De un minuto a otro, lo
que estaba en el tapete noticioso, fue desplazado por la noticia del
fallecimiento de Piñera por asfixia por sumersión al precipitarse el
helicóptero que pilotaba en el lago Ranco. El gobierno resolvió organizar un
funeral de Estado. El país entero se vio conmovido, tanto entre sus adherentes,
como adversarios.
A nadie dejó
indiferente su muerte. Y no es para menos, dado su historial y su personalidad.
No repetiré los hitos que jalonan su existencia que por lo demás se han
reproducido hasta el cansancio en estos días. Solo diré que vivió al límite, al
borde de la cornisa, al filo de la navaja, en los dos mundos, el político y el
económico, en los que se movió como pez en el agua. No pocas veces entremezcló
ambos mundos, a punto tal que le hizo merecedor a severas críticas que nunca
llegó a aclarar, y que su muerte se llevó.
La derecha política nunca
pudo considerarlo como uno de los suyos en el más pleno sentido de la palabra. Lo
vio siempre como un afuerino por su origen demócratacristiano. Mal que mal, su
padre fue uno de los fundadores de la DC. A esto cabe agregar que tuvo la
osadía de haber declarado que para el plebiscito del 88, donde se definía la continuidad
del innombrable, optó por el NO. A codazos logró abrirse paso en el seno de la
derecha y llegar a ser candidato presidencial dejando en el camino a Lavín,
entonces candidato de la derecha más dura. Y su elección como presidente de su
primer gobierno se vio facilitada por la aparición de Marco Enriquez-Ominami
(MEO), quien le propinó un golpe mortal a la candidatura de Frei Ruiz-Tagle en
su intento de reelección. Por entonces ya la Concertación mostraba signos de
agotamiento.
Tampoco el clásico empresariado
nacional lo consideró como uno de los suyos. Más que un emprendedor, entendido
como un creador de nuevas empresas, se le vio como un especulador, como un
financista, un comprador-vendedor, con ojo de lince. Un personaje de una
inteligencia superior, que se “las sabía todas”, que estaba al cateo de todo,
capaz de anticiparse, en base a información privilegiada o no, de las oportunidades
que el mercado, tanto político como económico-financiero, le ponía por delante.
La derecha le debe
mucho a Piñera. Gracias a él pudo volver a reunir los votos que le permitieron acceder
democráticamente a la presidencia, no una vez, sino dos veces. Anteriormente, por
la vía democrática solo había alcanzado la presidencia en 1958, con Jorge
Alessandri, postulado entonces como candidato “independiente”.
Para los efectos de
las próximas elecciones presidenciales en menos de dos años más, Piñera como
animal político que era, seguía vigente en todo el sentido de la palabra, en
una suerte de estado de “reserva” a la espera del devenir de las candidaturas
de Evelýn Matthei y José Antonio Kast, siempre dispuesto a lanzarse al ruedo. Su
intempestivo fallecimiento cercenó su opción.
Tras la muerte de todo
ser humano existe la tendencia a resaltar lo positivo de su paso por este mundo
terrenal. Es bueno y sano que así sea, siempre y cuando no se nos pase la mano,
esto es, sin exagerar mayormente. Por momentos, a la luz de lo que está
apareciendo en las redes sociales, tengo la sensación de que unos lo están
santificando, así como otros, demonizándolo. Por mi parte, me resisto a lo uno
y a lo otro.

