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junio 24, 2026

Érase una vez …..

Llegue a Arica en agosto de 1974 luego de casi un año buscando trabajo. Cuando sobrevino el golpe del 73 y la unidad en la que trabajaba en el Banco Central de Santiago fue suprimida el mismo 11 de septiembre. Justo ese día celebraba mi segundo aniversario de matrimonio. Solo conservé mi calidad de profesor hora en la mítica Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile donde era profesor de cátedra de Estadística luego de haber sido ayudante y profesor auxiliar. La remuneración era más que nada simbólica, tan solo para movilizarme y por el honor de trabajar en la Universidad de Chile.  Enviaba mi currículo a distintas empresas sin que me llegara respuesta alguna. Ya pensaba que estaba en una lista negra. Eran tiempos bravos.

Cada vez más universidades estaban llamando a concurso para proveerse de profesores dado que los rectores militares apoyados por civiles, en el marco de extirpar el cáncer marxista, despidieron a cientos de profesores. Empiezo a postular a tales concursos, aprovechando mi condición de profesor hora en la Universidad de Chile. Me llaman a entrevistas en la Universidad Austral de Valdivia y en la Universidad del Norte, sede Arica. En esta última fui entrevistado por quien era el Director Académico, Enrique Correa. Soy entrevistado y quedo en ambas. Me atraía más Valdivia por su verdor, pero me incliné por Arica por ser ciudad frontera, y por lo mismo, más fácil de emigrar si la cosa se ponía más fea. Tenía el síndrome del perseguido.

Así fue como llegué al departamento de Matemáticas para impartir los cursos de estadísticas, en tiempos de Freddy Veas, Mario Alvarado, Washington Mansilla, Gonzalo Masjuan, Víctor Sánchez, Yanko Ossandón, Eward Trigo, Benjamín Cordero, Miguel Schönfeldt. Poco tiempo después se resuelve que las matemáticas y física estén bajo la responsabilidad de los departamentos que imparten las carreras. A Yanko, Miguel y yo nos destinan al departamento de administración y economía. En este departamento me encuentro con Raúl Díaz, Amparo Nuñez, Jaime Díaz, Angel Henríquez, Pablo Jiménez, René Labraña, Carlos Valencia, Ángel Awad. Este último era el director del departamento. En esos tiempos el Vicerrector de la sede Arica de la Universidad del Norte era Sergio Giaconi, uno de los fundadores de la carrera.

Por 1976 el país experimenta una razzia política que afecta a la universidad y a la carrera de INGECO. Son destituidos el Vicerrector, Sergio Giaconi, y en el departamento son despedidos René Labraña y Carlos Valencia. Fueron los tiempos en los que el mundo cristiano empezó a levantar la voz ante las barbaridades que estaba realizando la dictadura –desapariciones, torturas, asesinatos, exilios- y que se estaban conociendo. En reemplazo de Giaconi, impuesto desde la casa central de la Universidad del Norte en Antofagasta, llega un nuevo Vicerrector, Félix Viveros, dentista, reservista del Ejército, quien en no pocas ocasiones llegaba a sus oficinas en uniforme de combate. Se renueva el departamento con savia nueva, de sus propias entrañas. Allí están Juan Iglesias, Ada Acevedo, Alexis Gutiérrez, Héctor Cáceres. En reemplazo de Ángel Awad llega aparece un nuevo director, Pedro Arriagada, economista traído desde las alturas de Santiago. Dura poco. Eran tiempos en que las universidades estaban intervenidas y distribuidas entre militares, marinos, aviadores y cómplices civiles. La Universidad del Norte había sido asignada a los marinos.

Junto con Yanko empezamos a hacernos cargo de los primeros cursos de computación, sin tener computadores. Eran los tiempos de las tarjetas perforadas, las de la polla gol, de los mazos de tarjetas que partían al Centro de Computación que la Universidad del Norte tenía en Antofagasta (CECUN). Allá tenían un equipo IBM 1130 con 8 KB de memoria RAM y 5 MB en disco, en una gran sala especialmente acondicionada para estos efectos. Los primeros programas eran en FORTRAN, luego en COBOL. En un semestre a duras penas alcanzábamos a procesar un programa computacional! Partían las hojas de codificación de los alumnos y en CECUN las secretarias se encargaban de perforar las tarjetas, armar un mazo de tarjetas por cada programa escrito en las hojas de codificación; y luego pasar cada mazo por la lectora de tarjetas para “compilar” cada programa. Es así como regresaban los mazos de tarjetas con los programas “compilados”. Todo esto tomaba semanas, y siempre llegaban con errores, ya sea de perforación, de interpretación, de compilación o de ejecución. Toda una odisea de la cual son testigos los alumnos de entonces. Y los errores había que buscarlos e identificarlos.

Así los programas iban y venían a paso de tortuga. Es así como con Yanko en más de una oportunidad tuvimos que viajar a Antofagasta para acelerar este proceso. Eran tiempos de viajes por tierra, los fines de semana, sin presupuesto, sin viáticos, por amor a Cristo. Tiempos de colonización computacional. Para el fin del semestre, para aprobar, los alumnos debían tener sus respectivos programas ya ejecutados correctamente. Se acercaba el término del semestre y los programas arrojaban errores, no entregaban los resultados esperados de acuerdo a los datos de entrada que se tenían. Es así como en más de una oportunidad, con los cursos completos organizábamos viaje a Antofagasta, para allá in situ apurar los procesos. Alojábamos en escuelas, durmiendo en sacos de dormir, en el suelo, y ya no recuerdo cómo nos alimentábamos. Viajábamos toda una noche, procesábamos y corregíamos los programas en el día, dormíamos, y al otro día seguíamos en eso. Luego volvíamos a Arica, también por tierra, con los programas ya compilados y ejecutados correctamente, con la íntima satisfacción del deber cumplido. Tiempos heroicos, sin pandemia, cuando no existían bonos, ni ayudas de ningún tipo. Todo por Cristo Nuestro Señor!! 

