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septiembre 17, 2026

La inteligencia nuestra de cada día (parte 3 de n)

En mi columna anterior en torno a la inteligencia artificial (IA) (leer), cuando le pedí que me escribiera un artículo de no más de 500 palabras sobre su impacto en la docencia, lo hizo a la velocidad de un rayo: como punto final sostuvo que tendería a reducir la clase expositiva tradicional o la clase magistral, para transformarse en un espacio de discusión, de análisis de un tema en particular.

Todo muy bien, el problema es que parte de un supuesto implícito: que el estudiante ya conoce el tema a abordar, que al llegar al espacio de discusión, el tema lo ha estudiado, analizado y asimilado. Que llega tiquitaca, listo para entrar a dialogar en torno a lo que se analizará y discutirá gracias a que en casa dado que lo habría visto, estudiado y/o analizado en casa gracias a la IA.

Bien sabemos, quienes llevamos años de circo, que ese supuesto es más falso que Judas. De allí mi pregunta ¿qué pasa con aquellos estudiantes que lleguen a clase sin conocer el tema, porque no lo vieron en casa? Acá va la respuesta, a la velocidad de un rayo que me llegó de IA, nuestro compañero que llegó para quedarse:

“Planteas una de las objeciones más realistas y pragmáticas a la adopción del mo delo de "aula invertida" (o flipped classroom) potenciado por IA. Cuando la transmisión inicial del contenido se delega al estudio previo en casa, la brecha de responsabilidad y disciplina del estudiante se vuelve un factor crítico.

Si la clase magistral desaparece y la sesión presencial se convierte en un taller de debate o análisis complejo, el estudiante que llega sin haber revisado el material en casa enfrenta consecuencias directas y el docente se ve obligado a aplicar ciertas dinámicas de adaptación.

¿Qué ocurre con el estudiante no preparado?

·         Pérdida de la capacidad de participación (se margina del debate): Al no contar con los conceptos base, el estudiante no puede aportar discusiones argumentadas ni seguir el ritmo del análisis crítico. Pasa a una posición puramente pasiva o de simple oyente, sin el beneficio de la clase expositiva tradicional que le estructuraba el tema desde cero.

·         Aumento de la brecha de rendimiento: La IA personalizada permite que los estudiantes comprometidos avancen a un alto ritmo en casa. Quienes no realizan el trabajo previo quedan desfasados rápidamente, pues la clase no se detiene a reexplicar los conceptos básicos.

·         Falta de contexto en la evaluación práctica: Si las actividades en el aula son evaluadas mediante resolución de casos, proyectos en grupo o debates, el alumno sin preparación obtiene un desempeño notablemente bajo al no poder aplicar conceptos que desconoce.

Estrategias pedagógicas para gestionar esta situación

Para evitar que el modelo colapse por la falta de preparación de gran parte del alumnado, las metodologías activas apoyadas en IA suelen implementar los siguientes mecanismos:

·         Evaluación diagnóstica de entrada (Gatekeeping):

Al inicio de la clase presencial se aplica una pequeña prueba corta (1-2 minutos) mediante herramientas digitales. Si el estudiante no supera los mínimos, el sistema o el docente identifican inmediatamente quiénes no revisaron el contenido.

·         Tutorías de nivelación exprés con IA en el aula:

En lugar de reexplicar el tema a todo el grupo, el docente puede pedir a los estudiantes no preparados que utilicen los primeros 10-15 min. de la sesión presencial para realizar un recorrido guiado e intensivo mediante un tutor de IA (resumen ejecutivo o cuestionario adaptativo) para adquirir las nociones mínimas antes de sumarse al debate.

·         Trabajo en pares (Aprendizaje entre iguales):

Se estructuran dinámicas donde los estudiantes que sí estudiaron deben explicar brevemente el marco general a los compañeros que no lo hicieron. Explicar un concepto es una buena formas de consolidarlo, beneficiando al estudiante preparado y rescatando al rezagado.

·         Diseño de incentivos y responsabilidad individual:

El trabajo previo con la IA en casa deja un "astro" o registro digital (interacciones, preguntas realizadas, mapas conceptuales generados). La entrega o verificación de esa interacción previa se convierte en el "ticket de entrada" para tener derecho a la evaluación o puntuación de la clase presencial.

La transformación del rol docente

Este escenario demuestra que la clase expositiva no desaparece por completo, sino que cambia de formato y momento. El profesor ya no dedica 45 minutos a dictar contenidos, pero sí puede utilizar los primeros 5 a 10 minutos de la clase para hacer un encuadre conceptual sintetizado que rescate a los descolgados, antes de dar paso al debate o la resolución de problemas”.

Hasta aquí la respuesta de IA, respuesta que no me convence, que deja mucho que desear. De partida, no veo viable que en 5 a 10 minutos el docente pueda siquiera hacer un encuadre conceptual. He sido docente por mas de 40 años y cuando los alumnos llegan a clases sin haber estudiado lo que les solicité estudiar para poder concentrarnos en analizar, discutir en profundidad los temas, no puedo darme el lujo darles una simple pincelada de 5 a 10 minutos para subsanar el déficit. Estamos hablando de temas que se ven en la universidad para formar profesionales competentes en sus respectivos ámbitos.

Tengo otras objeciones a la respuesta recibida, pero con esta es suficiente. Le hice ver a nuestra “amiga IA” que lo que me estaba planteando no lo veía viable. Pero esto es tema para la próxima columna. 

