En la semana, el presidente José Antonio Kast (JAK) se
despachó una frase para el bronce: “A veces 500 millones para una investigación
que termina en un libro precioso, empastado en la biblioteca ¿cuántos trabajos
generó? Ninguno”.
Esta declaración la hizo en Puerto Montt, la ciudad
popularizada por el conjunto uruguayo Los Iracundos, en las dependencias de la
Empresa Portuaria de Chile (EMPORCHI), donde hice mi segunda práctica como
estudiante de ingeniería en el verano de 1970 (la primera la hice en 1969 en
Fanaloza. Declaración emitida en una de sus salidas denominadas “Presidente
presente” con miras a proyectar un gobierno en terreno, en acción.
Su declaración supone que los dineros públicos destinados
a la investigación en las universidades van a saco roto, se dilapidan, dado
que no conducen a nada, salvo a producir libros y/o papers, que podrán verse
muy lindos en los anaqueles de las bibliotecas, pero que no generarían trabajo.
Esta declaración no viene sola, dado que va acompañada de
otras que encierran veneno puro. En una de ellas nos invita a hacer “un
seguimiento a todos los recursos que se han entregado en los centros de
educación y veamos cuál es el resultado (…), se van a sorprender”.
Esta invitación no deberíamos dejarla pasar sin una contundente
respuesta que haga referencia a un conjunto de puntos.
Uno, qué país queremos ser. Si queremos seguir siendo,
per secula seculorum, un país dependiente, exportando piedras, minerales,
recursos naturales sin mayor valor agregado, viviendo al compás de la música que nos
pongan terceros, entonces JAK tiene toda la razón del mundo. Todo apunta a que
JAK querría que sigamos a la vuelta de la rueda, mordiendo el polvo de la
derrota. Espero que el país no quiera eso. Si queremos tener algún grado de
autonomía, dejar de ser un país que se limita a extraer sus recursos minerales,
necesariamente debemos invertir en ciencia y tecnología.
Dos, los recursos que el país destina a investigación y
desarrollo (I+D) está por debajo del 1% del PIB y dos tercios de ellos son
públicos, siendo tan solo un tercio recursos privados. Para aspirar a salir del
subdesarrollo, es imperativo más que duplicar la inversión en I+D. Los países
desarrollados lo son porque apostaron invirtiendo más del 2% de su PIB en
ciencia y tecnología. Mientras nos pasamos centrados en lo urgente, descuidando
lo importante, seguiremos a la vuelta de la rueda sin salir del círculo vicioso
en que estamos sumidos. Encontrar la combinación apropiada de políticas que
atiendan a lo urgente, así como políticas que atiendan a lo importante es el
desafío en que estamos inmersos.
Tres, los recursos que las universidades destinan a sus investigaciones
no son a punta de olfato ni a ojo de buen cubero, sin medición alguna. Existen organismos
públicos que administran fondos concursables a los cuales postulan los
investigadores. Postulaciones que no se limitan a pedir fondos. Hay filtros
vinculados a la temática que se aborda, a la solidez de los equipos de
investigadores que hay tras cada proyecto, hay que justificar, hay que especificar
resultados, beneficiarios, problemas que abordan, metodologías a emplear. No es
llegar y postular; tampoco es postular y ganar. Hay que traspirar la gota
gorda. No es llegar y llevar como en La Polar. O llegar y ganar, o llegar y
llevarse la plata para la casa como parecen creer JAK y su círculo inmediato. Es
lo que también creyó en su momento Federici, el rector de la Chile designado
por el innombrable.
Cuatro, a diferencia de lo que señala JAK, las
investigaciones sí generan empleo. Tras los millones que se destinan a los
proyectos hay trabajo en terreno desarrollado por trabajadores, hay científicos,
ayudantes, asistentes a los cuales hay que remunerar, laboratorios que se deben
financiar. No me extiendo para no abusar. Es como si preguntara cuánto empleo
generó JAK con los millones que se embolsó en su más de una década como parlamentario
en la Cámara de Diputados.
Cinco, los resultados no se limitan a libros y/o papers,
que son tan solo expresiones tangibles. También están los intangibles, “los que
no se ven”, de difícil medición, las nuevas preguntas que emergen en busca de
respuestas, los descartes de alternativas que se creían viables, pero que se
demostraron inviables. A esto debemos agregar que no todos los resultados son
inmediatos, también están aquellos que solo tienen lugar en el largo plazo. Y, por
último, también hay resultados indirectos.
A modo de ejemplo, la reducción en el tamaño de
artefactos electrónicos, así como el aumento de sus capacidades fue
consecuencia de investigaciones con recursos públicos en el ámbito espacial
cuyos resultados fueron escritos en papeles, de allí fueron a parar a papers y
libros. Y finalmente terminaron en productos concretos a cuya producción se
lanzó con especial furor el mundo privado al detectar una potencial demanda por
parte de consumidores ávidos de novedades espoloneadas por un marketing a la
vena.
También está el caso de internet, la red de redes, la web
que está inundando nuestras existencias. Nació de investigaciones cuyos
primeros resultados estaban contenidos en libros, bien o mal empastados, que
iban a parar a bibliotecas. No todos los resultados de las investigaciones terminan
en innovaciones que impacten en la vida de las personas. Todo parte de una
idea, o un conjunto de ideas, y las expectativas no siempre cristalizan. Las
investigaciones están plagadas de ensayos y errores siguiendo métodos
científicos y los resultados no siempre son los esperados. Sin investigaciones
seguiríamos creyendo que la tierra es plana, que nacemos en virtud del Espíritu
Santo, y seguiríamos viviendo en la penumbra, como parece vivir JAK iluminado
por una vela.
En fin, no sigo para no abrumarlos, pero esto es tema para más de una columna, porque tampoco se trata de meter todas las investigaciones que realizan las universidades en un único saco. Mal que mal, hay investigaciones e investigaciones, pero según nuestro ordenamiento institucional, no es el presidente ni sus colaboradores los iluminados para decirnos cuáles han de ser financiadas con recursos públicos.