Tiempos inolvidables, forjados a punta del esfuerzo de alumnas y alumnos a quienes con mucho orgullo veo y sigo sus pasos a la distancia. Mujeres y hombres de bien, profesionales a carta cabal. A los próceres de entonces los recuerdo nítidamente, no así sus nombres. Aún a costa de ser injusto, nombraré a quienes sí recuerdo de esos años dorados: Marcelino Garay, Yamil Jorrat, René Solar, Juan Carlos Gandolfo, Leyla Farah, Aulis Tornero, Teresa Fernández, Marisol Correa, Gonzalo Muñoz, Mauricio Néspolo, Santiago Arata, ….

La gran conquista en dichos años por parte de la sede Arica de la Universidad del Norte, fue la adquisición de una máquina perforadora de tarjetas. Ella nos permitía perforar localmente los mazos de tarjetas, los que remitíamos a Antofagasta para su procesamiento. Esto ayudó a acelerar los procesos. Es así como se logró que en los semestres sucesivos, en vez de un programa al semestre, pudiésemos ejecutar dos programas por alumno en un semestre. Arica seguía sin tener computadores. Ni la universidad, ni el municipio, ni las empresas tenían computadores. No existían en Arica.

Un buen día, un egresado de la carrera, Carlos Norambuena, dueño de Comercial Prat, que estaba en la esquina de 21 de Mayo con Arturo Prat, se acerca a conversar con Yanko y conmigo. Nos cuenta que se compró un computador NCR Century 100 para su empresa y que el vendedor le dijo que si lo compraba, él se lo trabajaría. Lo compró y el vendedor desapareció. Entonces nos planteó: “yo tengo un computador que no sé trabajarlo; ustedes no tienen computador y saben trabajarlo: les propongo crear una empresa de servicios computacionales, donde yo pongo el computador y ustedes lo trabajan. Si la empresa sale adelante, nos repartimos igualitariamente las ganancias; de lo contrario, ustedes pierden el trabajo realizado y yo lo invertido en el computador. Con Yanko nos miramos y aceptamos. Posteriormente se integró como socio Mauricio Néspolo, egresado de la carrera, e integramos a un contador. Con el tiempo se incorporaron a la empresa quienes habían sido alumnos destacados nuestros, como es el caso de Gonzalo Muñoz, Marcelino Garay, René Solar y Juan Carlos Gandolfo. La experiencia fue una apasionante y una excelente escuela de aprendizaje práctico de todo lo que involucra el quehacer empresarial. En esa empresa se prestaron servicios computacionales a la empresa fabricante de los jeans Wrangler, CONTEX, a Bicicletas Oxford, a los municipios de Arica e Iquique, a Ferrocarriles de Arica a La Paz, al Hospital Juan Noé, entre muchas otras.  

Poco después, la universidad logra tener su primer computador, un equipo Digital PDP-11/34 con 128 Kb de memoria RAM, ya no recuerdo cuánto de disco, y una unidad de cinta magnética de respaldo. Esta adquisición constituyó todo un hito, porque permitió independizar la docencia en computación de la casa central, de Antofagasta y generar nuevos trabajos de titulación en quienes egresaban de INGECO. De ahí para adelante, la computación nacida en el seno de la carrera, se hizo extensiva a toda la universidad. 

junio 23, 2026

Tiempos de colonización (*)

Llegué a Arica contratado por la Universidad del Norte (ahora Universidad Católica del Norte) en agosto de 1974, luego de casi un año buscando trabajo. A raíz del golpe del 73, la unidad donde trabajaba en el Banco Central de Santiago, la Secretaría de Relaciones Económicas Externas (SEREX) fue suprimida el mismísimo 11 de septiembre. Justo ese día celebraba mi segundo aniversario de matrimonio. Había egresado como Ingeniero Civil Industrial de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. Enviaba mi currículo a distintas empresas que ofrecían puestos de trabajo en los medios de comunicación, sin obtener respuesta alguna. Convencido de que me encontraba en una lista negra, empecé a sentir el síndrome del perseguido. Eran tiempos bravos.

Con el propósito de “extirpar el cáncer marxista”, en las universidades los rectores designados por el gobierno militar se encontraban exonerando profesores, ya sea por tener un sello marxista o izquierdista, y/o estar adscritos a unidades académicas que se estaban eliminando por calificarse como innecesarias o conflictivas. De allí que, lentamente, cada vez más universidades estaban empezando a efectuar llamados a concurso para plazas docentes que habían quedado vacantes, las que debían llenarse para restablecer la docencia a las distintas carreras. Todo esto, dentro del marco de recuperación de la actividad académica, particularmente la docente.

Es así como empiezo a postular a tales concursos, aprovechando una experiencia docente como ayudante desde mi segundo año de ingeniería, y como profesor auxiliar en mis últimos años en la Universidad de Chile. Uno de esos llamados provenía de la Sede Arica de la Universidad del Norte. Allí se requería un profesor de Estadísticas, asignatura que estaba impartiendo en Santiago, en la Universidad de Chile como profesor auxiliar.

Soy entrevistado en Santiago, en una de las oficinas de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile por quienes eran el director académico, Enrique Correa, y el profesor del Departamento de Matemáticas y Física (DMF), Mario Alvarado, en representación del director, que en la época era el profesor Freddy Veas. Sorteo con éxito ambas entrevistas.

