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julio 08, 2026

El futuro del trabajo y la educación

Hace ya unos 10 años escribí una columna titulada "Hacia un mundo sin trabajo" (leer) donde hago referencia a lo que ya estamos viendo hoy, ahora acentuado por la irrupción de la inteligencia artificial.

Hoy reafirmo lo sostenido y si vuelvo a escribir sobre el tema es para reforzar algunas ideas a la luz de lo que estamos viendo. De partida, para suavizar esta transición hacia este mundo con menos trabajo, de modo que afecte a menos personas, lo que ya se está viendo. Bill Gates nos habla de una nueva jornada laboral semanal de 2 a 3 días. Si no queremos que el desempleo se dispare, es inevitable la reducción de la jornada laboral.

Lo que está importando es el valor generado trabajando, la productividad, no el tiempo que estamos contratados. Esto es algo que no tiene vuelta. Oponerse a esto es chocar contra una pared inamovible. Para allá vamos dentro de lo que ha sido la tónica desde los tiempos de Adán y Eva marcada por nuestro deseo de obtener lo máximo con el menor esfuerzo posible. La única diferencia reside en que ahora este proceso se ha acelerado.

Las consecuencias son fuertes en todos los ámbitos. Si no queremos vernos engullidos por la automatización, es imperativo que asumamos su conducción y adaptemos a sus consecuencias. De lo contrario corremos el riesgo de que nos veamos engullidos y que la democracia sea devorada por la tecnocracia, lo que de alguna forma estamos viendo en nuestros días. No debemos dejar que Musk, Theil y otros gurúes tecnológicos sean quienes determinen nuestro destino. Pero para esto es imperativo que asumamos la realidad tal cual es y terceros definan nuestras vidas.

De partida, una vida adulta no necesariamente estará marcada por el trabajo. Esto será así para unos pocos, con trabajos de alta especialización, que es la que tendrán quienes estén tras el desarrollo de la inteligencia artificial, tras los procesos de robotización, de análisis de datos, de ciberseguridad y otros de la más alta calificación. 

Ya hay más tiempo libre, tiempo de ocio, y seguirá creciendo porque esto no tiene vuelta atrás. Por tanto, tenemos que enfrentar el qué hacer en este mayor tiempo libre que dispondremos, y que de hecho ya estamos disponiendo. Esta es, creo, la madre del cordero, aprender a saber qué hacer con este "nuevo" tiempo. Para ello tenemos que darle un sentido a nuestras vidas, a saber qué hacer con nuestro creciente tiempo de ocio, y tener una educación alineada con esta nueva realidad.

Esto implica que las instituciones educacionales, particularmente las superiores, que nos educan para incorporarnos al mundo del trabajo, tendrán que reformularse, dejando de formar profesionales que un futuro más próximo que lejano, no demandará.

¿Significa esto que muchas instituciones educativas superiores desaparecerán? No necesariamente en la medida que sean capaces de adaptarse ya no formando profesionales para trabajar, sino que personas para saber qué hacer en sus vidas, para desarrollar competencias blandas vinculadas con el saber ser y estar, para tener pensamiento crítico, para ser capaces de ver bajo el agua, para discernir de modo que no les pasen gatos por liebre. 

Por último, pero no por ello menos importante, una sólida formación ética que nos provea de un sólido muro de contención frente a la tentación de ser corrompido o corromper a terceros que hoy está más presente que nunca.

junio 28, 2026

Repensar la política industrial

Foto de Ant Rozetsky en Unsplash

Cuando el mundo estornuda, Chile se resfría, y si el mundo se resfría, a Chile le da neumonía. La razón es simple: somos un país altamente dependiente, con las ventanas abiertas de par en par que los Chicagos Boys nos han legado sin arbitrar las defensas necesarias.

En honor a la verdad, Chile siempre ha sido un país dependiente. Para reducir la dependencia económica en la primera mitad del siglo pasado se procuró un desarrollo industrial mínimo a sabiendas que no podíamos depender exclusivamente de nuestros recursos naturales. Teníamos la experiencia del salitre. Bastó que apareciera el salitre sintético para que su precio en el mercado se derrumbara y nos fuéramos al garete. La pampa nortina es muda testigo de lo que fueron tiempos de gloria pasajera.

La lección que se supone debió dejarnos es que, si bien siempre tendremos algún grado de dependencia, tenemos que procurar reducirla. Ser menos dependientes. Esto vale para todo, para un país, una región, un pueblo, una familia, para cada uno de nosotros.