Temo que esto termine pareciéndose a una teleserie interminable. Confío en vuestra comprensión.

septiembre 15, 2026

La inteligencia nuestra de cada día (parte 2 de n)

En la parte 1 de esta serie (leer) hice alusión a las definiciones que se dan a inteligencia artificial (IA) y cuales fueron mis primeros pasos en esta dirección, cuando recién asomaban los primeros indicios de lo que se estaba pariendo.

En esta ocasión me tomé la libertad de pedirle a IA, ya no recuerdo si a Gemini o Chatgpt, que me escribiera un texto de no más de 500 palabras, en el que se haga alusión a los cambios que deben implementarse en la educación por la irrupción de la IA.

En un dos por tres, como sin pensarlo mayormente, me entregó una respuesta que me dejó boquiabierto. Por su velocidad y contenido. Una velocidad asombrosa y un contenido que muy probablemente, quienes me leen, si hubiese dicho que lo escribí yo, muy probablemente me lo creerían.

Acá va, entre comillas, lo escrito por IA:

“La irrupción de la inteligencia artificial en la vida cotidiana no es una tendencia pasajera; es una transformación estructural. Ante este escenario, el sistema educativo no puede limitarse a ser un espectador pasivo ni a reaccionar con prohibiciones. La escuela y la universidad deben evolucionar para preparar a las personas en un mundo donde la creación y el procesamiento de información ya no son exclusividad humana.

El primer cambio fundamental reside en qué enseñamos. Durante décadas, la educación priorizó la memorización y la repetición de datos. Hoy, con herramientas capaces de redactar ensayos o resolver problemas complejos en segundos, retener información perdió valor estratégico. El foco debe desplazarse hacia el desarrollo del pensamiento crítico, la alfabetización digital y la capacidad de formular preguntas precisas. Aprender a evaluar la validez de los resultados generados por una máquina y detectar sesgos es ahora una habilidad indispensable.

En segundo lugar, se vuelve urgente reformar los métodos de evaluación. El modelo tradicional basado en tareas escritas para la casa o exámenes reproductivos ha quedado obsoleto. Las evaluaciones deben priorizar el proceso sobre el resultado final: defensas orales, proyectos prácticos, debates en el aula y resolución de problemas en tiempo real. La inteligencia artificial debe integrarse como un tutor o asistente de trabajo, evaluando cómo el estudiante interactúa con la tecnología, cuestiona sus respuestas y aporta su propio criterio personal.

Por último, la formación docente es el pilar central de esta transición. Los educadores necesitan acompañamiento y capacitación continua para perder el miedo a estas herramientas y aprender a incorporarlas en el aula. Un docente respaldado por tecnología puede personalizar el aprendizaje según el ritmo de cada estudiante, liberando tiempo de tareas administrativas para concentrarse en lo más importante: la empatía, la motivación y la guía humana.

La inteligencia artificial no reemplaza la necesidad de aprender; redefine su propósito. El desafío de la educación actual no es competir contra la máquina, sino formar seres humanos capaces de pensar de manera autónoma, ética y creativa en un mundo impulsado por ella”.

Leído lo escrito por IA quise ver cómo operacionalizaría lo propuesto, por lo que pasé a preguntarle ¿cuál es el máximo de alumnos que deben admitirse por sala? ¿los profesores deben dejar de impartir conocimientos que la IA puede proveerle? ¿qué impacto tiene en las horas directas e indirectas de docencia de un profesor? en la enseñanza media? en la universidad?

Al igual que para la pregunta anterior, la respuesta fue casi inmediata. Acá va entre comillas:

“Estas preguntas tocan el corazón operativo y metodológico del debate. La irrupción de la IA no solo cambia qué se enseña, sino cómo se organiza el trabajo docente y el espacio escolar.

A continuación, abordo cada una de estas dudas diferenciando el impacto entre la enseñanza media y la educación universitaria:

1. ¿Cuál es el máximo de alumnos que deben admitirse por sala?

La tendencia general apunta a reducir el tamaño de los grupos, pasando de salas masivas a espacios de interacción directa.

·         Enseñanza Media: El máximo ideal debería rondar entre 20 y 25 estudiantes por aula. A esta edad, el desarrollo socioemocional, la disciplina y el acompañamiento personalizado son prioritarios. Grupos más reducidos permiten al docente monitorear cómo cada alumno interactúa con las herramientas tecnológicas y guiar su pensamiento crítico de cerca.

·         Universidad: En clases teóricas masivas (donde la IA puede actuar como tutor individual fuera del aula), las cátedras podrían mantener grupos amplios, pero las sesiones prácticas, talleres y seminarios no deberían superar los 15 a 20 estudiantes. La universidad debe ser un espacio de debate, investigación aplicada y mentoría, algo inviable en auditorios saturados.

2. ¿Los profesores deben dejar de impartir conocimientos que la IA puede proveer?

No deben dejar de enseñarlos, pero sí cambiar la forma en que los abordan.

·         Saber el "por qué" antes de usar la herramienta: Un estudiante no puede evaluar si una IA le da un resultado correcto si no entiende las bases del tema. Por tanto, el profesor sigue siendo esencial para construir los cimientos del conocimiento.

·         De la entrega pasiva a la mediación: El docente deja de ser un "transmisor de datos" (función que la IA realiza con inmediatez) para convertirse en un curador de contenidos y facilitador. La enseñanza ya no consiste en dictar materia, sino en enseñar a dudar, contextualizar, verificar fuentes y conectar conceptos complejos.

