junio 24, 2026

Midiendo con distinta vara

Foto de Elyse Chia en Unsplash

Hay dos hechos cuyos contrastes dan cuenta de la vara con que los distintos sectores los relatan, observan, evalúan.

Uno es el de los niños haitianos supuestamente perdidos, descubrimiento que el gobierno de Kast aprovechó para hacer leña del árbol caído, culpabilizando al gobierno de Boric. El paso de los días puso las cosas en su lugar: los niños no están perdidos. Estamos hablando de migrantes vulnerables que arrancan de un país fallido, Haití.

Dos, es el del conductor de un automóvil BMW, que transitaba por Santiago a una velocidad por sobre los 200 km por hora. La policía, al detectarlo, le ordena detenerse. Todo apunta a que se trata de un palo grueso, no perteneciente a sectores vulnerables, por lo que a pesar de manejar a exceso de una velocidad poco razonable, de alto riesgo, no se le retuvo la licencia de conducir ni se le detuvo.

Son dos casos opuestos, uno perteneciente a la casta económica, que debe vivir en el triángulo de Bermudas configurado por las comunas de Vitacura, Las Condes y Lo Barrenechea. Seguramente hijo de la meritocracia, hijo de familia decente. Para protegerlo se ordena ocultar su identidad. El otro, perteneciente a los pobres, marginados, postergados, son nominados públicamente una y otra vez. Seguramente fruto de la pobreza, de no querer trabajar como pregonan y exigen los de arriba.

Los casos que revelan empatía con unos, pero no con otros. Empatías que se entrecruzan. En el caso de los niños haitianos ahora se afirma que se violaron las leyes al posibilitar el ingreso a Chile de niños sin su documentación en regla. El servicio de migraciones de la época no habría exigido lo que las leyes exigían. Privilegió la humanidad, la solución del drama haitiano a la obediencia de leyes. Privilegió la reunificación familiar.

En el caso del palo grueso solo faltó que recriminaran a la policía que tuvo la osadía de detener al BMW por poner en riesgo a otros. Seguramente, al comunicarse con sus superiores, éstos al consultar quien era el conductor, prefirieron cortar por lo sano, devolviéndole su licencia. Solo faltó que le pidieran disculpas.

Esta es la realidad, la penosa realidad que corroe, que explica porqué todo se nos hace cuesta arriba, porqué estamos como estamos. Para salir de esto hay que cortar por lo sano partiendo por tratarnos como iguales.

Érase una vez …..

Llegue a Arica en agosto de 1974 luego de casi un año buscando trabajo. Cuando sobrevino el golpe del 73 y la unidad en la que trabajaba en el Banco Central de Santiago fue suprimida el mismo 11 de septiembre. Justo ese día celebraba mi segundo aniversario de matrimonio. Solo conservé mi calidad de profesor hora en la mítica Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile donde era profesor de cátedra de Estadística luego de haber sido ayudante y profesor auxiliar. La remuneración era más que nada simbólica, tan solo para movilizarme y por el honor de trabajar en la Universidad de Chile.  Enviaba mi currículo a distintas empresas sin que me llegara respuesta alguna. Ya pensaba que estaba en una lista negra. Eran tiempos bravos.

Cada vez más universidades estaban llamando a concurso para proveerse de profesores dado que los rectores militares apoyados por civiles, en el marco de extirpar el cáncer marxista, despidieron a cientos de profesores. Empiezo a postular a tales concursos, aprovechando mi condición de profesor hora en la Universidad de Chile. Me llaman a entrevistas en la Universidad Austral de Valdivia y en la Universidad del Norte, sede Arica. En esta última fui entrevistado por quien era el Director Académico, Enrique Correa. Soy entrevistado y quedo en ambas. Me atraía más Valdivia por su verdor, pero me incliné por Arica por ser ciudad frontera, y por lo mismo, más fácil de emigrar si la cosa se ponía más fea. Tenía el síndrome del perseguido.

