![]() |
| Foto de Luke Jones en Unsplash |
Como les escribí en mi última columna, acá va lo que prometí: la respuesta de “nuestro amigo IA” a una consulta que le hiciera a propósito de la contradicción que encerraría la alta proporción de evaluación positiva al personal del servicio público por parte de las jefaturas, con la mala evaluación que suelen hacer sus usuarios al servicio que prestan. La consulta, o petición, fue la siguiente:
Me podrías escribir un artículo de no más de 500 palabras
centrado en la contradicción que ilustra lo señalado en relación a las críticas
que suelen hacerse al desempeño de los servicios que provee el sector público
chileno.
La
respuesta fue cuasi inmediata, que me dejó con la boca abierta, estuvo
precedida de un título de su propia cosecha. Acá va:
“El
mito de la excelencia por decreto: La paradoja del empleo público en Chile
En
el ámbito de la gestión pública chilena existe un fenómeno tan cotidiano como
desconcertante: la profunda brecha entre la evaluación interna del personal del
Estado y la percepción ciudadana sobre la calidad de los servicios que este
provee. Mientras que la experiencia diaria de los usuarios al realizar trámites
suele estar marcada por filas interminables, demoras inexplicables y una
burocracia desinteresada, las cifras oficiales del sistema de evaluación
muestran una realidad completamente opuesta. Año a año, casi el 98% de los funcionarios públicos califica en la categoría de
"Distinción", la máxima nota posible.
Esta
asombrosa paradoja ilustra una contradicción estructural: un Estado compuesto
casi exclusivamente por trabajadores "excelentes", pero que entrega
servicios frecuentemente catalogados como deficientes.
¿Cómo
se explica semejante disonancia?
La
respuesta no radica en la capacidad individual de los trabajadores, sino en la
distorsión del mecanismo evaluativo. La calificación en la administración
pública se ha transformado en un trámite formalizado donde la condescendencia
es la norma. Las jefaturas enfrentan pocos incentivos para calificar con rigor,
pues calificar a un subordinado en una categoría inferior implica costos
personales, tensiones laborales e interminables procesos de apelación.
Por
otro lado, existe una fuerte presión sindical y de pares para mantener
calificaciones altas, ya que de estas dependen incentivos económicos y la
estabilidad laboral. En la práctica, el rigor evaluativo se castiga y la
complacencia se premia.
Las
consecuencias de la ilusión
Esta
distorsión produce tres efectos devastadores para la modernización del Estado:
· Invisibilización
del mérito real: Al
calificar a casi todos como sobresalientes, el sistema destruye el valor del
reconocimiento. El funcionario comprometido e innovador recibe la misma nota e
incentivos que aquel que cumple con lo mínimo.
· Inmunidad
al mal desempeño: Las
herramientas normativas diseñadas para desvincular a personal insatisfactorio
son inútiles, pues las listas de demérito son prácticamente inexistentes.
· Desconfianza
institucional: La
ciudadanía percibe que el sector público opera en una realidad paralela, donde
los recursos del Estado se reparten mediante bonos de desempeño automático sin
correlato en la calidad de la atención.
Un
desafío urgente
Para
superar esta contradicción no se requiere demonizar a los empleados públicos,
sino reformar con urgencia el Estatuto Administrativo. Chile necesita un
sistema de evaluación de desempeño independiente, con metas medibles basadas en
la satisfacción del usuario y con curvas de distribución de notas reales.
Un
Estado moderno no puede construirse sobre la base de una excelencia
autoasignada. Mientras la nota máxima sea la regla por defecto y no el reflejo
del esfuerzo, la grieta entre el diagnóstico de la burocracia y la experiencia
del ciudadano común seguirá erosionando la legitimidad de la institucionalidad
pública”.
Hasta acá
llega lo escrito por nuestro amigo IA. Como pueden ver, puede escribir lo que
le pidas. Puedes hacerlo pasar por algo escrito por ti. Pero ojo, no es llegar
y hacer un “copy and paste” porque no es necesario ser muy perspicaz porque por
algún lado se le verá “el plumero”. Esto es, que no es de tu cosecha. Puede servir
como base para lo que quieras escribir. Es un gran apoyo, sin duda, pero tienes
que leerlo con calma, porque incluye pifias, limitaciones, sesgos.
Como todo en
la vida, la IA tiene sus pros y contras. ¿Sirven? ¿Ayudan? Si, por cierto, pero
no es llegar y fiarse de ella a ciegas, o a tontas y locas. Mejor andar con
pies de plomo. Ojo al charqui.
Invito a
leer lo escrito por nuestro amigo IA e intentar descubrir sus puntos débiles.
En concreto,
no usemos la IA para dejar de pensar, sino que para pensar más y mejor.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario