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julio 30, 2023

En estado de ebullición climática

Foto de Kelly Sikkema en Unsplash

Según las Naciones Unidas, a nivel mundial, estaríamos pasando de un estado que llamábamos de cambio climático, a uno de ebullición climática. A pesar de las múltiples pruebas de que este fenómeno está siendo causado por las actividades humanas, por nosotros mismos, no faltan quienes lo niegan, los negacionistas. Son quienes postulan la tesis de que nada pasará, de que estamos exagerando, y por último, si terminaremos friéndonos, no será por culpa de nosotros, sino porque entraremos a otra era. Por tanto, nada sacamos con intentar detener un proceso irremediable que nada tendría que ver con lo que hacemos.

Así que sigamos bailando, haciendo lo que venimos haciendo como si nada pasara. Lo que está ocurriendo me recuerda la fábula de la rana que se introdujo feliz de la vida a una olla que estaba al fuego con agua fría que se fue calentando lentamente. La rana se fue acostumbrando nadando sin preocuparse de nada. Sin embargo, el agua seguía calentándose hasta ponerse a hervir sin que la rana pudiese salir. Y la rana se murió sin percatarse del peligro en que se había sumergido. No tuvo la capacidad para reaccionar a tiempo ante los sucesivos cambios de temperatura subestimando sus mortales efectos que tendría.

Es lo que ha ocurrido con los mercados financieros que nos inundan con nuevos instrumentos que lenta e imperceptiblemente van distorsionando los precios de los activos hasta que se produce el colapso.

No es fácil predecir el futuro, eso lo sabemos, pero ello no quita la necesidad de que reflexionemos in profundis cuando observamos algo raro. Lo peor es aplicar la política del avestruz, hacernos los lesos, o esconder todo bajo la alfombra.

Así como a nivel mundial estamos pasando a un estado de ebullición climática, en Chile al igual que en un buen número de países, pareciera que ahora estaríamos ingresando a una suerte de estado de ebullición ética.  Ahora nos estamos percatando, pero todo apunta a que estuvo precedido por un proceso de cambio ético que se viene arrastrando por décadas sin que nos diéramos cuenta, o si nos dábamos cuenta, nos hacíamos los locos. Pero bueno, esto ya da para una siguiente columna.

marzo 24, 2022

Los límites del crecimiento

Foto de Chris Gallagher en Unsplash

A raíz de la insistencia de no pocos en que sin crecimiento no hay desarrollo he recordado un informe titulado “Los límites del crecimiento” y que fuera presentado ya hace exactamente medio siglo, en 1972. En él se predice lo que estamos viviendo. Se trata de un informe generado por un grupo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) por encargo de lo que se llamó el Club de Roma, institución privada formada por economistas, científicos y políticos preocupados por el futuro.

La pregunta que se hacía el Club de Roma y que cuya respuesta esperaba encontrar en el informe era muy simple: ¿puede el crecimiento económico y material continuar indefinidamente en un planeta finito? Para la elaboración de este informe se barajaron diversos escenarios respecto de la evolución de la sociedad en función de un conjunto de variables tales como el crecimiento poblacional, la contaminación y la disponibilidad de recursos.

Entre los escenarios planteados se incluyó uno que asumía que todo sigue más o menos igual, que la población seguiría creciendo con la misma intensidad, al igual que el consumo y el deterioro del medio ambiente. Bajo este escenario el informe señalaba que en 100 años más colapsaríamos. Esto significa que si este es el escenario en que estamos, nos quedarían tan solo 50 años para que el actual modelo económico-social se venga abajo.

Al momento de publicarse este informe, abundaron las críticas de los sectores económico-empresariales porque se invitaba al crecimiento cero, a no seguir creciendo al ritmo que se venía haciendo. Estas críticas se centraban en que ignoraba las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, la aparición de nuevos recursos, el descubrimiento de nuevos yacimientos. Se presumía que podíamos crecer indefinidamente.

La realidad que estamos viviendo, con las persistentes crisis de todo orden que observamos a diario,  nos está demostrando que el informe del Club de Roma como se le llamó en su tiempo no andaba tan despistado. Lo prueba el hecho de que estamos inmersos en un proceso de cambio climático sin freno, de migraciones sin precedentes y de un deterioro del medio ambiente cuyos alcances aún no dimensionamos. Para rematarla, por si esto fuera poco, ahora último nos acompaña una pandemia global, el retorno de la amenaza de la guerra nuclear que creíamos haber dejado atrás. Todo esto, inevitablemente termina por afectar las relaciones humanas, las que muestran signos crecientes de agresividad. Estamos hablando de un fenómeno global, que cruza todas las fronteras.

El colapso del que estamos siendo testigos era absolutamente previsible, como lo demuestra el informe en comento de medio siglo atrás. Sin embargo no quisimos, o no supimos leerlo. Seguimos como si los recursos naturales fuesen infinitos, como si la naturaleza fuese capaz de aguantar cualquier contaminación generada por nuestras actividades productivas y nuestro comportamiento como consumidores.

