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| Fuente: https://gemini.google.com/app/8f5dc11099a59519 |
El déficit
se produce cuando los costos en que se incurre son mayores que los ingresos que
se generan. Esto es válido ya sea que estemos hablando
acerca del presupuesto personal, familiar, empresarial, comunal, regional,
nacional o internacional.
Si se
dispone de ahorros, éstos pueden ocuparse para financiar el déficit, o para que
no se manifieste, y/o el déficit se financie mediante endeudamiento con
terceros, lo que supone que a futuro se espera, o confía, disponer de ingresos
por sobre los costos.
En un
pasado no tan remoto, cuando no se disponía de un mercado financiero crediticio
tan “robusto” como el que tenemos hoy, hablar de endeudamiento eran palabras
mayores. Solo nos endeudábamos en casos extremos, como es el caso de comprar
una vivienda en el caso de una familia, o de grandes maquinarias para el caso
de una empresa.
Pero el
caso es que en algún minuto esto cambió. Tal como el plano histórico del
mundo occidental se divide en antes y después de Cristo (AC y DC), en el plano
financiero podríamos hablar de antes y después de las tarjetas de crédito. Lo
digo porque a partir del nacimiento de las tarjetas de crédito la capacidad de
consumo se disparó de la mano de un marketing a la vena marcada por una
publicidad apabullante que jugó psicológicamente con las aspiraciones de las
personas.
Y este
antes y después de la aparición de las tarjetas plásticas de crédito en las
décadas de los 70 y 80, por esas casualidades de la vida, coincide con el arribo del axioma neoliberal que
tan bien encarnaron en su tiempo Reagan y Tatcher en EEUU e Inglaterra, y
nuestro innombrable en Chile vía manu militare.
Por tanto
podríamos hablar que el tiempo se divide ya no en AC y DC, sino en AN y DN,
esto es, antes después del neoliberalismo. Así como estamos viviendo en el año
2026 después de Cristo (DC), en términos económicos-financieros podríamos estar
hablando de que estamos en el año 50 DN si creemos que el neoliberalismo nace
en 1976. Es cosa de fijar esta u otra fecha.
Lo digo
porque da la impresión que no podríamos volver atrás, que habría que dar por
sentado que el neoliberalismo llegó para quedarse. Uno conversa con un
neoliberal y es algo de Perogrullo, indiscutible, axiomático, que no hay por
donde perderse y que cuando celebremos el primer centenario, esto es, el año
100 DN, los progresos pueden llegar a ser tales que nos encontraríamos en el
mundo de bilz y pap, en la tierra prometida.
Quienes
adhieren al dogma neoliberal no se cansan de vanagloriarse de los avances
alcanzados, así como de los perfeccionamientos efectuados en este primero medio
siglo. Incluso más, todos los esfuerzos por desmontar el neoliberalismo habrían
chocado frente a una realidad que solo invita a perfeccionarlo para su
consolidación. Proceso histórico que sus adherentes consideran como
irreversible. En esto se asemejan a quienes hablan de la irreversibilidad
de los procesos. Bien sabemos que todo es reversible, que solo el tiempo es
irreversible. Minuto que pasa, no vuelve.
Todo un
tema dado que estos primeros 50 años DN se caracterizan por no tener
precedentes en las más diversas esferas, tanto positivas como negativas. Basta ver
los logros en el campo científico-tecnológico, en destrucción masiva, en
desarrollo espacial, en superación de la pobreza, así como en producción de
pobreza, en incremento de la desigualdad, en disponibilidad de bienes y
servicios, en precarización del trabajo y en tantos otros ámbitos.
Sin
darme cuenta, me he ido por las ramas porque partí con el tema del déficit y
después me he ido en volada a otros confines. Lo concreto es que los déficits
que vivíamos en los años AN persisten a 50 años DN, pero su contenido, su
estructura es otra, muy distinta. AN no existía la capacidad de déficit económico
que existe actualmente, pero sin duda que existía un déficit, pero era un
déficit de consumo, dado que la pobreza se expresaba en desnutrición, en alta
mortalidad infantil, baja esperanza de vida. Hoy el déficit es de otro tenor,
es un déficit económico en su origen, pero que se extiende a un déficit de
estabilidad laboral, familiar, social. El piso se mueve más que nunca, excepto para los que están arriba.
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