraman a diestra y siniestra responsabilidades y culpabilidades, las que se ven reforzadas vía redes sociales, procurando multiplicar exponencialmente su impacto.

A lo señalado habría que agregar la existencia en el aire de un alto nivel de chimuchina. A modo de ejemplo, el arriendo de un local en una de las comunas más ricas de Santiago de Chile por más de 30 mil dólares al mes, para habilitarlo como centro hospitalario. Mientras tanto, en Nueva York, para los mismos efectos, se está  habilitando el Central Park, en pleno corazón de La Manzana, a precio cero por tratarse de un espacio público. Frente a las críticas, unos objetan el pago del arriendo con dineros públicos a familias de lustrosos apellidos; del otro lado contraatacan que a dichas familias pertenece un conspicuo comunista; y el presidente de la república desciende al barro para afirmar que el valor del arriendo es menor que el de un parlamentario.

Sin descartar nada, me resisto a concentrar mis energías y capacidades en desentrañar tales elucubraciones que no hacen sino perder el horizonte. Lo primero, salvar nuestra salud física, mental, financiera, familiar y social. Por ello prefiero concentrarme en el necesario cuidado que debemos adoptar, y centrarme en la falsa disyuntiva que se está dando en relación con el cuidado de la vida y de la economía, así como asomarme a los escenarios que se abren pospandemia. Las distintas reacciones de los distintos países dan cuenta de que nadie tiene la última palabra ni piuede cantar victoria. Reacciones que más que depender de colores políticos, parecieran responder a visiones más o menos precavidas, de visiones más o menos cortoplacistas. En México y Brasil, cuyos gobernantes están en posiciones políticas antípodas,  inicialmente adoptaron similares posiciones, asumiendo con mucha liviandad la pandemia. Para qué hablar de Estados Unidos, donde Trump ha tenido que tragarse sus propias palabras. Otros países, en cambio, desde el minuto uno, han adoptado las máximas precauciones, así como otros han optado por reaccionar sobre la marcha, gradualmente. Cuál es la más correcta? Difícil saberlo por tratarse de una instancia inédita y que muy probablemente solo se sabrá cuando todo haya pasado y se tenga tiempo para analizar quienes actuaron mejor que otros dentro de los contextos en que se situaban.

En este análisis a posteriori se deberán considerar aspectos históricos, educacionales, culturales que explican las disímiles reacciones de las personas en los distintos países, así como en los diversos sectores sociales. Hay países donde desde el inicio los ciudadanos soslayaron lo que se venía encima, y siguieron mirándolo en menos aun cuando las autoridades advertían la necesidad de tomar todas las precauciones. Otros, en que los ciudadanos acataron desde el primer minuto las instrucciones o sugerencias emanadas desde las autoridades correspondientes.

Para sortear el temporal pandémico en que estamos inmersos es vital no desesperar, confiar en nuestras capacidades, en nuestras fortalezas, en que saldremos adelante. Hay una frase dentro del himno de Uruguay que simboliza lo expuesto: sabremos cumplir! De eso se trata, de saber cumplir, de hacer lo que debemos. En tiempos pesimistas, por mas que nos cueste, ser optimistas.

Ya habrá tiempo para la invitación que la madre naturaleza nos está formulando, particularmente con miras a vivir de otra manera, sin entrar en colisión con ella.