Hoy todo está tan entrelazado, tan globalizado, que lo que vale en la quebrada del ají también es válido aquí. El mundo está en crisis, una crisis que se avizoró hace al menos 50 años sin que a la fecha se le ponga atajo. Al menos todo lo que eventualmente se ha realizado por amortiguarlo es claramente insuficiente.  Para remate escribo estas líneas mientras los bombardeos sobre Ucrania continúan dejando toda una estela de destrucción.

No sé si aún estamos a tiempo para atajar este camino en que estamos empeñados, pero lo menos que podemos hacer es seguir bajo el modelo actual de sociedad como si nada. Seguramente Sócrates se estaría preguntando a quienes lo acompañan: ¿Qué será lo que nos empuja a la insensatez? No sé si alguien le habría respondido.

agosto 13, 2021

De nosotros depende

Photo by Matt Palmer on Unsplash

Me resulta chocante observar lo que estamos viviendo. Por un lado una generación viviendo un portentoso desarrollo científico-tecnológico, y por otro lado, ese mismo mundo viviendo al borde de la cornisa como consecuencia de lo que se ha denominado el cambio climático.

Me resulta chocante porque como nunca antes el ser humano ha podido desarrollarse como persona, satisfacer sus necesidades básicas. Hemos sido capaces de aumentar la productividad de la tierra, producir más por hectárea, en menos tiempo y ajustando el uso del agua a los requerimientos de las plantas. Hemos sido capaces de construir viviendas más confortables, con materiales de mayor calidad y duración. Hemos logrado extender los servicios básicos tradicionales –agua y energía eléctrica- a prácticamente todos los sectores de la sociedad.

Hemos logrado comunicarnos vía celulares donde quiera que estemos. Hemos logrado incrementar sustancialmente la cantidad de años de vida de las personas. En fin, para qué seguir.

Sin embargo, al mismo tiempo, las catástrofes naturales están dando cuenta de que estamos viviendo al límite. Los incendios se multiplican al igual que las inundaciones, los aluviones, las erupciones, las sequías. El cambio climático está entre nosotros, haciéndose ya imposible sustraerse a una nueva realidad marcada por temperaturas extremas que están alterándolo todo.

El planeta tierra está en jaque, unos más, otros menos. No hay escape posible, salvo pasar a otro planeta, a marte o venus como algunos multimillonarios ya están pensándosela. La humanidad entera está siendo afectada. Inicialmente los más pobres, pero de esta no se librará nadie: acá estamos todos juntos en un mismo barco -la pachamama, la madre tierra- en distintos camarotes, de primera, segunda, tercera o cuarta. Camarotes que se distinguen unos de otros por sus comodidades, por disponer de más o menos tecnología. Pero para el caso, da lo mismo, puesto que todos los indicios apuntan que al paso que vamos el barco se hundiría sin remedio.

¿Qué está ocurriendo? Para unos se trataría de un proceso cíclico, que no sería la primera en la historia de un cambio planetario, y por tanto, no habría nada que hacer, que solo cabe esperar el curso de los acontecimientos. Hasta aquí habríamos llegado, y donde el aquí puede ser en los próximos 10, 20, 50 o 100 años. Da igual, este sino estaría fuera del control del ser humano.

Para otros, el destino no está escrito y puede ser modificado por nosotros. No estamos condenados ni mucho menos. La duda reside en si estamos a tiempo, o no, para frenar el colapso. Hoy, con los recursos tecnológicos disponibles podemos revertir lo que se viene, siempre y cuando el ser humano sea capaz de modificar su conducta en relación a los demás y con la naturaleza. Son quienes creen que, al fin y al cabo, aún es tiempo para enmendar la forma en que nos relacionamos entre nosotros y con la madre tierra. Me inscribo dentro de estos últimos.

octubre 03, 2019

Los ataques a Greta

Confieso que me ha llamado profundamente la atención las críticas de las que ha estado siendo objeto Greta Thunberg, una adolescente ambientalista sueca de 16 años que está liderando un movimiento global contra la crisis climática, desde las más inverosímiles fuentes. Entre ellos me permitiré destacar a Putín, Trump y uno de los hijos de Bolsonaro. Los dos primeros, por ser los líderes de EEUU y de Rusia respectivamente, en tanto que el tercero, por ser el hijo del presidente de Brasil y posible embajador en los EEUU.

Putín, en el más reciente foro energético celebrado en Rusia hizo alusión a la complejidad del mundo moderno y a los altos niveles de pobreza que aún persisten en distintas partes del mundo. Esta realidad dificultaría limitar el uso de combustibles fósiles para alcanzar el desarrollo en aquellos países que aún son subdesarrollados.

Trump por su parte, como es común en él, luego del discurso de Greta en la cumbre de Acción Climática de las Naciones Unidas, apeló al sarcasmo al afirmar que “parece una niña muy feliz que espera un futuro brillante y maravilloso. ¡qué lindo verla!”.

