marzo 01, 2026

La Universidad en el mundo actual

Foto de Louis Reed en Unsplash

En el mundo que nos está tocando vivir, caracterizado por un desarrollo científico-tecnológico y una capacidad de destrucción sin precedentes, como el que están sufriendo Ucrania, Gaza, y ahora Irán, me pregunto qué está haciendo la universidad. Mal que mal, tras este desarrollo científico-tecnológico y capacidad destructiva, hay profesionales, científicos formados en las universidades. ¿La universidad puede lavarse las manos al respecto?

Se me podrá decir que al final del día quienes deciden el uso que se le habrá de dar a las poderosas armas de destrucción que siembran desolación y muerte no son ellos, sino políticos. También se podrá afirmar que las empresas donde se fabrican son dirigidas por empresarios. Entonces me pregunto ¿quiénes forman a estos políticos y empresarios? Entiendo que el grueso de ellos, sino todos han egresado de universidades.

Podríamos preguntarnos cómo andamos por casa. Bueno, acá si bien no estamos a ese nivel, no podemos lavarnos las manos cuando vemos el grado de nepotismo y corrupción que se está introduciendo en algunas instituciones, y tras ellos hay encopetados profesionales formados en universidades de mucha prosapia.

Nos han dicho que la misión de toda universidad se ha de centrar en la investigación para ampliar, profundizar el conocimiento, así como en su transmisión vía la docencia, y en la búsqueda de la verdad a través de la discusión abierta y crítica en la sociedad en que se inserta

Esta última es la que pareciera estar flaqueando porque la búsqueda de la verdad exige un ambiente abierto a la crítica y la deliberación, lejos de dogmatismos y fundamentalismos. Siguiendo a Adela Cortina -profesora de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia-, en una sociedad pluralista en la que se asume vivimos, la universidad es el espacio de la libre expresión, de la libre opinión y de la libre convicción. Es en ella donde se supone que aprendemos a argumentar, a defender argumentos, uniendo razón y corazón. Cuando veo los problemas que nos afligen, y el curso de los acontecimientos, me baja la duda de que la universidad actual esté a la altura de lo que se cree que es.

La misión de la Universidad si bien reside en transmitir y profundizar conocimientos en la sociedad en que se inserta, también debe proveer algo más que eso, sabiduría y ética. Sabiduría y ética para distinguir lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo. Quizás esto sea gran parte de lo que está faltando, y explique porque estamos como estamos, en la región, en el país, en el mundo. Porque en lo que tiene relación con la investigación, transmisión y difusión del conocimiento, la irrupción de las redes sociales y la inteligencia artificial está haciendo de las suyas.




febrero 25, 2026

El declive del credencialismo

Foto de MD Duran en Unsplash

Estamos ingresando a un mundo que está exigiendo más evidencias de capacidades, antes que títulos o certificaciones. Hoy por hoy las empresas están tendiendo a contratar personas más  por lo que han sido y son capaces de hacer, antes que por sus diplomas, títulos de pregrado o posgrado y/o credenciales educacionales de cualquier otro orden.  La pregunta es ¿por qué?

Bien sabemos que todo título o certificado no es sino un documento, de rango oficial, que acredita el cumplimiento de un conjunto de requisitos específicos por parte de quien es identificado en el documento. Se asume que el cumplimiento de tales requisitos asegura al titular la adquisición de un conjunto de saberes para desempeñar determinadas funciones dentro de una organización y/o en la sociedad.

Esta columna nace porque estamos viviendo tiempos de pérdida de valor de los títulos, postítulos, certificados. Visualizo 4 motivos de esta devaluación.

Uno, porque el titulo o certificado no acredita lo que dice acreditar, lo que puede ocurrir cuando hay manga ancha a la hora de exigir y/o calificar, y que denomino inflación educacional.

Dos, porque en un contexto de vertiginoso desarrollo científico-tecnológico, todo se ha vuelto volátil, incluidos los títulos y certificados, puesto que los conocimientos, las habilidades que se exigen hoy, difieren de los de ayer.

Tres, porque la educación está siendo vista por no pocos como un negocio que hay que estrujar al máximo por la vía del marketing, aprovechando las dificultades del mercado para constatar la calidad del servicio educacional.

Cuatro, porque el perfil del cargo a ocupar está mal definido, exigiendo títulos o certificados que no garantizan que una persona se desempeñe efectiva y eficientemente en él.

Lo expuesto explicaría porqué el credencialismo está en la picota, en jaque. Lo que la sociedad, las empresas están exigiendo son pruebas indesmentibles, actuales, de competencias, de potencialidades, que no todo título o certificado es capaz de validar.