Así fue como llegué al departamento de Matemáticas para impartir los cursos de estadísticas, en tiempos de Freddy Veas, Mario Alvarado, Washington Mansilla, Gonzalo Masjuan, Víctor Sánchez, Yanko Ossandón, Eward Trigo, Benjamín Cordero, Miguel Schönfeldt. Poco tiempo después se resuelve que las matemáticas y física estén bajo la responsabilidad de los departamentos que imparten las carreras. A Yanko, Miguel y yo nos destinan al departamento de administración y economía. En este departamento me encuentro con Raúl Díaz, Amparo Nuñez, Jaime Díaz, Angel Henríquez, Pablo Jiménez, René Labraña, Carlos Valencia, Ángel Awad. Este último era el director del departamento. En esos tiempos el Vicerrector de la sede Arica de la Universidad del Norte era Sergio Giaconi, uno de los fundadores de la carrera.

Por 1976 el país experimenta una razzia política que afecta a la universidad y a la carrera de INGECO. Son destituidos el Vicerrector, Sergio Giaconi, y en el departamento son despedidos René Labraña y Carlos Valencia. Fueron los tiempos en los que el mundo cristiano empezó a levantar la voz ante las barbaridades que estaba realizando la dictadura –desapariciones, torturas, asesinatos, exilios- y que se estaban conociendo. En reemplazo de Giaconi, impuesto desde la casa central de la Universidad del Norte en Antofagasta, llega un nuevo Vicerrector, Félix Viveros, dentista, reservista del Ejército, quien en no pocas ocasiones llegaba a sus oficinas en uniforme de combate. Se renueva el departamento con savia nueva, de sus propias entrañas. Allí están Juan Iglesias, Ada Acevedo, Alexis Gutiérrez, Héctor Cáceres. En reemplazo de Ángel Awad llega aparece un nuevo director, Pedro Arriagada, economista traído desde las alturas de Santiago. Dura poco. Eran tiempos en que las universidades estaban intervenidas y distribuidas entre militares, marinos, aviadores y cómplices civiles. La Universidad del Norte había sido asignada a los marinos.

Junto con Yanko empezamos a hacernos cargo de los primeros cursos de computación, sin tener computadores. Eran los tiempos de las tarjetas perforadas, las de la polla gol, de los mazos de tarjetas que partían al Centro de Computación que la Universidad del Norte tenía en Antofagasta (CECUN). Allá tenían un equipo IBM 1130 con 8 KB de memoria RAM y 5 MB en disco, en una gran sala especialmente acondicionada para estos efectos. Los primeros programas eran en FORTRAN, luego en COBOL. En un semestre a duras penas alcanzábamos a procesar un programa computacional! Partían las hojas de codificación de los alumnos y en CECUN las secretarias se encargaban de perforar las tarjetas, armar un mazo de tarjetas por cada programa escrito en las hojas de codificación; y luego pasar cada mazo por la lectora de tarjetas para “compilar” cada programa. Es así como regresaban los mazos de tarjetas con los programas “compilados”. Todo esto tomaba semanas, y siempre llegaban con errores, ya sea de perforación, de interpretación, de compilación o de ejecución. Toda una odisea de la cual son testigos los alumnos de entonces. Y los errores había que buscarlos e identificarlos.

Así los programas iban y venían a paso de tortuga. Es así como con Yanko en más de una oportunidad tuvimos que viajar a Antofagasta para acelerar este proceso. Eran tiempos de viajes por tierra, los fines de semana, sin presupuesto, sin viáticos, por amor a Cristo. Tiempos de colonización computacional. Para el fin del semestre, para aprobar, los alumnos debían tener sus respectivos programas ya ejecutados correctamente. Se acercaba el término del semestre y los programas arrojaban errores, no entregaban los resultados esperados de acuerdo a los datos de entrada que se tenían. Es así como en más de una oportunidad, con los cursos completos organizábamos viaje a Antofagasta, para allá in situ apurar los procesos. Alojábamos en escuelas, durmiendo en sacos de dormir, en el suelo, y ya no recuerdo cómo nos alimentábamos. Viajábamos toda una noche, procesábamos y corregíamos los programas en el día, dormíamos, y al otro día seguíamos en eso. Luego volvíamos a Arica, también por tierra, con los programas ya compilados y ejecutados correctamente, con la íntima satisfacción del deber cumplido. Tiempos heroicos, sin pandemia, cuando no existían bonos, ni ayudas de ningún tipo. Todo por Cristo Nuestro Señor!! 

