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El gobierno
de Kast acaba de ver aprobada en el parlamento su megareforma económica
destinada a que el país, que en su diagnóstico “se ha caído a pedazos”, se “reconstruya”.
El gobierno parte con un diagnóstico
equivocado al afirmar que el país está en el suelo. Con este discurso ganó la
elección presidencial. Con este discurso embaucó a medio país. Ahora este país
se está percatando que no se estaba cayendo a pedazos ni mucho menos. Y que sí está
corriendo un alto riesgo, si al gobierno no le cae la teja, de que se caiga a
pedazos con su accionar.
Este interés
por la reconstrucción en el que se encuentra empeñado, tiene como ideas
medulares, una sustancial baja en la tasa tributaria a los sectores más pudientes,
una reducción del peso del Estado en el quehacer nacional, y un levantamiento
de las restricciones que inhibirían la actividad empresarial.
Megareforma donde
se asume que la baja impositiva no tiene por qué resultar en déficit como pregona
la oposición. La explicación dada desde las esferas oficialistas, gobiernistas,
es que tal déficit solo está en la imaginación de los opositores. Afirman que no habrá déficit porque las
medidas contempladas:
1. Incentivarán la inversión, el empleo
y el consumo, produciendo un crecimiento económico suficiente para mantener o
incluso aumentar la recaudación tributaria;
2. Eliminarán la grasa existente en el
aparato estatal para hacerlo más eficiente y abrir mayor espacio al emprendimiento
privado; y
3. Eliminarán las restricciones en las
más diversas materias, particularmente las asociadas al medioambientalismo.
¿Qué nos
dicen las evidencias? Nos dicen que la disminución de los impuestos a los
sectores más adinerados:
1. No impactan significativamente en el crecimiento
del PIB per cápita ni en el nivel de empleo (conclusiones del London School of
Economics, luego de un análisis de recortes de impuestos a los más adinerados
en 18 países de la OCDE en el período 1965-2015) y de los recortes en EEUU en tiempos
de Reagan, Bush, y más recientemente de Trump, en su primera presidencia. En
cualquier caso, los crecimientos alcanzados son de la magnitud que se
proyectan.
2. Aumentan el déficit fiscal dado que la
disminución de impuestos siempre reduce los ingresos del Estado, los que solo
pueden verse compensados si van acompañados de drásticos recortes en el gasto
público. En la práctica está comprobado que las reformas fiscales que alivian
la carga tributaria de los de “arriba”, como la de esta megareforma, no hacen
más que incrementar la deuda pública.
3. Incrementan la desigualdad de
ingresos puesto que, para los sectores de mayores ingresos, la disponibilidad de
mayor liquidez no la destinan a consumo, sino que a “ahorro”, dado que sus
necesidades, al menos las esenciales, ya están más que ampliamente satisfechas.
Esto es, esos recursos no “chorrean” al resto de la economía como suponen sus
adherentes.
Todo esto me recuerda los tiempos del innombrable quien afirmaba que “había
que cuidar a los ricos” para que sus recursos chorrearan al resto de la
economía. Me recuerda a los tiempos en que había que cuidar a los patrones
porque dan trabajo.
Resumiendo,
las evidencias nos dicen algo muy distinto a lo que sostienen quienes empujaron
esta megareforma. En efecto, no es difícil prever que el crecimiento que se
alcance no es el que se está pregonando, que los inversionistas estarán “ojo al
charqui” antes de invertir, que no es llegar y aplicar una liposucción para eliminar
grasa estatal, así como pasar a llevar dunas, humedales y otras áreas sin consecuencias
indeseables.
Lamentablemente,
el resultado final no será otro que un déficit fiscal de proporciones que
termina siendo una losa para el desarrollo del país. Como lo sostuvo un
connotado economista nacional (Claudio Agostini), la promesa del gobierno, de
que la baja de impuestos a los más ricos y/o a las más grandes empresas, se
compensará con mayor crecimiento “no pasa, no ha pasado y no va a pasar”.
Basta ver lo
que ha ocurrido, y sigue ocurriendo en EEUU. Los gobiernos republicanos tienden
a reducir impuestos dejando al país con sus cuentas con saldos negativos, que al
final del día terminarán pagando los sectores medios y los más pobres al verse
privados de los servicios públicos en áreas que son esenciales para ellos: la
salud y la educación.
En síntesis,
la megareforma es puro humo cuyas consecuencias no pagarán quienes la
impulsaron, sino que los demás. Y quienes la promovieron se reirán de los peces
de colores aludiendo a las excusas más inverosímiles e imaginables.

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