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octubre 01, 2026

Mi vida académica ... parte 5

A nivel nacional, en la década de los 80 empezó a entronizarse el concepto de jerarquía académica en el ámbito universitario e impulsarse la creación de universidades privadas. Ya dejábamos de ser todos académicos de similar jerarquía para pasar a ser clasificados en distintas jerarquías en base a determinados estándares por parte de comisiones ad-hoc. Jerarquías importadas desde el mundo desarrollado. Y empezaron a multiplicarse las universidades privadas al amparo de universidades públicas que actuaban como entidades “examinadoras”. Los académicos éramos tentados a ser los agentes examinadores en comisiones de servicios.

Todo era muy macondiano porque los criterios de jerarquización eran definidos y aplicados según las caras que conformaban las comisiones ad-hoc nominadas desde las alturas. Lo concreto es que las vacas sagradas, los históricos, quienes habían sido partícipes en la gesta de la creación de las sedes Arica de las universidades originarias, más allá de si tenían producción académica, ya sea investigativa o docente, ocuparon las más altas jerarquías.

En mi caso, al igual que Yanko, dentro de las 4 categorías existentes (titular, asociado, asistente e instructor) fuimos jerarquizados como asociados. Era como para golpearnos el pecho con el morro de Arica. Quedábamos dentro de las dos más altas jerarquías, la zona de “los intocables”.

Se habían creado las carreras de Ingeniería Civil, que hicieron posible que la Universidad de Tarapacá fuese tal, y no un Instituto Profesional, como se temió. Estas ingenierías civiles, pasaron a complementar las Ingenierías de Ejecución existentes.

A poco andar, estas ultimas pasaron a ser parientes pobres de las primeras. Las Ingenierías de Ejecución fueron creadas en sustitución de los técnicos, títulos que no tenían buena prensa, a diferencia de las ingenierías.

Así fue como os técnicos pasaron a ser ingenieros de ejecución, y a estas alturas, estos últimos, salvo excepciones, han pasado a ser ingenieros civiles.

Es lo que llamo inflación de títulos, inflación educativa, tal como cuando elevamos nuestros años de escolaridad, pero sabiendo lo mismo, o menos, de lo que se sabía con menos años. Los resultados PISA son muy ilustrativos al respecto. Lo mismo que la inflación en la matrícula universitaria, donde en un dos por tres pasamos de unos 200 a 300 mil estudiantes universitarios a más de un millón.

Ojalá fuese porque tenemos mejores egresados de la enseñanza básica y media. Desgraciadamente, es mas bien por una baja en las exigencias de ingreso a la educación universitaria de la mano de una mirada de la educación como un negocio más.

Ya me estoy yendo por las ramas. Volvamos al ruedo. Las jerarquías académicas, le cambiaron el pelo a las universidades. Se instauró un esquema inédito en el país, donde al interior de las universidades unos académicos tenían más derechos que otros en función de criterios que se asumían académicos, en función de su producción académica, de sus posgrados, y de su tonelaje histórico, lo que se fue refinando con el tiempo. Esto es, hilando cada vez más fino.

En esos años, estoy hablando de la década de los 80 e inicios de los 90, no importaba dónde publicabas, qué publicabas, ni nada por el estilo. No se miraba si la revista en que publicaba era indexada ni en qué índice estaba, ni si era resultado de alguna investigación en tu disciplina, o fruto de algún proyecto.

Mi vida académica ... parte 4

  

En 1981 nace la Universidad de Tarapacá a partir de las sedes que las Universidades de Chile y del Norte tenían en Arica. Su primer rector fue Carlos Valcarce, uno de los tantos jóvenes próceres incubados en movimientos políticos bajo el manto protector del innombrable. Carlos, como buen ariqueño, era amigo de todos, muy especialmente de sus amigos, Jaime Mancilla, Carlos Valle, Marcos Burich, Pepe Weinborn, y tantos otros. Todas buenas personas.

