Unos se tirarán a la piscina asumiendo que tiene agua,
en tanto que otros verificarán si tiene agua antes de tirarse. En política el
tema tiene varias aristas. Los conservadores prefieren perseverar con lo
conocido, pero el tema va más allá. De lo que se trata es de no dar un salto al
vacío. Una cosa es
gerenciar una institución, o un país, y otra cosa es gerenciar una parte de ella.
A modo de ejemplo, tenemos al “choro” Soria, caudillo
de Iquique, a quien nadie ha podido hacerle sombra dentro de su región, pero
que a nadie se le ocurriría ponerlo a cargo del país. Son quienes hacen carrera
vía electoral para llegar a lo alto.
También tenemos el caso inverso, de quienes nunca han
asumido jefaturas o responsabilidades parciales por vía electoral, sino por la
vía de la designación, excepto cuando se trata de llegar a la cúspide
organizacional, en que las circunstancias exigen que debe someterse al
escrutinio electoral de las bases.
Bien sabemos que existen personajes que se sienten más
cómodos en la arena electoral que nominados a dedo. Los primeros. por personalidad,
por labia, por contactos, por redes. Suelen ser quienes buscan, ambicionan el
poder. Los segundos, prefieren ser designados, no pasar por el filtro
electoral, por timidez, por parquedad, por frialdad. Suelen ser quienes, al menos aparentemente, no
buscan el poder, más bien les llega vía varita mágica y apoyos en la sombra.
Hay quienes nacieron para vender la pomada, particularmente cuando se trata de la propia, en cambio otros son un desastre. Yo soy un claro ejemplo de esto último. A la memoria se me viene cuando décadas atrás postulé a un cargo, aupado por quienes querían que me tirara a la piscina electoral.
Agarré papa,
me tiré, y en la campaña recuerdo haber estado en un barrio donde al hacer
entrega de un volante, la señora que lo recibe me dice: “porqué voy a votar por
Ud. ¿acaso me va a pagar la cuenta de la luz y el agua? La miro y le respondo: “Ud.
cree que mi función como autoridad es pagarle la cuenta de su consumo de luz y
agua?”. Con esta respuesta cavé mi tumba electoral.
No escapará a mis queridos lectores, que no fui
elegido. Por la noche de ese día, reunido el equipo de campaña me recriminó la
respuesta dada porque así no se ganan las elecciones, sino todo lo contrario, se
pierden. “Y qué respuesta creen que debí haber dado?”. Haber tomado nota de la
petición, y responder que haremos todo lo posible para ver qué podemos hacer. En
concreto, dar esperanza, dejar el asunto en el aire, lo importante es sumar a
como dé lugar. Olvidé que uno más uno somos más. Si no lo haces tú, lo hará el
otro candidato. Así de simple.
La noche de la derrota fue amarga, pero mirando en
perspectiva, por suerte perdí. Me salvé
jabonado. De allí que uno de mis refranes favoritos sea: “No hay mal que por
bien no venga”.
Uno rara vez sabe con qué chicha se está curando. Al momento
de votar entra en juego la racionalidad con la emocionalidad bajo intensa
presión en uno u otro sentido. Sustraerse a esta presión a la hora de votar es el gran desafío.