Tiempos inolvidables, forjados a punta del esfuerzo de alumnas y alumnos a quienes con mucho orgullo veo y sigo sus pasos a la distancia. Mujeres y hombres de bien, profesionales a carta cabal. A los próceres de entonces los recuerdo nítidamente, no así sus nombres. Aún a costa de ser injusto, nombraré a quienes sí recuerdo de esos años dorados: Marcelino Garay, Yamil Jorrat, René Solar, Juan Carlos Gandolfo, Leyla Farah, Aulis Tornero, Teresa Fernández, Marisol Correa, Gonzalo Muñoz, Mauricio Néspolo, Santiago Arata, ….

La gran conquista en dichos años por parte de la sede Arica de la Universidad del Norte, fue la adquisición de una máquina perforadora de tarjetas. Ella nos permitía perforar localmente los mazos de tarjetas, los que remitíamos a Antofagasta para su procesamiento. Esto ayudó a acelerar los procesos. Es así como se logró que en los semestres sucesivos, en vez de un programa al semestre, pudiésemos ejecutar dos programas por alumno en un semestre. Arica seguía sin tener computadores. Ni la universidad, ni el municipio, ni las empresas tenían computadores. No existían en Arica.

Un buen día, un egresado de la carrera, Carlos Norambuena, dueño de Comercial Prat, que estaba en la esquina de 21 de Mayo con Arturo Prat, se acerca a conversar con Yanko y conmigo. Nos cuenta que se compró un computador NCR Century 100 para su empresa y que el vendedor le dijo que si lo compraba, él se lo trabajaría. Lo compró y el vendedor desapareció. Entonces nos planteó: “yo tengo un computador que no sé trabajarlo; ustedes no tienen computador y saben trabajarlo: les propongo crear una empresa de servicios computacionales, donde yo pongo el computador y ustedes lo trabajan. Si la empresa sale adelante, nos repartimos igualitariamente las ganancias; de lo contrario, ustedes pierden el trabajo realizado y yo lo invertido en el computador. Con Yanko nos miramos y aceptamos. Posteriormente se integró como socio Mauricio Néspolo, egresado de la carrera, e integramos a un contador. Con el tiempo se incorporaron a la empresa quienes habían sido alumnos destacados nuestros, como es el caso de Gonzalo Muñoz, Marcelino Garay, René Solar y Juan Carlos Gandolfo. La experiencia fue una apasionante y una excelente escuela de aprendizaje práctico de todo lo que involucra el quehacer empresarial. En esa empresa se prestaron servicios computacionales a la empresa fabricante de los jeans Wrangler, CONTEX, a Bicicletas Oxford, a los municipios de Arica e Iquique, a Ferrocarriles de Arica a La Paz, al Hospital Juan Noé, entre muchas otras.  

Poco después, la universidad logra tener su primer computador, un equipo Digital PDP-11/34 con 128 Kb de memoria RAM, ya no recuerdo cuánto de disco, y una unidad de cinta magnética de respaldo. Esta adquisición constituyó todo un hito, porque permitió independizar la docencia en computación de la casa central, de Antofagasta y generar nuevos trabajos de titulación en quienes egresaban de INGECO. De ahí para adelante, la computación nacida en el seno de la carrera, se hizo extensiva a toda la universidad. 

junio 23, 2026

Tiempos de colonización (*)

Llegué a Arica contratado por la Universidad del Norte (ahora Universidad Católica del Norte) en agosto de 1974, luego de casi un año buscando trabajo. A raíz del golpe del 73, la unidad donde trabajaba en el Banco Central de Santiago, la Secretaría de Relaciones Económicas Externas (SEREX) fue suprimida el mismísimo 11 de septiembre. Justo ese día celebraba mi segundo aniversario de matrimonio. Había egresado como Ingeniero Civil Industrial de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. Enviaba mi currículo a distintas empresas que ofrecían puestos de trabajo en los medios de comunicación, sin obtener respuesta alguna. Convencido de que me encontraba en una lista negra, empecé a sentir el síndrome del perseguido. Eran tiempos bravos.

