septiembre 09, 2026

Informe PISA

Acaba de salir el último informe PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes) con los resultados del 2025. Se trata de pruebas destinadas a medir la capacidad para aplicar sus conocimientos y habilidades analíticas a problemas/situaciones de la vida real, por parte de jóvenes de 15 años. Ojo, no evalúa capacidad memorística, ni conocimientos específicos. Evalúa competencias matemáticas, de comprensión lectora, y asociadas a las ciencias. También evalúa competencias transversales y recoge información contextual vinculada al nivel socioeconómico familiar y al uso de tecnologías, entre otros.

Los resultados a nivel mundial nos confirman una tendencia a la baja que se viene dando desde hace tiempo. Donde la baja es más pronunciada es en la comprensión lectora, esto es, cada vez, entendemos menos lo que leemos, cada vez nos meten con más facilidad el dedo en la boca, nos creemos cualquier cuento, no exigimos evidencias, y somos incapaces de sintetizar textos complejos. Le siguen las matemáticas, donde también vamos hacia abajo, aunque no tan aceleradamente como en la comprensión lectora. Curiosamente, donde nos hemos mantenido más o menos igual, es en el campo científico.

Este panorama a nivel global, es claramente negativo. Se salvan de esta debacle Singapur, Taiwán, Japón y algunas regiones de China, que han aumentado su proporción de estudiantes con alto rendimiento. Quienes más han retrocedido, han sido los países nórdicos (Islandia, Noruega y Finlandia) y algunos países europeos (Alemania, Holanda, Eslovenia e Islandia).

No faltan quienes imputan a la pandemia de Covid esta baja, pero nos engañamos si creemos que ahí está la madre del cordero. Temo que la razón sea más profunda, y se relaciona con una suerte de culto a la tecnología en la vida diaria que, al menos entre los menores está inhibiendo la capacidad para pensar críticamente. Hoy ya no vemos niños leyendo libros o revistas. Más vemos niños mirando pantallas, aislados, que moviéndose, jugando o conversando con otros. Esto, al final del día, pasa la cuenta. Es antinatura que un niño pase sentado con la vista perdida en su móvil. Pero así estamos.

Sospecho que también tiene que ver la descomposición familiar. Cada vez son menos los niños que viven con sus dos padres. Cada vez más, cuando los niños se ponen muy quisquillosos, al menos uno de los padres, para que no los molesten, les pasan un móvil para que no la sigan revolviendo. Y así estamos.

También se relaciona con la pérdida de autoridad de los profesores. Si el niño tiene un problema en la escuela, los padres están tendiendo a inculpar a los profesores antes que a sus hijos. Al mismo tiempo, se presiona para que las aulas tengan más y más alumnos para “economizar”, para equilibrar las finanzas. Los profesores cada vez “valen” menos. Ya nadie quiere estudiar para ser profesor, y si lo hace es porque no quedó en otra carrera. Y si llega a ser profesor a poco andar le hace el quite al aula para asumir tareas administrativas, si es que no decide otro camino.

También la segregación escolar pasa su cuenta. Se aprende más entre desiguales que entre iguales y resulta que los padres con recursos económicos tratan de que sus hijos no se mezclen con la chusma. Los niños ricos van a unos establecimientos, y los niños pobres a otros. Y así seguimos.

Recuerdo que en una ocasión, a Angela Merkel, cuando era la canciller de Alemania, los ingenieros y abogados del sector público alemán fueron a reclamarle por un aumento en sus remuneraciones dado que los profesores ganaban más que ellos. La respuesta de Merkel fue lapidaria: “¿Cómo les voy a pagar más a ustedes en circunstancias que los profesores fueron quienes los formaron e hicieron posible que ustedes hoy sean los profesionales que son?”. Quienes estaban en la reunión se fueron con la cola entre las piernas.