Todos ellos sabían cómo venía la mano, sabían que el estatus universitario sería reservado para aquellas universidades que cumplieran ciertos requisitos. Ya no todas las carreras serían exclusivamente “universitarias”, por lo que para merecer el nombre de tales, se exigiría impartir al menos un determinado número de carreras universitarias. Las carreras de ingeniería de Ejecución que se impartían (Electrónica, Mecánica, Computación) debían pasar a ser Ingenierías Civiles para que la Universidad fuera tal, y no un mero instituto profesional. Dicho y hecho.

A esta altura, con sutil elegancia, nos invitan a Yanko y a mí, a perfeccionarnos, a enviarnos al exterior para seguir estudios de posgrado -magister o doctorado-, mientras contratan a dos profesionales provenientes de la casa central de la Universidad del Norte: Ante Vrsalovic, quien trabajaba en el Centro de Computación (CECUN), y a Ricardo Durán, quien se desempeñaba en el departamento de Computación de la UNORTE sede Antofagasta. Posteriormente también contratan desde allí a Ibar Ramírez.

Es así como Yanko parte en 1982 a España para seguir un magister en informática en la Universidad Politécnica de Madrid. Yo lo hago un año después, porque para poder salir y se me mantuviera el sueldo, tenía que ser chileno. Trámite que solo vine a hacer cuando me vi contra la espada y la pared. En octubre de 1983, con mi señora y nuestros hijos, partí a estudiar en el mismo programa de Yanko, cuando la Facultad de Informática de la Politécnica de Madrid estaba en el kilómetro 7 de la carretera a Valencia.

Fueron años maravillosos que nos marcaron. Con mi señora nos fuimos cuando teníamos los dos, 35 años, y nuestros hijos 6 y 8 años. Años maravillosos porque aprendimos mucho, no solo en el campo del conocimiento informático, sino humano, y político. Eran tiempos de destape, de la movida madrileña con Enrique Tierno Galván como alcalde de Madrid. Tiempos de gobierno socialista encabezado por Felipe González.

Regresamos a fines de 1985, cuando el país estaba entrando a una nueva fase política, de mayor apertura, con el plebiscito del 88 en el horizonte. A nuestro regreso encontramos otro Chile y una Universidad de Tarapacá buscando su destino.

septiembre 30, 2026

Mi vida académica … parte 3

Llegué a Arica con mi señora en agosto de 1974, siendo recibido en el aeropuerto por una de las profesoras de entonces, Fresia Zúñiga, quien nos condujo a una residencial de mala muerte localizada en calle San Martín, entre 21 de Mayo y Sotomayor, donde estuvimos un par de días, para después irnos a una residencia en calle 18 de Septiembre, que años después sería la sede del Colegio de Profesores de Arica. Allí estuvimos hasta fin de año antes de arrendar un departamento, el 125, en el edificio Lastarria que estaba en Caupolicán 955.

Me incorporé al Departamento de Matemáticas y Física, entonces dirigido por Freddy Veas, siendo subdirector, Mario Alvarado, quien me había entrevistado en Santiago meses atrás, junto con Enrique Guerra, entonces Director Académico de la sede Arica de la Universidad de Chile. De esos tiempos recuerdo a los profesores Eward Trigo, Gonzalo Masjuan, Yanko Ossandón, Jaime Rodríguez, Víctor Sánchez, Benjamín Cordero, David Lazo, Edmundo Lazo, Rojo, Washington Mansilla. Mi responsabilidad fue impartir las asignaturas de estadísticas a las carreras que las demandaban, entre las que destacaban Ingeniería Comercial, Contador Público, y Educación Parvularia. El Vicerrector de entonces, era Sergio Giaconi, con quien me reencontraría años después en la Universidad de Talca.

