octubre 13, 2018

Brasil: todo se ha puesto cuesta arriba

Los resultados de las recientes elecciones en Brasil, tanto presidenciales como parlamentarias, dan cuenta de un giro político mayúsculo que se inscribe en una tendencia mundial que no deja de ser preocupante. Se sabía que Bolsonaro estaba punteando, pero pocos imaginaron que tendría la votación que alcanzó, y de ellos algunos señalaban que podría ganar en la primera vuelta.

Si bien habrá segunda vuelta, lo concreto es que Bolsonaro en esta pasada ganó por paliza, poniendo cuesta arriba las posibilidades de su contendor, Haddad. Es como si en un partido de futbol uno de los rivales se fuera a los vestuarios con una victoria parcial de tres o cuatro a cero. Darlo vuelta no es imposible, pero tendrían que concurrir hechos que no se vislumbran. No se ve qué pueda cambiar para remontar el resultado de la primera vuelta.

De partida, el contendor no se puede cambiar, a lo más podrá cambiar su estrategia, pero difícilmente pueda modificarla radicalmente en estas semanas. Y un cambio de estrategia que sea efectivo necesariamente pasa por un análisis crítico profundo. Un mea culpa auténtico. También es difícil que Bolsonaro cometa errores de bulto en este tramo. Con la victoria en el bolsillo rehuirá los debates y seguramente se limitará a expresiones que no pongan en riesgo su triunfo. Al menos sus asesores harán todo lo que esté en sus manos para reducir las frases para el bronce que lo identifican.

Y lo más probable es que todo esto tampoco sea suficiente puesto que la victoria de Bolsonaro tiene raíces profundas que emanan de errores imposibles de soslayar. No es razonable ni sostenible creer que la gente es irracional, estúpida y/o ignorante cuando vota por Bolsonaro, y que no lo sea cuando vota por Haddad. Tampoco es razonable ni sostenible creer que el partido de los trabajadores, el PT y Lula, sean corruptos, y que no lo sean Bolsonaro y quienes lo respaldan, ni que Bolsonaro y sus boys vayan a terminar con la corrupción y la violencia urbana. Estamos ante un candidato, Bolsonaro, que encontró un blanco al cual apuntar sus dardos: los seguidores de Lula, los petistas, captando y canalizando la rabia y la ira en su contra, tal como en su momento lo hizo Hitler contra los judíos y los comunistas.

La corrupción reinante no nació con Lula, ni mucho menos, aunque así lo quieran presentar los medios de comunicación, ni se limita al PT, sino que atraviesa a todo el arco político, incluyendo a quienes atacan al PT y quienes juzgaron y condenaron a Lula. Por el contrario, la corrupción, así como la violencia urbana están instaladas desde hace mucho tiempo, reforzadas por el modelo económico imperante, y si a la fecha no ha podido ser erradicada, menos lo será por un personaje como Bolsonaro cuya receta es la clásica de la ultraderecha: más militarización, más represión, más neoliberalismo.

Que el pueblo vuelque sus preferencias hacia una opción de este tenor, da para reflexionar en torno a una dura interrogante: ¿qué ha llevado a que Brasil llegue a esta situación? ¿qué hacer para que no lleguemos a una coyuntura como la brasileña?

Días difíciles, muy difíciles, esperan a Brasil, así como a muchos otros países.

octubre 03, 2018

Bolsonaro en punta

Este domingo son las elecciones presidenciales en Brasil, la mayor potencia latinoamericana. Uno de sus candidatos, Bolsonaro, lleva todas las de ganar en la primera vuelta.

Las razones que explican la actual realidad política brasileña se centran en la corrupción que aqueja a toda su clase política, originada por una dirigencia empresarial que ha sido capaz de prostituir a gran parte del mundo de la política, y que se ha expandido a las más diversas esferas.

Por decir lo menos, resulta curioso que el candidato que encabezaba las encuestas, Lula, haya quedado fuera de carrera por decisión del poder judicial. El Partido de los Trabajadores que condujo al país sacando de la pobreza a millones de brasileños está siendo destruido tanto por la encarnizada oposición de la derecha como por la corrupción que estaría afectando al partido. Y digo “estaría” porque a esta altura del partido ya no sé dónde está la verdad, ni quienes la tienen. En efecto, me es imposible no ver al ladrón detrás del juez. Quienes juzgaron y destituyeron a Dilma Rousseff no parecen ser blancas palomas libres de polvo y paja. Tampoco lo son quienes decidieron que Lula no podía postular ni quien ejerce hoy la presidencia, Temer, ni quienes conforman el Congreso ni los tribunales de justicia.

