Mientras somos jóvenes, la vejez no es tema; en la adultez, solo para algunos, para los más precavidos. Y cuando llegamos a viejos, ya pasa a ser todo un tema por los más diversos motivos.
A esta
altura de la vida se hace imperativo resistir una cierta propensión a adoptar
conductas que no ayudan para nada a tener lo que podríamos llamar “una buena
vejez”, o “una vejez sostenible” en términos de calidad de vida.
Una de
ellas, es la propensión al aislamiento social y el abandono de las redes de
apoyo (familiar, vecinal o social) para “no” molestar o por un sentimiento de independencia
o autosuficiencia. Craso error, por cuanto no faltan las oportunidades por las
cuales requeriremos apoyo, ya sea porque nos caemos, nos roban o estafan, o las
nuevas tecnologías nos superan. El apoyo lo necesitamos todos, no solo nosotros,
pero debemos reconocer que los viejos lo necesitamos más.
Otra, es la
propensión a descuidar la salud física. A comer sin considerar su impacto en la
salud. Comer bien, a lo largo de toda la vida, es parte importantísima de una
buena salud, pero con mayor razón que antes por el simple hecho de que tenemos
más edad. Esto implica realizarnos los controles y revisiones médicas
periódicamente, sin esperar a sentirnos mal para recurrir a las consultas médicas.
Junto con ello, caminar, realizar ejercicios físicos. No se trata de largas
caminatas ni hacer ejercicios sin ton ni son, sino de pequeños ejercicios
diarios para mantener el esqueleto.
Otra, es la
propensión a desordenarnos, a dejar las cosas en cualquier parte, a dejar que
los días pasen sin pena ni gloria aprovechando que ya no hay horarios ni una
rutina laboral que cumplir. El ser humano, a toda edad, requiere de rutinas. No
tenerlas, arriesga a conducirnos a la apatía, la dejación, al abandono, o derechamente,
a la depresión. Nosotros mismos debemos imponernos una rutina para mantenernos
vivos. No una rutina estricta que debemos cumplir escrupulosamente, sino una
que nos sirva de guía, que no nos deje perdidos en el espacio. No es llegar y
aprovechar para levantarnos a cualquier hora, comer a cualquier hora, asearnos cuando
queramos, ni hacer lo que se nos dé la gana en forma permanente.
Por último,
quienes llegamos a viejos en condiciones relativamente saludables -tanto en
términos mentales, físicos, como económicos- debemos aprovechar de hacer
aquello que siempre quisimos hacer y no pudimos por falta de tiempo. Ahora se puede
leer, escribir, caminar, conversar, socializar, disfrutar la belleza que nos
ofrece la naturaleza, viajar, resolver sudokus o crucigramas.
En fin, para qué seguir cuando a esta altura de la vida se asume que sabemos lo que nos hace bien y lo que nos hace mal. Aunque parezca mentira, la vejez puede llegar a ser la mejor etapa de nuestras vidas. Abrazo!