La pregunta que nos debemos hacer es ¿qué han hecho los países a los que les ha ido bien, o no tan mal? Y seguro que no hay que ser un genio para darse cuenta que la “micro” no pasa por hacer repetir a quienes les va mal, ni andar aprobando a quienes les va mal. La “micro” pasa por atender, reforzar a los rezagados con apoyo de los no rezagados, un trabajo apasionante que no requiere mayores vueltas de carnero. Pasa también por integrar, en vez de segregar, por juntar a los “distintos”, negros con blancos, ricos con pobres, lindos con feos.

Tampoco pasa por darle la espalda a la tecnología, pero tampoco por llegar y usarla sin ton ni son, sin mayor reflexión. La tecnología llegó para quedarse y no es mala per se. Depende del uso que le demos. El desafío es integrarla al ambiente escolar bajo una pedagogía guiada por profesores debidamente capacitados y valorados.

¿Cómo estamos en Chilito? Digan lo que digan, los resultados no son como para cortarnos las venas porque al menos en América Latina seguimos en los primeros lugares. No es como para vanagloriarnos mayormente.

Estamos mal en matemáticas, donde casi un 60% de los alumnos de 15 años no logra el nivel básico de competencia, alrededor del doble que el promedio de los países de la OCDE. En comprensión lectora vamos de mal en peor dado que cada vez es mayor la proporción de quienes no alcanzan las competencias mínimas.

La brecha socioeconómica sigue siendo alta: entre el 25% de los estudiantes más favorecidos y el 25% de los estudiantes menos favorecidos existe una distancia de más de 70 puntos. Esto significa que un estudiante de altos ingresos cuenta con una ventaja equivalente a 4 años de escolarización sobre un estudiante de bajos recursos.

El apoyo familiar también es un factor que explica los resultados. Es muy difícil que a un niño le vaya bien sin apoyo familiar, y resulta que el involucramiento familiar en el aprendizaje de los niños ha ido menguando con el tiempo.

Por lo expuesto, el camino a seguir pasa por integrar, no segregar, que es el camino que desgraciadamente se ha seguido en Chile a lo largo de todas estas décadas sin que exista la fuerza política suficiente para revertirlo.

En fin, para qué seguir. Hay factores puntuales y sistémicos implicados en los resultados PISA. Tampoco debemos sacralizarlos porque tiene sus bemoles. El informe PISA no es palabra de Dios ni mucho menos, pero al menos nos sirve para sospechar hacia donde debe ir “la micro”.

septiembre 08, 2026

Un mundo patas arriba

 

Los resultados de las últimas elecciones en una región de Alemania, donde ganó el representante de la AfD están activando, una vez más, las alertas. Al alcanzar un inédito 44% muy lejos de las restantes fuerzas políticas, dan cuenta de la marea ultraderechista que se está viviendo a nivel mundial. No es un hecho aislado, es parte de una tendencia que se está dando, mientras las fuerzas políticas tradicionales experimentan fuertes descensos.

Quienes pensaban que los cordones sanitarios implementados serían suficientes para impedir su alza, se equivocaron. Tales cordones habrían sido útiles tan solo para retrasar su ascenso para asumir responsabilidades de gobierno. Quizás fueron necesarios, pero no suficientes.

Estamos inmersos en una ola que pareciera imparable, pero bien sabemos que no hay nada imparable, nada irreversible. Cada día tiene su afán. Todo lo que va, vuelve. Nada nuevo bajo el sol. Vivimos tiempos apocalípticos, que difícilmente habríamos imaginado. No solo en términos de tiempos políticos, también de tiempos climáticos, tecnológicos, y de todo orden.

Lo que debemos preguntarnos es ¿cómo hemos llegado a esto? ¿qué hemos hecho para que fuerzas políticas de ultraderecha estén dominando la escena? ¿qué es lo que está impulsando a la gente a votar por ellos? A votar por Trump en EEUU; por Milei en Argentina; por Orban en Hungría; por Bolsonaro en Brasil; por Kast en Chile; por De Espriella en Colombia; por Le Pen en Francia; y así en tantos países.