En Arica residí desde 1974 hasta 1995. Allí nacieron mis hijos, en 1975 y 1977; allí hice vida familiar; allí salíamos todos los fines de semana, en verano a la playa, inicialmente a La Lisera, más adelante a Las Machas y Chinchorro; en invierno, a los valles, de Azapa y Lluta, a Poconchile, a Molinos, a Gallinazos; algunas veces íbamos a Tacna, a Codpa, a Camarones. Fueron años de crianza, de grandes amigos, de salidas a bailar los fines de semana, de fines de año a todo pasto. La academia estaba centrada en la docencia y la extensión, siendo marginal la investigación. Arica vivía horas bajas. Atrás quedaron los tiempos de puerto libre, del barrio industrial con sus industrias automotriz y electrónica. Tras quedó la Junta de Adelanto de Arica (JAA), institución emblemática que representó todo un paradigma de descentralización. Las grandes obras que persisten en Arica tienen su sello.

En esos tiempos, mi gran producción era esencialmente docente, publicaciones docentes de apoyo a los estudiantes de mis clases. Por cuenta propia, esto es, interés personal, sin relación con proyecto alguno ni con las materias que impartía en docencia, tengo un par de publicaciones en la Revista Arica de la Universidad del Norte: “Consideraciones en torno al desarrollo regional” (1975) y “El recurso agua y su contaminación” (1976). A esto quizás agregaría un proyecto destinado a automatizar y procesar los registros del test de Apgar, utilizado para evaluar la salud del recién nacido al primer y quinto minuto de vida.  Esta investigación fue desarrollada con el doctor Renato Beltrán, entonces director de la Maternidad Pública del Hospital Juan Noé de Arica y sus resultados fueron presentados como ponencia en las Jornadas Chilenas de Obstetricia y Ginecología celebradas en la segunda mitad de los años 70 (entre 1976 y 1978).

Fueron años bravos, en los que la universidad estaba intervenida. Su vicerrector, Sergio Giaconi, designado por el innombrable, vio sus días contados en 1976 cuando el régimen se cansó de los demócratas cristianos por su defensa de los DDHH de quienes estaban siendo perseguidos. Traen un nuevo vicerrector de Santiago, Félix Viveros, dentista, reservista, que se daba el gusto de ingresar a la universidad en tenida de combate. Fueron años en los que profesionales jóvenes adictos al innombrable se apoderaron de los altos cargos universitarios para cambiarnos el pelo. A poco andar, Viveros es reemplazado por quien era el secretario general de la sede, Lupercio Vásquez. Todos nominados a dedo.

Todos los fines de año entrábamos en estado de oración porque siempre se hacía necesario incurrir en ”ajustes” que implicaban despidos, los que normalmente tenían lugar entre navidad y año nuevo.

En 1981 las Universidades de Chile y Técnica del Estado son cercenadas, despojándoseles de sus sedes regionales al amparo de una política de regionalización universitaria. Nada mejor que dividir para reinar. Pero esta ya es otra historia, la que dejaré para la próxima.


septiembre 27, 2026

Mi vida académica.... parte 2

Ilustración creada por Gemini

Como escribí en mi columna anterior (leer), mi trayectoria académica se inició por necesidad, más adelante por gusto e interés, pero nunca pensé que sería mi medio de sustento económico como terminaría siéndolo.

Estaba iniciando mi vida profesional como egresado de ingeniería civil industrial en el Banco Central, en el campo del control de divisas, cuando éstas escaseaban y había que racionalizar su destino. Me tocó trabajar en el área de lo que entonces se llamaba la línea blanca, la de los productos electrodomésticos, con las empresas productoras de lavadoras, refrigeradores, etc. que demandaban divisas para la compra de partes y piezas importadas. Entre las empresas destacaban Fensa, Mademsa y Trotter.

Con el golpe del 73, la unidad en que trabajaba dentro del Banco Central, fue eliminada. Su razón de ser, la escasez de divisas, desapareció dado que por obra del birbiriloque, o del Espíritu Santo, o del golpe, las divisas aparecieron. De un día para otro, ya casado, con 25 años, quedé sin trabajo, sin indemnización, sin nada, al igual que todos los que allí trabajábamos. Solo conservaba mi trabajo como profesor de cátedra de Estadísticas en la Universidad de Chile por 4 horas semanales que a duras penas me reportaba ingresos para la locomoción colectiva.