Esta realidad impulsó al país hacia un desarrollo orientado a tener una base industrial mínima. Nacen la CORFO, EL Banco del Estado, la Compañía de Acero del Pacífico (CAP), la Empresa Nacional De Electricidad (ENDESA), así como tantas otras, todas bajo impulso estatal. Sin este impulso seguiríamos pateando piedras.

En este marco, la política arancelaria estuvo orientada a desalentar importaciones de bienes de consumo final, y a estimular las importaciones de bienes de capital y de insumos. Una política destinada a promover la sustitución de importaciones por producción nacional.

En eso estábamos cuando de la noche a la mañana, en 1973 y de la mano del innombrable, aparecen los Chicago Boys con su librito El Ladrillo en mano, donde nos dicen que acá hay que cortar por lo sano, que para qué producir acá lo que otros son capaces de hacer con mayor eficiencia y ofrecernos a menor precio. Mejor dediquémonos a producir aquello en lo que somos más eficientes. Así fue como se dio vuelta la tortilla, abriendo nuestras ventanas de par en par bajando los aranceles.  

¿Resultado? Lo que tenemos. La producción nacional se fue a la cresta, y con ella las empresas, el empleo. Para sortear la crisis nacen los programas de empleo mínimo (PEM), los programas de ocupación para jefes de hogar (POJH), los taxis colectivos, los cuidadores de coches en las calles. El empleo informal se multiplica. Las empresas productivas se transformaron en importadoras.

Si bien desde que el innombrable dejó la primera magistratura, pero manteniéndose al cateo de la laucha desde la comandancia en jefe del Ejército, esta política arancelaria se ha amortiguado, en su esencia, no es mucho lo que ha cambiado. Seguimos sin una política industrial propiamente tal, seguimos con una matriz exportadora concentrada en el cobre, y por tanto altamente dependiente del vaivén de su precio, en cuya fijación no pinchamos ni cortamos.

Desde que tengo uso de razón se habla de diversificar las exportaciones, de innovación, etc. etc. pero la realidad es que seguimos en las mismas, con algunos logros que no alcanzan a hacer cosquillas, esto es, a cambiar una realidad. La de que seguimos teniendo una economía extractivista, basada en la succión de nuestros recursos naturales sin mayor valor agregado.

Lo peor de todo es que seguimos con más de lo mismo, ahora bajo el pomposo nombre de “reconstrucción nacional”, donde se quiere crecer pasando a llevar al medio ambiente, a los trabajadores por la vía de arrasar con lo que despectivamente llaman la “permisología” y las conquistas laborales obtenidas a punta del sacrificio y lucha de quienes las impulsaron.

La política económica vigente no da para más. Es necesario repensarlo todo. Pensar en qué sector nos centramos para tener una base industrial mínima. Darnos un plazo para su desarrollo proveyendo todos los recursos necesarios para su sustento. Pasado dicho plazo debe ser capaz de sustentarse por sí mismo y apoyar a otros sectores.

Un ejemplo de lo que se puede hacer lo da Indonesia, donde no se puede exportar ningún recurso natural sin que tenga un valor agregado mínimo, esto es, sin algún grado de procesamiento industrial. Esto es, no se permiten exportar recursos naturales en bruto.

junio 17, 2026

El factor trabajo cuesta abajo

Foto de Javad Esmaeili en Unsplash

Estamos viviendo tiempos de pérdida de peso de los trabajadores. Atrás parecen haber quedado los tiempos de lucha por vacaciones, por contratos de trabajo, por limitar las horas de trabajo, por condiciones ambientales decentes. Logros obtenidos con sangre, sudor y lágrimas. Una soga con dos puntas, en una los trabajadores en representación del factor trabajo, y en la otra, los capitalistas, representando al factor capital.

Luego de un paulatino incremento en el peso del factor trabajo, hasta llegar al 65% en los años 70, se inicia, de la mano del neoliberalismo, un descenso que se prolonga hasta nuestros días como podemos observar en la tabla que sigue:

Año

Trabajo (%)

Capital (%)

Trabajo/Capital (%)

1950

63

37

1,70

1960

64

36

1,78

1970

65

35

1,86

1980

64

36

1,78

1990

61

39

1,56

2000

58

42

1,38

2010

56

44

1,27

2020

55

45

1,22

Los valores de la tabla no se refieren a un sector específico ni a un país en particular. Son datos a nivel mundial obtenidos desde diversas fuentes tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Banco Mundial (BM).