En tanto que el diputado brasileño, Eduardo Bolsonaro, no trepidó en acusar a Greta de estar siendo apoyada por una sociedad financiada por el magnate húngaro George Soros para fomentar una agenda de la izquierda.

Los tres, Putin, Trump y Bolsonaro, dan cuenta de la pobreza mental de los actuales líderes políticos mundiales y del negacionismo en materia climática.

Todas estas afirmaciones son complementadas con videos, fotos trucadas y noticias falsas que se distribuyen por las redes sociales como verdaderas bombas de racimo para contrarrestar el impacto que está teniendo el movimiento de carácter mundial encabezado por Greta. Un movimiento que acusa a los líderes políticos, económicos y financieros mundiales de traicionar a su generación con sus palabras vacías, por su incapacidad para limitar el calentamiento del planeta y enfatizar lo económico. En su apasionado discurso ante las Naciones Unidas llegó a acusar que “estamos en el comienzo de una extinción masiva, y de lo único que ustedes pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno”.

El movimiento que se inició frente al parlamento sueco, se ha ido expandiendo a nivel mundial a través de huelgas escolares pacíficas denominadas “Viernes para el futuro”. Un movimiento al que no pocos, sin prueba alguna, acusan de estar siendo instrumentalizado por oscuros intereses económicos-financieros o por el marxismo leninismo internacional.

Es hora de tomarse en serio lo que expresa este movimiento, que no es otra cosa que la de hacer un alto en el camino para reflexionar respecto de un modo de vida, un modelo de desarrollo depredador, generador de pobreza y de desigualdades extremas.

Los niños y jóvenes nos están invitando a compatibilizar el desarrollo humano con la naturaleza. Tras este movimiento no hay oscuros intereses, muy por el contrario, hay una invitación a actuar con mayor humanidad, con mayor respeto por la madre tierra que nos cobija, por nosotros mismos. Una invitación a modificar nuestros actuales comportamientos y decisiones con miras a dejar de hipotecar el futuro de las generaciones que vienen. Nuestros hijos y nietos lo agradecerán. Nada de mal nos hace efectuar un alto en el camino para repensar lo que estamos haciendo.

septiembre 03, 2019

El cambio climático: ¿qué nos dicen los datos duros?

Hace poco un amigo me hizo llegar una pregunta que calificó de trascendental: ¿el calentamiento global –o lo que ahora se denomina cambio climático- obedece a un ciclo natural de la tierra o ha sido causado por el hombre? Quien me formuló la pregunta lo hizo acompañándola con un video titulado “La verdad sobre el cambio climático. El negocio de la ONU” donde un ingeniero chileno, Douglas Pollock, expone su pensamiento sobre la materia.

En el video se plantea que toda la parafernalia en torno al tema no sería más un nuevo gran fraude al que nos tendría acostumbrados la ONU (Organización de las Naciones Unidas) al hacerse eco de la “gran mentira” del calentamiento global para engordar su corte de burócratas, refugiar a izquierdistas, y/o lucrarse con las temáticas de la tecnología renovable, la economía circular y tantas otras yerbas que pululan por estos tiempos. Importa recordar que la ONU es una organización creada al término de la segunda guerra mundial con el propósito de generar una instancia global que reduzca la posibilidad de nuevas conflagraciones a nivel planetario.

Quien me formuló la pregunta afirmó no tener la formación ni siquiera para intentar dar una respuesta. Yo tampoco la tengo, así como tampoco la tiene el grueso de los mortales. Son pocos, muy pocos, quienes poseen la formación científica para responder la pregunta, y quienes la poseen, tienen respuestas discordantes. En concreto, no existe consenso en la materia, aunque la opinión ampliamente mayoritaria en el campo científico, es la que está tras la postura de la ONU.

¿Quién tiene la razón? No lo sé, y el caso es ilustrativo de una realidad. En este tema, así como en tantos otros, no existen respuestas únicas. Se han logrado grandes avances científico-tecnológicos, la frontera del conocimiento se ha extendido notablemente, pero así y todo, estamos lejos, muy lejos de tener respuestas o caminos únicos. A los expertos les encanta respaldar sus posturas, los resultados de sus experiencias, en base a evidencias. ¿Qué nos dice la realidad? Que allí donde existen controversias, encontraremos evidencias para todas las posturas.

Lo señalado no nos exime de opinar ni tomar postura, ya no en base a conocimientos que no tenemos, sino en base a la información que recogemos, a nuestras intuiciones, miradas, personalidades. Sin descartar que el cambio climático pueda obedecer a un ciclo natural de la tierra, me inclino a pensar, y quiero creer, que ha sido causado por las actividades del ser humano. Mi postura se sustenta esencialmente en que si el cambio climático es producto del ciclo natural de la tierra, independiente de lo que hagamos, entonces no tenemos remedio, estamos fritos; por el contrario, si es causado por nosotros, y estamos a tiempo de revertir el proceso, entonces pongamos manos a la obra para hacer todo aquello que se requiera para salvarnos. Sería triste que por creer que todo lo que ocurre es independiente de las actividades del ser humano no hagamos nada y nuestros hijos y nietos se vayan a la cresta cuando capaz que podían salvarse. Más vale prevenir.