De allí que nos encontremos con empresas que cuando piden a un ingeniero, además exigen que su título no provenga de universidades determinadas. Está también el caso de que aún sin explicitarlo, priorizan a quienes tienen títulos o certificaciones de instituciones específicas.

También se tiene el caso de empresas interesadas en contar solo con profesionales que hayan egresado dentro de los últimos 5 años. La experiencia sigue teniendo valor para las empresas, pero dentro de ciertos límites.

Las credenciales y los certificados cumplen un rol de filtrar, discriminar, seleccionar a quienes cumplen ciertos requisitos respecto de quienes no los cumplen. Cuando no cumplen este rol, inevitablemente pierden valor en el mundo laboral, y es lo que pareciera estar ocurriendo.

El énfasis en el credencialismo abre un espacio desmesurado a quienes poseen títulos y certificaciones de competencias que, a la hora de la verdad, de ponerse en acción, no tienen. En tal sentido es una buena noticia que las ofertas de empleo exigiendo títulos o certificaciones de cualquier orden, estén disminuyendo.

Al menos es lo que está ocurriendo en los países de mayor desarrollo. Por ejemplo, Google recientemente acaba de contratar un alto número de personas sin títulos ni licenciaturas, que no han estado en la universidad, pero que resuelven problemas reales, que son autodidactas, capaces de aprender por su cuenta. Son personas que no tienen las paredes atiborradas de títulos y certificaciones. Todo un signo

Estamos entrando a un nuevo mundo, un mundo en el que la selección basada en títulos y certificados excluía a talentos que se aburrían en clases y/o son incapaces de seguir un plan de estudios plagado de asignaturas que no les interesan.

Ya no importa qué ni dónde estudiaste, sino qué has hecho, o cuáles son los frutos de tus estudios. Tu portafolio de evidencias, antes que tu portafolio de títulos, grados o diplomas.

Para los chantas, que el credencialismo esté en declive es una mala noticia.

febrero 20, 2026

Todo tiene un límite

Foto de GR Stocks en Unsplash

Por estos días tenemos el caso Epstein que nos muestra en todo su esplendor en qué pueden terminar los abusos de poder por parte de quienes se creen que pueden hacer lo que quieran. En Chilito tuvimos nuestro propio caso Epstein en los primeros años del presente siglo, hace ya más de dos décadas: el caso Spiniak. ¿Qué tienen en común ambos casos?

Tanto Epstein como Spiniak eran empresarios con un poder económico suficiente para financiar y hacer lo que les diera la gana. Ambos tejieron redes para explotar a menores de edad o adultos jóvenes que no denunciaban nada por la asimetría de poder existente. Y en caso contrario, las denuncias eran desacreditadas por el peso de una extensa red de contactos y protección.

La consecuencia de esta manifiesta desigualdad de poder, no es otra cosa que la impunidad. Pero todo tiene un límite. Creyéndose intocables, gracias a sus riquezas monetarias, van tejiendo una amplia red de conexiones políticas, sociales y económicas, como una suerte de muro infranqueable destinado a blindarlos. El problema es que tanta es el agua que llega al cántaro, que éste al final se rompe. Es lo que parece estar ocurriendo ahora con el príncipe Eduardo, hermano del rey de Inglaterra.

Junto a estos casos de tanta notoriedad, también hay otros más cercanos, que nos acompañan, de menor envergadura, pero que encierran lo mismo: abuso de poder. Mas de uno de mis lectores debe haber conocido casos en el ámbito laboral en los que necesitamos contratar a alguien. Y donde se constituye una comisión con miras a definir las características que deben cumplir quienes postulan al puesto de trabajo que se está creando. Definido el perfil de quien debía ocupar el puesto de trabajo, se hizo el llamado a concurso correspondiente.

Lo curioso es que las características definidas estaban a la pinta, calzaban, con las de la esposa del jefe de quienes conformaban la comisión. Como era de esperarse, la esposa se adjudicó el puesto, razón por la cual su nombre se elevó a instancias superiores para su concreción. Dada la relación existente (esposa del jefe), el resultado del proceso fue rechazado. ¿Cuál fue la solución? Poco después, renuncia el jefe, quien es asignado a otro cargo. Se hace un nuevo llamado a concurso, con similares bases, y vuelve a ganarlo la misma persona. Ahora el resultado del proceso fue aprobado. Poco después el esposo vuelve a la unidad de la que era jefe, y en la que fue contratada su señora. Y a poco andar, vuelve a ser jefe. Y ahora es jefe de su señora.