Con el propósito de “extirpar el cáncer marxista”, en las universidades los rectores designados por el gobierno militar se encontraban exonerando profesores, ya sea por tener un sello marxista o izquierdista, y/o estar adscritos a unidades académicas que se estaban eliminando por calificarse como innecesarias o conflictivas. De allí que, lentamente, cada vez más universidades estaban empezando a efectuar llamados a concurso para plazas docentes que habían quedado vacantes, las que debían llenarse para restablecer la docencia a las distintas carreras. Todo esto, dentro del marco de recuperación de la actividad académica, particularmente la docente.

Es así como empiezo a postular a tales concursos, aprovechando una experiencia docente como ayudante desde mi segundo año de ingeniería, y como profesor auxiliar en mis últimos años en la Universidad de Chile. Uno de esos llamados provenía de la Sede Arica de la Universidad del Norte. Allí se requería un profesor de Estadísticas, asignatura que estaba impartiendo en Santiago, en la Universidad de Chile como profesor auxiliar.

Soy entrevistado en Santiago, en una de las oficinas de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile por quienes eran el director académico, Enrique Correa, y el profesor del Departamento de Matemáticas y Física (DMF), Mario Alvarado, en representación del director, que en la época era el profesor Freddy Veas. Sorteo con éxito ambas entrevistas.

Así fue como llegué al DMF para impartir los cursos de estadísticas que solicitaban departamentos que tenían carreras a su cargo. En esos tiempos no existían facultades ni escuelas, tan solo departamentos. El DMF estaba conformado, entre otros, por su director Freddy Veas, Mario Alvarado, Washington Mansilla, Gonzalo Masjuan, Eward Trigo, Víctor Sánchez, Jaime Rodríguez, Yanko Ossandón, Benjamín Cordero, Miguel Schönfeldt, Verónica Rey Más, Fresia Zúñiga, Edmundo Lazo y David Lazo.

Poco tiempo después de mi arribo, se resuelve disolver el DMF, distribuyéndose las asignaturas que impartía entre los departamentos que estaban a cargo de las carreras que requerían tales servicios docentes. Me destinan, junto con Yanko Ossandón y Miguel Schönfeldt, al Departamento de Administración y Economía (DAE), donde me encuentro con Ángel Awad, su director, Raúl Díaz, Amparo Núñez, Jaime Díaz, Ángel Henríquez, Pablo Jiménez, René Labraña y Carlos Valencia, entre otros.

En esos tiempos el Vicerrector de la Sede Arica de la Universidad del Norte era Sergio Giaconi, uno de los fundadores de la carrera de Ingeniería Comercial. Poco después arriba Christian Ghymers, economista belga, en el marco de las relaciones existentes entre la Universidad del Norte y la Universidad de Lovaina.

En 1976, con motivo de denuncias de atropellos a los DDHH desde sectores vinculados a la Democracia Cristiana y la Iglesia Católica, el Cardenal Raúl Silva Henríquez resuelve crear la Vicaría de la Solidaridad como instancia de protección y apoyo a quienes estaban siendo afectados. El régimen imperante reacciona, generándose una crisis política que se expresa en la marginación de quienes eran militantes o adherentes demócrata cristianos. Estos, si bien en un inicio habían respaldado al régimen, posteriormente, con motivo de las actuaciones y consecuencias de organismos secretos (DINA) dependientes del gobierno, fueron adoptando posturas crecientemente críticas. Su impacto en la Universidad del Norte se expresa en la destitución del Vicerrector en la Sede Arica, Sergio Giaconi, y en el de los académicos del DAE, Ángel Awad, René Labraña y Carlos Valencia. No eran menores las consecuencias que en el seno de la universidad estaban generando los despidos y las difíciles circunstancias sociales y económicas que estaban viviendo las familias de los estudiantes.