Por lo demás, lo que se nos pide no tiene nada de malo, muy por el contrario, se nos exige una producción más limpia, mayor austeridad por parte de quienes están ahogados en el consumismo, un comportamiento más afín con la naturaleza, en sintonía con ella. No creo que haya una mano negra que guía las acciones de la ONU o que la minoría ni la mayoría de los científicos esté siendo cooptada por oscuros intereses capitalistas o socialistas.

Por último, respondiendo la pregunta que encabeza la columna: ¿qué nos dicen los datos duros? Nos dicen que tenemos que andar con pies de plomo, ojo al charqui.

agosto 29, 2018

Un nuevo conflicto medioambiental

En Chile, una vez más se desata una crisis ambiental en la bahía de Quintero, Puchuncaví y Ventanas, localizadas en la zona costera norte de la región de Valparaíso. Es la que llaman zona de sacrificio, que se expresa en periódicas intoxicaciones masivas, enfermedades y una tasa de muertes por cáncer por sobre la media nacional, mala calidad de vida, como consecuencia de la contaminación generada por las empresas que allí operan. Esta realidad se ha ido repitiendo periódicamente no solo en esa zona, sin visos de erradicarse y con altos costos en la salud y desarrollo de sus habitantes.

Al igual que frente a otros hechos de similar tenor, como si de un temporal se tratara, las autoridades reaccionan sobre la marcha haciéndose eco de la indignación de los vecinos, anunciando medidas y responsabilidades, sin asumir sus respectivas responsabilidades. Anuncios que desafortunadamente, al menos hasta ahora, no son más que palabras que se lleva el viento. Pasada la emergencia todo vuelve a fojas cero, hasta un próximo episodio crítico.

En la zona afectada la contaminación a la que se hace referencia tiene relación con la emanación de gases tóxicos generados por empresas que allí operan. En otras oportunidades, la contaminación ha sido consecuencia de la evacuación de residuos líquidos al mar o derrames de petróleo, así como por la contaminación de los suelos por parte de una o más empresas públicas y privadas que operan en el sector.

En todos estos casos el gobierno, asociado al neoliberalismo, no ha desperdiciado la ocasión para inculpar, vía la Ministra del Medio Ambiente, desde el primer minuto a la Empresa Nacional de Petróleo (ENAP), empresa autónoma estatal. Desde la oposición, esta temprana acusación ha llamado poderosamente la atención, por cuanto la mayoría de las empresas que se encuentran en la zona son privadas, y donde no pocos de sus dueños están fuertemente vinculados con el pinochetismo y el piñerismo.

Si queremos que de verdad estos fenómenos no se repitan, que suelen afectar a los más pobres, es imposible sustraerse a las siguientes razones que explican estos desastres con consecuencias tan nocivas.

1. Una legislación ambiental laxa con bajos estándares de exigencias medioambientales en beneficio del crecimiento económico y las fuentes laborales; 2. Las presiones de empresarios y políticos, orientadas a obtener altas rentabilidades por la vía de traspasar costos medioambientales a la población en que operan; y 3. Un modelo de sociedad –el neoliberal- que invita a la población a mirar los problemas individualmente, y no colectivamente, como si ellos fuesen de los responsables de las situaciones en que se encuentran.

Solo abordando estas razones de frente, sin escabullir el bulto, y teniendo en mente los derechos que nos asisten a vivir en un medio ambiente libre de contaminación, podremos superar esta crisis socioambiental. Para ello, es indispensable una ciudadanía empoderada, organizada, que tome el toro por las astas y plenamente consciente de los derechos que le asisten, capaces de hacer enfrentarse a empresarios y políticos cooptados por ellos.

mayo 05, 2016

Los pescadores y la marea roja

Una vez más, la marea roja está causando estragos en el sur, afectando a gran cantidad de pescadores artesanales quienes ven reducidas las posibilidades de proveer el sustento a sus modestos hogares. Una vez más se pone sobre la mesa nuestra incapacidad para prevenir.

El fenómeno de la marea roja se expresa en una excesiva proliferación de microalgas, que en el caso nuestro se produce esporádicamente, asociado al fenómeno de El Niño, en los estuarios del sur. Rara vez llega al mar u océano. Esta vez, llegó al Océano Pacífico.

La marea roja produce toxinas que afectan particularmente a nuestros apetecidos mariscos. Por lo general se visualiza como un fenómeno natural, pero en esta ocasión no parece ser el caso. Se sabe que recientemente en la industria productora de salmones se detectó la presencia de elementos tóxicos en sus salmones, razón por la cual no halló nada mejor que desembarazarse de toneladas de ellos en estado de descomposición al océano.

No escapará a la comprensión de los lectores que esta acción, inevitablemente afecta al medioambiente, sospechándose, no sin fundamento, que sea la fuente de la contaminación actual que tiene en ascuas a los pescadores y sus familias. En consecuencia, la marea roja sería resultado de una acción realizada por la industria salmonera, como denuncian los pescadores.

