Le pedí a IA que me hiciera una
ilustración de muchas de las actuales universidades, como instituciones que
están tendiendo a ver a los alumnos como clientes, antes que como ciudadanos, con
capacidad de pensamiento crítico, de ver bajo el agua. El resultado es la
ilustración que encabeza estas líneas.
En esta ocasión me centraré en la
docencia universitaria. Ya tendré ocasión de hacerlo en torno a la investigación
universitaria, así como de la vinculación con el medio.
El filósofo surcoreano Byung-Chul
Han, ha sostenido, sin pelos en la lengua, que la universidad actual se ha
convertido en una fábrica de producción y rendimiento. Y pone sobre la mesa los
nombres de quienes fueron profesores universitarios hace 250 años. Y los
compara con quienes lo son en la actualidad. En esos años estaban los genios.
Hoy los genios pareciera que no están en las universidades. Lo mismo podríamos
afirmar respecto de quienes están a la cabeza de las universidades. El grueso
de los rectores pareciera que no les llegan ni a los talones de los rectores de
antaño. Basta escucharlos para percatarse de la penetración alcanzada por la ideología
neoliberal e iliberal y la consecuente banalización del ser universitario.
En la actualidad, las universidades,
se hallan subsumidas en un ramplón neoliberalismo, en el que han caído también
no pocas universidades públicas, las que en la práctica han dejado de ser tales.
La máxima que parece inspirarlas es la misma que ilumina a las empresas
productoras privadas, donde lo que importan son los resultados, los desempeños
y la eficiencia. En este contexto no hay espacio para el pensamiento profundo,
crítico, y sí abre espacio para la trampa, la corrupción, el engaño. Y no pocos
rectores se han prestado para estos efectos, siguiendo al pie de la letra el
racional neoliberal.
En efecto, la educación ha pasado
a ser una mercancía más, que se compra-vende en el mercado al mejor postor
donde se entra como alumno a una suerte de cañería -pipeline-, que es la
universidad a la que ingresa, y se sale como profesional, con título en mano. Se
asemeja a quien entra a un quirófano para hacerse una operación estética, donde
se entra feo y se sale lindo, o supuestamente lindo. Claro que no pocas veces
se sale convertido en un desastre, como mamarracho, e incluso aparentemente lindo.
En el caso educativo, el título con que se egrese, puede valer callampa, como
no pocos ilustres profesionales pueden estar comprobando.
El valor del título vendrá dado
por el proceso educativo que tuvo lugar en la universidad. Y no es ningún misterio
que este proceso, tal como se está llevando a cabo, está siendo fuertemente
cuestionado desde el minuto que los alumnos son vistos como clientes o
consumidores que compran un servicio, el educativo. Y los profesores deben tratarlos como tales, bajo la
lógica de que “el cliente siempre tiene la razón”. Mal que mal están pagando
por un servicio. Si bien no se explicita así, es lo que se subentiende, está
implícito cada vez que hay alguna dificultad.
De ahí a una inflación de notas,
de calificaciones, no hay un abismo, ni un paso siquiera, todo lo contrario, es
lo que ya tenemos en todos los niveles educativos, no solo el terciario ¿Para qué
hacernos problemas? ¿Para qué convertirnos en conflictivos? Y así vamos arando.
El consumidor estudiante que entra a este proceso educativo sale como consumidor
profesional, como un ciudadano pasivo, cuando lo que se supone es que una
universidad forma personas con pensamiento crítico, profundo, agudo. No veo a
la universidad formando para aprender a pensar. Quizás esto explique los tiempos de estamos viviendo, de nihilismo, de radicalismos, de
mentiras que somos incapaces de detectar.
Todo esto se ve rematado por tratarse la docencia universitaria como la pariente pobre al lado de la investigación y su irrelevancia a la hora de la jerarquización académica.
El proceso de docencia
universitaria no puede limitarse a la generación de competencias destinadas a satisfacer
un mercado laboral crecientemente dinámico. Cada vez adquieren más y más
relevancia las competencias ciudadanas, las de saber ser y estar en medio de tiempos
en los que el piso se mueve sin parar. Los tiempos de certezas ya se fueron, y
estamos entrando en tiempos de incertidumbre. La inteligencia
artificial no está más que acelerando este proceso.
En concreto, sin darnos cuenta,
visualizo una universidad, que en lenguaje de Byung-Chul Han, “ha sido
colonizada por el mercado, convirtiendo el saber en información empaquetada, al
profesor en un proveedor de servicios y al estudiante en un auto-explotado que
busca acumular capital humano para cotizarse mejor en el sistema”.
Para saber más sobre el
pensamiento de Byung-Chul Han en torno a la universidad actual sugiero leer sus
libros La sociedad del cansancio (2010), La agonía del Eros (2012), Psicopolítica
(2014) y Vida contemplativa (2022).


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