Ingresé al mundo académico por gusto o interés,
necesidad y casualidad. Estando en mi tercer año en la Facultad de Ciencias
Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, que está en Beaucheff
(Santiago de Chile), postulé a distintas ayudantías, de Cálculo, de Estadísticas.
Lo hacía por necesidad, para tener dinero en
el bolsillo, para tomar las famosas ”liebres” de entonces, cuando no habían
taxis colectivos. Primero tomaba la de “Los Leones” en Pedro Torres con
Diagonal Oriente, me bajaba en la Alameda con Ejército, y desde allí me iba
caminando y tomaba otra liebre, la Castillo Velasco que me dejaba a una cuadra.
Estamos hablando de la segunda mitad de la década de los 60.
También lo hacía por interés, dado que me
permitía profundizar, aprender más, consolidar las materias correspondientes. Las
categorías de entonces eran las de ayudante, profesor auxiliar y profesor de
cátedra. Los ayudantes se limitaban a tomar (controlar) y evaluar las pruebas;
los profesores auxiliares a impartir las clases auxiliares que por lo general
eran de ejemplos de aplicación de los conceptos que los profesores de cátedra impartían
en sus clases de cátedra. Este último era el rey, impartía su clase y se iba,
casi no interactuaba con los estudiantes. El profesor auxiliar era una suerte
de súbdito del rey, esto es, del profesor de cátedra. El profesor auxiliar era
el responsable de impartir las ayudantías y elaborar las pruebas que eran
tomadas y corregidas por los ayudantes.
Por momentos tengo la duda si las ayudantías
muchas veces las hacíamos los ayudantes, en reemplazo de los profesores
auxiliares. En todo caso, lo clave es que los ayudantes teníamos la responsabilidad
de tomar, evaluar las pruebas, y posteriormente publicar los resultados fijando
fecha y lugar de “reclamo”. Esto es, fecha y lugar para que los estudiantes
pudiesen ver sus pruebas, sus errores, y eventualmente reclamar un cambio en la
calificación obtenida. Las calificaciones eran draconianas, sin importar
amistades, vínculos ni pitutos.
En esos tiempos, ser académico (ayudante,
profesor auxiliar o profesor de cátedra) era un honor, un privilegio. Las remuneraciones
eran paupérrimas. Muchos eran profesores de cátedra ad honorem, que trabajaban
en empresas, públicas y privadas, con una intensa vida profesional ejecutiva. Tuve
el privilegio de tener a verdaderas eminencias en sus respectivos campos y que
ocuparon posiciones del más alto nivel. Los menos eran académicos de tiempo
completo, eximios investigadores. Entre ellos recuerdo a Igor Saavedra, una
eminencia en física, quien en muchas oportunidades interactuaba con nosotros en
los pasillos de la Facultad.
Entre quienes tuve como profesor de cátedra,
recuerdo a Jorge Cauas, cuando era el vicepresidente del Banco Central. Siempre
llegaba puntual, y sagradamente a clases con una libreta donde tenía apuntado
hasta dónde había llegado en la última de sus clases. No era el presidente del
Banco Central nada más que porque protocolarmente el cargo le correspondía al
ministro de la cartera. Pero en la práctica era el mandamás del banco. No recuerdo
que haya faltado a alguna una clase. Eran los tiempos del gobierno de Frei
Montalva.
Después, por esas cosas del destino, veo a
Jorge Cauas como ministro de Hacienda, en los primeros tiempos del innombrable,
aplicando una política de shock en la economía nacional para frenar la espiral
inflacionaria imperante.
También recuerdo a Efraín Friedmann, a quien
tuve como profesor de Mecánica Racional, cuyas clases eran de película. Él llegaba
siempre atrasado, pero así y todo, lo esperábamos porque sus clases estaban
cargadas de ejemplos en los que se le veía el plumero, pero lo hacia con una
gracia tal que no nos importaba.
Recuerdo que en algún minuto, mientras
estábamos viendo algo relacionado con la velocidad, la aceleración, la masa y
la fuerza, dibujó un mapa en la pizarra, marcó NY (Nueva York) en EEUU y Moscú
en lo que entonces era la URSS, y preguntó: “Con qué fuerza, y bajo qué ángulo,
debemos disparar un proyectil de un peso X para que llegue a Moscú que está a
una distancia de tantos kilómetros”.
Su ironía política no era muy fina que
digamos. Lo que importaba era que aprendíamos, nos interesábamos. En esos
tiempos ocupaba el cargo de director ejecutivo de la Empresa Nacional de
Computación (ECOM). Posteriormente fue Director
del Comité de Investigaciones Atómicas de Chile.
Otro profesor que tuve fue el de Mecánica de Fluidos,
cuyo nombre no recuerdo, pero que era Director de la Empresa Nacional de
Electricidad (ENDESA), en los tiempos que era estatal. Sus ejemplos eran
siempre prácticos. Entre los que atesoro en mi memoria se encuentran los
embalses, donde debíamos calcular la resistencia que debían oponer los muros de
contención. El texto guía que ocupábamos era el de un autor llamado Streeter.
Retomo el hilo antes de seguir yéndome por las ramas.
Cuando ya estaba en quinto año de ingeniería, pasé a ser profesor auxiliar de
Estadísticas de un profesor de apellido Prado, quien ocupaba un texto de muy
bueno de Paul Meyer.
Como ayudante mi obligación se limitaba a tomar y
corregir las pruebas elaboradas por los profesores auxiliares, y posteriormente
corregirlas, publicar las evaluaciones y atender eventuales reclamos por las
calificaciones obtenidas.
Cuando estaba en quinto año, pasé a ser profesor
auxiliar donde me correspondía realizar las clases auxiliares y elaborar las
pruebas. Ya egresado pasé a ser profesor de cátedra en paralelo a mi trabajo en
la secretaría de relaciones económicas externas (SEREX) del Banco Central. Como
profesor de cátedra me limitaba a impartir las clases de cátedra y
eventualmente coordinarme con el profesor auxiliar asignado.
Pero mis estudios eran de Ingeniería Civil
Industrial, no de pedagogía. La academia, la docencia, se asumía que era tan
solo un accidente en mi existencia, una suerte de hobby, un complemento.
Así inicié mi vida académica, como
ayudante por necesidad, finalmente, las casualidades, o las vueltas de la vida,
terminaron porque mi vida profesional se centrara en la academia, en la
universidad, inicialmente como docente y ya más tarde como docente e
investigador.
Eran tiempos en los que no existían las
jerarquías académicas; tiempos en que los académicos eran pobres de solemnidad;
tiempos en que los académicos de tiempo completo eran investigadores. Los
docentes universitarios eran profesionales, en su mayoría de gran prestigio, que trabajaban en las más importantes empresas del país, y que hacían clases por el honor de servir, como una manera de devolver la mano al
país por la educación recibida. Algunos investigadores, por voluntad propia, también
hacían clases, como fue el caso de Igor Saavedra.
En una próxima columna espero tocar el tema de
las “casualidades” que condujeron mi vida en la academia universitaria.