De ser este el caso, estamos frente a una externalidad negativa, la que se caracteriza porque una actividad realizada por una persona, conjunto de personas, o una empresa, genera costos en terceros y no en quienes realizan la actividad. Ahora, los platos rotos, los costos los están pagando los pescadores que se ven privados de los recursos del mar de los cuales viven, por una acción no natural.

En economía, cuando una actividad genera beneficios que van más allá de quienes la desencadenan, se dice que se produce una externalidad positiva. Por lo general para alentar la producción de bienes/servicios que dan origen a esta externalidad se le aplica un subsidio; por el contrario, a quienes producen “males”, esto es, bienes/servicios que producen perjuicios en terceros, se les aplican impuestos. En un caso para alentar, en el otro para desalentar la producción.

Acá, si se comprueba que la causa del desastre ha sido el vertido de salmones en estado de putrefacción, una alternativa consiste en aplicar un impuesto o multa a las salmoneras, y el monto recaudado, distribuido entre las familias afectadas. El monto del impuesto se debería calcular en base a los ingresos que los pescadores están dejando de percibir.

Lamentablemente, una vez más, lo más probable que ocurra, y que de hecho parece estar ocurriendo, es que el Estado otorgue unas migajas a los pescadores, mientras la industria salmonera mira al techo. Nada nuevo bajo el sol.

mayo 13, 2011

Lo que hay tras Hidroaysen

El tema de Hidroaysen ha traído cola, dando la impresión de que todo estaba cocinado. Algunos dicen que la institucionalidad funciona, otro que no funciona, o que es de cartón.

Se trata de un megaproyecto destinado a cubrir el déficit de suministro de energía eléctrica que se proyecta para las próximas décadas. Como dijera Sebastián, el proyecto nos permitiría vivir sin apagones.

Sin embargo este megaproyecto tiene detractores tanto por la contaminación ambiental que genera en un entorno paradisíaco, como porque aducen la existencia de energías alternativas no convencionales cuyo desarrollo aconsejan promover.

Quienes respaldan el proyecto se amparan en que se trata de algo inevitable si es que queremos llegar a ser un país desarrollado, como un mal menor, mientras que sus opositores aducen que se trata de una falacia sostener su inevitabilidad, que el desarrollo no pasa por destruir el medio ambiente, sino que por el contrario.

Esto es lo que está a la vista, en la superficie de una suerte de iceberg, porque tras el proyecto hay intereses y un modelo de desarrollo altamente demandante de energía. También hay interrogantes no resueltas. Uno de ellos es el de la transparencia de los mercados. No sabemos todo lo que debemos saber, y un desarrollo sin transparencia no es desarrollo. Otra duda existencial tiene que ver con el nivel de competencia en el mercado de la generación eléctrica.

Sus principales actores son 2 empresas, las que cubren el 74% de la producción de energía eléctrica. Estamos ante un duopolio que explica los altos precios de energía de los que “gozamos”. Estas dos empresas son las que “mandan”. Por una casualidad no tan casual, estas dos empresas son las dueñas del proyecto Hidroaysen. Para que no hagan lo que quieran se requiere de regulaciones, de un Estado regulador fuerte, capaz de pararse de igual a igual frente a ellas.

Y este Estado no existe, por el contrario, está lo suficientemente debilitado después de años de prédica anti Estado, que abre cancha a especulaciones, colusiones y corruptelas. A ello se agrega que este Estado está siendo gobernado por los campeones de la privatización, por quienes ven al Estado como un mal necesario que debe abstenerse de involucrarse en la producción de bienes y servicios, cuya responsabilidad debe estar en manos de privados.

Prueba lo expuesto que la energía en nuestro país es 40% más cara que en Estados Unidos, mucho mayor que en los países de mayor desarrollo y de menor desarrollo. ¿Cómo se explica esto si no es por la ausencia de competencia?

Por ello la población está rabiosa. No le gusta que le presenten alternativas cocinadas, donde una de ellas es la que nos salvará y las restantes nos condenarán. Y que quienes resuelvan no sean sino peones de una historia cuyo final ya se conocía.

Todo ya estaba oleado y sacramentado. Son muchos los intereses en juego.

marzo 17, 2011

Tsunami en Japón

Japón nos quitó el 5° puesto que ostentábamos con un terremoto de grado superior al último nuestro y que vino acompañado de un maremoto de dimensiones inconmensurables. Las imágenes televisivas dicen más que mil palabras y sus consecuencias aún no se logran dimensionar.

El tema no es irrelevante para nosotros porque estamos hermanados con Japón gracias a la sismicidad de nuestros suelos. Los terremotos y maremotos son nuestro común denominador, razón por la cual debemos sacar las lecciones que el caso amerita. Tenemos que compartir experiencias, aprender de las consecuencias que las catástrofes generan.