Dentro de las personas más recordadas y queridas en Arica se encuentra el sacerdote jesuita Juan Valdés, quien bautizó a mis dos hijos. Juan Valdés estuvo a cargo de la pastoral universitaria en la década de los 70, en una Universidad del Norte intervenida y con un rector designado. Le tocó vivir un tiempo de gran efervescencia política y una compleja realidad socioeconómica que enfrentó con resistencia ética y acompañamiento crítico, priorizando la defensa de los DDHH y la libertad académica. Un período en el que procuró, con santa paciencia y llevando la palabra de Cristo, amortiguar conflictos, dar consuelo y esperanza entre estudiantes, administrativos y académicos. Amparó y medió siguiendo a Cristo. Dejó un recuerdo que perdura hasta la actualidad, al contribuir a una formación espiritual contextualizada a la realidad que se vivía en la comunidad universitaria. Aportó humanidad allí donde reinaba inhumanidad, expresó cercanía donde imperaba lejanía, dio la cara cuando no se daba, escucha a quienes no eran escuchados, dedicación a quienes no eran atendidos, procurando en todo momento una formación de personas comprometidas socialmente.

Se le atribuye la expresión de que “no sirve de nada un título si no hay un corazón que lata por el prófugo y el pobre”. Pedía a los estudiantes no olvidar la misión que se les ha dado, invitándoles a que “no se dejen seducir por el título, sino por el servicio”. Son muchos los estudiantes que lo recuerdan con cariño. Promovió jornadas, retiros, trabajos voluntarios, misiones en apoyo a necesidades materiales y espirituales en distintos barrios de Arica y de Azapa y Lluta. Apoyándose en las encíclicas sociales de la Iglesia, su presencia fue refugio y espacio de diálogo y deliberación en tiempos en que estaban fuertemente cercenados.

Fueron tiempos en los que el mundo cristiano empezó a levantar la voz ante las desapariciones, torturas, asesinatos y exilios que se estaban dando a conocer públicamente. Desde la Casa Central de la Universidad del Norte en Antofagasta, es impuesto un nuevo Vicerrector, Félix Viveros, dentista, reservista del Ejército, quien en no pocas ocasiones llegaba a la universidad en uniforme de combate. El DAE es renovado con savia nueva de sus propias entrañas, que complementan a quienes ya estaban. Allí están Juan Iglesias, Alda Acevedo, Norman Reyes, Julio Gaete, Benedicto Colina, Jorge Pérez Barbeito, Héctor Cáceres y Alexis Gutiérrez. Por sugerencia de este último, se inicia un proceso de capacitación MBA en el extranjero por parte de algunos académicos.

En reemplazo de Ángel Awad llega un nuevo director, Pedro Arriagada, economista traído desde las alturas de Santiago. Dura poco. Eran tiempos en que las universidades eran distribuidas entre militares, marinos, aviadores y cómplices civiles. La Universidad del Norte había sido asignada a los marinos.

Junto con Yanko Ossandón, en el DAE empezamos a hacernos cargo de los primeros cursos de computación, sin tener computadores. Eran los tiempos de las tarjetas perforadas, las de la Polla Gol, de los mazos de tarjetas que partían al Centro de Computación que la Universidad del Norte tenía en Antofagasta (CECUN), en tiempos cuyo director era Gerardo Vergara. Allá tenían un equipo IBM 1130, en una gran sala especialmente acondicionada para estos efectos. Los primeros cursos de lenguaje de programación eran en FORTRAN, para posteriormente complementarlos con COBOL.