3. Impacto en las horas directas e indirectas de docencia

El cambio en la evaluación y la planificación altera drásticamente la distribución de la jornada laboral docente:

En la Enseñanza Media

  • Horas directas (en aula): Pasan de ser expositivas a ser dinámicas. Se prioriza el trabajo en equipo, la resolución de problemas en vivo y las exposiciones orales para evitar el plagio automatizado.
  • Horas indirectas (fuera del aula): Disminuye el tiempo dedicado a la corrección mecánica de guías o ensayos tradicionales (labores donde la IA apoya en la revisión), pero aumenta el tiempo necesario para el diseño pedagógico: crear metodologías activas, adaptar recursos y realizar seguimiento individual.

En la Universidad

  • Horas directas (en aula): La lección magistral pierde sentido si el alumno puede pedirle a la IA que le explique el mismo tema de diez formas distintas. Las horas de clase se transforman en laboratorios de discusión, análisis de casos reales y evaluación de proyectos complejos.
  • Horas indirectas (fuera del aula): La IA automatiza tareas administrativas, el diseño de sílabos y la generación de ejercicios base. Esto libera tiempo indirecto para que el académico se dedique a la investigación, la actualización constante de sus contenidos y las tutorías personalizadas (mentoring) para orientar el perfil profesional del estudiante”.

Hasta acá la respuesta de IA. Como pueden ver, impecable, todo parece lógico. Sin embargo, veo supuestos que no me cuadran. Dado que, al desaparecer la clase expositiva tradicional o la clase magistral, para transformarse en un espacio de discusión, de análisis de un tema en particular, se asume que el estudiante ya conoce el tema, que lo vio en casa gracias a la IA. qué pasa con aquellos estudiantes que lleguen a clase sin conocer el tema?

Esta pregunta fue la siguiente que le hice a IA. Para no agobiarles, la respuesta la veremos en una próxima columna. Abrazo!

agosto 23, 2026

La inteligencia nuestra de cada día (parte 1 de n)


Le ha salido competencia a la inteligencia humana: la inteligencia artificial (IA). Está por verse si será competencia, o complemento. O ambas cosas, competencia y complemento.

Todos hablan de (IA) y no sé si todos saben de qué están hablando. Ni yo lo sé.

Estas líneas están destinadas a despejarme porque ando en tinieblas, a pesar que desde hace tiempo vengo escuchando, o viendo, no escuchando, porque a esta altura de mi vida casi no oigo nada, en torno a la IA. En mis tiempos mozos, o no tan mozos, me sumergí en dos lenguajes de IA: List Programming (LISP) y Programming Logic (PROLOG), lenguajes que emulan el razonamiento humano por la vía de “programar” la lógica subyacente en el raciocinio.


Fuente: https://gemini.google.com/app/a631d59677e8eb27 (*)

En el caso de PROLOG, todo “programa” se estructura en base a reglas y hechos. Así, por ejemplo, declaramos como regla que, si dos personas tienen los mismos padres, entonces las dos personas son hermanos. Y si declaramos como hechos que los padres de Freddy son Ricardo y Gerda, y que éstos también lo son de Ronny, entonces la regla nos dice que Freddy y Ronny son hermanos.

Nos parece de Perogrullo, porque lo tenemos tan internalizado que lo damos por entendido. Lo que hay tras este ejemplo no es otra cosa más que razonamiento puro.

Hoy, estos lenguajes -LISP y PROLOG-, al igual que tantos otros, parecen lenguajes prehistóricos, pero fueron el preámbulo de lo que estamos viviendo.

Por tanto, deduzco que lo que hace la IA no es otra cosa que dotar, inyectar de “racionalidad” a las máquinas, a los computadores u ordenadores, por la vía de “lenguajes”, “programas”, o “sistemas”.

Veamos ahora qué se dice sobre la IA, porque lo escrito hasta acá es de mi cosecha. Para eso consulté a Chatgpt, a Gemini, a Claude, todas herramientas de IA. A las tres les hice una misma consulta o petición que va más allá de su definición con miras a preparar una próxima disertación. La petición fue:

“Me puedes hacer una presentación en powerpoint de no más de 10 diapositivas explicando que es la inteligencia artificial, cómo nace, qué diferencia tiene con la inteligencia humana, qué consecuencias indeseables y deseables trae consigo en el corto, mediano y largo plazo”.

Confieso que quedé impresionado con la velocidad con que me llegaron las respuestas, al igual que su contenido. En esta oportunidad me centraré en la definición que me dieron de IA.

Gemini nos dice que “es una rama de la ciencia de la computación dedicada a crear sistemas capaces de realizar tareas que simulan la cognición humana”.

Chatgpt dice que es “una tecnología que está cambiando la forma de aprender, trabajar, crear y decidir”; también afirma que es “una máquina que aprende patrones y reúne métodos que permiten a las máquinas realizar tareas asociadas con capacidades humanas: reconocer, predecir, generar, traducir, decidir”.

Por su parte, Claude afirma que es “un conjunto de sistemas capaces de realizar tareas que, hechas por humanos, requerirían inteligencia: percibir, razonar, aprender, decidir y crear”. Claude agrega que no es “un robot con conciencia”: es matemática + datos + poder de cómputo.

Cotejando la definición que nos dan, con lo que sostuve en uno de los primeros apartados de esta columna (dotar, inyectar de racionalidad a las máquinas), pareciera que me quedé corto, porque no solo razona, sino que aprende, reconoce, predice, genera, traduce, decide, salvo que dentro del verbo razonar incluyamos todas estas acciones.