Desde el punto de vista emocional no parece ser el momento de tomar decisiones, pues serían en caliente, pero sí es la oportunidad para reflexionar, debatir aquello que no debatimos o descalificamos a priori y darnos cuenta que abordar con ligereza el tema de los asentamientos poblacionales y/o centrales nucleares, no es broma. Lo ocurrido en Japón es prueba de ello.

Digámoslo con claridad. Entre las lecciones que debiésemos madurar quisiera destacar dos de ellas. La primera, es que en las zonas potencialmente inundables no deben existir asentamientos poblacionales. Así de simple, y por tanto deben ir elaborándose estrategias de relocalización de corto, mediano y largo plazo; la segunda, es que debemos descartar de una vez por todas, la alternativa de las centrales nucleares.

Afortunadamente, el tsunami no alcanzó a llegar a nuestras costas con la fuerza suficiente como para provocar mayores daños, sin embargo, si hubiese llegado con mayor energía, los daños habrían sido mayúsculos. Si bien la probabilidad de ocurrencia de estos fenómenos es baja, ella existe, y por tanto, debemos adoptar las medidas precautorias mínimas, al menos en beneficio de las futuras generaciones. Las imágenes que vimos del tsunami nos mostraron la magnitud del fenómeno telúrico y de la impotencia humana para enfrentarlo.

Cuando creíamos dominada la naturaleza gracias al desarrollo científico-tecnológico, la misma naturaleza nos viene a recordar y demostrar que estamos a años luz de ello. En consecuencia, estamos también ante una invitación a ser más modestos, a no creernos el cuento.

Esto viene a darse justo cuando en Chile se estaba abriendo cauce a la alternativa de la energía de origen nuclear para cubrir el creciente consumo energético nacional como consecuencia de nuestro desarrollo. El peligro que entrañan las plantas nucleares ha sido puesto al tapete gracias a las consecuencias de sus fallas originadas por el terremoto japonés. Este peligro no debe, ni puede ser minimizado. Chile, y el mundo, deben renunciar a esta opción, y con ello, modificar su patrón de desarrollo, por otro menos demandante y dependiente de energía. Aún cuando estadísticamente la probabilidad de ocurrencia de estas fallas sean reducidas, cuando ellas ocurren sus daños son inconmensurables –en términos genéticos, malformaciones congénitas y cánceres- tanto para las generaciones actuales como futuras.

No tenemos derecho alguno a producir tales daños. Nada justifica proseguir por esta senda, ni siquiera las razones económicas. Es falso creer que la producción de electricidad por la vía nuclear sea barata. Las centrales nucleares requieren sistemas de seguridad de altísimo costo –que por lo general se tienden a eludir-, y generan dependencia de los escasos proveedores de uranio enriquecido.

En consecuencia, es la oportunidad para promover e impulsar el desarrollo de energías renovables no convencionales, descartar las centrales nucleares, y modificar nuestro modelo de desarrollo para encaminarnos hacia otro a escala humana.

En Chile, el gobierno aprovechó una vez más la ocasión para sobreactuar, exagerando su capacidad de prevención y efectuando afirmaciones indebidas. El mensaje que se procuró transmitir fue que este gobierno actuó responsablemente, oportunamente, eficazmente, a diferencia del gobierno de Michelle. La idea es dejar en el aire que los daños del 27F en nuestro país habrían menores con Piñera en el gobierno.

Sin embargo la farsa está demasiado a la vista. No es comparable un evento ocurrido en el país sin previo aviso, con un SHOA impávido, que uno ocurrido en un país a miles de kilómetros y con un aviso de al menos 12 horas y un SHOA que por momentos parece haber perdido la brújula. Sin un 27F quizá qué hubiese hecho el gobierno: gracias al 27F uno espera que algo hayamos aprendido. Ahora sería bueno que aprendamos a sacar las lecciones correspondientes, entre ellas, la de que el gobierno no sobreactúe y se tire flores a sí mismo. Más vale dejar que la ciudadanía juzgue.

enero 09, 2009

Negocios redondos

El progreso –o el atraso, según como se mire- está generando un creciente y soterrado malestar en la población. Desafortunadamente tendemos a reaccionar cuando el o los problemas se nos vienen encima. Es el caso de las antenas repetidoras de señal para la telefonía celular: hacemos la vista gorda hasta que las tenemos a la vista, cuando nos instalan una al lado nuestro. Lo mismo ocurre con las cárceles, los vertederos, las centrales termoeléctricas o cualquier otra empresa contaminante, generadora de externalidades negativas.

El caso de las antenas es grotesco, porque las empresas de telefonía celular pagan generosamente a particulares para que autoricen instalar sus antenas. Es un negocio entre dos, mientras terceros, la vecindad, paga los platos rotos. Tenemos ejemplos por doquier, desde Arica a Punta Arenas. La mayoría observa resignada, unos pocos la pelean, ya sea presentando recursos de protección, apelando a las autoridades, o protestando pacíficamente. Las únicas acciones que han tenido éxito son allí donde los afectados se han expresado mediante ruidosas manifestaciones de protesta siguiendo la máxima de molestar, molestar y molestar. Los recursos de protección presentados ante las Cortes de Apelaciones y resueltos hasta la fecha han sido a favor de las poderosas empresas de telecomunicaciones gracias a una legislación sumamente laxa y a autoridades municipales y de la subsecretaría de telecomunicaciones que no hacen uso de las escasas atribuciones que tienen. Pero mas temprano que tarde, se deberá fallar a favor de la población. En los países más desarrollados ya ocurre.