Así fue como llegué al DMF para impartir los cursos de estadísticas que solicitaban departamentos que tenían carreras a su cargo. En esos tiempos no existían facultades ni escuelas, tan solo departamentos. El DMF estaba conformado, entre otros, por su director Freddy Veas, Mario Alvarado, Washington Mansilla, Gonzalo Masjuan, Eward Trigo, Víctor Sánchez, Jaime Rodríguez, Yanko Ossandón, Benjamín Cordero, Miguel Schönfeldt, Verónica Rey Más, Fresia Zúñiga, Edmundo Lazo y David Lazo.

Poco tiempo después de mi arribo, se resuelve disolver el DMF, distribuyéndose las asignaturas que impartía entre los departamentos que estaban a cargo de las carreras que requerían tales servicios docentes. Me destinan, junto con Yanko Ossandón y Miguel Schönfeldt, al Departamento de Administración y Economía (DAE), donde me encuentro con Ángel Awad, su director, Raúl Díaz, Amparo Núñez, Jaime Díaz, Ángel Henríquez, Pablo Jiménez, René Labraña y Carlos Valencia, entre otros.

En esos tiempos el Vicerrector de la Sede Arica de la Universidad del Norte era Sergio Giaconi, uno de los fundadores de la carrera de Ingeniería Comercial. Poco después arriba Christian Ghymers, economista belga, en el marco de las relaciones existentes entre la Universidad del Norte y la Universidad de Lovaina.

En 1976, con motivo de denuncias de atropellos a los DDHH desde sectores vinculados a la Democracia Cristiana y la Iglesia Católica, el Cardenal Raúl Silva Henríquez resuelve crear la Vicaría de la Solidaridad como instancia de protección y apoyo a quienes estaban siendo afectados. El régimen imperante reacciona, generándose una crisis política que se expresa en la marginación de quienes eran militantes o adherentes demócrata cristianos. Estos, si bien en un inicio habían respaldado al régimen, posteriormente, con motivo de las actuaciones y consecuencias de organismos secretos (DINA) dependientes del gobierno, fueron adoptando posturas crecientemente críticas. Su impacto en la Universidad del Norte se expresa en la destitución del Vicerrector en la Sede Arica, Sergio Giaconi, y en el de los académicos del DAE, Ángel Awad, René Labraña y Carlos Valencia. No eran menores las consecuencias que en el seno de la universidad estaban generando los despidos y las difíciles circunstancias sociales y económicas que estaban viviendo las familias de los estudiantes.

Dentro de las personas más recordadas y queridas en Arica se encuentra el sacerdote jesuita Juan Valdés, quien bautizó a mis dos hijos. Juan Valdés estuvo a cargo de la pastoral universitaria en la década de los 70, en una Universidad del Norte intervenida y con un rector designado. Le tocó vivir un tiempo de gran efervescencia política y una compleja realidad socioeconómica que enfrentó con resistencia ética y acompañamiento crítico, priorizando la defensa de los DDHH y la libertad académica. Un período en el que procuró, con santa paciencia y llevando la palabra de Cristo, amortiguar conflictos, dar consuelo y esperanza entre estudiantes, administrativos y académicos. Amparó y medió siguiendo a Cristo. Dejó un recuerdo que perdura hasta la actualidad, al contribuir a una formación espiritual contextualizada a la realidad que se vivía en la comunidad universitaria. Aportó humanidad allí donde reinaba inhumanidad, expresó cercanía donde imperaba lejanía, dio la cara cuando no se daba, escucha a quienes no eran escuchados, dedicación a quienes no eran atendidos, procurando en todo momento una formación de personas comprometidas socialmente.

Se le atribuye la expresión de que “no sirve de nada un título si no hay un corazón que lata por el prófugo y el pobre”. Pedía a los estudiantes no olvidar la misión que se les ha dado, invitándoles a que “no se dejen seducir por el título, sino por el servicio”. Son muchos los estudiantes que lo recuerdan con cariño. Promovió jornadas, retiros, trabajos voluntarios, misiones en apoyo a necesidades materiales y espirituales en distintos barrios de Arica y de Azapa y Lluta. Apoyándose en las encíclicas sociales de la Iglesia, su presencia fue refugio y espacio de diálogo y deliberación en tiempos en que estaban fuertemente cercenados.

Fueron tiempos en los que el mundo cristiano empezó a levantar la voz ante las desapariciones, torturas, asesinatos y exilios que se estaban dando a conocer públicamente. Desde la Casa Central de la Universidad del Norte en Antofagasta, es impuesto un nuevo Vicerrector, Félix Viveros, dentista, reservista del Ejército, quien en no pocas ocasiones llegaba a la universidad en uniforme de combate. El DAE es renovado con savia nueva de sus propias entrañas, que complementan a quienes ya estaban. Allí están Juan Iglesias, Alda Acevedo, Norman Reyes, Julio Gaete, Benedicto Colina, Jorge Pérez Barbeito, Héctor Cáceres y Alexis Gutiérrez. Por sugerencia de este último, se inicia un proceso de capacitación MBA en el extranjero por parte de algunos académicos.

En reemplazo de Ángel Awad llega un nuevo director, Pedro Arriagada, economista traído desde las alturas de Santiago. Dura poco. Eran tiempos en que las universidades eran distribuidas entre militares, marinos, aviadores y cómplices civiles. La Universidad del Norte había sido asignada a los marinos.

Junto con Yanko Ossandón, en el DAE empezamos a hacernos cargo de los primeros cursos de computación, sin tener computadores. Eran los tiempos de las tarjetas perforadas, las de la Polla Gol, de los mazos de tarjetas que partían al Centro de Computación que la Universidad del Norte tenía en Antofagasta (CECUN), en tiempos cuyo director era Gerardo Vergara. Allá tenían un equipo IBM 1130, en una gran sala especialmente acondicionada para estos efectos. Los primeros cursos de lenguaje de programación eran en FORTRAN, para posteriormente complementarlos con COBOL.

