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| Foto de Ant Rozetsky en Unsplash |
Cuando el mundo estornuda, Chile se resfría, y si el mundo se
resfría, a Chile le da neumonía. La razón es simple: somos un país altamente
dependiente, con las ventanas abiertas de par en par que los Chicagos Boys nos
han legado sin arbitrar las defensas necesarias.
En honor a la verdad, Chile siempre ha sido un país dependiente. Para
reducir la dependencia económica en la primera mitad del siglo pasado se
procuró un desarrollo industrial mínimo a sabiendas que no podíamos depender
exclusivamente de nuestros recursos naturales. Teníamos la experiencia del
salitre. Bastó que apareciera el salitre sintético para que su precio en el
mercado se derrumbara y nos fuéramos al garete. La pampa nortina es muda
testigo de lo que fueron tiempos de gloria pasajera.
La lección que se supone debió dejarnos es que, si bien siempre
tendremos algún grado de dependencia, tenemos que procurar reducirla. Ser menos
dependientes. Esto vale para todo, para un país, una región, un pueblo, una
familia, para cada uno de nosotros.
Esta realidad impulsó al país hacia un desarrollo orientado a
tener una base industrial mínima. Nacen la CORFO, EL Banco del Estado, la
Compañía de Acero del Pacífico (CAP), la Empresa Nacional De Electricidad
(ENDESA), así como tantas otras, todas bajo impulso estatal. Sin este impulso
seguiríamos pateando piedras.
En este marco, la política arancelaria estuvo orientada a
desalentar importaciones de bienes de consumo final, y a estimular las importaciones de bienes de capital y de insumos. Una política
destinada a promover la sustitución de importaciones por producción nacional.
En eso estábamos cuando de la noche a la mañana, en 1973 y de la
mano del innombrable, aparecen los Chicago Boys con su librito El Ladrillo en
mano, donde nos dicen que acá hay que cortar por lo sano, que para qué producir
acá lo que otros son capaces de hacer con mayor eficiencia y ofrecernos a menor
precio. Mejor dediquémonos a producir aquello en lo que somos más eficientes.
Así fue como se dio vuelta la tortilla, abriendo nuestras ventanas de par en
par bajando los aranceles.
¿Resultado? Lo que tenemos. La producción nacional se fue a la cresta,
y con ella las empresas, el empleo. Para sortear la crisis nacen los programas
de empleo mínimo (PEM), los programas de ocupación para jefes de hogar (POJH),
los taxis colectivos, los cuidadores de coches en las calles. El empleo
informal se multiplica. Las empresas productivas se transformaron en importadoras.
Si bien desde que el innombrable dejó la primera magistratura,
pero manteniéndose al cateo de la laucha desde la comandancia en jefe del Ejército,
esta política arancelaria se ha amortiguado, en su esencia, no es mucho lo que
ha cambiado. Seguimos sin una política industrial propiamente tal, seguimos con
una matriz exportadora concentrada en el cobre, y por tanto altamente
dependiente del vaivén de su precio, en cuya fijación no pinchamos ni cortamos.
Desde que tengo uso de razón se habla de diversificar las
exportaciones, de innovación, etc. etc. pero la realidad es que seguimos en las
mismas, con algunos logros que no alcanzan a hacer cosquillas, esto es, a
cambiar una realidad. La de que seguimos teniendo una economía extractivista,
basada en la succión de nuestros recursos naturales sin mayor valor agregado.
Lo peor de todo es que seguimos con más de lo mismo, ahora bajo el
pomposo nombre de “reconstrucción nacional”, donde se quiere crecer pasando a
llevar al medio ambiente, a los trabajadores por la vía de arrasar con lo que
despectivamente llaman la “permisología” y las conquistas laborales obtenidas a
punta del sacrificio y lucha de quienes las impulsaron.
La política económica vigente no da para más. Es necesario
repensarlo todo. Pensar en qué sector nos centramos para tener una base
industrial mínima. Darnos un plazo para su desarrollo proveyendo todos
los recursos necesarios para su sustento. Pasado dicho plazo debe ser capaz de
sustentarse por sí mismo y apoyar a otros sectores.
Un ejemplo de lo que se puede hacer lo da Indonesia, donde no se
puede exportar ningún recurso natural sin que tenga un valor agregado mínimo,
esto es, sin algún grado de procesamiento industrial. Esto es, no se permiten
exportar recursos naturales en bruto.