Existen lugares en los que disfrazan antenas de 24 metros de altura en estilizadas e inocentes palmeras, como si de pasar gatos por liebres se tratara. Por estos días, un barrio completo, con sus autoridades municipales protestan todos los sábados exigiendo la demolición de una antena localizada en un sector residencial y que tiene en la vecindad un jardín infantil. La empresa involucrada no reacciona: a lo más preguntó irónicamente a los pobladores de qué color querían la palmera.

El dueño de la propiedad que autorizó la instalación de la antena no es ningún muerto de hambre: es el padre de un exministro de hacienda y excandidato a la presidencia de la república a quien la prensa de la época gustaba en llamar el príncipe valiente. Otros dos hijos de este ejemplar padre son altos ejecutivos de la empresa de telecomunicaciones que instaló la antena en su propiedad. Si en esto hubiese estado involucrada una empresa del Estado su nombre sería corrupción, pero como esto es entre privados, lo más probable que lo llamemos negocio redondo y que pase piola.

julio 25, 2008

Las inocentes antenas

No obstante que la semana pasada fuera acogido un recurso de protección contra una empresa de telecomunicaciones por la instalación de una antena para celulares en un lugar de la comuna, y fuese notificada de paralizar las obras, ellas han seguido su curso a vista y paciencia de la vecindad. Esta conducta ha forzado a la presentación de una denuncia por desacato judicial.

Había un ámbito en el que tenía el privilegio de no haber tenido que vivir y que por tanto solo conocía por terceros, a la distancia: el judicial. De solo conocer las historias de juicios interminables me abrumaba y reafirmaba en mi tesis de procurar resolver todo conflicto a como diera lugar antes de llegar al plano judicial a fin de no ahogarme en los códigos, vericuetos y peripecias de un sector que me son absolutamente desconocidos.

A pesar de ello, en conjunto con los vecinos afectados, he debido ir sumergiéndome en este mundo a raíz de los daños y perjuicios que la instalación unilateral de una antena para telefonía móvil está, y seguirá, produciendo.

Los hechos son simples: una empresa de telecomunicaciones establece un contrato de arriendo a 10 años plazo con el dueño de una propiedad, para instalar una torre que arriba tenga una antena para la recepción y envío de señales. Se trata de un jugoso contrato por unas 25 UF mensuales, esto es, del orden de 60 millones de pesos en los 10 años, de los cuales la empresa no tiene problema en adelantar uno, dos o tres años. La tentación es irresistible. De hecho más de un cuartel de bomberos, de un poblador o de un vecino encopetado venido a menos, tiene su antenita que nada tiene de inocente. Sus efectos se suelen agrupar en 4 categorías: daños a la salud, al patrimonio, al medio ambiente y a la convivencia. En esta ocasión resumiré los efectos sobre la salud por la emisión de radiación ionizante.

Existe meridiana claridad que hay ciertas enfermedades que han aumentado significativamente en las últimas décadas. Este incremento es imposible no relacionarlo con el significativo aumento de la radiación en nuestro entorno. Entre estas enfermedades destacan el cáncer testicular, las cefaleas, los déficits mentales en niños, el adelantamiento del mal de Alzeimer en los adultos, los desórdenes del sueño, autismos, esclerosis múltiple, fibromialgia, síndrome de fatiga, cataratas, hipotiroidismo, diabetes, los ataques cardíacos e infartos en jóvenes, déficits de atención, asma.

Con razón hay quienes afirman que con la telefonía celular se está en presencia del experimento biológico más grande de la historia.

julio 11, 2008

Proliferación de antenas

Foto de REGINE THOLEN en Unsplash
En los últimos meses estamos observando una proliferación de antenas para la telefonía móvil que no deja de sorprender. No solo se han instalado en medios urbanos, sino que ahora se están extendiendo a sectores rurales alterando su paisaje. Su intención no es otra que la de extender la cobertura de la telefonía móvil a todos los lugares donde exista una demanda real o potencial de comunicación por esa vía.

Esta expansión está siendo liderada por las grandes empresas de telecomunicaciones buscando minimizar costos. En los países mas desarrollados los gobiernos y pueblos están planteando exigencias tales que están forzando el reemplazo de las antenas por satélites que si bien son de mayor costo, no dañan el ambiente, la salud, el patrimonio, ni la convivencia de las personas involucradas. Las empresas recurren a toda clase de subterfugios legales ante la pasividad de las autoridades, porqué no decirlo, de nosotros mismos, sin percatarnos de sus alcances sobre nuestras vidas.