Estos valores dan cuenta que estamos frente a una realidad indesmentible: la pérdida de peso del mundo del trabajo que estamos observando, esto es, una disminución de la incidencia de los trabajadores y un aumento de la incidencia de los dueños del capital en la generación del producto geográfico bruto. Las preguntas que podríamos hacernos son esencialmente dos: cuáles son sus causas y si estamos ante una buena o mala noticia.

Las causas que tienden a mencionarse se centran en el debilitamiento del poder sindical, en la globalización, en la concentración empresarial y en el desarrollo científico-tecnológico subyacente en la automatización y digitalización que nos está invadiendo.

Me atrevería a sostener que la causa última es la aspiración por vivir mejor, trabajando menos, en labores que demanden menos esfuerzo físico, para así disponer de más tiempo libre, de ocio. Es lo que quizás unos llamen la ley del mínimo esfuerzo que algunos intentan implementar por la vía del engaño, de la corruptela, del atajo, pero que otros procuran hacerlo por la vía del desarrollo científico-tecnológico que es el que ha hecho posible, logros que nuestros padres jamás imaginaron. Son los avances científico-tecnológicos los que han posibilitado la automatización y digitalización. Avances que exigen grandes capitales, las que son posibles solo con la conformación de grandes consorcios empresariales: Avances que son causa y consecuencia de la globalización en que estamos sumidos. Avances que explican el crecimiento de sectores intensivos en capital y activos intangibles.

Respecto de la segunda pregunta, si estamos ante una buena o mala noticia, la respuesta es un tanto esquizofrénica porque “depende” como diría Larry. Depende del sector en que se desempeñe el trabajador, de sus capacidades, de sus conocimientos, de su edad. También depende del país dónde vive, de dónde viene, y/o de dónde nació. No solo depende de sus “méritos” intrínsecos.

Pero convengamos que debiera ser una buena noticia en la medida que lo sea para todos. Este es el punto. Mal que mal, como mencionaba al principio, la lucha de los trabajadores ha apuntado a mejorar su calidad de vida, no a empeorarla que es lo que señala la pérdida de su peso en relación al capital desde los años 70.  

En este escenario surge la pregunta ¿qué hacer para que los trabajadores no sigan perdiendo terreno y puedan subirse al carro del desarrollo? La respuesta no la veo simple, por lo que tendré que terminar acá, para desarrollarla en otra columna que dejo pendiente.

Abrazo!

febrero 25, 2026

El declive del credencialismo

Foto de MD Duran en Unsplash

Estamos ingresando a un mundo que está exigiendo más evidencias de capacidades, antes que títulos o certificaciones. Hoy por hoy las empresas están tendiendo a contratar personas más  por lo que han sido y son capaces de hacer, antes que por sus diplomas, títulos de pregrado o posgrado y/o credenciales educacionales de cualquier otro orden.  La pregunta es ¿por qué?

Bien sabemos que todo título o certificado es un documento, de rango oficial, que acredita el cumplimiento de un conjunto de requisitos específicos por parte de quien es identificado en el documento. Se asume que el cumplimiento de tales requisitos asegura al titular la adquisición de un conjunto de saberes para desempeñar determinadas funciones dentro de una organización y/o en la sociedad.

Visualizo tiempos de pérdida de valor de los títulos, postítulos y/o certificados que otorgan las instituciones de educación superior, por 4 motivos.

Uno, porque el titulo o certificado no acredita lo que dice acreditar, lo que suele ocurrir cuando hay manga ancha a la hora de exigir y/o calificar, y que denomino inflación educacional.

Dos, porque en un contexto de vertiginoso desarrollo científico-tecnológico, todo se ha vuelto volátil, incluidos los títulos y certificados, dado que los conocimientos, las habilidades que se exigen hoy, difieren de las de ayer.

Tres, porque la educación está siendo vista por no pocos como un negocio que hay que estrujar al máximo por la vía del marketing, aprovechando las dificultades del mercado para constatar la calidad del servicio educacional.

Cuatro, porque el perfil del cargo a ocupar está mal definido, exigiendo títulos o certificados que no garantizan que una persona se desempeñe efectiva y eficientemente en él.

Lo expuesto explicaría porqué el credencialismo está en la picota, en jaque. Lo que la sociedad, las empresas están exigiendo son pruebas fehacientes y actualizadas, de competencias, de potencialidades, que no todo título o certificado es capaz de proveer.

De allí que nos encontremos con empresas que cuando requieren a un profesional en particular, además exigen que su título no provenga de universidades determinadas. O el caso de que priorizan a quienes tienen títulos o certificaciones de instituciones específicas.