En este marco, entre muchas otras candidaturas, emerge la de Bolsonaro, un clásico candidato que en circunstancias normales no pasaría de la marginalidad, de ser un outsider. Sin embargo, bajo las circunstancias actuales de Brasil, de crisis política que se prolonga por al menos un par de años, irrumpe fuertemente con un discurso populista, racista, machista, homófobo, militarista, de la clásica ultraderecha admiradora de las dictaduras militaristas. Su modelo es la dictadura de Pinochet.

Una artera puñalada en medio de un acto de campaña logra el efecto de catapultarlo, acercándose ya al 30% de las preferencias. Al paso que va, apelándose al voto "útil", no pocos especulan que podría ganar en primera vuelta. 

Este tipo de candidatos siempre han existido y seguirán existiendo, pero en términos electorales suelen tener menos de un 10%, y en tiempos de crisis moderadas, a lo más alcanzan el 20%. Su pleno desarrollo lo alcanzan cuando se está frente a crisis mayores, cuando la polarización se extrema y consigue la adhesión de la derecha y de los sectores más pobres hastiados que caen bajo el embrujo de cantos de sirena.

Se trata de un candidato que no se ha cansado de decir barbaridades. En el año 1999 afirmó que “la dictadura 2003 debería haber matado a 30,000 personas más, comenzando por el Congreso y el presidente Henrique Cardoso”. En el año 2001 sostuvo que “sería incapaz de amar a un hijo homosexual, prefiero que muera en un accidente de coche”. Dos años después, en la televisión le dijo a una diputada que “yo a usted no la violaría porque no se lo merece”. Y el último broche de oro que se le conoce, lo dio a conocer el año pasado cuando declaró que “un policía que no mata no es policía”.

Uno de sus contendientes lo retrata de cuerpo entero al sostener que “representa la negación de la política y de la democracia, el deseo de prender fuego para ver si vuelve a nacer algo”.

Toda su vida abrazó la fe católica, pero hoy es evangélico, consiguiendo la adhesión de ellos no obstante que su ideario se contrapone abiertamente a la ética cristiana.

Con todo no pierdo la confianza de que el pueblo brasileño sea capaz de discernir, en el silencio de la urna, e impedir su ascenso a la presidencia.

septiembre 27, 2018

Las paradojas de la política

En Chile se está viviendo un período político especial donde un gobierno de derecha debe abordar una agenda que no le acomoda. Desde sus propias huestes no pocos afirman que están aplicando políticas más propias de la actual oposición. Similar crítica se dio cuando bajo el primer gobierno de Piñera (2010-14) el entonces senador Longueira antes de ser nominado ministro, le acusó de ser una suerte de quinta Concertación.

Un botón de muestra es el proyecto de ley que reconoce y da protección a la identidad de género, impulsado por el gobierno de Piñera, fue aprobado en el Senado gracias al respaldo de la oposición y con el rechazo de la mayoría de los senadores de la propia coalición gobernante, particularmente de RN y de la UDI. Lo señalado da cuenta de un proyecto impulsado por la izquierda, que en el pasado no pudo aprobarse, gracias a un mayoritario rechazo al interior de la derecha, y que ahora fue aprobado. El mundo al revés como dirían algunos. Por ello José Antonio Kast, excandidato presidencial, exdirigente de la UDI, y actual impulsor de un movimiento de ultraderecha, acusa al gobierno de gobernar bajo una agenda de la izquierda. La oposición en un sector de la derecha es tal que intentarán ir al Tribunal Constitucional, a dónde recurren cuando las cosas no se dan a su pinta.