En cada país hay razones específicas que explican el alza de la ultraderecha, las que deberán ser analizadas, pero más allá de ellas, existen razones de orden general, que afectan a todos los países, no solo allí donde la marea ultraderechista se está haciendo más explícita. Estas razones, muy probablemente se relacionen con las dificultades para encontrar empleo y/o la precariedad de éste, la inseguridad, el crecimiento del narcotráfico, la desindustrialización que en mayor o menor grado está afectando a muchos países.

En el caso alemán, el avasallador triunfo de AfD fue obtenido en uno de los estados que antes de la fusión de las dos Alemanias, era parte de la RDA, la Alemania comunista. Triunfo que viene precedido por los obtenidos en otros estados de la misma Alemania comunista (Turingia, Sajonia y Brandemburgo) donde ya se ha consolidado como fuerza política dominante. Vaya paradoja la de quienes en el pasado votaban por los comunistas, ahora aparecen votando por los ultraderechistas. Y que hayan contado con apoyo ruso. Todo un puzle a descifrar.

Debemos ir más allá de las protestas, de las manifestaciones de rechazo, de agarrarnos la cabeza ante lo que está ocurriendo, de los llamados a la unidad. Si aspiramos a revertir esta tendencia, necesariamente debemos respondernos respecto de las causas que están tras los tiempos políticos que estamos viviendo. Escudriñar respecto de las motivaciones que tienen los votantes para optar por fuerzas políticas regresivas que al amparo de la democracia están accediendo a ámbitos políticos que le permitirán socavarla.

Nada sacamos con afirmar que la ciudadanía está siendo engañada; nada sacamos con aludir a los bulos que se trasmiten como reguero de pólvora por las redes sociales; nada sacamos con sostener que una nueva tecnocracia está imponiendo sus cánones; que la clase política está siendo cooptada; que la inteligencia artificial está haciendo su trabajo subliminal.

Tenemos que ir al fondo, a las causas profundas de lo que parece observarse en las nuevas generaciones, una suerte de desapego democrático, de frustración de expectativas; del sentimiento de abandono de los adultos mayores.

Vivimos tiempos en que tenemos más años de escolaridad que nunca, lo que supondría que somos personas más educadas que quienes nos precedieron. Esto debiera reflejarse en términos políticos, en la emisión de votos más informados, más conscientes, menos propensos a ser engañados. Por tanto, descarto la postura de quienes estiman que la población está siendo engañada. Más que votos de adhesión, visualizo votos de rechazo al comportamiento de las fuerzas políticas convencionales.

Identificar lo que hay tras este rechazo, es lo que siento que debemos desentrañar, hacernos una introspección, que sin duda será dolorosa, pero que percibo como inevitable si aspiramos a revertir los tiempos que estamos viviendo.  

En algún minuto la retórica ultraderechista que se está enseñoreando, será frenada y revertida. Debemos hacerlo antes que concrete sus propósitos implícitos, que no son otros que desmantelar, transformar en letra muerta, la democracia, para imponer sus términos.

Tenemos a nuestro favor que todo lo que estamos viendo es antinatura.

septiembre 06, 2026

Inflación evaluativa en el sector público (parte 2 de 2)

Foto de Luke Jones en Unsplash

Como les escribí en mi última columna, acá va lo que prometí: la respuesta de “nuestro amigo IA” a una consulta que le hiciera a propósito de la contradicción que encerraría la alta proporción de evaluación positiva al personal del servicio público por parte de las jefaturas, con la mala evaluación que suelen hacer sus usuarios al servicio que prestan. La consulta, o petición, fue la siguiente:

Me podrías escribir un artículo de no más de 500 palabras centrado en la contradicción que ilustra lo señalado en relación a las críticas que suelen hacerse al desempeño de los servicios que provee el sector público chileno.