También están las empresas interesadas en contar solo con profesionales que hayan egresado dentro de los últimos 5 años. La experiencia sigue teniendo valor para las empresas, pero dentro de ciertos límites.

Las credenciales y los certificados cumplen un rol de filtrar, discriminar, seleccionar a quienes cumplen ciertos requisitos respecto de quienes no los cumplen. Cuando no cumplen este rol, inevitablemente pierden valor en el mundo laboral, y es lo que pareciera estar ocurriendo.

El énfasis en el credencialismo abre un espacio desmesurado a quienes poseen títulos y certificaciones de competencias que, a la hora de la verdad, de ponerse en acción, no tienen. En tal sentido es una buena noticia que las ofertas de empleo exigiendo títulos o certificaciones de cualquier orden, estén disminuyendo.

Al menos es lo que está ocurriendo en los países de mayor desarrollo. Por ejemplo, Google recientemente acaba de contratar un alto número de personas sin títulos ni licenciaturas, que no han estado en la universidad, pero que resuelven problemas reales, que son autodidactas, capaces de aprender por su cuenta. Son personas que no tienen las paredes atiborradas de títulos y certificaciones. Todo un signo.

Estamos entrando a un nuevo mundo, un mundo en el que la selección basada en títulos y certificados excluía a talentos que se aburrían en clases y/o son incapaces de seguir un plan de estudios plagado de asignaturas que no les interesan.

Está importando cada vez menos qué o dónde estudiaste, sino qué has hecho, o cuáles son los frutos de tus estudios. Importa cada vez mas tu portafolio de evidencias, antes que tu portafolio de títulos, grados o diplomas.

Para los chantas, así como para aquellas instituciones que otorgan títulos/grados sin mayor valor, que el credencialismo esté en declive no es una buena noticia.

enero 21, 2026

Gravar la automatización

Foto de Homa Appliances en Unsplash

Hace 5 años escribí dos columnas referidas a la necesidad de implementar una renta básica universal (RBU) tituladas RBU: ¿podremos vivir sin trabajo? y Dándole vueltas a la RBU. En ellas afirmaba que, al paso que vamos, nos estamos encaminando hacia un mundo que nos permita vivir decentemente sin necesidad de tener un trabajo remunerado. Afirmación que está sustentada en un desarrollo científico-tecnológico que no solo está destruyendo más puestos de trabajo que los que crea, sino que, además, como guinda de la torta, los está precarizando. La informalidad crece, los contratos de por vida tienden a desaparecer para reemplazarse por contratos temporales.

Las máquinas nos están reemplazando. Las grandes empresas con miles de trabajadores están dando paso a empresas con decenas de trabajadores apoyados por máquinas, robots. Y al paso que vamos tendremos empresas conformadas por máquinas-robots apoyados y/o controlados por unos pocos trabajadores. No sé si ya tenemos empresas sin trabajadores, pero para allá vamos. Se me dirá que en algún minuto de la cadena habrá uno o más trabajadores dado que los robots habrán de ser creados por humanos. Entiendo que ya hay robots que están siendo fabricados por robots, y la inteligencia artificial (IA) ya está haciendo su aporte acelerando este proceso de empresas con cada vez menos trabajadores.

Es en este contexto que irrumpe la llamada RBU que ha ido tomando distintas denominaciones (bonos, seguros, etc.) y formas según el país que se trate.

Toda una paradoja el “progreso” en que estamos inmersos, con cada vez más bienes y servicios, pero en condiciones laborales cada vez más inestables que nos hacen vivir a salto de mata. Vivimos con ingresos cuyo componente fijo va en descenso, mientras con nuestros costos ocurre lo contrario: los fijos van in crescendo. El impacto psicológico y sociológico no es menor. Las relaciones familiares, sociales, laborales, políticas se deterioran. El piso se mueve, se desestabiliza. Muchos de los crecientes conflictos sociales y políticos que estamos observando se relacionan con esta temática.

Lo expuesto también ayuda a explicar la pérdida de relevancia del factor trabajo en beneficio del factor capital. Para los dueños del factor trabajo, los trabajadores, la mano de obra manual e intelectual, estos son tiempos aciagos. Por el contrario, para los dueños del factor capital, los capitalistas, la automatización les viene de perillas, aunque no están exentos de la necesidad de sortear obstáculos vinculados con los grandes capitales que exige la automatización que exigen los tiempos actuales.  Lo prueba la desaparición de las pequeñas empresas, o absorción de ellas por empresas de mayor tamaño, en los más diversos sectores -bancario, aeronáutico, pesquero, supermercadista, etc.-.