Envié mi currículum a las pocas empresas que ponían avisos ofreciendo trabajo. Eran tiempos de convulsión. Ninguna empresa respondió, ni que sí ni que no. La angustia arreciaba. Un pituto y un emprendimiento educacional en el que me sumergí me permitió sobrevivir. En marzo de 1974, las universidades empiezan a hacer llamados a concurso para completar vacantes generadas por la expulsión de muchos académicos en el marco de la política de “extirpar el cáncer marxista que se había enquistado en el seno de ellas”.

Dado que mis postulaciones a empresas que requerían profesionales en el campo que había estudiado no estaban siendo consideradas, empecé a pensar que estaba en una suerte de “lista negra”. Es así como empiezo a postular a las universidades que llamaban a concurso, enfatizando mi experiencia docente en la Universidad de Chile y eliminando de mi currículum la experiencia vivida en el Banco Central porque intuía que sería mal visto por haber sido despedido el mismísimo 11 de septiembre. En esos tiempos las universidades habían sido intervenidas, sus rectores defenestrados y reemplazados por rectores “delegados” nominados por el gobierno. En general fueron repartidas entre las distintas ramas de las FFAA. La Universidad de Chile fue asignada al ejército, y la Universidad del Norte a la marina.

Así como de un día para otro quedé sin trabajo, de un día para otro quedé aceptado en dos universidades: la Universidad Austral en Valdivia y la Universidad del Norte en Arica. En la primera (la USACH) fue gracias a un pituto: el marido de una prima, trabajaba allí y me había pasado el dato; en la segunda, fue sin pituto, sorteando entrevistas.  

En ambas era para hacerme cargo de las asignaturas de Estadística que se impartían a varias carreras. Tenía que decidirme por una de ellas. Me atraía más la Universidad Austral por su localización, su verdor. Sin embargo, opté por la Universidad del Norte, en medio de la aridez del desierto. Opción tomada porque ya estaba empapado del síndrome del perseguido y pensé que, si las cosas no se daban bien, desde Arica sería más fácil apretar cachete por ser ciudad fronteriza.  

Cuando llega el momento de concretar, se me piden papeles, entre ellos, que no estaba siendo procesado en tiempos de guerra. Documento que había que solicitar en el edificio del Ministerio de Defensa Nacional. Allá concurro, no sin temor. Después de unos días se me entrega el documento que guardo como hueso santo.

En él se indica que no estaba siendo procesado en tiempos de guerra y lleva la firma, no del innombrable, pero sí la del general Sergio Arellano Stark, en su calidad de comandante de la Guarnición Militar de Santiago. Esto es, del mismísimo responsable de la operación conocida como la Caravana de la Muerte entre los meses de septiembre y octubre de 1973.

Con ese documento se allanó el camino para ser contratado, como académico jornada completa en la sede Arica de la Universidad del Norte a partir del 20 de agosto de 1974. Es así como, junto con mi señora, nos instalamos con camas y patacas en la puerta norte de Chile.

Dicen que querer es poder. No es mi caso. Fui académico por accidente, por esas cosas de la vida, no porque me lo propusiera.

En esos tiempos, ser académico era ser docente. La investigación era una actividad reservada para pocos y en áreas muy específicas. En Arica se investigaba en las disciplinas de agricultura y arqueología, sin que existieran carreras asociadas a ellas; y se impartía docencia en educación, ingeniería y otras áreas, sin que existiera mayor investigación en ellas.

Como pueden ver, fue el golpe del 73 el que torció mi trayectoria profesional hacia el mundo académico en tiempos en los que no existían jerarquías académicas tal como se definen hoy, ni una Universidad de Chile y una Universidad Técnica del Estado jibarizadas, despojadas de sus sedes regionales, transformadas hoy en universidades regionales.

Eran tiempos en los que la actividad académica universitaria si bien incluía la docencia, la investigación y la vinculación con el medio, en ese momento llamada extensión universitaria, en unas más que en otras, era dominada por la docencia que en ellas se impartía.