En un semestre a duras penas se alcanzaba a procesar un programa computacional. Partían las hojas de codificación de los alumnos y en CECUN sus secretarias se encargaban de traspasar su contenido a tarjetas de codificación, mediante máquinas perforadoras de tarjetas. Por cada programa escrito en las hojas de codificación se trasladaba a un mazo de tarjetas perforadas, el que era ingresado a una unidad lectora de tarjetas para su compilación y eventual ejecución, si el programa estaba “bien” compilado. Es así como regresaban a Arica los mazos de tarjetas con los programas “compilados”.  Todo esto tomaba semanas, y siempre llegaban con errores, ya sea de perforación, de interpretación, de compilación o de ejecución. Toda una odisea de la cual son testigos los alumnos de entonces. Y los errores había que buscarlos, identificarlos y corregirlos.

Así, los programas iban a Antofagasta y regresaban a Arica a paso de tortuga. Es así como con Yanko en más de una oportunidad viajamos a Antofagasta para acelerar este proceso. Eran tiempos de viajes por tierra, los fines de semana, sin presupuesto, sin viáticos. Tiempos de colonización computacional. Para el fin de cada semestre, para aprobar, exigíamos que los alumnos tuviesen sus respectivos programas ya ejecutados correctamente. Se acercaba el término del semestre y los programas seguían arrojando errores, no entregando los resultados esperados en base a los datos de entrada que se tenían.

Es así como en más de una oportunidad, con los cursos completos, de las carreras que estaban bajo la responsabilidad del DAE (Ingeniería Comercial y Contaduría), organizábamos viajes a Antofagasta, para allá, “in situ”, corregir los errores detectados y así avanzar más rápidamente. Alojábamos en escuelas, durmiendo en sacos de dormir, en el suelo. Ya no recuerdo cómo ni dónde nos alimentábamos. Éramos jóvenes, sentíamos que teníamos toda una vida por delante. Viajábamos toda una noche, procesábamos y corregíamos los programas en el día, dormíamos, y al otro día seguíamos en eso. Luego, regresábamos a Arica, también por tierra, con los programas ya compilados y ejecutados correctamente, con la íntima satisfacción del deber cumplido. Tiempos heroicos, sin pandemia, cuando no existían bonos, ni ayudas de ningún tipo. ¡¡Todo por Cristo Nuestro Señor!!

Tiempos inolvidables, forjados a punta del esfuerzo de alumnas y alumnos a quienes con honda satisfacción veo y sigo sus pasos a la distancia. Mujeres y hombres de bien, profesionales a carta cabal. A los próceres de entonces los recuerdo nítidamente, no así sus nombres. Aun a costa de ser injusto, nombraré a quienes sí recuerdo de esos años dorados: Marcelino Garay, Yamil Jorrat, Edmundo Urra, René Solar, Juan Carlos Gandolfo, Leyla Farah, Aulis Tornero, Teresa Fernández, Marisol Correa, Teresa Fernández, Gonzalo Muñoz, Mauricio Néspolo, Santiago Arata, Ernesto Cellino y Julio Burich.

A pesar de los esfuerzos por independizarnos del CECUN en Antofagasta, para tener un equipamiento computacional propio en Arica, la gran conquista alcanzada a fines de los años 70 no fue otra cosa que la compra de una máquina perforadora de tarjetas, la que nos permitía perforar localmente los mazos de tarjetas, que posteriormente remitíamos a Antofagasta para su procesamiento en CECUN. Esto ayudó a acelerar los procesos. Es así como se logró que, en los semestres sucesivos, en vez de alcanzar a procesar un programa computacional cada semestre, pudiésemos ejecutar dos programas por alumno en un semestre. Para estos efectos, se crea el Área de Computación, que nace de las entrañas del DAE, pero que a poco andar pasó a depender directamente de la Vicerrectoría de Sede, en esos años en manos de Félix Viveros. Pero Arica seguía sin tener computadores. Ni la universidad, ni la municipalidad, ni en las empresas privadas tenían computadores. No existían en Arica.