Lo que cabe rescatar es la puntualización que hace Claude cuando afirma que no es un robot con conciencia. En efecto, es racionalidad pura sin emocionalidad, por más que nos pongan máquinas o robots con capacidad para llorar o reir, para alegrarse o entristecerse. En estas materias, el ser humano es insustituible.

Es importante resaltar que lo que nos dicen estas herramientas de IA no es palabra sagrada ni mucho menos. Sus expresiones, definiciones, aseveraciones, hay que tomarlas con pinzas. No es llegar y creer en ellas a pies juntillas. Hay que contrastarlas, verificarlas, cotejarlas, confirmarlas. Lo digo porque las he pillado dando pasos falsos, entregando información errónea.

Este es el primero de una serie de columnas en torno a la IA que no sé cuántas serán, por eso las titulo con parte x de n, donde el valor de n lo ignoro en este minuto porque las estoy escribiendo sobre la marcha. Solo lo sabré el día que termine la serie. Confío en vuestra comprensión. Estoy abierto a las observaciones que me hagan llegar.

(*) Hecha por Gemini luego que le enviara este escrito y pidiera que la ilustrara a partir de las ideas expresadas. ¿Qué les parece? No me gusta, es fría, pero la hizo en un dos por tres sin pedir nada a cambio, al menos hasta ahora, y más encima ofreció hacerme otra si no me gustaba. 

mayo 10, 2024

La comunicación tecnológica versus la humana

Foto de Marvin Meyer en Unsplash

Sin duda que la tecnología, los portentosos avances tecnológicos que estamos viviendo están cambiando la forma en que nos relacionamos y ocupamos nuestro tiempo. Pero para muchos adultos mayores, la velocidad de los cambios es tal que supera la velocidad con que son capaces de adaptarse a tales cambios. Les complica enormemente mantenerse en la cresta de la ola tecnológica. E imperceptiblemente van quedando atrás, como quien está en una carrera que no pueden seguir por más pino que le pongan.

También está el caso de quienes se resisten a incursionar en el ámbito tecnológico para no perder el contacto humano, desdeñando las ventajas que su uso podría entrañar. Prefieren ir al banco, hacer colas o esperar con tickets en mano su turno, para efectuar pagos de cuentas o depósitos a terceros, antes que ocupar la alternativa de acceder a los servicios bancarios vía internet.

Lo hacen para socializar, para encontrarse con otros, para conversar sobre el tiempo, lo que está pasando, para sentirse vivo, para interactuar tocando, viendo, sintiendo, seguir pisando tierra, no depender de la tecnología, no volverse loco cuando internet se caiga cuando menos debe caerse. Porque la ley de Murphy está siempre ahí, presente, al acecho, lista para cumplirse en el momento menos oportuno.

Se dice que se pierde tiempo, en el traslado, en las esperas. Es cierto, pero el tiempo, para un adulto mayor no suele ser un recurso escaso, sino todo lo contrario, y eso se agradece. Salir de casa, aprovechar de encontrarse con alguien para tomarse un café conversado, no tiene precio.

Atrae poder hacerlo todo en casa con un solo click. Sin duda. Vitrinear por internet para comprar lo que se quiere, comparar calidades, precios en la tranquilidad de la casa. Pero también están quienes prefieren salir de compras, vitrinear físicamente, realmente, no virtualmente, para poder mirar y tocar lo que se quiere, así como encontrarse con alguien.

Con la pandemia tuvimos que aislarnos, conectarnos virtualmente y hacer pedidos por internet. Las ventas por internet se dispararon, menguando las ventas en tiendas físicas. Si bien la pandemia quedó atrás, el comercio virtual llegó para quedarse, aún cuando unos más que otros, somos esencialmente seres sociales.  

En qué terminará todo esto. No lo sé, pero sospecho que al final del día convivirán pacíficamente. No creo que desaparezcan los bancos físicos ni las tiendas físicas, tal como no desapareció la radio cuando apareció la televisión, ni el libro cuando apareció el libro electrónico (e-book), ni los medios de comunicación impresos cuando surgieron los digitales, ni las cafeterías cuando aparecieron las cafeteras caseras. La necesidad de estar acompañados, de estar con otros, de relacionarnos humanamente, de vernos, saludarnos, querernos físicamente sigue presente, quizás con más fuerza que nunca.

Personalmente, mientras mis capacidades me lo permitan, seguiré usando los dos canales, el real y el virtual. Si bien la tecnología, en el ámbito de las comunicaciones nos acerca a quienes están lejos, tiende a alejarnos de quienes tenemos cerca. Cada todas las cosas, la comunicación tecnológica tiene sus ventajas y desventajas, que cada uno de nosotros sabrá sopesar en base a sus propias características y el contexto en que se mueve.

noviembre 06, 2023

La tercera edad en pugna con la tecnología

Foto de Marvin Meyer en Unsplash

Un gran amigo que está en la tercera edad, que algunas llaman dorada, y que no vive en un país subdesarrollado como el nuestro, sino que en un Gran Ducado europeo tuvo que pasar más de una hora u media solucionando un problema con su impresora causado por una mala manipulación con consecuencias desastrosas: no pudo imprimir nada dado que se le atascó el papel. Por suerte supo abrir la tapa de la impresora para desatascarla. Su impresora compite con la que tengo, por lo vieja que es: no es wifi, ni inalámbrica. Funciona con cable, igual que la mía. La única diferencia entre ambas impresoras, es que la de él es marca Canon y la mía, Brother.