A ver si en una próxima columna escribo unas líneas de lo que fue mi evolución académica desde que llegué a Arica.

septiembre 24, 2026

IIE la rompe … (parte 17)

A mi última columna (leer), donde abordé el tema de la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la carrera, algunos de mis lectores me hicieron algunos alcances, entre ellas, la necesidad de asegurar el manejo responsable en el uso de herramientas de IA por parte de estudiantes, académicos y autoridades universitarias.

Aproveché de apoyarme en la IA para obtener una respuesta, la que daré a conocer partiendo por las autoridades universitarias. En mis siguientes columnas daré a conocer las respuestas dadas para el caso de académicos y estudiantes.

Para el caso de las autoridades universitarias, se plantea que ellas deben liderar la transición institucional hacia la IA mediante la regulación, la inversión en recursos y el liderazgo ético. Para estos efectos se clasifica el uso de la IA en una escala de tres niveles bien diferenciados:

1. Uso Permitido (Integración Autorizada)

Comprende todas aquellas tareas donde la IA actúa exclusivamente como un soporte pedagógico, organizativo o de investigación preliminar, manteniendo siempre el control, análisis y autoría humana sobre el producto final. Las directrices y políticas habituales:

·         Permiten emplear la IA para explorar temas, generar tormentas de ideas o estructurar esquemas de trabajo.

·         Autorizan el uso para la corrección gramatical, ortográfica o de estilo en textos redactados previamente por el estudiante.

·         Obligan a declarar formalmente las herramientas utilizadas en la metodología o en la sección de agradecimientos/anexos.

Algunos ejemplos prácticos:

·         Generación de esquemas de estudio: Solicitar a ChatGPT o Gemini un esquema preliminar de los temas principales sobre La Revolución Industrial para organizar los apartados de un ensayo.

·         Búsqueda y explicación de conceptos: Utilizar la IA como tutor para pedirle que explique una fórmula matemática compleja o un concepto filosófico ("Explicar el imperativo categórico de Kant de forma sencilla con ejemplos").

·         Depuración de código: En asignaturas de programación, usar IA para encontrar un error de sintaxis (bug) en un código escrito por el propio alumno.

·         Mejora de redacción: Introducir un párrafo redactado por el estudiante para corregir la puntuación o adaptar el tono a un lenguaje más académico.

2. Uso Asistido (Colaboración Regulada)

Ocurre cuando la IA participa activamente en la creación parcial de contenidos o análisis de datos, sirviendo como coautor técnico. Requiere la autorización previa y explícita del docente según los objetivos de la asignatura. Las directrices y políticas habituales:

  • Exigen contar con la aprobación expresa dentro del plan docente (syllabus) o por instrucción directa del profesor.
  • Exigen que el trabajo presentado incluya una Declaración de Uso de IA donde se detalle: herramienta utilizada, la secuencia de instrucciones (prompts) enviadas y qué partes del resultado se modificaron o verificaron.
  • Exigen la verificación activa de todas las afirmaciones o citas generadas por la máquina contra fuentes académicas primarias o secundarias contrastadas.

Algunos ejemplos prácticos:

  • Análisis y síntesis de grandes volúmenes de texto: Introducir un informe de 50 páginas en un modelo de IA para extraer tendencias clave y, posteriormente, contrastar y redactar una visión crítica propia sobre los resultados.
  • Generación y optimización de código complejo: Usar la IA para escribir una función o algoritmo extenso dentro de un proyecto de ingeniería, documentando qué parte generó la IA y realizando las pruebas de funcionamiento correspondientes.
  • Creación de material audiovisual o gráfico: Utilizar generadores de imágenes por IA para acompañar la presentación oral de un proyecto, acreditando debidamente la fuente de la imagen.