Así y todo, disponer de una máquina perforadora de tarjetas constituyó todo un hito, dado que pudimos dejar de enviar los programas computacionales escritos en hojas de codificación. Ahora, los traspasos de los programas, desde las hojas de codificación a tarjetas perforadas podían ser realizados en Arica, aliviando la carga de trabajo en Antofagasta y aumentando el número de veces que un mismo programa podía compilarse hasta que saliera sin errores para su ejecución. Esa fue la “independencia” alcanzada.

No olvidemos que eran tiempos de procesamiento en modalidad por lotes, tiempos en los que no se vislumbraba el procesamiento en línea. Es así como todas las semanas remitíamos cajas con mazos de tarjetas, cada uno debidamente individualizado, que al cabo de una semana retornaban bien o mal compilados y ejecutados, para ser reenviados una y otra vez hasta que el programa fuese bien ejecutado, arrojando los resultados esperados para los datos de entrada dados.

En una ocasión nos llegó un reclamo desde CECUN, porque la máquina lectora de tarjetas se había estropeado a causa de un mazo de tarjetas defectuosas. Efectuada la investigación de rigor, se constató que al alumno responsable del mazo se le habían mojado las tarjetas, y no encontró nada mejor que ponerlas a secar al Sol sin decirnos nada. Es así como el mazo partió a Antofagasta, con sus tarjetas secas, pero distorsionadas por la humedad, que al pasar por la lectora, no fue capaz de “leer” las tarjetas. Este hecho nos forzó a reforzar los controles para evitar nuevos bochornos.

Recién en 1982, después de la fusión de las sedes Arica de la Universidad del Norte y la Universidad de Chile, la nueva universidad, la Universidad de Tarapacá, logra tener su primer computador, un equipo Digital PDP-11/34 con 128 Kb de memoria RAM. Pero esta ya es otra historia.

(*) Escrito con ocasión de los 70 años de la Universidad Católica del Norte que podrán encontrar en la web de la UCN (leer


junio 22, 2026

Uruguay se la juega

Foto de Emilio Garcia en Unsplash

En el plano futbolístico masculino, Uruguay ya lleva dos partidos en el mundial con dos magros empates, quedándole tan solo un partido, el más difícil, contra España. La clasificación se ha puesto cuesta arriba.

Las razones para estar en tan comprometida situación dependerán del cristal con que se mira. Para los más, si nos atenemos a las redes sociales y a los medios de comunicación convencionales, la responsabilidad recae en la dirigencia de la AUF, en la elección del director técnico, Marcelo Bielsa, en la nominación de los elegidos para representarnos, y en los jugadores.

Discrepo de esta interpretación. A mi modesto entender, las críticas recibidas desde un primer minuto por el director técnico, hicieron su trabajo: cavar vuestra tumba, aserruchar nuestro piso, para dar cuenta de una profecía autocumplida. Tanto llega el agua al cántaro que al final se rompe. Es lo que está a punto de darse.

Si bien aún tenemos posibilidades de clasificar, ellas son remotas. No digo nulas porque Uruguay no es cualquier país en materia futbolística. Es capaz de hazañas. Todo uruguayo nace con el “maracanazo” a cuestas, cuando nadie daba un peso por Uruguay.

Sí, en 1950, en el estadio de Maracaná, Uruguay disputó la final con Brasil que llegó como favorito incuestionable. Mal que mal, era local, y llegaba a la final a punta de sendas goleadas a España y Suecia. En tanto que Uruguay llegaba a duras penas, raspando. La dirigencia ya se daba por cumplida con haber llegado a la final, y así se lo hicieron saber a los jugadores en los camarines.

El capitán de entonces, Obdulio Varela, “el negro jefe”, una vez que retirados los dirigentes, con todos los jugadores alrededor suyo, afirmó: «¿Cumplidos? ¡No, cumplidos solo si somos campeones!». Y continúa: «Muchachos, los de afuera son de palo. En la cancha somos once contra once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines. No miren para arriba, nunca miren a la tribuna; el partido se juega abajo».