Lo señalado explica que la expresión bíblica “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” esté batiéndose en retirada y el surgimiento de la RBU que más temprano que tarde terminará por imponerse sencillamente porque vamos hacia un mundo con menos trabajo. Lejos de ser una mala noticia, debe ser una buena noticia, porque nos amplía el espacio de libertad de uso de nuestro mayor tiempo libre. Pero para ello debemos estar preparados, porque al menos hasta ahora estamos siendo educados, formados, para trabajar, no para saber qué hacer con nuestro tiempo de ocio. Además, debemos estar preparados para financiar una RBU que no sea meramente testimonial o de supervivencia.

El punto es ¿cómo financiamos una RBU decente? Lo razonable es que lo hagan las máquinas que están realizando el trabajo que nosotros hacíamos. Bill Gates lo ha dicho recientemente: hay que gravar la automatización. No puede ser que las empresas estén automatizando, eliminando puestos de trabajo sin atenerse a las consecuencias. Gates lo dice sin pelos en la lengua al afirmar que “El trabajo humano tiene valor social. Si lo sustituye la tecnología, debemos reinvertir en la humanidad”.

Por lo demás va en beneficio de las mismas empresas porque ellas sin demanda no tienen destino. De nada les sirve estar insertos en una población sin poder adquisitivo.

Estamos inmersos en un proceso de automatización imparable y acelerado por la irrupción de la IA que ha llegado para quedarse. No atender las consecuencias en el plano social que esto conlleva es lo que parece explicar una realidad marcada por la emergencia de conflictos que se prolongan en el tiempo. A su vez, tales conflictos abren espacio a políticos identificados con posturas extremas que hoy parecen campear por doquier.  

 

septiembre 07, 2025

Surfeando en tiempos revueltos

Foto de Thomas Ashlock en Unsplash

Estamos inmersos en medio de un oleaje del que muchos no sabemos cómo saldremos, ni cómo enfrentar. Estamos ante olas que sorprenden por su magnitud cuantitativa y cualitativa. Ahora me referiré a los cambios en el plano laboral, donde los que hemos estado viviendo en los últimos 50 años no tienen precedentes. Como consecuencia de los avances tecnológicos, las empresas con miles de trabajadores manuales están, o han desaparecido para ser reemplazadas por redes de empresas más pequeñas donde predomina el trabajo intelectual por sobre el manual. El impacto de la robotización, la automatización, si bien ya lo estamos palpando, experimentando, para bien y para mal, aún no logramos dimensionarlo.

En el plano de las familias los cambios también son de una magnitud que aún no somos capaces de aquilatar, pero esto ya es harina de otro costal del que ya tendremos oportunidad de hablar. Ahora centrémonos en lo que está ocurriendo en el mundo del trabajo.

Los conocimientos que hoy nos pide el mercado laboral, y nos pedirá en las próximas décadas, poco tienen que ver con las que nos exigían, con los que hemos estado siendo educados. Frente a las vertiginosas transformaciones en que estamos inmersos, los sistemas educacionales parecen estar a la vuelta de la rueda. Por lo general, los cambios que observamos son cosméticos, no van a la raíz. A lo más introducimos nuevas tecnologías en las aulas, cambiamos planes de estudio, modificamos programas de asignaturas, sin ir al meollo, al núcleo de las habilidades que la sociedad nos está exigiendo, y nos exigirá a futuro, no solo para trabajar, sino que para vivir. No olvidemos que, aunque nos cueste creerlo, vamos tendiendo a una disminución del tiempo dedicado al trabajo, lo que implica un aumento del tiempo de ocio. También tenemos que aprender a saber qué hacer en estos crecientes tiempos de ocio que tendremos.

Distintos organismos -nacionales e internacionales- dan cuenta de que el mundo de las empresas está exigiendo mayores capacidades de análisis, de pensamiento analítico, creativo y crítico de los trabajadores, al igual que de adaptación a los cambios, a navegar en ellos, a no dejarnos abrumar y enfrentarlos como oportunidades abriéndonos a ellos. También está teniendo mayor peso la capacidad de liderar e influir positivamente, y cuando me refiero a liderar hago especial hincapié en tener la capacidad de reunir en una misma persona al pensador, al realizador y al soñador, trilogía de atributos que pocos poseen en forma natural.

El tema no se agota con lo señalado, pero es suficiente para deducir una creciente valoración de competencias blandas no automatizables, y que se relacionan con el saber ser, estar y conocer, antes que con el saber hacer, dado que para esto último estarán las máquinas, los robots, la inteligencia artificial.