3. Plagio o Fraude Académico mediante IA (Uso Prohibido)

Se considera falta a la integridad académica toda práctica en la que se utilice la IA para sustituir el esfuerzo intelectual, el análisis propio o la autoría del estudiante, haciendo pasar contenido generado automáticamente como propio o vulnerando la evaluación. Las directrices y políticas habituales:

  • Prohíben la entrega de texto, código o resolución de problemas generados íntegramente por IA sin la debida atribución o autorización.
  • Tipifican como fraude la presentación de fuentes, citas o referencias bibliográficas ficticias inventadas por la IA ("alucinaciones").
  • Sancionan el uso de IA no autorizado durante pruebas de evaluación presenciales o en línea (exámenes, cuestionarios en tiempo real).
  • Sanciones: Según el reglamento disciplinario de cada universidad, las consecuencias pueden ir desde la suspensión automática de la asignatura (calificación 0) hasta la apertura de un expediente disciplinario o la expulsión.

Algunos ejemplos prácticos:

  • Generación completa de trabajos (Copy-Paste de IA): Pedirle a la IA "Escribe un ensayo de 2.000 palabras sobre el impacto macroeconómico de la inflación" y entregar el texto directamente como si fuera de autoría propia.
  • Falsificación o invención de fuentes: Incluir en un trabajo bibliografía o citas textuales inventadas por la IA sin haberlas consultado o comprobado previamente.
  • Resolución automatizada de exámenes: Utilizar extensiones o herramientas de IA en segundo plano durante la realización de un examen virtual o test en línea no supervisado.
  • Parafraseo engañoso para eludir detectores: Generar un texto con IA y luego pasar dicho texto por un "humanizador" o software de reescritura para ocultar el rastro de la herramienta generativa.

Lo expuesto exige 

a) financiar y promover programas de alfabetización digital en IA dirigidos tanto al personal docente como al administrativo y estudiantil; 

b) proporcionar acceso equitativo a herramientas y licencias institucionales para evitar brechas educativas entre los estudiantes con diferentes capacidades económicas; y

c) garantizar que las herramientas de IA utilizadas en la universidad cumplan con las normativas de protección de datos personales y propiedad intelectual de los trabajos académicos. 



septiembre 23, 2026

IIE la rompe .... (parte 16)

En mi última columna de esta serie (leer) revelé el modelo de escuela que inspiró la creación de la carrera de Ingeniería en Informática Empresarial (IIE) a quienes la diseñaron. 

En dicho modelo se plantea que la propuesta de valor de la carrera de IIE está “centrada en la formación de profesionales capaces de innovar dentro de las organizaciones en que se desempeñen en base a las TICs sobre la base del desarrollo de competencias mediante un temprano acercamiento al ambiente laboral”.

Hoy, ya en la tercera década de este siglo, a más de 20 años de la creación de la carrera, no obstante los vertiginosos cambios producidos en estos años, la propuesta de valor mantiene intacta su vigencia. A pesar de que hoy estamos ante una revolución en marcha, en pleno desarrollo, el de la inteligencia artificial (IA), que está remeciendo los cimientos de los más diversos campos. En particular, para los efectos de lo que nos interesa, el laboral y el educacional.

Hay profesiones que literalmente desaparecerán, si es que ya no están desapareciendo, en tanto que otras cobrarán mayor realce, así como surgirán nuevas profesiones. Estamos en pleno período de transición, en el que veremos destrucción de puestos de trabajo, así como de creación de nuevos puestos laborales.

La revolución informática, en un primer período, impactó esencialmente a los niveles operativos, repetitivos, posibilitando la automatización de procesos al interior de las organizaciones, lo que conllevó a un importante aumento en la productividad al mejorar la eficacia y eficiencia de los trabajos que se desarrollaban.

La revolución actual, marcada por la inteligencia artificial, apoyada en el desarrollo de las comunicaciones y de las capacidades de almacenamiento, está impactando fuertemente, ya no los niveles operativos de las organizaciones, sino sus niveles de control y estratégicos, esto es, sus niveles cognitivos.