En un semestre a duras penas se alcanzaba a procesar un programa computacional. Partían las hojas de codificación de los alumnos y en CECUN sus secretarias se encargaban de traspasar su contenido a tarjetas de codificación, mediante máquinas perforadoras de tarjetas. Por cada programa escrito en las hojas de codificación se trasladaba a un mazo de tarjetas perforadas, el que era ingresado a una unidad lectora de tarjetas para su compilación y eventual ejecución, si el programa estaba “bien” compilado. Es así como regresaban a Arica los mazos de tarjetas con los programas “compilados”.  Todo esto tomaba semanas, y siempre llegaban con errores, ya sea de perforación, de interpretación, de compilación o de ejecución. Toda una odisea de la cual son testigos los alumnos de entonces. Y los errores había que buscarlos, identificarlos y corregirlos.

Así, los programas iban a Antofagasta y regresaban a Arica a paso de tortuga. Es así como con Yanko en más de una oportunidad viajamos a Antofagasta para acelerar este proceso. Eran tiempos de viajes por tierra, los fines de semana, sin presupuesto, sin viáticos. Tiempos de colonización computacional. Para el fin de cada semestre, para aprobar, exigíamos que los alumnos tuviesen sus respectivos programas ya ejecutados correctamente. Se acercaba el término del semestre y los programas seguían arrojando errores, no entregando los resultados esperados en base a los datos de entrada que se tenían.

Es así como en más de una oportunidad, con los cursos completos, de las carreras que estaban bajo la responsabilidad del DAE (Ingeniería Comercial y Contaduría), organizábamos viajes a Antofagasta, para allá, “in situ”, corregir los errores detectados y así avanzar más rápidamente. Alojábamos en escuelas, durmiendo en sacos de dormir, en el suelo. Ya no recuerdo cómo ni dónde nos alimentábamos. Éramos jóvenes, sentíamos que teníamos toda una vida por delante. Viajábamos toda una noche, procesábamos y corregíamos los programas en el día, dormíamos, y al otro día seguíamos en eso. Luego, regresábamos a Arica, también por tierra, con los programas ya compilados y ejecutados correctamente, con la íntima satisfacción del deber cumplido. Tiempos heroicos, sin pandemia, cuando no existían bonos, ni ayudas de ningún tipo. ¡¡Todo por Cristo Nuestro Señor!!

Tiempos inolvidables, forjados a punta del esfuerzo de alumnas y alumnos a quienes con honda satisfacción veo y sigo sus pasos a la distancia. Mujeres y hombres de bien, profesionales a carta cabal. A los próceres de entonces los recuerdo nítidamente, no así sus nombres. Aun a costa de ser injusto, nombraré a quienes sí recuerdo de esos años dorados: Marcelino Garay, Yamil Jorrat, Edmundo Urra, René Solar, Juan Carlos Gandolfo, Leyla Farah, Aulis Tornero, Teresa Fernández, Marisol Correa, Teresa Fernández, Gonzalo Muñoz, Mauricio Néspolo, Santiago Arata, Ernesto Cellino y Julio Burich.

A pesar de los esfuerzos por independizarnos del CECUN en Antofagasta, para tener un equipamiento computacional propio en Arica, la gran conquista alcanzada a fines de los años 70 no fue otra cosa que la compra de una máquina perforadora de tarjetas, la que nos permitía perforar localmente los mazos de tarjetas, que posteriormente remitíamos a Antofagasta para su procesamiento en CECUN. Esto ayudó a acelerar los procesos. Es así como se logró que, en los semestres sucesivos, en vez de alcanzar a procesar un programa computacional cada semestre, pudiésemos ejecutar dos programas por alumno en un semestre. Para estos efectos, se crea el Área de Computación, que nace de las entrañas del DAE, pero que a poco andar pasó a depender directamente de la Vicerrectoría de Sede, en esos años en manos de Félix Viveros. Pero Arica seguía sin tener computadores. Ni la universidad, ni la municipalidad, ni en las empresas privadas tenían computadores. No existían en Arica.

Así y todo, disponer de una máquina perforadora de tarjetas constituyó todo un hito, dado que pudimos dejar de enviar los programas computacionales escritos en hojas de codificación. Ahora, los traspasos de los programas, desde las hojas de codificación a tarjetas perforadas podían ser realizados en Arica, aliviando la carga de trabajo en Antofagasta y aumentando el número de veces que un mismo programa podía compilarse hasta que saliera sin errores para su ejecución. Esa fue la “independencia” alcanzada.

No olvidemos que eran tiempos de procesamiento en modalidad por lotes, tiempos en los que no se vislumbraba el procesamiento en línea. Es así como todas las semanas remitíamos cajas con mazos de tarjetas, cada uno debidamente individualizado, que al cabo de una semana retornaban bien o mal compilados y ejecutados, para ser reenviados una y otra vez hasta que el programa fuese bien ejecutado, arrojando los resultados esperados para los datos de entrada dados.

En una ocasión nos llegó un reclamo desde CECUN, porque la máquina lectora de tarjetas se había estropeado a causa de un mazo de tarjetas defectuosas. Efectuada la investigación de rigor, se constató que al alumno responsable del mazo se le habían mojado las tarjetas, y no encontró nada mejor que ponerlas a secar al Sol sin decirnos nada. Es así como el mazo partió a Antofagasta, con sus tarjetas secas, pero distorsionadas por la humedad, que al pasar por la lectora, no fue capaz de “leer” las tarjetas. Este hecho nos forzó a reforzar los controles para evitar nuevos bochornos.