No hay mucho nuevo bajo el sol dado que estas competencias blandas siempre han sido relevantes, no solo en el mundo del trabajo, sino que en el diario vivir. Lo que ha ocurrido es que su peso ha ido in crescendo como consecuencia de la automatización de las competencias duras. En síntesis, a los trabajadores de hoy y mañana se les está exigiendo cada vez mayores capacidades no automatizables, o difíciles de automatizar. Lo positivo de todo esto es que apunta a desarrollarnos más como personas, a ser más humanos, no más máquinas. No olvidemos que hace un siglo atrás, en las empresas los trabajadores éramos los engranajes de las máquinas de producción como tan bien lo ilustra la película Tiempos Modernos cuyo protagonista principal es Charlie Chaplin.  

junio 09, 2025

Las relaciones en el mundo laboral

Foto de Marten Bjork en Unsplash

Es normal que a lo largo de nuestra vida laboral existan los períodos en los que tengamos problemas, particularmente aquellos que conciernen a las relaciones con terceros. Más allá de los problemas contractuales -de carácter permanente, temporal u otros-, económicos, o espaciales, los más complejos son los que tienen que ver con las relaciones que establezcamos con nuestros superiores, nuestros subordinados, nuestros pares, nuestros proveedores y/o nuestros clientes.

Ya estoy jubilado luego de más de 45 años de trabajo tanto en el ámbito público como privado, y me consta que no son pocos los momentos que nos resultan intolerables, inaceptables. Es todo un desafío gestionarlos de la mejor manera, de forma tal que las decisiones que adoptemos no vayan en perjuicio propio. Me refiero al perjuicio psicológico, afectivo social. Cuando las cosas no andan bien en el trabajo, cuando se está bajo un mal ambiente laboral, es hora de tomar decisiones por más dolorosas que estas sean.

Todas las relaciones tenemos que cuidarlas sin perder el norte, sin dejar de ser quienes somos, sin abandonar nuestra esencia, abriéndose a la posibilidad de que el otro tenga la razón. Los conflictos en nuestras relaciones humanas suelen darse por incomprensiones, por creer que tenemos toda la razón, desentendiéndonos de las razones de los otros. Abrirse a la posibilidad de que uno esté equivocado tiene un efecto disuasivo que suele descolocar al otro, invitándolo implícitamente a conversar, a buscar puntos en común.

Las relaciones humanas hay que cultivarlas, alimentarlas, regarlas con santa paciencia. Como los árboles, hay que regarlos para que den frutos hermosos y sabrosos. De esta forma, los árboles crecen con fuerza, con ganas, agradeciendo nuestro esfuerzo, nuestra dedicación, nuestro tiempo dedicado a ellos. Lo mismo vale respecto de las relaciones humanas en general, y laborales en particular.

No se trata de sonreír todo el tiempo ni de aparentar ser lo que no se es, ni de abandonar la franqueza; sí se trata de prudencia, de pensar antes de decir algo que puede herir. Palabras sacan palabras. La calidad de las relaciones humanas en el mundo laboral son esenciales para una vida familiar y social sana, sin tensiones. De allí la importancia de cuidarla. 

De allí que si estamos en un ambiente tóxico y los esfuerzos por desintoxicarlo son infructuosos, lo mejor es abandonarlo y buscar nuevos horizontes.

mayo 02, 2023

El día del trabajador

Para variar, junto con la celebración del día del trabajador, la violencia volvió a arreciar. Los desmanes, los saqueos, destrucción al por mayor, vuelven a hacerle un flaco favor al gobierno. Asumo que sus protagonistas son desquiciados, marginales, delincuentes que trabajan para sembrar inseguridad en quienes cómodamente ven en sus hogares lo que ocurre, no en un lejano país con esquina al mar, sino en sus propias barbas. Y con ello, no solo los sectores de más altos ingresos, sino las capas medias, terminan pidiendo más carabineros, con el perdón de los pacos, más militarización, más represión como santo remedio.

Todo esto a menos de una semana de la elección de consejeros constitucionales, una elección que no calienta a nadie y donde a última hora sectores de la izquierda y la ultraizquierda están llamando a anular el voto. No logro entenderlos. Entiendo que quieran patear el tablero, que han perdido toda esperanza de cambio, pero de allí a que tomen una decisión que terminará por, no solo imposibilitar el cambio, sino que por consolidar y fortalecer a quienes desean profundizar lo que tenemos, ya es otro cuento.