Bueno, para resolver su problema, el papel atascado, como buen ingeniero que es este gran amigo mío, tuvo la luminosa idea de ponerse a leer las instrucciones del manual que conservaba. Luego de sucesivas vueltas descubrió que el buffer de la impresora estaba atascado. Para los no entendidos el buffer es una suerte de almacenamiento temporal de lo que se quiere imprimir. Al ser incapaz de eliminar lo que había en el buffer, no encontró nada mejor que imprimir todo lo que se había acumulado en el buffer. Sin duda que todo lo descrito es para llorar, pero no para morirse. Perdió tiempo y hojas, además de quedar agotado mentalmente, seguramente pensando en cómo puede haber personas que crean que la tecnología está para ayudarnos y no para estropearnos la existencia.

El tema creo que va más allá de lo tecnológico. Hoy, frente a cualquier error nuestro, las consecuencias pueden ser catastróficas, como es perder lo que hayamos escrito y no hayamos guardado oportunamente, o cuando se nos pierden los whatsapps sin que siquiera sospechemos los motivos. En el pasado, si bien cometíamos errores, las consecuencias no eran tan catastróficas, eran más “reparables”. Es el precio de la modernidad en que estamos.

Todo esto me hace recordar cuando andaba en coche por caminos de tierra o pavimentados, y de repente nos perdíamos, o nos habíamos pasado de largo. Retrocedíamos o dábamos media vuelta y subsanábamos el problema. Ahora si andamos en una autopista y por esas cosas de la vida no salimos por donde debíamos haber salido, sonamos, puesto que debemos llegar hasta el pueblo o la ciudad siguiente para subsanar nuestro error u olvido.

Algunos dicen que esto ocurre cuando la velocidad de los avances tecnológicos es mayor que la velocidad o capacidad de aprendizaje, que en el caso de los adultos mayores puede mostrar signos de fatiga. De allí la fastidia, recelo o rechazo que en no pocos de ellos producen los avances tecnológicos, y las ganas que tienen de irse a la punta del cerro, lejos del mundanal ruido, para disfrutar de un atardecer.

julio 08, 2021

General Motors versus Ford parte 2

Photo by John Cameron on Unsplash

En la primera parte vimos como un siglo atrás, en 1921, General Motors (GM) decidió incursionar en el mercado de vehículos de bajo precio que estaba monopolizado por Ford. La estrategia implementada para ingresar a dicho mercado se basó en producir un vehículo de superior calidad a un precio levemente mayor que el de Ford.

Recordemos que Alfred Sloan, entonces máximo ejecutivo de GM, había clasificado los modelos de automóviles en 6 categorías según su precio. En moneda actual, asumamos que los tramos por categoría eran entre US$ 4,500 y 6,000; entre US$ 6,000 y 9,000; entre US$ 9,000 y 12,000; entre US$ 12,000 y 17,000; entre US$ 17,000 y 25,000; y el último sobre los US$ 25,000. GM decide fabricar un automóvil por un valor del orden de US$ 6,000, esto mes, en el límite superior de la categoría de vehículos de bajo precio, categoría en la que Ford dominaba sin contrapeso alguno.

Si bien este precio superaba al de Ford, GM confiaba que el superior diseño de este nuevo automóvil, el Chevrolet, le permitiría desviar parte del mercado de Ford. En particular por parte de quienes estuviesen dispuestos a pagar un poco más por algo de mayor calidad. La estrategia radicó en que ahorrando una pequeña cantidad adicional era posible obtener un vehículo superior.

El mercado automotriz de bajo precio en 1921, en USA era del orden de un millón de vehículos. Para poder vender el modelo Chevrolet a US$ 6,000, GM alcanzaba su punto de equilibrio vendiendo entre 150,000 y 200,000 automóviles al año. Esto significaba que GM debía capturar entre un 15 a un 20% del mercado de Ford. Y si GM quería bajar su precio tendría que capturar una mayor proporción de dicho mercado. De hecho, GM perdió un diez millones de dólares mensuales en 1921 al vender tan solo 70,000 vehículos.

El juego recién comenzaba. Pero otro elemento importante a tener presente en este “juego” tenía que ver con la evolución de la economía, puesto que en buenos tiempos el mercado del millón de compradores de vehículos de bajo precio podría aumentar, o viceversa en caso contrario. Es así como se definieron cuatro escenarios. Uno, que la economía declinara, lo que era poco probable; dos, que la economía se mantuviera, escenario de bajísima probabilidad; tres, que la economía creciera, lo que era altamente probable; y cuatro, que la economía creciera fuertemente, lo que era poco probable. Estas eran las estimaciones del staff directivo de GM, y          que coincidían con las apreciaciones por parte de los altos ejecutivos de Ford y del ”mercado” a comienzos de la década de los 20 del siglo pasado. Nadie predijo el boom que se produjo en 1923 así como nadie previó la gran depresión de la década siguiente.

Cada uno de los jugadores, GM y Ford, solo podía controlar sus propios movimientos, pero no los del otro. Los potenciales resultados que obtendrían dependerán de cómo interactúan. Es así como GM realiza su primera movida introduciendo su nuevo modelo, el Chevrolet, a un precio en el límite superior de la gama de vehículos de bajo precio. ¿Qué opciones tenía Ford? Eso espero abordarlo en la próxima columna.

julio 05, 2021

General Motors versus Ford (parte 1)

Photo by Bruce Warrington on Unsplash

Hace exactamente un siglo, la empresa Ford producía solo un modelo de automóviles, el modelo T, en tanto que General Motors (GM) producía varios modelos, desde el Chevrolet hasta el Cadillac, pero el mercado de automóviles de bajos precios estaba en manos de Ford, en tanto que GM solo producía modelos de precios medios y altos. Ambas empresas apuntaban a distintos mercados sin competir entre sí.

