![]() |
| Foto de MD Duran en Unsplash |
Estamos ingresando a un mundo que
está exigiendo más evidencias de capacidades, antes que títulos o
certificaciones. Hoy por hoy las empresas están
tendiendo a contratar personas más por lo que han sido y son capaces de hacer, antes
que por sus diplomas, títulos de pregrado o posgrado y/o credenciales educacionales
de cualquier otro orden.
Bien sabemos que todo título o certificado
no es sino un documento, de rango oficial, que acredita el cumplimiento de un
conjunto de requisitos específicos por parte de quien es identificado en el
documento. Se asume que el cumplimiento de tales requisitos asegura al titular la
adquisición de un conjunto de saberes para desempeñar determinadas funciones dentro
de una organización y/o en la sociedad.
Esta columna nace porque estamos
viviendo tiempos de pérdida de valor de los títulos, postítulos, certificados. Visualizo
4 motivos de esta devaluación.
Uno, porque el titulo o certificado
no acredita lo que dice acreditar, lo que puede ocurrir cuando hay manga ancha
a la hora de exigir y/o calificar, y que denomino inflación educacional.
Dos, porque en un contexto de vertiginoso
desarrollo científico-tecnológico, todo se ha vuelto volátil, incluidos los
títulos y certificados, puesto que los conocimientos, las habilidades que se
exigen hoy, difieren de los de ayer.
Tres, porque la educación está
siendo vista por no pocos como un negocio que hay que estrujar al máximo por la
vía del marketing, aprovechando las dificultades del mercado para constatar la
calidad del servicio educacional.
Cuatro, porque el perfil del
cargo a ocupar está mal definido, exigiendo títulos o certificados que no
garantizan que una persona se desempeñe efectiva y eficientemente en él.
Lo expuesto explicaría porqué el
credencialismo está en la picota, en jaque. Lo que la sociedad, las empresas
están exigiendo son pruebas indesmentibles, actuales, de competencias, de
potencialidades, que no todo título o certificado es capaz de validar.
De allí que nos encontremos con empresas
que cuando piden a un ingeniero, además exigen que su título no provenga de
universidades determinadas. Está también el caso de que aún sin explicitarlo,
priorizan a quienes tienen títulos o certificaciones de instituciones específicas.
También se tiene el caso de empresas
interesadas en contar solo con profesionales que hayan egresado dentro de los
últimos 5 años. La experiencia sigue teniendo valor para las empresas, pero dentro
de ciertos límites.
Las credenciales y los
certificados cumplen un rol de filtrar, discriminar, seleccionar a quienes
cumplen ciertos requisitos respecto de quienes no los cumplen. Cuando no cumplen
este rol, inevitablemente pierden valor en el mundo laboral, y es lo que pareciera
estar ocurriendo.
El énfasis en el credencialismo abre
un espacio desmesurado a quienes poseen títulos y certificaciones de
competencias que, a la hora de la verdad, de ponerse en acción, no tienen. En
tal sentido es una buena noticia que las ofertas de empleo exigiendo títulos o
certificaciones de cualquier orden, estén disminuyendo.
Al menos es lo que está ocurriendo
en los países de mayor desarrollo. Por ejemplo, Google recientemente acaba de
contratar un alto número de personas sin títulos ni licenciaturas, que no han
estado en la universidad, pero que resuelven problemas reales, que son autodidactas,
capaces de aprender por su cuenta. Son personas que no tienen las paredes
atiborradas de títulos y certificaciones. Todo un signo
Estamos entrando a un nuevo
mundo, un mundo en el que la selección basada en títulos y certificados excluía
a talentos que se aburrían en clases y/o son incapaces de seguir un plan de
estudios plagado de asignaturas que no les interesan.
Ya no importa qué ni dónde estudiaste,
sino qué has hecho, o cuáles son los frutos de tus estudios. Tu portafolio de
evidencias, antes que tu portafolio de títulos, grados o diplomas.
Para los chantas, que el
credencialismo esté en declive es una mala noticia.



