Acaba de salir el
último informe PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los
Estudiantes) con los resultados del 2025. Se trata de pruebas destinadas a
medir la capacidad para aplicar sus conocimientos y habilidades analíticas a
problemas/situaciones de la vida real, por parte de jóvenes de 15 años. Ojo, no
evalúa capacidad memorística, ni conocimientos específicos. Evalúa competencias matemáticas, de
comprensión lectora, y asociadas a las
ciencias. También evalúa competencias transversales y recoge información
contextual vinculada al nivel socioeconómico familiar y al uso de tecnologías,
entre otros.
Los resultados a nivel mundial nos confirman una tendencia a
la baja que se viene dando desde hace tiempo. Donde la baja es más pronunciada
es en la comprensión lectora, esto es, cada vez, entendemos menos lo que leemos,
cada vez nos meten con más facilidad el dedo en la boca, nos creemos cualquier
cuento, no exigimos evidencias, y somos incapaces de sintetizar textos
complejos. Le siguen las matemáticas, donde también vamos hacia abajo, aunque
no tan aceleradamente como en la comprensión lectora. Curiosamente, donde nos
hemos mantenido más o menos igual, es en el campo científico.
Este panorama a nivel global, es claramente negativo. Se salvan
de esta debacle Singapur, Taiwán, Japón y algunas regiones de China, que han
aumentado su proporción de estudiantes con alto rendimiento. Quienes más han
retrocedido, han sido los países nórdicos (Islandia, Noruega y Finlandia) y algunos
países europeos (Alemania, Holanda, Eslovenia e Islandia).
No faltan quienes
imputan a la pandemia de Covid esta baja, pero nos engañamos si creemos que ahí
está la madre del cordero. Temo que la razón sea más profunda, y se relaciona
con una suerte de culto a la tecnología en la vida diaria que, al menos entre
los menores está inhibiendo la capacidad para pensar críticamente. Hoy ya no vemos
niños leyendo libros o revistas. Más vemos niños mirando pantallas, aislados, que
moviéndose, jugando o conversando con otros. Esto, al final del día, pasa la
cuenta. Es antinatura que un niño pase sentado con la vista perdida en su
móvil. Pero así estamos.
Sospecho que
también tiene que ver la descomposición familiar. Cada vez son menos los niños
que viven con sus dos padres. Cada vez más, cuando los niños se ponen muy
quisquillosos, al menos uno de los padres, para que no los molesten, les pasan
un móvil para que no la sigan revolviendo. Y así estamos.
También se
relaciona con la pérdida de autoridad de los profesores. Si el niño tiene un
problema en la escuela, los padres están tendiendo a inculpar a los profesores
antes que a sus hijos. Al mismo tiempo, se presiona para que las aulas tengan
más y más alumnos para “economizar”, para equilibrar las finanzas. Los
profesores cada vez “valen” menos. Ya nadie quiere estudiar para ser profesor,
y si lo hace es porque no quedó en otra carrera. Y si llega a ser profesor a
poco andar le hace el quite al aula para asumir tareas administrativas, si es
que no decide otro camino.
También la segregación
escolar pasa su cuenta. Se aprende más entre desiguales que entre iguales y
resulta que los padres con recursos económicos tratan de que sus hijos no se
mezclen con la chusma. Los niños ricos van a unos establecimientos, y los niños
pobres a otros. Y así seguimos.
Recuerdo
que en una ocasión, a Angela Merkel, cuando era la canciller de Alemania, los
ingenieros y abogados del sector público alemán fueron a reclamarle por un
aumento en sus remuneraciones dado que los profesores ganaban más que ellos. La
respuesta de Merkel fue lapidaria: “¿Cómo les voy a pagar más a ustedes en circunstancias
que los profesores fueron quienes los formaron e hicieron posible que ustedes
hoy sean los profesionales que son?”. Quienes estaban en la reunión se fueron
con la cola entre las piernas.
La pregunta
que nos debemos hacer es ¿qué han hecho los países a los que les ha ido bien, o
no tan mal? Y seguro que no hay que ser un genio para darse cuenta que la “micro”
no pasa por hacer repetir a quienes les va mal, ni andar aprobando a quienes
les va mal. La “micro” pasa por atender, reforzar a los rezagados con apoyo de
los no rezagados, un trabajo apasionante que no requiere mayores vueltas de
carnero. Pasa también por integrar, en vez de segregar, por juntar a los “distintos”,
negros con blancos, ricos con pobres, lindos con feos.
Tampoco
pasa por darle la espalda a la tecnología, pero tampoco por llegar y usarla sin
ton ni son, sin mayor reflexión. La tecnología llegó para quedarse y no es mala
per se. Depende del uso que le demos. El desafío es integrarla al ambiente escolar
bajo una pedagogía guiada por profesores debidamente capacitados y valorados.
¿Cómo
estamos en Chilito? Digan lo que digan, los resultados no son como para
cortarnos las venas porque al menos en América Latina seguimos en los primeros
lugares. No es como para vanagloriarnos mayormente.
Estamos mal
en matemáticas, donde casi un 60% de los alumnos de 15 años no logra el nivel
básico de competencia, alrededor del doble que el promedio de los países de la
OCDE. En comprensión lectora vamos de mal en peor dado que cada vez es mayor la
proporción de quienes no alcanzan las competencias mínimas.
La brecha
socioeconómica sigue siendo alta: entre el 25% de los estudiantes más favorecidos
y el 25% de los estudiantes menos favorecidos existe una distancia de más de 70
puntos. Esto significa que un estudiante de altos ingresos cuenta con una
ventaja equivalente a 4 años de escolarización sobre un estudiante de bajos
recursos.
El apoyo
familiar también es un factor que explica los resultados. Es muy difícil que a
un niño le vaya bien sin apoyo familiar, y resulta que el involucramiento
familiar en el aprendizaje de los niños ha ido menguando con el tiempo.
Por lo
expuesto, el camino a seguir pasa por integrar, no segregar, que es el camino que
desgraciadamente se ha seguido en Chile a lo largo de todas estas décadas sin
que exista la fuerza política suficiente para revertirlo.
En fin, para
qué seguir. Hay factores puntuales y sistémicos implicados en los resultados
PISA. Tampoco debemos sacralizarlos porque tiene sus bemoles. El informe PISA no
es palabra de Dios ni mucho menos, pero al menos nos sirve para sospechar hacia
donde debe ir “la micro”.