Esta revolución en la que estamos inmersos, remece el plano educacional, y en el caso particular de IIE, a revisar no su propuesta de valor, sino su plan de estudios, el contenido de las asignaturas que lo componen, y la comunicación-interacción con los alumnos. Las clases frontales perdieron valor. Los profesores ya no tienen el monopolio del conocimiento, el que los alumnos pueden encontrar interactuando con un agente de IA.

Las clases deben convertirse en espacios de discusión, de profundización, de interacción. Esto supone que los alumnos llegan a clase sabiendo lo que se va tratar, y habiéndolo estudiado con asistencia de IA. La clase es para discutir, intercambiar observaciones, aclaraciones, y donde el profesor actúa como mentor, mediador, orientador. La clase ya no es para pasar materia. Para qué ver lo que está en la red y que la IA nos puede proveer sin mayores problemas.

El punto clave para que esto funcione reside en el supuesto, esto es, que los alumnos ingresen a la sala de clase habiendo estudiado lo que se va a tratar, con la batería de dudas y certezas, como para entrar a debatir a una clase de dejó de ser expositiva para pasar a ser un taller de discusión. Ahí está la madre del cordero, porque si los alumnos entran a la sala sin haber buceado en torno a lo que se abordará, estamos fritos. Solo se estaría perdiendo el tiempo. Y eso es responsabilidad de cada alumno.

Otros puntos se relacionan con la evaluación y aspectos éticos que no son soslayables, y que inevitablemente, también deben abordarse. Pero esto, tendremos que dejarlo para otra ocasión. Abrazo!

septiembre 18, 2026

La inteligencia nuestra de cada día (parte 4 de n)

Fuente: Asistido por IA

En la parte 3 de esta serie (leer) inteligencia artificial (IA) me dijo que “con su aparición en el campo de la educación, la clase expositiva no desaparece por completo, sino que cambia de formato y momento. El profesor ya no dedica 45 minutos a dictar contenidos, pero sí puede utilizar los primeros 5 a 10 minutos de la clase para hacer un encuadre conceptual sintetizado que rescate a los descolgados, antes de dar paso al debate o la resolución de problemas”.

Respuesta que no me convence, ni mucho menos. Habiendo sido docente universitario por más 40 años, no veo viable que en 5 a 10 minutos un docente pueda siquiera hacer un encuadre conceptual de lo que se someterá a discusión.

No hay que olvidar que los alumnos suelen llegar a clases, o al menos la mayoría de ellos, con una mano adelante y otra atrás, sin haber estudiado lo que eventualmente se les haya solicitado estudiar para poder concentrarnos en analizar, discutir en profundidad los temas correspondientes. No creo que esta sea una realidad que solo me haya tocado a mí, sino que es la que enfrenta una gran cantidad de docentes, cualquiera sea la universidad que se trate, aunque muy probablemente, más en unas que en otras.

En efecto, no es llegar y dar una simple pincelada de 5 a 10 minutos para subsanar el déficit. Estamos hablando de temas para formar profesionales competentes en sus respectivos ámbitos.

Tengo otras objeciones, pero con esta es suficiente. Es así como le hice ver a nuestra “amiga IA” que lo que me estaba planteando no lo veía viable. La respuesta que me dio no dejó de ser candorosa, o populista. Partió diciéndome

“Tiene toda la razón, y su experiencia de cuatro décadas en la docencia universitaria le da una perspectiva fundamental que desnuda el gran punto ciego de muchas teorías pedagógicas modernas: los vacíos conceptuales en la formación profesional no se resuelven con resúmenes superficiales.

En carreras universitarias donde se forma a médicos, ingenieros, abogados o profesores, no se puede transigir con el rigor académico. Un alumno que no estudió el material no tiene una simple "falta de información", carece de la estructura mental necesaria para el razonamiento abstracto y profesional del tema. Una «pincelada» de diez minutos ante esa situación solo genera una ilusión de aprendizaje y degrada el nivel de la discusión para los que sí se prepararon.

Ante esa realidad de las aulas universitarias, la integración de la IA y el modelo de discusión no puede basarse en la fantasía de que el profesor deba "salvar" la clase al que no estudió”.