Henry Ford era un ejecutivo con una mentalidad estratégica que dirigía su empresa con un estilo dominante, lo que incomodaba a algunos de sus mejores colaboradores. Uno de ellos, N. Hawkins decidió abandonar Ford e incorporarse en 1921 al equipo ejecutivo de GM y planear el juego contra Ford al incursionar en el mercado de automóviles de bajo precio.

Ambas empresas, Ford y GM, tenían claro que las mayores utilidades en la industria automotriz se concentrarían en el campo de los vehículos de bajo precio. Ford se resistía a modificar el diseño del modelo T dado que su medida del éxito estaba determinada por su alto volumen de ventas., el cual le permitía producir a bajo costo. De hecho, ya en 1915, GM había producido un modelo cuyo precio se acercó al del modelo T de Ford, quien reaccionó de inmediato bajando su precio.

Es así como en 1921, el equipo ejecutivo de la GM, con Alfred Sloan a la cabeza, decidió invadir el mercado de automóviles de bajo precio que Ford satisfacía monopolísticamente con su célebre modelo T. La estrategia de Sloan consistió en ordenar los modelos en 6 categorías de precios: muy bajo, bajo, regular, alto y muy alto. La de muy bajo precio estaba monopolizada por Ford. Éste, en cambio tenía dividido el mercado en dos grandes categorías: sus automóviles y los otros.

Desde el punto de vista de Sloan, Ford dominaba la parte inferior de la pirámide de demandas que GM subdividió en 6 categorías. El plan Sloan consistió en invadir el mercado de Ford en aquella categoría donde GM no tenía ningún modelo, por lo que GM decide diseñar un modelo de mayor calidad a un precio en el límite superior dentro de la categoría de muy bajo precio. Esto es, no competiría directamente con el precio de Ford, pero tendría un precio cercano y una calidad tan superior que pretenderá desviar parte de la demanda de Ford a GM por un pago levemente mayor a cambio de un automóvil de mayor calidad. La estrategia radica en que ahorrando una pequeña cantidad adicional es posible conseguir al significativamente superior.

Para ello, GM coordinó todas sus actividades de ingenierías, producción, publicidad, ventas y servicios con el objetivo de ingresar al mercado de Ford. La estrategia abordada revolucionó y modificó significativamente la estructura de la oferta de automóviles en USA, a punto tal que posteriormente GM pasó  ser la empresa líder en su rubro hasta la década de los 70, alcanzando a producir más del 50% de los automóviles fabricados en USA, y reduciendo la participación de Ford a un 30%.

En otra oportunidad espero abordar la implementación de la estrategia en base a la teoría de juegos y árboles de decisión.

junio 02, 2021

Hacia modelos de negocios digitales

Photo by Alexandre Debiève on Unsplash

Muchas son las circunstancias por las cuales estamos transformando nuestra manera de vivir, así como  de emprender y hacer negocios. Desde las últimas décadas del siglo pasado, la revolución en las tecnologías de comunicación e información (TICs) es la que ha estado tras el desarrollo de determinados sectores en desmedro de otros, y automatizando procesos productivos. Todo ello ha impactado la productividad, la eficiencia y eficacia con que desempeñamos nuestros puestos de trabajo, modificándolos sustantivamente. Modificación que ha venido de la mano de la profesionalización, que ha redundado en una reducción del trabajo físico y un fuerte aumento del trabajo intelectual.

Como consecuencia de lo expuesto, junto con la seguridad y confiabilidad que  estaban ganando las plataformas informáticas, lentamente ha ido adquiriendo protagonismo el comercio electrónico, las transacciones digitales.

Hoy estos cambios están siendo conducidos y apremiados por covid19. La pandemia, que ha forzado a reducir el contacto físico, produciendo un distanciamiento social, está acelerando este proceso de digitalización del mundo de los negocios. Este ´proceso, al viabilizar el desarrollo de actividades en forma virtual, no presencial, ha evitado el colapso económico que toda pandemia conllevó en el pasado. Con todo, el mundo sigue andando, el quehacer económico no se ha paralizado.

Lo que estamos observando es un forzoso y colosal proceso de adaptación, tanto por parte de personas como de empresas. Preciso es reconocer que todo esto que estamos viviendo es gracias a las TICs que, entre otras cosas, están haciendo posible el trabajo en casa –in house-, al igual que las compras vía internet –on line-.

La virtualización de las más diversas actividades que ya estaban en marcha, con carácter voluntario, no obligatorio, de un día para otro se ha convertido en una necesidad de sobrevivencia tanto para las personas, en su calidad de trabajadores y consumidores, como para las empresas. El mejor ejemplo lo estamos viviendo en el plano educativo, donde de la noche a la mañana, aquellos establecimientos educacionales cuyo quehacer era esencialmente presencial, han tenido que virtualizarse. Si bien la presencialidad seguirá presente en numerosos sectores, la virtualización llegó para quedarse y asumir un rol protagónico. De igual modo, su incidencia en los procesos de compraventa crecerá fuertemente al igual que en los trámites públicos de todo orden.    

En este mundo cada vez más digitalizado, los desafíos que tenemos como trabajadores y/o consumidores, fuerzan a reinventarnos una y otra vez, así como a estar en disposición de aprender toda la vida con ánimo colaborativo. Con mayor razón en el caso de las empresas cuyos modelos de negocios convencionales, basados en la presencialidad, están siendo jaqueados, puestos a prueba. El dilema no es menor: sobrevivir rentabilizando las empresas en la era digital, o perecer. Esta es la realidad en la que se encuentran actualmente las organizaciones, las cuales se ven en la necesidad de saber más acerca de sus clientes, respecto de sus gustos, sus preferencias. A ello debe agregarse la necesidad de que las empresas pasen de un diseño del negocio basado en la cadena de valor a un enfoque sistémico, integrador, no compartimentado.

Hoy las empresas están en condiciones de tener mayores conocimientos respecto de sus clientes a través de su historial de compras o de atenciones gracias a la capacidad de las TICs para el análisis de grandes volúmenes de datos (minería de datos) y el desarrollo de la inteligencia artificial. En nuestra vida diaria observamos que no pocas empresas “conocen” nuestros gustos, enviándonos ofertas de bienes/servicios relacionados con aquellos que ya compramos y/o por los cuales mostramos interés. Es lo que está ocurriendo con los bancos y empresas de telecomunicaciones y del retail. Si no tenemos este acabado conocimiento del comportamiento de los clientes, deberemos vender a través de terceros que sí conocen a los clientes, con lo que se pierde poder de venta, lo que deberá compensarse con alguna capacidad innovadora o de producción a bajo costo.

Lo que viene es desafiante, y por lo mismo, apasionante, pero al mismo tiempo, crecientemente incierto, afectando los niveles de seguridad que aspiramos y que debemos compensar de alguna manera. De allí que a medida que haya más automatización, más digitalización, más precarización laboral, sea comprensible la necesidad de asegurarnos un piso mínimo en temas cruciales, como el de la renta básica universal, la educación, la salud y las pensiones.

marzo 17, 2021

RBU: ¿podremos vivir sin trabajo?

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En una anterior columna, titulada Dándole vueltas a la RBU, hice alusión a la necesidad de ir a una renta básica universal, rompiendo de esa forma la tradicional asociación entre trabajo e ingreso económico. Todo ello en razón de un desarrollo científico-tecnológico sin precedentes cuya capacidad de destruir fuentes de trabajo está superando con creces su capacidad para crear nuevas fuentes laborales. Postulo que vamos hacía un mundo que debiera permitirnos vivir bien sin la urgencia de tener un trabajo remunerado.

Es importante comprender que el concepto asociado a la RBU nace en medio de un contexto marcado por lo que se ha llamado la 4ta revolución industrial que está incrementando significativamente la incidencia del factor capital en desmedro del factor trabajo. Y dentro de éste, el trabajo rutinario, operativo, mecánico, en favor del trabajo intelectual del más alto nivel. Lo prueba la pérdida de peso de los sindicatos de trabajadores y el ascenso de las organizaciones empresariales. La pandemia lo está acelerando. El neoliberalismo en su salsa.

El resultado de esta revolución en la que estamos inmersos, como una ola que nos atrapa, es la automatización de una multiplicidad de tareas y funciones, la que si bien genera nuevos puestos de trabajo –más sofisticados, más intelectuales, que exigen más alto nivel educativo-, destruye muchos más –los rutinarios, de menores exigencias educacionales, de mayores exigencias físicas-. Todo ello conduce a un incremento de la cesantía, la que se ha sorteado, al menos hasta ahora, por la vía del invento de las tarjetas de crédito que posibilitan el consumo presente con ingresos futuros. Esto es, endeudándonos, con todas las consecuencias que ello implica en el ámbito de las familias y empresas. Consecuencias en lo financiero, en lo sociológico y psicológico. Ya lo estamos viendo.

Entre las observaciones recibidas se incluye aquella que sostiene que el trabajo está siempre presente, con o sin renta, con o sin esfuerzo. Mirado el trabajo como una actividad, un proceso o una tarea destinada a producir un resultado con independencia del esfuerzo que implique, o de los ingresos que genere, sin duda que estará siempre presente. En este plano, trabajo siempre habrá. El punto es que lo que se entiende habitualmente por trabajo está asociado a la percepción de ingresos económicos. Este es el cordón umbilical que el portentoso desarrollo científico-tecnológico está poniendo en jaque, en duda, en la picota. Es la máxima bíblica “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” la que está siendo zarandeada. En estricto rigor, desde una perspectiva positiva podríamos afirmar que vamos hacia un mundo con más trabajo intelectual, no necesariamente remunerado, con más tiempo libre u ocioso para hacer lo que queramos, desarrollar trabajos voluntarios, sociales, etc. Más que una educación o formación para el trabajo, quizás debiéramos pensar en una educación para vivir mejor, para el mayor tiempo libre que se asume debemos tener. De otro modo, ¿qué sentido tiene todo el progreso que vemos en todos los ámbitos si al final no sabemos qué hacer con el tiempo libre?