Siento que terminan por favorecer al adversario. Sería la tesis de mientras peor, mejor, olvidando que siempre puede ser peor, esto es, en vez de mejor, puede ser peor. La tesis de que todo está cocinado, de la democracia burguesa que lo encorseta todo. Lo veo como una renuncia. La ultraderecha representada por los republicanos, ha sido más inteligente. Ellos están felices con la constitución del 80 y no quieren cambiarla, pero en vez de votar nulo porque no están de acuerdo con un nuevo proceso, han decidido inmiscuirse para boicotearlo, o si es posible, “perfeccionar la constitución del 80” alterada con los cambios que se le han hecho en democracia. Se deben estar sobando las manos.

¡Cáchate la onda! Y nosotros cediéndole la cancha entera para que nos hagan los goles que quieran, de cabeza, de chilena, de chanfle, de carambola y cuantas alternativas habidas y por haber existan. ¿A qué apuestan? Seguramente a la movilización social, a la que seguramente también consideran como la partera de la historia, olvidando que al menos en Chile, la oligarquía, de la mano de su brazo armado, tiene la receta para abortar cualquier cambio que no sea con su consentimiento. En Chile al menos, creo que los avances que hemos tenido, han sido corriendo el cerco poco a poco, con santa paciencia. Boric ha tenido una frase que creo condensa muy bien esto al expresar que las grandes transformaciones se logran “sin prisa y sin pausa”.

Luego de la lluvia hemos tenido días fríos con cielos despejados para dar paso a un sol radiante, feliz. Abrazo!

 

mayo 04, 2022

Los desafíos del mundo laboral

Foto de Austrian National Library en Unsplash

Es momento propicio para poner sobre la mesa un tema crucial, no resuelto en el país: el deterioro del factor trabajo en relación al factor capital. Luego de un período de creciente participación del factor trabajo en el quehacer nacional, desde las primeras décadas del siglo pasado, a partir del golpe del 73, este proceso es revertido violentamente. De la mano de las FFAA, de los Chicago Boys que trajeron el neoliberalismo, y de los fuertes avances científico-tecnológicos, se inicia una fase en la que los trabajadores van perdiendo bruscamente terreno en beneficio del empresariado, los dueños del capital. Esta fase, a pesar de los esfuerzos desplegados desde el término de la dictadura, no ha logrado ser revertida. A lo más se ha detenido la pérdida de peso del mundo laboral sin que a la fecha logre recuperar el sitial que su propia dignidad exige. No se trata de un fenómeno meramente local. Basta mirar más allá para darnos cuenta que se trata de algo que afecta a no pocos países.

Creo que aquí está la esencia del malestar que recorre al país y si observamos con atención lo que ocurre en el mundo, se extiende a muchos otros países. La efervescencia y descontento se están apreciando tanto en países desarrollados como subdesarrollados, signo de que se trata de un fenómeno que trasciende nuestras fronteras.

El desafío es mayúsculo. ¿cómo compatibilizar los intereses empresariales con los de las trabajadores? ¿cómo lograr que lo que ganen unos no sea a costa de los otros? ¿cómo dejar que capital y trabajo dejen de darse la espalda?

Es imperativo concebir toda empresa como un espacio de producción cooperativo en el que todos sus actores –empresarios y trabajadores- la sientan suya y actúen colaborativamente.  Históricamente, las decisiones más relevantes son adoptadas por los dueños del capital y existe la percepción de que cuando las cosas van bien, las utilidades tienden a beneficiar al empresariado, en tanto que si las cosas van mal, gran parte de las pérdidas las sufren los trabajadores. Esto tiene consecuencias en el clima laboral. Las relaciones se verticalizan. Unos mandan otros obedecen.

El mundo de hoy abre espacio a otra visión. Las organizaciones tienden a ser más planas, sin tantos niveles, sin tanto verticalismo. Por otra parte los trabajadores de hoy tienen mayor nivel educacional. La tasa de profesionales al interior de las empresas está aumentando con fuerza. El grueso de los trabajadores de las empresas son personas pensantes, no son autómatas dispuestos a recibir órdenes. Exigen explicaciones, razones, participación, fundamentos de lo que se decide y ordena.

De allí que hoy, con mayor razón que nunca, es posible aspirar a que los trabajadores participen en la propiedad y en las decisiones de las empresas.  Incluso es necesario abrirse a una eventual participación de la comunidad en que se localiza una empresa. Es necesario vincular las remuneraciones mínimas y máximas al interior de ellas de modo que se establezca un rango de ingresos en el que nadie pueda ganar más de 10, 15 o 20 veces que el que gana menos. Es necesario que tanto las utilidades como las pérdidas sean compartidas por empresarios y trabajadores.