La respuesta fue cuasi inmediata, que me dejó con la boca abierta, estuvo precedida de un título de su propia cosecha. Acá va:

“El mito de la excelencia por decreto: La paradoja del empleo público en Chile

En el ámbito de la gestión pública chilena existe un fenómeno tan cotidiano como desconcertante: la profunda brecha entre la evaluación interna del personal del Estado y la percepción ciudadana sobre la calidad de los servicios que este provee. Mientras que la experiencia diaria de los usuarios al realizar trámites suele estar marcada por filas interminables, demoras inexplicables y una burocracia desinteresada, las cifras oficiales del sistema de evaluación muestran una realidad completamente opuesta. Año a año, casi el 98% de los funcionarios públicos califica en la categoría de "Distinción", la máxima nota posible.

Esta asombrosa paradoja ilustra una contradicción estructural: un Estado compuesto casi exclusivamente por trabajadores "excelentes", pero que entrega servicios frecuentemente catalogados como deficientes.

¿Cómo se explica semejante disonancia?

La respuesta no radica en la capacidad individual de los trabajadores, sino en la distorsión del mecanismo evaluativo. La calificación en la administración pública se ha transformado en un trámite formalizado donde la condescendencia es la norma. Las jefaturas enfrentan pocos incentivos para calificar con rigor, pues calificar a un subordinado en una categoría inferior implica costos personales, tensiones laborales e interminables procesos de apelación.

Por otro lado, existe una fuerte presión sindical y de pares para mantener calificaciones altas, ya que de estas dependen incentivos económicos y la estabilidad laboral. En la práctica, el rigor evaluativo se castiga y la complacencia se premia.

Las consecuencias de la ilusión

Esta distorsión produce tres efectos devastadores para la modernización del Estado:

·   Invisibilización del mérito real: Al calificar a casi todos como sobresalientes, el sistema destruye el valor del reconocimiento. El funcionario comprometido e innovador recibe la misma nota e incentivos que aquel que cumple con lo mínimo.

·   Inmunidad al mal desempeño: Las herramientas normativas diseñadas para desvincular a personal insatisfactorio son inútiles, pues las listas de demérito son prácticamente inexistentes.

·   Desconfianza institucional: La ciudadanía percibe que el sector público opera en una realidad paralela, donde los recursos del Estado se reparten mediante bonos de desempeño automático sin correlato en la calidad de la atención.

Un desafío urgente

Para superar esta contradicción no se requiere demonizar a los empleados públicos, sino reformar con urgencia el Estatuto Administrativo. Chile necesita un sistema de evaluación de desempeño independiente, con metas medibles basadas en la satisfacción del usuario y con curvas de distribución de notas reales.

Un Estado moderno no puede construirse sobre la base de una excelencia autoasignada. Mientras la nota máxima sea la regla por defecto y no el reflejo del esfuerzo, la grieta entre el diagnóstico de la burocracia y la experiencia del ciudadano común seguirá erosionando la legitimidad de la institucionalidad pública”.

Hasta acá llega lo escrito por nuestro amigo IA. Como pueden ver, puede escribir lo que le pidas. Puedes hacerlo pasar por algo escrito por ti. Pero ojo, no es llegar y hacer un “copy and paste” porque no es necesario ser muy perspicaz porque por algún lado se le verá “el plumero”. Esto es, que no es de tu cosecha. Puede servir como base para lo que quieras escribir. Es un gran apoyo, sin duda, pero tienes que leerlo con calma, porque incluye pifias, limitaciones, sesgos.

Como todo en la vida, la IA tiene sus pros y contras. ¿Sirven? ¿Ayudan? Si, por cierto, pero no es llegar y fiarse de ella a ciegas, o a tontas y locas. Mejor andar con pies de plomo. Ojo al charqui.

Invito a leer lo escrito por nuestro amigo IA e intentar descubrir sus puntos débiles.

En concreto, no usemos la IA para dejar de pensar, sino que para pensar más y mejor.

septiembre 01, 2026

Inflación evaluativa en el sector público (parte 1 de 2)

Fuente: https://gemini.google.com/app/d32bf6a82ed8b3ce

Estas líneas nacen a raíz de un reciente artículo de prensa en el que se da a conocer que alrededor del 97% al 98% de los funcionarios del gobierno central son calificados en la lista nº 1 (de distinción), calificación máxima.     

