Como siempre, de la
boca para afuera, las razones esgrimidas se centran en la restauración de las
libertades, de la democracia. Este es el segundo, tercero, cuarto o quinto acto
-ya he perdido la cuenta- de quien presumiera, en plena campaña electoral, hace
poco más de un año, que suprimiría las guerras al día siguiente de su mandato:
Trump, personaje que se mantiene al pie del candelero sin arrugarse siquiera. Si
se le ha de reconocer una virtud, esta sería la de tener cuero de chancho.
El ataque a la
dirigencia gobernante iraní fue precedido de la captura, hace menos de dos
meses, de Maduro, el presidente venezolano, para llevárselo a EEUU. Y ahí Trump
lo tiene en la cárcel sin que en Venezuela se arme la zamba canuta. Ahí tiene a
Delcy, la presidenta “encargada” viendo cómo se porta. Todo apunta a que lo estaría
haciendo bien según los cánones de Trump. Como premio, ahora han reanudado
relaciones diplomáticas, las que se habían cortado en tiempos de Maduro. Mientras
tanto, éste en la cárcel, muy bien gracias, sin que nadie esté moviendo un dedo
por él. Por esta vía está ahogando a Cuba dado que le cortó el suministro de
petróleo venezolano.
A este paso, poco a
poco, espera recuperar lo que fue el patio trasero de EEUU, rememorando la
doctrina Monroe, ahora Donroe en homenaje a Donald. Para celebrar, organizar,
planificar esta recuperación, por estos días se están reuniendo más de 10 escuderos
latinoamericanos de Donald en su residencia de lujo y descanso, localizada en
Palm Beach, Mar-e Lago. Entre los invitados está nuestro presidente electo, José
Antonio Kast, quien se codeará con la creme de la creme, para recibir las instrucciones
con miras a detener y retroceder la influencia china.
Tanto Rusia como
China, se hacen los desentendidos, no sé si para evitar males mayores, o porque
no saben qué hacer, o porque se han hecho la repartija de las zonas de
influencia: América Latina para EEUU; Ucrania y otros para Rusia; así como
Taiwan y otros para China.
Hay varias cosas que no
entiendo, que no he logrado desentrañar, así como otras que sí entiendo. No
entiendo que los países europeos estén absolutamente paralogizados, y lo que es
peor, divididos; no entiendo que se crea que por medio de la devastación en el
Medio Oriente se crea que se pueda llegar a la paz; no entiendo que se piense
que el descabezamiento de un régimen por la vía del secuestro (caso venezolano)
y/o del asesinato (caso iraní) quedará impune y suponga la restauración de la
democracia. No entiendo que se crea que la paz se alcance por medio de la
guerra.
Sí entiendo que estamos
ante la intención de imponer la fuerza bruta, el imperio del poder económico y
militar, por sobre el camino que se ha intentado recorrer desde fines de la
segunda guerra mundial: el de la Organización de las Naciones Unidas, el del
diálogo, del derecho internacional. Todo esto está saltando por los
aires. Duele decirlo porque representa un fracaso de la política y el triunfo
del militarismo.
Vivimos tiempos en
los que abogar por la paz, oponerse a la guerra, suena a woke, una expresión con
una fuerte connotación negativa. Trump y sus seguidores se creen los cowboys,
los superman de los tiempos actuales, los realistas, quienes han resuelto tomar
el toro por las astas y dejar de andarse con payasadas, feminismos, pacifismos,
buenismos, ecologismos, indigenismos, y quién sabe cuántas yerbas más. Trump y
sus perros falderos están empeñados en una cruzada destinada a salvarnos para
extirpar el cáncer que nos estaría corroyendo.
Todo esto mientras en
la Casa Blanca los pastores se reunían alrededor de Trump, posando sus manos en
los hombros de Trump, orando, no para detener las guerras desatadas, sino para ganarlas.
Todo esto, mientras las órdenes del mismo Trump siguen su curso.
En mi modesta
opinión, al mal no se le vence con otro mal, o con más mal, sino todo lo
contrario. Pero esto parecería ser algo woke.