Toda empresa es un barco que navega en aguas no siempre calmas, pues surcará mares tempestuosos. Pasará momentos difíciles y toda su tripulación –los trabajadores- deben sentirse responsables, cada uno en su rol, de salir airoso. Nadie debe tener derecho a lanzar a alguien al mar en medio de una tempestad.

Es imperativo abrirse a nuevas formas de propiedad y participación que nos permitan salir del juego de suma cero en el que estamos entrampados, y donde lo que gana una de las partes es lo que pierde la otra. Tenemos que apuntar a un mundo de suma positiva, donde todos ganemos. ¿Es mucho pedir?

marzo 31, 2022

Retiros de los fondos previsionales

Pirámides Chile 1990 vs 2020

Gran parte de la clase política está empecinada en que saquemos nuestros fondos de las AFP. Unos, para que las familias en situación crítica puedan salir del paso recurriendo a sus fondos previsionales. Otros, para hacer zumbar las AFP en razón de su oposición al sistema que encarnan. Unos van por el quinto retiro del 10%, en tanto que otros van a por todas, esto es, el 100%.

Quienes promueven esto se ubican en todo el espectro político dado que sus promotores, sin vergüenza alguna, se encuentran tanto a la izquierda como a la derecha. En lugar de centrarnos en conversar y discutir para llegar a un acuerdo en torno al sistema previsional que queremos tener, lo que se nos ofrece es pan para hoy, y hambre para mañana.

Para el mundo político pareciera ser más fácil legislar para autorizar a que metamos mano en nuestros bolsillos para obtener recursos destinados a nuestra vejez, que legislar para construir un sistema previsional capaz de conciliar los intereses individuales con los colectivos. Esta es la tragedia que nos embarga.

Es hora de ponernos serios: no podemos pedirle peras al olmo. Mientras los sueldos sean bajos, es imposible pensar en que las pensiones no lo sean. Cualquiera sea el sistema previsional que nos rija, bajo la lógica dominante que sostiene que las pensiones se calculan en base a los bajos ingresos recibidos a lo largo de nuestra vida, será imposible hacer el milagro de que como jubilados no tengamos pensiones bajas.

El sistema de reparto que no pocos añoran, al menos tal como se conoció, en la actualidad es insostenible dado que la pirámide se ha invertido en los últimos 50 años como resultado del proceso de envejecimiento poblacional que ha elevado la cantidad de personas en edad de jubilar, de la reducción de la tasa de natalidad y del proceso de automatización que han experimentado las empresas. Menos trabajadores tendrían que estar financiando a más pensionistas.

Necesitamos buscar un sistema previsional que considere los antecedentes expuestos sin perder el foco: pensiones decentes requieren de sueldos decentes. Lo primero es lo primero. Y para tener sueldos decentes es imprescindible equilibrar la relación entre el factor capital y el factor trabajo. Este desequilibrio se expresa en el bajo peso que tienen las organizaciones sindicales en relación a las organizaciones gremiales empresariales, y una de sus consecuencias es que las cotizaciones previsionales descansan en los propios trabajadores sin que el dueño del capital haga aporte alguno. Y el extremo individualismo que se vive en el país se expresa en la baja contribución estatal, lo que se ha ido modificando primero con el llamado pilar solidario y últimamente con la pensión universal garantizada.

Sin embargo queda mucho por recorrer, a abrirnos a pensar “fuera de la caja”, incluyendo la posibilidad de desacoplar las pensiones respecto de los ingresos percibidos en nuestra vida laboral. Pero lo que no podemos seguir haciendo es esconder el problema bajo la alfombra, que es lo que se ha estado haciendo con los sucesivos retiros de los fondos desde las AFP.

Las AFP han hecho su aporte al desprestigio que les aqueja. Uno de ellos es el énfasis puesto en su publicidad de que los fondos son de cada uno de los cotizantes para asegurar su futuro. La pregunta que se hace el grueso de quienes cotizan es ¿cuál futuro? Y por otro lado, al insistir en que los fondos son nuestros ¿por qué no podríamos recurrir a ellos en casos de emergencia?

Por otra parte, las propias AFP sembraron expectativas que resultaron ser falsas cuando en sus inicios informaron que jubilaríamos con el 100% de nuestros ingresos. Y que hayan sido creadas en tiempos del innombrable tampoco ayuda a prestigiarlas, y menos aún al ver que los miembros de las FFAA y de Carabineros continúan bajo un sistema de reparto.