Este porcentaje me hizo recordar algunas experiencias personales, tanto en Arica como en Talca, con distintas secretarias que trabajaron bajo mi responsabilidad a lo largo de mi vida laboral. Me siento privilegiado porque las que me fueron asignadas resultaron ser excelentes. No fueron rastreras ni trepadoras. Sencillas, tranquilas, trabajadoras. Así y todo, mis evaluaciones tendían a ser críticas. A mi entender no tenía sentido, en todos los atributos a calificar, evaluarlas con la calificación máxima. Eran excelentes secretarias, pero no perfectas. Siempre hay algo en qué mejorar, que poder hacerse mejor.

Cuando llegaba la hora de conversar y explicarles personalmente la evaluación realizada, las objeciones no estaban centradas en la evaluación recibida, sino en que cotejadas con la evaluación que recibían otras secretarias, salían menoscabadas. No dejaban de tener razón, pero así y todo les hacía ver que no sacábamos nada con engañarnos, con inflarnos, dado que, a la larga, las perjudicaba. Algún mal rato pasaba, pero no daba el brazo a torcer.

Lo concreto es que no calza que casi todo el personal que presta servicios públicos sea evaluado con calificación máxima con las persistentes quejas de mala atención por parte de los usuarios cuando éstos deben recurrir a la prestación de servicios públicos. Si bien una mala atención, tales como los retrasos, las listas de espera, pueden deberse a escasez de recursos no imputables al personal que trabaja, con todo, es contradictorio con el porcentaje de calificación máxima que alcanzan.

Dado esto, me tomé la libertad de preguntarle a “inteligencia artificial” (IA) sobre el tema. Lo primero que le pregunté apuntaba a confirmar si era verdad que tantos funcionarios públicos fueran evaluados “con distinción”. La pregunta que le hice fue: “Sabes cuál es el porcentaje de funcionarios públicos chilenos evaluados con calificación máxima de desempeño”.

La respuesta me dejó atónito. No solo me la confirmó, sino que se explayó largamente. Acá va:

“Sí, las cifras históricas y recientes muestran una tendencia bastante constante en el sistema de calificación del Estado chileno:

Alrededor del 97% al 98% de los funcionarios públicos del Gobierno Central son calificados en la Lista N° 1 (de Distinción), que representa la máxima categoría de desempeño.

Detalles claves del sistema:

1.  Pila de sobresalientes: En mediciones recientes sobre el Gobierno Central administrativo, cerca del 97,4% de los trabajadores evaluados fue clasificado en la categoría máxima. El promedio de los últimos años se mantiene consistentemente por encima del 97%.

2.  Bono de desempeño (PMI): En cuanto al cumplimiento de metas de gestión vinculadas a incentivos económicos, las cifras son aún más altas, alcanzando aproximadamente un 99% de funcionarios que logran el tramo máximo de bonificación.

La paradoja de las evaluaciones: Este fenómeno suele generar debate entre expertos en gestión pública y economistas, ya que en la práctica: menos del 2% o 3% queda clasificado en Lista 2 (Buena) o en las listas de demérito/condicional (Lista 3 o 4), que son las que eventualmente permitirían la desvinculación de un funcionario por mal desempeño.

Existe una fuerte resistencia o falta de incentivos dentro de las jefaturas para diferenciar objetivamente el rendimiento, lo que termina convirtiendo las evaluaciones en un mero trámite administrativo donde casi la totalidad del personal obtiene la nota máxima”.

Hasta acá la respuesta recibida. Como puede verse, IA se las trae. No son palabras menores, son palabras mayores que invitan a la reflexión. No es llegar y creer a pies juntillas lo que nos dice, y hay aseveraciones que no debemos pasar por alto. Y por lo mismo, invitan a desarrollar pensamiento crítico.

En la próxima columna incluiré lo que nos escribió “nuestro amigo IA” cuando le pedí que escribiera una columna sobre la contradicción que encierra una excelente calificación de los trabajadores públicos, y las diatribas que tiende a recibir el Estado en el ejercicio de sus funciones.

Nota: La consulta la hice a gemini.