El otro caso está referido a la problemática que afecta a la Araucanía, donde la derecha siempre criticaba a los gobiernos por su incapacidad para detener la violencia, y muy especialmente por sus políticas conciliatorias y la ausencia de medidas represivas frente a hechos de violencia. Gran parte de su discurso, tanto a nivel nacional, como en la zona de la Araucanía, apelaba a la necesidad de incrementar los niveles de seguridad por la vía de aumentar la presencia y acción policial, alentando la necesidad de enviar fuerzas militares a la región. Hoy en cambio, a seis meses de asumida la conducción del gobierno, busca asumir un rol pacificador, de búsqueda de acuerdos entre los distintos sectores en lo que denomina Plan Impulso Araucanía. Este plan, al menos en el papel, más parece una continuidad de las acciones adoptadas por los gobiernos anteriores que buscaban estimular el desarrollo y establecer la paz en la región por la vía de una fuerte inyección monetaria bajo la lógica de que con plata se puede comprar la paz.

La otra novedad en este tema es el anuncio de algo que la izquierda siempre procuró impulsar sin mayor éxito por la persistente oposición de la derecha: el reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas. Si bien falta aterrizar este y tantos otros anuncios, así como “la letra chica” con que estén acompañados, lo concreto es que este tema nunca estuvo en la agenda de la derecha. Y ahora lo está y tendrá que proponer un cambio en la constitución. No pocos congresales derechistas arrugarán la nariz.

En ambos casos los proyectos de ley implicados serán aprobados con el apoyo de la izquierda y la renuencia de no pocos en la derecha. Así y todo, insisten en que la actual oposición le está negando la sal y el agua al gobierno. Con razón dicen que la historia se escribe con renglones torcidos.

septiembre 20, 2018

Populismo al acecho

El populismo está al alza de la mano de la polarización política, económica y social. El populismo es el arte del engaño, de la explotación de las desgracias, de las desigualdades, de la mala educación. Por lo mismo suele ir de la mano del nacionalismo.

El populismo surge en tiempos de turbulencias de todo orden, político, económico, social, científico-tecnológica y existencial. Es alentado desde las sombras por siniestros personajes al amparo de discursos grandilocuentes, de frases para el bronce, pero muy especialmente de la incapacidad de gran parte de la población para discernir, reflexionar, analizar críticamente lo que ocurre. Personajes que actúan como pastores que conducen a sus rebaños al matadero sin que estos lo perciban. Ejemplos tenemos por doquier en el pasado y también actualmente, aquí en Latinoamérica, y donde quiera que vayamos.

Latinoamérica desde sus tiempos de independencia, ha experimentado oleadas de populismo. Los hay de derechas y de izquierdas, su común denominador es lo mencionado más arriba: la explotación de una crisis mediante el sacrificio de una o más generaciones por la vía de una oferta quimérica, que no especifica metas ni plazos.

En Europa, la construcción de la comunidad europea, fue a partir de las cenizas dejadas por la segunda guerra mundial a la que fue conducida por el nazismo y el fascismo a nombre de la superioridad racial. Hoy, esta Unión Europea se encuentra en jaque como consecuencia de los populismos y nacionalismos que están resucitando en los distintos países bajo el pretexto de los flujos migratorios, del desempleo y las dificultades de los gobiernos y los partidos políticos tradicionales para abordarlos.

En USA, Trump es la mejor expresión de un fenómeno que se apoya en lo peor del ser humano: el odio, la expulsión, el exterminio de quien es distinto, de quien no piensa como uno. Un inmigrante que toma la bandera del levantamiento de muros físicos, legales y arancelarios para frenar la inmigración.

Populismos y nacionalismos que se alimentan de las lacerantes, persistentes y crecientes desigualdades que las dirigencias empresariales, sindicales, políticas y profesionales han sido incapaces de reducir, junto con la apatía de muchos que se resisten a participar ante la ausencia de liderazgos creíbles y confiables entre ellas.

Tras los populismos que están entrando en escena hay fanatismos, fundamentalismos y dogmatismos que creíamos haber superado. Sin embargo, por lo que observamos a escala mundial, parecen retornar en todo su esplendor. Así parecen señalarlo los resultados de las últimas elecciones que se han estado registrando en los más diversos países. De fuerzas marginales se están convirtiendo en actores relevantes capaces de inclinar la balanza a uno u otro lado.

No obstante lo expuesto, confío en que más temprano que tarde este proceso se revierta de la mano de lo mejor de cada uno de nosotros. Próximamente, en Latinoamérica, tendremos una prueba de fuego en las elecciones presidenciales que tendrán lugar en Brasil.

 
Blog Directory