Recién en 1982, después de la fusión de las sedes Arica de la Universidad del Norte y la Universidad de Chile, la nueva universidad, la Universidad de Tarapacá, logra tener su primer computador, un equipo Digital PDP-11/34 con 128 Kb de memoria RAM. Pero esta ya es otra historia.

(*) Escrito con ocasión de los 70 años de la Universidad Católica del Norte que podrán encontrar en la web de la UCN (leer


mayo 17, 2026

Crónicas macondianas

Desperté recordando las crónicas macondianas que escribía Mauricio Néspolo en las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado. Nacieron en tiempos del innombrable, como una forma de sortear tiempos difíciles, duros. Y desperté recordándolas porque los tiempos actuales, con JAK a la cabeza del gobierno, se están llenando de momentos macondianos, inimaginables. Como en esos tiempos, cuandolos del régimen podían decir y hacer lo que se les antojara, sin arrugarse. Si bien hoy los tiempos son otros, la rememoranza es inevitable a la luz de lo que estamos viendo y viviendo.

Mauricio, ariqueño, de familia italiana, de Rapallo, tiene un especial sentido del humor, del que hace gala subrepticiamente, cuando las circunstancias lo aconsejan. Su apellido, Néspolo, está entrañablemente ligado a la historia de Arica, al origen de la Universidad del Norte en Arica -que fusionada con la sede de la Universidad de Chile, hoy Universidad de Tarapacá y a la inolvidable Junta de Adelanto, cuyas huellas persisten con mucha fuerza hasta el día de hoy. Arriba, en el segundo piso de la tienda Néspolo, localizada en la esquina de 21 de Mayo con Baquedano, entiendo, si no me equivoco, se hicieron las primeras clases de la Universidad en espera del local definitivo en lo que se llamó campus Saucache, en calle 18 de septiermbre.

Desperté recordando a Mauricio y sus crónicas macondianas, porque veo a Chile viviendo un momento macondiano. José Antonio Kast (JAK) es quien lo está haciendo posible. Coloca como ministra de Ciencias, a Ximena Lincolao, quien pareciera despreciar las ciencias. Coloca como ministra de Seguridad a Trinidad Steinart, que pareciera estar sembrando inseguridad. Coloca como vocera de gobierno a Mara Sedini, que pareciera hablar sin saber de qué está hablando. Coloca como ministro de Vivienda a Iván Poduje, para quien los humedales, los sitios de memoria, no son sino obstáculos para el desarrollo. Coloca como ministro de Hacienda a Jorge Quiroz, un campeón de las colusiones, quien ordena una reducción presupuestaria pura y dura sin mirar la cara a nadie. No sigo porque la lista es interminable.

Pero quien lleva la guaripola de todo esto, JAK, elegido por el 58% de los chilenos, a punta de metáforas e hipérboles, es quien pareciera estar punteando lo macondiano que todo esto conlleva. Lo concreto es que estamos con un gobierno que está dando mucho jugo, mucho material, y del jugoso para las crónicas macondianas.

Es por lo expuesto, que muy humildemente, invito a Mauricio a reanudar sus crónicas macondianas porque material tiene de sobra y como una forma sutil de sortear las doficultades que el presente conlleva. sé que ya no somos los jóvenes de antes, pero así y todo me atrevo a solicitar que resucite sus crónicas que endulzan la vida.

febrero 07, 2026

Las vueltas de la vida (parte 2)

Estando con mi familia en Madrid, en los años 83 al 85, en mi apartamento localizado en Alcalá 290, un buen día, toca a la puerta el más impensado de los visitantes: Lupercio Vásquez Fuchslocher. El mismísimo que siendo la máxima autoridad de la Universidad del Norte en Arica, quiso echarme en 1979 (*). No sin sorpresa, abro la puerta para hacerlo pasar. Su expresión asemejaba a la de un paciente recién dado de alta de un hospital. Le ofrezco una taza de té que acepta gustoso.

Me cuenta que venía llegando de un congreso realizado en la India, al que había asistido en representación del gobierno del innombrable, donde ocupaba el cargo de subsecretario de Agricultura. En su estadía en el país asiático se intoxicó. “La pasé muy mal, no sé cómo salí vivo”, dijo evidenciando en su rostro los signos del inconveniente de salud. El regreso lo tenía previsto vía Madrid, para estar unos días conociendo la capital española. No contaba con la intoxicación. “Pero acá me tienes, a mal traer, solo, aunque recuperándome”, acotó.

Intrigado por haber dado conmigo, a pesar del altercado que habíamos tenido hace unos pocos años  le pregunto cómo fue que dio conmigo. Me responde que antes de viajar desde Chile estuvo con Emilio Lorca, el mismísimo que se la jugó para sacarme de la lista negra. Y Emilio, quien ya estaba radicado en Santiago al igual que Lupercio, cuando supo que se iba a un congreso a la India, y que a la vuelta pasaría por Madrid, le dijo que yo estaba estudiando un magister en la Universidad Politécnica de Madrid, no resistió la tentación de decirle que podría pasar a verme. Lupercio le respondió que no pensaba hacerlo. Emilio insistió dándole mi número telefónico y dirección (en esos años no existían los celulares). Estando en Madrid no se atrevió a llamarme por teléfono por temor a que lo mandara a freír monos a otra parte. Así fue como llegó a Alcalá 290 quien había intentado sacarme de la universidad, herido por una carta donde lo mandaba a ocuparse de cosas más importantes que los atrasos de mi secretaria.