Es así como tenemos antenas en cuarteles de bomberos, a cambio de unos millones que les permita financiar sus actividades; tenemos antenas en casas y predios particulares que de esta manera les ayuda a solventar sus problemas económicos y/o gastos que de otra manera no podrían sostener. Los contratos que se manejan por concepto de subarriendo no son menores.

La legislación sobre la materia es en extremo relajada, presumiéndose que no se producen daños ambientales, ni a la salud ni al patrimonio de quienes residen en los sectores que rodean a la instalación de una antena. El nivel de agresividad que representa una antena cerca de su vivienda sabe muy bien de qué estamos hablando. A medida que se van recogiendo mayores antecedentes respecto de los daños que ocasiona una antena de 30 metros de altura, los países van imponiendo restricciones que están incorporando en su cuerpo legislativo. En Chile existe un proyecto de ley sobre la materia que intenta elevar las exigencias al respecto, y uno de sus puntos mas significativos está dado por la necesidad de contar con la autorización de la vecindad dado que la acción de un particular en beneficio propio está ocasionando costos en terceros. Este proyecto lleva años en el Congreso y de alguna manera explica la premura de las empresas de telecomunicaciones por acelerar sus instalaciones.

No obstante que la legislación actual favorece por completo a las empresas, ellas deben cumplir ciertas formas mínimas que ni siquiera se dan la molestia de satisfacer y que he podido comprobar in situ. En tal sentido el rol de cada municipio es clave, a través de sus autoridades políticas y su instancia técnica, que en este caso es la Dirección de Obras Municipales, instancias de deben hacer uso de las atribuciones que poseen sobre la materia, al igual que todos los organismos comprometidos, entre los cuales destaca la Subsecretaría de Telecomunicaciones. Existen comunas donde las autoridades han ejercido en plenitud sus atribuciones, llegando al extremo de desmantelar instalaciones efectuadas sin mediar siquiera los avisos y los permisos que las leyes contemplan. En esto también importa el firme ejercicio de los derechos ciudadanos que nos competen.

junio 22, 2007

Inconciencia ambiental

Photo by Pablo Stanic on Unsplash

El país está siendo testigo de la frecuencia con que se suceden “accidentes”, “decisiones”, “hechos” relacionados con la contaminación que terminan con graves consecuencias para quienes están involucrados y/o para terceros en términos laborales y/o de salud. Como botón de muestra tenemos los casos de poblaciones asentadas en sectores urbanos en Arica y de los pescadores artesanales afectados por la a mortandad de peces en el río Mataquito. 

En Arica han sido afectados gravemente en su salud pobladores residentes en zonas contaminadas con acopios de desechos tóxicos por parte de una empresa (PROMEL) que ya no existe legalmente. En su oportunidad (1984) en el sitio F del Barrio Industrial se asumía que almacenaba residuos mineros que contenían oro y plata. En estricto rigor, lo que se estaba almacenando eran residuos mineros con altos índices de arsénico, cadmio, plomo, mercurio, cobre y zinc. A su alrededor ya se estaban construyendo poblaciones cuyos vecinos empezaron a verse afectados en su salud. No es el único caso en Arica. 

En la región del Maule son los pescadores artesanales los afectados por el vertido de químicos contaminantes al río Mataquito, al igual que en la bahía de San Vicente de Talcahuano donde se produjo una filtración de petróleo desde una planta de ENAP. Lo anterior, a pesar de que en la Constitución Política del Estado se encuentra explicitado nuestro derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación. A la luz de lo descrito, es letra muerta. 

Desgraciadamente los casos mencionados no son sino dos de entre muchos y que dan cuenta de una realidad: en el país no existe conciencia ambiental tanto a nivel de la población como del empresariado y del mundo político. El resultado no es otro que la periódica sucesión de desastres. La contaminación es consecuencia de las actividades que desarrollamos sin que internalicemos –en términos privados- la totalidad de sus costos. En términos económicos, es porque el agente contaminante no paga su costo, o lo que paga no es suficiente para disuadirlo, o los beneficios que le reporta contaminar son mayores. 

De allí que muchos proponen aplicar la política de “pagar por contaminar” para promover la introducción de tecnologías conducentes a una producción limpia, no contaminante. Fácil de afirmar, pero difícil de aplicar porque no siempre es posible identificar y/o comprobar las fuentes de contaminación. De allí la importancia de una ciudadanía activa, vigilante, incorruptible, consciente de la necesidad de preservar un ambiente libre de contaminación. Nuestro hipotético desarrollo, no es sostenible en tanto tengamos un Estado como el que tenemos, empresarios con empresas contaminantes que se dicen modernas, que transan sus acciones en la bolsa, que exportan, que presumen de ser responsables socialmente, y que registran utilidades significativas. 

A la hora de la verdad, quienes toman decisiones lo hacen pensando en maximizar rentabilidades y/o minimizar costos, relegando a un segundo plano los procesos de descontaminación conducentes a la producción limpia por afectar rentabilidades e incrementar costos. En este plano, tanto al Estado como a los ciudadanos, nos corresponde asumir un protagonismo esencial para protegernos a nosotros mismos, así como a las generaciones futuras.