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| Ilustración creada por Gemini |
Como escribí en mi columna anterior (leer), mi trayectoria
académica se inició por necesidad, más adelante por gusto e interés, pero nunca
pensé que sería mi medio de sustento económico como terminaría siéndolo.
Estaba iniciando mi vida profesional como egresado de ingeniería
civil industrial en el Banco Central, en el campo del control de divisas,
cuando éstas escaseaban y había que racionalizar su destino. Me tocó trabajar
en el área de lo que entonces se llamaba la línea blanca, la de los productos
electrodomésticos, con las empresas productoras de lavadoras, refrigeradores,
etc. que demandaban divisas para la compra de partes y piezas importadas. Entre
las empresas destacaban Fensa, Mademsa y Trotter.
Con el golpe del 73, la unidad en que trabajaba dentro del Banco
Central, fue eliminada. Su razón de ser, la escasez de divisas, desapareció
dado que por obra del birbiriloque, o del Espíritu Santo, o del golpe, las
divisas aparecieron. De un día para otro, ya casado, con 25 años, quedé sin
trabajo, sin indemnización, sin nada, al igual que todos los que allí
trabajábamos. Solo conservaba mi trabajo como profesor de cátedra de
Estadísticas en la Universidad de Chile por 4 horas semanales que a duras penas
me reportaba ingresos para la locomoción colectiva.
Envié mi currículum a las pocas empresas que ponían avisos ofreciendo
trabajo. Eran tiempos de convulsión. Ninguna empresa respondió, ni que sí ni
que no. La angustia arreciaba. Un pituto y un emprendimiento educacional en el
que me sumergí me permitió sobrevivir. En marzo de 1974, las universidades
empiezan a hacer llamados a concurso para completar vacantes generadas por la
expulsión de muchos académicos en el marco de la política de “extirpar el cáncer
marxista que se había enquistado en el seno de ellas”.
Dado que mis postulaciones a empresas que requerían profesionales
en el campo que había estudiado no estaban siendo consideradas, empecé a pensar
que estaba en una suerte de “lista negra”. Es así como empiezo a postular a las
universidades que llamaban a concurso, enfatizando mi experiencia docente en la
Universidad de Chile y eliminando de mi currículum la experiencia vivida en el
Banco Central porque intuía que sería mal visto por haber sido despedido el
mismísimo 11 de septiembre. En esos tiempos las universidades habían sido intervenidas,
sus rectores defenestrados y reemplazados por rectores “delegados” nominados
por el gobierno. En general fueron repartidas entre las distintas ramas de las
FFAA. La Universidad de Chile fue asignada al ejército, y la Universidad del Norte
a la marina.
Así como de un día para otro quedé sin trabajo, de un día para
otro quedé aceptado en dos universidades: la Universidad Austral en Valdivia y
la Universidad del Norte en Arica. En la primera (la USACH) fue gracias a un
pituto: el marido de una prima, trabajaba allí y me había pasado el dato; en la
segunda, fue sin pituto, sorteando entrevistas.
En ambas era para hacerme cargo de las asignaturas de Estadística
que se impartían a varias carreras. Tenía que decidirme por una de ellas. Me
atraía más la Universidad Austral por su localización, su verdor. Sin embargo,
opté por la Universidad del Norte, en medio de la aridez del desierto. Opción
tomada porque ya estaba empapado del síndrome del perseguido y pensé que, si
las cosas no se daban bien, desde Arica sería más fácil apretar cachete por ser
ciudad fronteriza.
Cuando llega el momento de concretar, se me piden papeles, entre
ellos, que no estaba siendo procesado en tiempos de guerra. Documento que había
que solicitar en el edificio del Ministerio de Defensa Nacional. Allá concurro,
no sin temor. Después de unos días se me entrega el documento que guardo como
hueso santo.
En él se indica que no estaba siendo procesado en tiempos de
guerra y lleva la firma, no del innombrable, pero sí la del general Sergio
Arellano Stark, en su calidad de comandante de la Guarnición
Militar de Santiago. Esto es, del mismísimo responsable de la operación conocida como la Caravana de la Muerte
entre los meses de septiembre y octubre de 1973.
Con ese documento se allanó el camino para ser contratado, como
académico jornada completa en la sede Arica de la Universidad del Norte a
partir del 20 de agosto de 1974. Es así como, junto con mi señora, nos
instalamos con camas y patacas en la puerta norte de Chile.
Dicen que querer es poder. No es mi caso. Fui académico por
accidente, por esas cosas de la vida, no porque me lo propusiera.
En esos tiempos, ser académico era ser docente. La investigación
era una actividad reservada para pocos y en áreas muy específicas. En Arica se
investigaba en las disciplinas de agricultura y arqueología, sin que existieran
carreras asociadas a ellas; y se impartía docencia en educación, ingeniería y
otras áreas, sin que existiera mayor investigación en ellas.
Como pueden ver, fue el golpe del 73 el que torció mi trayectoria
profesional hacia el mundo académico en tiempos en los que no existían
jerarquías académicas tal como se definen hoy, ni una Universidad de Chile y
una Universidad Técnica del Estado jibarizadas, despojadas de sus sedes
regionales, transformadas hoy en universidades regionales.
Eran tiempos en los que la actividad académica universitaria si
bien incluía la docencia, la investigación y la vinculación con el medio, en
ese momento llamada extensión universitaria, en unas más que en otras, era
dominada por la docencia que en ellas se impartía.
A ver si en una próxima columna escribo unas líneas de lo que fue mi evolución académica desde que llegué a Arica.

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