Ya relajados, y degustando el té servido, me consulta si tengo tiempo para sacarlo de paseo para conocer el Alcázar de Toledo. Envalentonado, e imbuido de los aires de la transición española, le respondo que no podía acceder a su petición, porque se trataba del símbolo de la resistencia fascista en tiempos de la Guerra Civil.

“Bueno, entonces llévame al Valle de los Caídos”, contraataca, confiando que no me negara nuevamente. Quise resistirme, pero me fue imposible. Sin querer queriendo, en un día helado, con nieve, en la popular renoleta (Renault 4) que tenía, viajamos junto a Cielo y los niños a conocer el lugar donde reposan los restos de los líderes del fascismo español, acompañando al subsecretario de agricultura del gobierno del capitán general, el innombrable.

Para quienes no conocen la historia del Valle de los Caídos me basta señalar que es uno de los íconos de la ultraderecha española, donde estaban enterrados Franco y José Antonio Primo de Rivera. A ello se agrega que fue construido con las manos de quienes fueron perseguidos y apresados por la dictadura franquista. Así fue como gracias a Lupercio conocí el Valle de los Caídos. Son las vueltas de la vida.

Nota: Me observan que desde el año 2019 los restos de Franco ya no están allí.

(*) Leer en parte 1 https://rodolfoschmal.blogspot.com/2026/02/las-vueltas-de-la-vida-parte-1.html  

febrero 05, 2026

Las vueltas de la vida (parte 1)

A fines de los 70 trabajaba en la sede Arica, de la Universidad del Norte, a cargo del Centro de Computación recientemente creado para prestar servicios computacionales en el ámbito docente. Éramos 2 académicos -Yanko y yo- y una secretaria, Ada Ramírez. Teníamos un equipo Digital PDP 11/34. Habíamos conquistado la independencia de un peregrinar que habíamos iniciado en 1976 cuando iniciamos los primeros cursos de computación a las carreras de ingeniería sin computadores. Los programas computacionales -escritos en Fortran- los escribíamos en hojas de codificación, los que se iban al poderoso centro de computación que la universidad tenía en su casa central localizada en Antofagasta. Esta es otra historia de la que ya tendremos oportunidad de escribir más adelante.

Ada tenía la costumbre de llegar atrasada, lo que como su superior inmediato no me complicaba mayormente en la medida que cumpliera con eficiencia sus funciones. Un día recibo una carta del entonces secretario general, Lupercio Vásquez Fuchslocher, denunciando estos sucesivos atrasos, por lo que me conmina a adoptar las medidas correspondientes para que no sigan ocurriendo.

Le respondo, a través del mismo medio, que se trataba de una responsabilidad de mi competencia, y que mejor se preocupara de aspectos más relevantes del quehacer universitario. Lupercio, al recibir la carta, me llama de inmediato a su despacho. Voy y me conmina, dado el insolente tenor de la carta, que la retire para darla por no recibida. Le respondo que no tengo problema en retirarla, pero le recalco que es lo que pienso. Furioso, se dirige hacia la puerta y la abre exigiendo que me retire.

Fue un encontronazo en tiempos del innombrable que, más adelante, me saldría caro. El vicerrector de sede de entonces era Félix Viveros, dentista, reservista del ejército, y como tal, no pocas veces ingresaba a la universidad en tenida de combate. Él era mi superior inmediato. Con Yanko teníamos el monopolio del control de la docencia en computación y de las actividades relacionadas a este tema en la universidad.

De tiempo en tiempo en esferas de gobierno se producían remezones, movimientos telúricos de mayor o menor calibre. En uno de ellos, Viveros se ve afectado, forzándose su salida. Entonces, los rectores y vicerrectores eran designados por las más altas esferas del gobierno. En reemplazo de Viveros, para infortunio mío, Lupercio Vázquez es nombrado como vicerrector de sede. En diciembre de 1979, como era habitual a fin de año, se confecciona la lista de académicos a exonerar. En el equipo de colaboradores de Vásquez destacaba Emilio Lorca, sismólogo, director académico, con quien yo mantenía una relación de amistad. Nuestros hijos tenían edades similares y asistían al mismo parvulario, celebrando muchas veces en conjunto sus cumpleaños.

Una noche, entre Navidad y Año Nuevo, Emilio llega a mi casa para informarme que era el número uno de la lista de exonerados. Me dijo que iría a la casa de Lupercio con la misión de sacarme de esa nómina, y que lo esperara sin moverme de mi casa. Quedé helado. Lupercio se estaba dando el gusto de vengarse por el incidente de la secretaria. Son las vueltas de la vida.

A pesar de tener pensamientos políticos opuestos, con Emilio sintonicé apenas llegó a Arica, esencialmente por su jovialidad, su bonhomía, porque siempre veía el vaso medio lleno. No tenía pelos en la lengua, dicharrachero, alegre, positivo. Mi primer vehículo nuevo fue un Volkswagen modelo Brasilia año 1977, influenciado por él que tenía uno del 76, morado, del cual hablaba maravillas.

Emilio apenas estuvo en la casa de Lupercio, se plantó ante él para decirle: “Vengo para que saques a Rodolfo de la lista”. La respuesta fue fulminante: “No, cualquier otro, pero no él, por insolente”. Emilio insiste: “No puedes tomar decisiones institucionales en base a apreciaciones personales. No me iré de acá hasta que saques a Rodolfo de la lista”. La conversación se alargó hasta las tres de la madrugada. Finalmente, Emilio logró lo que parecía imposible, sacarme de la lista. Al momento de informarme, acota: “Por favor, no vuelvas a hacer chambonadas porque cuestan caro. Ándate con cuidado, las paredes escuchan”. Volví a respirar aliviado. Me había salvado jabonado.

