El gobierno se ha empeñado en implementar un plan de reconstrucción nacional cuyo eje dice estar centrado en la economía y la seguridad. La razón está dada por lo que en campaña se sostuvo, sin medias tintas, que el país estaba por los suelos, que se estaba cayendo a pedazos. Razón que calzaba muy bien con la idea de reconstrucción nacional, a imagen y semejanza de lo que afirmara la dictadura al iniciar su gobierno el 11 de septiembre de 1973 en la voz del innombrable.
Por algo,
quienes idearon el proyecto de reconstrucción nacional son los que en esos
tiempos eran quienes se frotaban las manos tras bambalinas, los llamados cómplices
pasivos, a los que hoy cabría agregar a sus hijos. Éstos tienen el dudoso honor
de llevar y mantener viva la antorcha.
En el plano
económico, como hace ya poco más de medio siglo, todo está centrado en la
necesidad de crecer a como dé lugar, levantando toda restricción, toda
limitación que obstaculice el propósito de crecer. Propósito que se da por
sentado beneficiará a moros y cristianos, más temprano a unos, más tarde a
otros para que seamos, al fin, la gran nación que el destino nos depara, y que
tan esquiva nos ha sido.
Estamos
hablando de un lejano y lindo país con esquina vista al mar, delgado como pocos,
que de tiempo en tiempo tiende a sacudirse -orgásmica, espasmódica, telúrica o
epilépticamente- por las más diversas vías.
Los próceres
llamados a liderar la reconstrucción en que quieren sumergirnos, aseguran que
no hay atajos, que la verdad a la milanesa es una sola: para crecer es
imprescindible invertir más, y quienes invierten son los de arriba, los que
tienen. Nos guste o no. Y por desgracia se resisten a invertir porque no habría
suficientes incentivos, dado que consideran alta la carga impositiva. La receta
a aplicar al enfermo incluye un tratamiento que tendría al menos tres patas.
Una, bajarles
los impuestos a quienes más tienen en base a la receta que en su minuto aplicó
el innombrable: a los ricos hay que cuidarlos, para que inviertan aquí y no en
la quebrada del ají. Más vale dinero en sus bolsillos que en los del Estado. Se
basa en la lógica de que un peso en manos de un privado, de seguro que tendrá
un uso más eficiente que en manos de un burócrata del Estado.
Dos, bajar
los gastos del Estado hincándole el diente a programas estatales de todo orden,
así como a eliminar el personal público innecesario que inundaría el aparato
estatal. Los bautizados como parásitos por Cristian Valenzuela, uno de los más
conspicuos asesores de José Antonio Kast, y que, desde el 11 de marzo del
presente año, teje la telaraña desde el segundo piso de la casa de gobierno.
Ahora en calidad de parásito top one.
Tres,
aumentar los gastos en las FFAA y carabineros, a lo que cabría agregar
gendarmería, con el propósito de hacer carne la tan querida seguridad a la que
aspiramos. Una seguridad de terror. La educación, la salud y la previsión no
caen dentro de esta concepción de seguridad.
El punto es complejo,
nada de trivial, porque al final del día, lo que se recortará -eliminará, disminuirá
o discontinuará- del gasto estatal, en lo grueso, se relaciona con servicios
que el Estado brinda, no a los de arriba, sino que a los de abajo.
Para
rematarla, para implementar esto, el gobierno, sobre la hora, y sin mencionarlo
en la cuenta pública del pasado 1 de junio, está solicitando que le habiliten para
endeudarse por varios miles de millones de dólares. Endeudamiento que
terminaremos pagando los mismos de siempre. ¿Adivinen quienes?
En síntesis,
lo que tendremos al final del día, es que a los de arriba les aflojaremos el
cinturón, en tanto que a los de abajo se los apretarán. Ya lo estamos viendo al
concentrar los dardos en los deudores del CAE. Quienes están tras esto son los
mismos que se resisten a levantar el secreto bancario que permitiría conocer la
ruta del dinero mal habido.
Todo, con la
promesa de que al final del túnel veremos la luz. Esto me recuerda las expresiones
del innombrable el mismísimo 11 de septiembre de 1973, donde nos aseguró que
todo el sacrificio era para hacer de Chile una gran nación.
No sé por
qué, pero de repente siento la sensación de que nos ven las canillas una y otra
vez.