¿Qué nos dice esto? Que un uruguayo nunca se da por derrotado, y eso lo tenemos impregnado quienes hemos nacido en el paisito. Mientras exista un espacio debemos aferrarnos a él y no largar la esponja de antemano. Ya llegará el minuto de la crítica destemplada, del análisis reflexivo de qué pasó. Por ahora solo cabe no olvidar que todo ser humano, y los uruguayos en particular, estamos en condiciones para enfrentar toda clase de adversidades.

Escribo estas líneas desde San Vicente de la Barquera, donde me encuentro residiendo. Pequeño pueblo marinero de la región de Cantabria, España, justo el país contra el cual nos la jugamos. España es favorita, tiene todas las de ganar, un equipo formidable.

Pero como dijo en su minuto Carlos Solé, histórico comentarista uruguayo, aludiendo a la imprevisibilidad en el ámbito futbolístico «fobal es fobal y no hay vuelta que darle». Confianza y esperanza en nosotros mismos es lo último que debemos perder.

junio 19, 2026

Chile: los niños haitianos perdidos

Foto de Heather Suggitt en Unsplash

Un primo muy querido me envía por whatsapp un artículo de uno de los diarios de la cadena mercurial sobre niños haitianos a quienes se les habría perdido el rastro en Chile (leer). El envío lo hizo acompañado de un mensaje “tema para un artículo, el país se caía a pedazos...”, por lo que para no defraudarlo acá van algunas palabras en torno al caso.

Estamos hablando de niños, niñas y adolescentes haitianos que llegaron al país en vuelos charter en el 2025 y años anteriores sin que se sepa dónde están, ni con quién. El motivo por el cual ingresaron a Chile fue la “reunificación familiar” abierto el gobierno de Boric para facilitar el reencuentro de los niños con al menos uno de sus padres, que ya residía en Chile. Menores que habrían ingresado en grupos de la mano de adultos “responsables” de ellos.

Todo esto saltó por los aires gracias a la Contraloría, de la mano de la famosa Dorothy, la misma que destapó la olla de las licencias médicas. Contraloría revisó una muestra de poco más de 100 casos sin localizar a los niños en los domicilios declarados como sus residencias. Dado que, entre el 2022 y 2025 se autorizaron sobre 15 mil “reunificaciones familiares”, que incluían en su gran mayoría a menores de edad, se teme que la cifra de quienes no se sabe dónde están, sea elevada.

En concreto, el problema se centra en que no se sabe dónde, y en qué estado se encuentran estos niños, por lo que se teme la existencia de un tráfico ilícito de migrantes/trata de personas.

Contraloría, con ojo de lince, perdón, de Dorothy, detectó que no se verificaba la relación familiar entre adultos y menores que exigía el motivo aducido, el de la reunificación familiar. En el 2024, en razón de la crisis que se vivía en Haití, y que se extiende hasta la fecha, se “flexibilizó” el control migratorio aceptándose certificados de nacimientos, y/o fotocopias, sin legalizar.

Se sospecha, y teme, que estamos ante un caso de redes de tráfico y explotación de niños bajo la excusa de la reunificación familiar. Como en tantos otros casos, y con mayor razón en éste, tenemos, como país, la obligación de desenmascarar a los responsables utilizando todos los recursos que están a nuestra disposición.

El gobierno de Kast, ni corto ni perezoso, luego de sus primeros y turbulentos 100 días, se está aferrando de esta tragedia para darle como bombo al gobierno precedente. Parece mentira, que una y otra vez, recurra a lo mismo, olvidando que ya pasó la vieja, que su obligación es gobernar lo que hay, no para andar llorando sobre la leche derramada. A esta altura del partido, las quejas solo intentan zafar de las manifiestas incompetencias que están quedando al desnudo desde el primer día.

Cualquiera persona con dos dedos de frente se da cuenta que el gobierno está haciendo uso político de esta tragedia para llevar agua a su molino. Esta actitud revela mezquindad por cuanto bien sabemos cuál es su postura frente a los inmigrantes que no son como “ellos”. El paso de los días está demostrando que el gobierno ha sobrerreaccionado para tender una cortina de humo en torno a los problemas que le afligen. Vergonzoso.