Más de 3 décadas después, residiendo yo en Talca, Emilio fallece en Santiago. Viajo para estar en las exequias Allí me encontré con sus hijos, quienes se sorprenden de verme llegar. Les conté esta historia que no conocían y que los quise acompañar en estos duros momentos porque Emilio hizo lo que pocos hacen por otras personas: jugársela. Lloramos todos juntos.


enero 26, 2026

Entretelones en la conformación de un equipo

Foto de krakenimages en Unsplash

Sendos artículos aparecidos en los diarios La Tercera y The Mercury Times donde se dan entretelones de la conformación del gabinete de José Antonio Kast como si fuera un cuento de hadas, me hizo recordar cuando se conformó el primer equipo directivo de la Universidad de Tarapacá surgido en democracia en los años 90.

Derrotado el innombrable en el plebiscito del 88, en las elecciones presidenciales del año siguiente triunfa Patricio Aylwin en representación de la Concertación de Partidos por la Democracia conformada por múltiples partidos opositores a la dictadura, entre los que destacaban el PDC (Partido Demócrata Cristiano), el PS (Partido Socialista), el PPD (Partido por la Democracia) y el PR (Partido Radical).

Con la llegada de Aylwin una corriente de esperanza recorre al país y las universidades no son ajenas a este ambiente. En las universidades se inician procesos eleccionarios conducentes a elegir a sus rectores, dejando atrás la figura de los rectores delegados impuestos desde el gobierno. Se convoca a un proceso eleccionario en la Universidad de Tarapacá, al igual que en todas las universidades estatales. Por tratarse de una universidad resultante de la fusión de las sedes que la Universidad de Chile y Universidad del Norte tenían en Arica, en ella imperaban dos culturas: la de la Universidad de Chile que era eminentemente masónica, y la cultura de la Universidad del Norte donde predominaba la católica. Por otro lado, la sede de la Universidad de Chile era de carácter humanista que incluía las pedagogías y las carreras sociales, en tanto que la sede de la Universidad del Norte, era más tecnológica, volcada a las ingenierías.

Se convoca a elecciones para la rectoría y surgen dos postulantes: Claudio Díaz, masón, partidario de la dictadura, quien provenía de la Universidad de Chile, profesor de ciencias, y Jorge Urquart, también profesor, proveniente de la Universidad del Norte, católico, DC, doctorado en letras de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), opositor a la dictadura. Había dos clivajes comprometidos: el de la dictadura versus democracia, y el de la masonería versus catolicismo. Jorge Urquhart me invita a participar como jefe de campaña, lo que acepto con mucho gusto, sin pensar en las consecuencias. Y empezamos configurando el equipo de trabajo y la campaña propiamente tal recorriendo las facultades, institutos y departamentos en que se estructuraba la universidad, conversando, dialogando con los académicos. Sin arrasar, ganamos con holgura. 

El día del triunfo, por la noche el rector electo nos convoca a quienes habíamos participado en la primera línea de la campaña a celebrar en su casa con un cóctel. En medio de la celebración, Jorge Urquhart se me acerca, y pregunta: ¿qué cargo quieres? Me pilló de sorpresa, nunca imaginé una pregunta de ese tenor. No tenía cargo alguno fuera de ser académico. A lo más había sido jefe del Área de Computación y Director del Departamento de Computación en tiempos de la Universidad del Norte, cargo eminentemente técnico el primero, y académico el segundo. Cargos que ocupé más que nada porque las autoridades no encontraban a otro personaje dado que no era santo de la devoción de las autoridades de entonces.

Sin pensarlo mayormente le respondo que me gustaría ser director de extensión y comunicaciones porque me interesaba estrechar la vinculación con el medio por parte de la universidad y siempre me ha atraído todo lo asociado a las comunicaciones. Jorge Urquhart me mira de arriba abajo y luego de unos segundos me dice “No, no puedo darte ese cargo”. Le pregunto ¿Por qué no? La respuesta fue lapidaria: “No puedo poner a una persona con tu sordera en un cargo que demanda mucha comunicación oral”. Quedé de una pieza y solo atino a responder: “Entonces para qué me preguntas”. Bueno, me dice, confiaba en que me dirías el nombre del cargo para el cual te tengo en vista, esperando que saliera de ti. Y yo entonces le pregunto ¿para qué cargo me tenías pensado? Y me responde: Director de Planificación. Le pregunto ¿porqué? Su respuesta fue simple: “por ser organizado, metódico, cuadrado, ingeniero”. Me pareció totalmente plausible el razonamiento por lo que acepto sin sospechar siquiera el objetivo que el rector electo tenía en mente a la hora de asumir el cargo.

Así fue como a medida que fue conversando con las distintas personas que estábamos presentes en el coctel fue configurando su equipo directivo. Resultado: cada uno de los presentes salimos del coctel, con un cargo bajo el brazo. Creo que nadie se imaginó esto. Así partió la bolita. Pocos días después me encomendó una tarea destinada a cumplir con uno de los objetivos centrales planteados en la campaña: reestructurar una universidad pequeña que estaba jibarizada en 8 facultades porque la lógica del gobierno de entonces era dividir para reinar. Esta estructura tenía asociada una elevada burocracia con un alto costo de mantenimiento y en el que todos los decanos eran designados.

En consecuencia, se me encomienda la tarea de reestructurar las facultades con miras a su reducción, una tarea compleja porque iba a pisar callos, dado que iban a haber decanos que dejarían de ser tales, lo mismo vicedecanos, directores de departamentos. Y durante la campaña habíamos planteado que debíamos hacerlo, no imponiendo dictatorialmente como había sido en los años previos, sino participando colectivamente.