El jefe salió con la suya, pero la mona por más que se vista de seda, mona queda.  A veces se demora en destaparse la olla, pero al final se destapa. Es la gran lección que nos deja el caso Epstein. El ser humano requiere controles. A la sociedad le hace mal una desigualdad de poder -de todo orden- más allá de la razonable. Precisar cuánta desigualdad es la razonable es todo un desafío.

febrero 17, 2026

Historia y compañía: las claves para votar

Foto de Emily Karakis en Unsplash

La sociedad conserva una visión de las universidades un tanto idealizada, como si fuesen instituciones de cristal, donde estarían los mejores, donde se concentra el conocimiento, donde la miseria humana no tendría lugar. Es posible que así haya sido en sus primeros tiempos, y que lo siga siendo, pero solo en algunas universidades. Mal que mal, hoy se compran y venden universidades. Así y todo, dentro de la población persiste una imagen positiva de ellas.

Se asume que las universidades son instituciones superiores, que están libres de polvo y paja, tal como la visión que se tiene de la Corte Suprema, cuyos integrantes, particularmente las más altas jerarquías, se asume que garantizan justicia para todos por igual. No sin estupor hemos estado presenciando que los bajos instintos también recorren sus espacios.

De hecho, ninguna institución, desde el minuto que está conformada por personas de carne y hueso, se salva de verse arrastrada al barro, y encontrará mil fórmulas para ocultarlo, esconderlo, simulando que todo está bien, pero al final del día, aunque tarde, la realidad saldrá a la luz. Y mientras más tarde, más en el barro estará, y más costará sacarlo.

Mientras mayor sea el nivel de autonomía de una institución, mayor es el riesgo de corrupción, de nepotismo, de amiguismo, el que se ve multiplicado cuando se está ante una organización altamente jerarquizada. Jerarquía que se asume dada por los méritos de quienes la conforman, pero que en la práctica se ve distorsionada a punta de redes, contactos, influencias, de poderes que trabajan en la sombra, los poderes fácticos. La autonomía es un arma de doble filo.

Todo esto ¿está en la naturaleza humana? Siempre existirán influencias indebidas, pero el desafío es tener la capacidad para denunciarlas, reducirlas, eliminarlas, y tenerlas presente para que a la hora en que a uno le toque incidir, decidir, enfrentarse a ellas. Se asume que somos libres, que el voto es secreto, pero, así y todo, no es fácil librarse de presiones, atosigamientos. Incluso en las universidades, donde se asume que sus integrantes tienen suficiente independencia.

A la hora de elegir a autoridades, los cantos de sirena de los candidatos en carrera -sus propuestas, programas-, ofreciendo el oro y el moro, inevitablemente estarán a la orden del día. Pero no podemos dejarnos llevar por ellos porque bien sabemos que suelen quedar en el papel, y rara vez cristalizan. No necesariamente por falta de voluntad, sino porque dirigir una organización, sea esta pequeña, mediana o grande, supone navegar por aguas no siempre previsibles.

He trabajado por más de 40 años en distintas universidades y participado en distintos procesos eleccionarios al interior de ellas. Creo que la clave para tomar una decisión, para votar por un rector, más allá de las propuestas, de lo que se dice que se va a hacer, de la forma en que se implementará lo que se propone, son dos variables: la credibilidad del candidato, y quienes están tras él, quienes le acompañan.

En cuanto a credibilidad me refiero no tanto a tener ununa trayectoria académica plagada de títulos, grados, proyectos o papers, sino a una vida personal intachable, sin mancha alguna. Un historial tal que allí donde pueda haber existido una relación de poder, no se haya hecho uso y abuso de él, como es el caso de involucrarse en una relación afectiva con un(a) subordinado(a), o un(a) alumno(a). Una credibilidad que viene dada por cuánto trecho hay entre lo que dices y lo que haces.

En la vida puedes estar toda la vida proclamando a los cuatro vientos la participación, pero a la hora de la verdad, andar “cocinando” consejos, reuniones, juicios, para que los resultados sean los que quieres. No olvidar que la mona, por más que se vista de seda, mona queda.

En cuanto a quienes acompañan a un candidato, es importante saber quienes son las dos o tres personas más próximas a él y con quienes más se relaciona, así como quienes están en las sombras, agazapados. Éstos son quienes no se dan a conocer explícitamente, pero ante quienes el candidato ha de responder antes que a sus votantes. Dime con quién andas, y te diré quien eres.