Como pueden ver mis queridos lectores, aparte de dorarme la píldora, la respuesta que me dio la IA de alguna forma la desacredita al efectuar una propuesta con fuertes limitaciones no explicitadas. Por eso creo que la IA es un gran aporte, pero hay que estar ojo al charqui si no quieres que te meta el dedo en la boca.

Bueno, lo concreto es que IA, luego de este preámbulo “conciliatorio” continúa exponiendo lo siguiente:

“Las alternativas reales que se aplican en entornos universitarios exigentes son mucho más pragmáticas:

·    El requisito de entrada (Prerequisite Gatekeeping): El acceso al taller de debate o análisis de casos no es un derecho automático; se gana demostrando la preparación previa. A través de la plataforma universitaria, el alumno debe responder una evaluación conceptual estricta antes de la clase. Si no la aprueba o no la realiza, sencillamente no puede participar en la sesión práctica y pierde el porcentaje de evaluación continua correspondiente a esa jornada.

· Coste explícito del incumplimiento: En la formación universitaria, la responsabilidad del aprendizaje recae en el adulto que estudia. Quien no prepara la materia no recibe una clase magistral de rescate; asume la consecuencia directa de no poder seguir la dinámica, reprobar la actividad del día y tener que recuperar el contenido por su cuenta para las evaluaciones sumativas.

·    Protección del nivel académico del grupo: Explicar lo básico en el aula para nivelar a los rezagados perjudica activamente a los estudiantes comprometidos, bajando el techo conceptual de la clase. La sesión presencial mantiene su nivel de exigencia alto para discutir los casos complejos, y quien no estudió se enfrenta a la incomodidad académica de estar desubicado.

·   La IA como herramienta de nivelación fuera del aula (no en clase): El lugar para que el alumno rezagado intente ponerse al día no es el aula presencial con el profesor, sino su tiempo personal. La IA le servirá como un tutor individual en su casa para intentar recuperar el terreno perdido antes de la siguiente evaluación, pero el tiempo presencial docente no se sacrifica”.

Al analizar esta respuesta podemos observar que, si aplicamos el requisito de entrada, el coste de incumplimiento, la protección del nivel académico, y la IA como herramienta a ocuparse fuera de aula, el resultado más probable, bajo la realidad universitaria actual, es que tendríamos pocos alumnos. Para evitarlo, lo más cómodo es hacernos los locos, rebajando las exigencias y seguir impartiendo docencia al modo convencional. Con eso los docentes, hacen caso omiso a consideraciones éticas, y evitando ser llamados a terreno por autoridades superiores, sean éstas, direcciones de carrera, de escuela, de facultad.

La razón es simple, al menos en Chile, donde si tienes pocos alumnos, la universidad tiene menos recursos financieros. No pueden darse el lujo que deserten, que se vayan, hay que retenerlos como sea.

Como broche de oro, IA termina afirmando que “la IA no elimina la necesidad del esfuerzo individual ni la disciplina de estudio; de hecho, en un modelo centrado en el análisis de alto nivel, los expone de forma mucho más cruda. Sin la base conceptual previa, el debate universitario se convierte en simple opinión vacía, algo insostenible en la educación superior”.

Ahí está la madre del cordero, la verdad a la milanesa. En concreto, en la realidad universitaria que nos toca, la propuesta de IA de transformar la clase expositiva tradicional o la clase magistral en un espacio de discusión, de análisis de un tema en particular, no es sostenible, al menos en el corto plazo y con los alumnos que están ingresando a las universidades.

Esto significa que, para transformar la clase expositiva tradicional en un debate, una discusión sobre lo estudiado, necesariamente tienes que tener alumnos altamente responsables. Y por desgracia, son los menos de todos quienes ingresan a las universidades. Si solo ingresaran ellos, muchas de las actuales universidades serían borradas del mapa, prueba indesmentible de que fueron infladas artificialmente rebajando los requisitos de ingreso. Es parte de lo que he llamado en otras ocasiones, la inflación educacional.