Todo esto me hace recordar cuando en su momento informé, urbi et orbi, que jubilaba. Dentro de las múltiples respuestas recibidas destaco dos extremas. Una, de un amigo de mi infancia escolar, quien me dijo que acababa de jubilar y que estaba cumpliendo el sueño de su vida: construir instrumentos musicales de cuerdas. Para ello se fue preparando disponiendo de las máquinas y herramientas apropiadas. Hoy está “trabajando” en lo que quiere, sin que por ello se le esté pagando. La segunda respuesta vino de un amigo de mi adolescencia universitaria, quien había jubilado dos años atrás. Desde entonces, ha estado en tratamiento producto de una depresión severa ya sea porque fue forzado a jubilar o porque su vida era el trabajo. Sin trabajo habría caído en una suerte de pozo negro. Como pueden observar, dos realidades extremas al final de toda una vida de “trabajo remunerado”. Uno se sintió liberado, el otro deprimido. No escapará a la comprensión de los lectores, que para cualquiera con dos dedos de frente la opción deseable es la primera. Claro que eso no siempre depende de la voluntad de uno. Mal que mal, como expresara Ortega y Gasset, uno es uno y sus circunstancias. Lo ideal es mantener a raya las circunstancias y que uno tenga la manija.

Bueno, pero ¿qué tiene que ver todo esto con el RBU? Pues que con una buena RBU podemos darnos el lujo de vivir como queremos, haciendo lo que queremos, disminuyendo aquellos trabajos que hacemos por obligación, pero que no nos gustan. Para eso estamos automatizándolo todo, para sublimarnos, tener una vida más plena, más tranquila, menos tensionada. De lo contrario ¿para qué sirve el progreso? ¿de qué progreso estamos hablando?

En otra columna espero poder abordar el punto ¿cómo lo financiamos? La pregunta del millón! 

diciembre 08, 2020

El futuro que nos espera

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La pandemia está poniendo en jaque nuestro modelo de vida, la sociedad que se ha construido en el tiempo de un modo que nunca imaginamos ni en nuestros peores sueños. En el mundo, en el país, en nuestra región, en nuestra ciudad. Lo está alterando todo, nuestras rutinas, nuestras maneras de trabajar, de ganarnos el sustento, de relacionarnos con los demás. Está por verse si los cambios que estamos viviendo llegaron para quedarse o si se batirán en retirada una vez sorteado el desafío que tenemos al día de hoy. Lo más probable es que muchos aspectos de nuestra vida retomen su cauce previo a covid19, pero otros tomarán otros cursos de acción.

Uno de los grandes perdedores es el sector turístico donde el impacto está siendo brutal. Al disminuir nuestra movilidad, nuestra sociabilidad, por voluntad propia o por restricciones impuestas por las autoridades al tráfico terrestre, aéreo y marítimo, se está afectando la actividad hotelera, gastronómica y comercial. Para salvar al sector turístico o atenuar la baja se está posibilitando viajar con un pasaporte sanitario, una suerte de certificado de salud que a futuro será mucho más fácilmente generado gracias al apoyo de la creciente capacidad de las actuales tecnologías de información y comunicación (TICs).

De allí que entre los ganadores están quienes se desenvuelven en el campo de la informática, entre ellos, quienes lo hacen en materia de análisis de datos y particularmente de los grandes volúmenes de datos –los big data-. Las empresas y profesionales inmersos en este campo, serán capaces de rastrear el comportamiento de las personas e identificar a quienes se salten cuarentenas u otras restricciones, lo que será tipificado como delito. Otro sector, dentro de la informática cuyo desarrollo está siendo acicateado por la pandemia, es el de la inteligencia artificial que está permitiendo incrementar la seguridad mediante el reconocimiento facial por la vía de clasificar a las personas según distintos parámetros, incluidas sus temperaturas corporales.

Otra consecuencia de la pandemia, es el reforzamiento de la reducción de las transacciones comerciales a través del dinero físico y el aumento de las transacciones electrónicas. Por razones de higiene se está imponiendo aceleradamente el pago con tarjeta, vía celulares u otros dispositivos. El comercio electrónico va cobrando más y más fuerza en detrimento del comercio tradicional. El comercio ambulante, informal también se está viendo afectado al haber menos dinero físico.

Todas nuestras transacciones comerciales serán registradas y monitoreadas por el Estado, dificultando la evasión impositiva. A su vez, nuestra privacidad e intimidad quedarán en entredicho. Por lo mismo, la delincuencia más preocupante ya no será la que se de en la calle, sino que pasará a ser la cibernética. El tema de la seguridad de las transacciones que se lleven a cabo en la nube y en interrnet, alcanzará su máximo esplendor.

La pandemia ha puesto definitivamente sobre la mesa el tema del teletrabajo que se encuentra en pleno auge, y lo más probable es que termine dominando la escena. No se trata de un mero cambio de lugar de trabajo, donde todo lo que hacíamos en nuestro puesto de trabajo físico ahora lo hagamos en nuestras casas. Va mucho más allá. Por más que ahora nos reunamos virtualmente a través de las distintas plataformas informáticas disponibles, no es lo mismo que hacerlo físicamente. El trabajo en equipo se resiente. La frontera entre la vida en casa y el trabajo se difumina, se torna borrosa. Esto ya se venía dando desde antes de la pandemia con los celulares, los computadores en casa, que nos permitía trabajar en casa, pero la pandemia lo ha reforzado. Está la sensación de que nos pasamos trabajando, que en todo minuto nos están monitoreando, que debemos estar disponibles siempre. Inevitablemente esto resiente la vida privada, la vida en familia.

Por último, el teletrabajo y el teleestudio están modificando la arquitectura urbana, la demanda de oficinas y la construcción de viviendas deberán ir asumiendo espacios laborales, y de estudio, al interior de ellas no previstas en el pasado. Y las desventajas del hacinamiento y de la congestión, inherentes a las grandes ciudades están abriendo cancha a la resurrección del campo, a un retorno a la romántica ruralidad.

La sociedad digital que ya venía en camino, está siendo consolidada por la pandemia, para bien de unos y mal de otros.