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| Foto de Emily Karakis en Unsplash |
La sociedad conserva
una visión de las universidades un tanto idealizada, como si fuesen
instituciones de cristal, donde estarían los mejores, donde se concentra el
conocimiento, donde la miseria humana no tendría lugar. Es posible que así haya
sido en sus primeros tiempos, y que lo siga siendo, pero solo en algunas universidades. Mal
que mal, hoy se compran y venden universidades. Así y todo, dentro de la
población persiste una imagen positiva de ellas.
Se asume que las
universidades son instituciones superiores, que están libres de polvo y paja,
tal como la visión que se tiene de la Corte Suprema, cuyos integrantes,
particularmente las más altas jerarquías, se asume que garantizan justicia para
todos por igual. No sin estupor hemos estado presenciando que los bajos instintos
también recorren sus espacios.
De hecho, ninguna
institución, desde el minuto que está conformada por personas de carne y hueso,
se salva de verse arrastrada al barro, y encontrará mil fórmulas para
ocultarlo, esconderlo, simulando que todo está bien, pero al final del día,
aunque tarde, la realidad saldrá a la luz. Y mientras más tarde, más en el
barro estará, y más costará sacarlo.
Mientras mayor sea el
nivel de autonomía de una institución, mayor es el riesgo de corrupción, de
nepotismo, de amiguismo, el que se ve multiplicado cuando se está ante una
organización altamente jerarquizada. Jerarquía que se asume dada por los méritos
de quienes la conforman, pero que en la práctica se ve distorsionada a punta de
redes, contactos, influencias, de poderes que trabajan en la sombra, los
poderes fácticos. La autonomía es un arma de doble filo.
Todo esto ¿está en la
naturaleza humana? Siempre existirán influencias indebidas, pero el desafío es tener
la capacidad para denunciarlas, reducirlas, eliminarlas, y tenerlas presente
para que a la hora en que a uno le toque incidir, decidir, enfrentarse a ellas. Se
asume que somos libres, que el voto es secreto, pero, así y todo, no es fácil librarse
de presiones, atosigamientos. Incluso en las universidades, donde se asume que
sus integrantes tienen suficiente independencia.
A la hora de elegir a
autoridades, los cantos de sirena de los candidatos en carrera -sus propuestas,
programas-, ofreciendo el oro y el moro, inevitablemente estarán a la
orden del día. Pero no podemos dejarnos llevar por ellos porque bien sabemos
que suelen quedar en el papel, y rara vez cristalizan. No necesariamente por
falta de voluntad, sino porque dirigir una organización, sea esta pequeña,
mediana o grande, supone navegar por aguas no siempre previsibles.
He trabajado por más
de 40 años en distintas universidades y participado en distintos procesos
eleccionarios al interior de ellas. Creo que la clave para tomar una decisión, para
votar por un rector, más allá de las propuestas, de lo que se dice que se va a hacer, de la
forma en que se implementará lo que se propone, son dos variables: la
credibilidad del candidato, y quienes están tras él, quienes le acompañan.
En cuanto a credibilidad me refiero no tanto a tener ununa trayectoria académica plagada de títulos, grados, proyectos o papers, sino a una vida personal intachable, sin mancha alguna. Un historial tal que allí donde pueda haber existido una relación de poder, no se haya hecho uso y abuso de él, como es el caso de involucrarse en una relación afectiva con un(a) subordinado(a), o un(a) alumno(a). Una credibilidad que viene dada por cuánto trecho hay entre lo que dices y lo que haces.
En la
vida puedes estar toda la vida proclamando a los cuatro vientos la
participación, pero a la hora de la verdad, andar “cocinando” consejos,
reuniones, juicios, para que los resultados sean los que quieres. No olvidar que la mona, por más que se vista de seda, mona queda.
En cuanto a quienes acompañan a un candidato, es importante saber quienes son las dos o tres personas más próximas a él y con quienes más se relaciona, así como quienes están en las sombras, agazapados. Éstos son quienes no se dan a conocer explícitamente, pero ante quienes el candidato ha de responder antes que a sus votantes. Dime con quién andas, y te diré quien eres.



