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| Fuente: Foto de Jeff Kingma en Unsplash |
Pocas dudas caben de que Trump no está en sus cabales. Y si lo está, es desde una lógica distinta a aquella de la que estoy impregnado. Si bien cuesta tomárselo en serio, desgraciadamente no es broma desde el minuto que tiene acceso a pulsar el botón nuclear, que cree que puede imponer sus términos sin medias tintas.
Cuando sostengo que no está en sus cabales, no estoy formulando una
acusación gratuita. Está fundada en comportamientos y hechos.
Dijo que, asumiendo la presidencia, en 24 horas terminaría la guerra en
Ucrania. La guerra continúa como prueba de la falsedad y carencia de base de
sus afirmaciones. Y no muestra visos de terminar. De cuando en cuando se pega
sus peroratas dándola por terminada. Puras fantochadas.
Si algo le caracteriza, es su prepotencia, su
afán por retrotraer todo avance civilizatorio alcanzado trabajosamente, dilapidándolo
sin vergüenza. Pasando a llevar tratados internacionales, imponiendo la fuerza
bruta a tajo y destajo, desvergonzadamente. La captura de Maduro es todo un
signo, y la guinda de la torta es la sumisión de la “presidenta encargada” de
Venezuela. Lo del narcotráfico no fue más que una excusa, lo que le importaba
era apoderarse del petróleo. Con el petróleo en mano ya no necesita a Machado. Y a Cuba la está ahogando a cámara lenta por no someterse a sus designios.
Antes de ganar las elecciones presidenciales de los EEUU, sostuvo que, con él en la presidencia, ya no habría más guerras. Las está multiplicando. Y las guerras en que se está involucrando no muestran signos de terminar ni mucho menos.
Y
más encima quería para sí el Nóbel de la Paz. Finalmente obtuvo, del presidente
de la FIFA, Infantino, alias el rastrero, que inventara el premio de la paz de
la FIFA para dársela. Y le pidió a Infantino que intercediera para que un
jugador de EEUU, en el campeonato mundial, quedara eximido del castigo de jugar
un partido clave. Dicho y hecho, el jugador jugó. Así gobierna Trump.
Creyó que su incursión en Irán sería pan comido. Destruyó, mató a toda la
cúpula gubernamental, pensando que los iraníes se volcarían a las calles
celebrándolo. Una y otra vez ha dicho que la guerra ha terminado. Nada de eso,
todo lo contrario, la resistencia perdura hasta el día de hoy. Los iraníes no
muestran signos de rendición no obstante las amenazas que periódicamente les
lanza. A los estadounidenses le está haciendo recordar la guerra de Vietnam,
cuando se fueron derrotados con la cola entre las piernas.
Mientras el mundo sufre las consecuencias de las guerras desatadas, sus
negocios están en alza. Está jugando con fuego. Los tratados de libre comercio
se los mete al bolsillo. Y como si nada castiga a moros y cristianos, aplicando
aranceles a diestra y siniestra, a países “amigos”, dejándolos
como chaleco de mono.
Quiere que todos seamos suyo, que México sea un estado más de EEUU, al igual que Canadá, y así estamos.
Y de cara a las elecciones de “medio término”
que se llevarán a cabo en noviembre, donde se renovarán total y parcialmente
las dos cámaras que componen el poder legislativo estadounidense, le ha hincado
el diente a Groenlandia sin que la OTAN ose reaccionar en su defensa.
En política interna, las guerras le están pasando la cuenta, al igual que a
todo el mundo: con inflación, desestabilizando el comercio internacional, las
relaciones entre los distintos países. Los gobernantes están perplejos. Nunca
imaginaron que al frente de un país como EEUU fuese elegido, no por primera
vez, sino por segunda vez, un personaje de tamaña catadura. Ello no hablaría
bien de la mayoría de sus ciudadanos.
Que Trump salga airoso de todo esto me temo que sea una mala noticia para
quienes no creemos que los conflictos se resuelven por la vía de la imposición
de quien tenga consigo la fuerza militar y económica. Una mala noticia porque
representa un retroceso civilizatorio, la derrota de la diplomacia, del respeto
a los acuerdos contraidos de buena fe entre unos y otros.
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