Es así como en calidad de director de planificación organizo reuniones a nivel de facultad con los académicos para conocer sus posiciones, criterios y fundamentos, las que dan origen a una propuesta de fusión de facultades acompañada del criterio de fusión empleado. Dicha propuesta, que reducía las facultades de 8 a 5, fue sometida a consideración del consejo académico y de la junta directiva. No sin dificultades, fue aprobada y oficializada por la contraloría de la universidad. Fueron dos años intensos en el que hubo no pocos heridos.

Luego de la reestructuración me correspondió generar una estrategia de desarrollo para la universidad, la que también fue elaborada a partir de conversaciones e innumerables reuniones con los consejos de cada una de las facultades. Para este trabajo tuve la valiosa colaboración de Marianela Vega, quien fuera alumna mía en los tiempos de la Universidad del Norte en la carrera de Ingeniería Comercial. El resultado, plasmado en un documento, propone la necesidad de establecer áreas de desarrollo prioritarias, las que se presentaron bajo un triángulo con tres niveles, en cuya cúspide se encontraban las áreas de agronomía en zonas áridas y arqueología.

La elección se explicó porque en ambas áreas la universidad tenía significativas ventajas comparativas dada la aridez del entorno geográfico y la existencia de los valles de Azapa y Lluta en medio de esta aridez. En un segundo nivel, en apoyo al primer nivel se proponían las áreas de ingeniería y de economía, y en un tercer nivel el área asociada a la educación y las ciencias sociales como soporte de las anteriores. El fundamento de este ordenamiento residía en la necesidad de priorizar dados los escasos recursos disponibles para atraer académicos con miras a desarrollar todas las áreas al más alto nivel. Esta propuesta no fue aceptada, optándose por no priorizar área alguna dejándose en libertad de acción para que todas las áreas se desarrollaran en igualdad de condiciones.

Con el tiempo esas áreas que habíamos definido como prioritarias, se encuentran al más alto nivel dentro de la Universidad de Tarapacá, ganándose su espacio en igualdad de condiciones, pero muy probablemente a un mayor costo de lo que habría sido bajo un esquema como el que habíamos presentado hace ya más de 30 años atrás. Hoy la Facultad de Agronomía está especializándose en agricultura en zonas áridas, y el área de arqueología junto con ser capaz de atraer académicos de nivel mundial tiene una revista reconocida internacionalmente, organizar pasantías, congresos, conferencias, con invitados extranjeros. De hecho, entiendo que son las dos áreas que en la actualidad más se destacan en la universidad.

 

 

agosto 08, 2025

¿Qué entendemos por liderazgo?

Foto de KOBU Agency en Unsplash

Se escribe mucho sobre liderazgo, término que percibo un tanto manipulado. Yo mismo corro el riesgo de caer en lo mismo. Hay mentorías, coachings, talleres, etc. donde se intenta de todo, desde enseñar cómo ejercerlo, qué se debe hacer, qué no se debe hacer. Como si ser líder fuese algo a proponerse, adoptar ciertas posiciones, conductas o actitudes. No tengo claro si es algo que se aprende ni cómo se aprende, ni si depende de contextos, de ámbitos.

¿Qué se entiende por un líder? Tengo mi propia definición puesta sobre una mesa en el valle de Azapa, allá en Arica, en una parcela de Patricio Arancibia, durante un almuerzo con quien en esos años era sacerdote jesuita, Renato Hevia, cuando era director de la revista Mensaje. Fue a fines de la década de los 80. Renato dijo que un líder es quien reúne tres características que rara vez se dan copulativamente: es un soñador, un realizador y un pensador. Los “normales” solemos tener una o a lo más dos de estas características, pero rara vez, las tres. Rara vez, un soñador y que además sea pensador, también sea un realizador. Y así. Perdonen este paréntesis, pero cada vez que leo algo relativo al liderazgo, inevitablemente se me viene a la memoria este almuerzo en medio de olivos centenarios donde nos sirvieron un exquisito pollo al jugo en una hermosa olla de greda.

Parece ser una definición suigéneris, muy específica, pero que encierra mucho y no excluye, deja abiertas otras posibles definiciones, dependiendo del cristal con que se mira y el terreno que se pisa. Me pregunto ¿Es posible “fabricar” un líder? No lo veo posible, no creo que sea llegar e inscribirse en cursos para salir de ellos como un líder. Va más allá de cursos. Tiene más que ver con una cosmovisión, con una formación, con una personalidad, un carácter.

Se suele asociar a quien manda, a quien está en la cúspide del poder. No necesariamente. Diría que es quien influye implícitamente, quien es capaz de orientar sin mandar ni pautear ni rodearse de “yes man”, operadores o adherentes. No necesariamente planifica, simplemente incide por su propio peso, por ser quien es, sin fisuras, sin dobleces. Es quien direcciona naturalmente, sin forzar nada.

No lo veo como algo a proponerse. No es llegar y decir me propongo prepararme para ser líder en algo en particular, ni probando, experimentando. No veo al líder actuando primero y pensando después. No busca certeza ni seguridad, tan solo confianza. Acepta errores. Piensa y actúa en consecuencia. El hecho de pensar no lo exime de equivocarse, de fracasar a la hora de actuar. Liderar no es solo hacer. como sostuvo Hevia, liderar es hacer, pensar y soñar. Es esta triada la que nos permite liderar. Y si se ha de predicar, tendrá que ser a punta de una vida ejemplar, no a punta de palabras que se lleve el viento.

Aprovecho de recordar una vivencia, memorable por lo demás, en mis tiempos mozos. Estando en un campamento de boy scouts, en la década de los 60, no recuerdo porqué fui incorporado a un grupo de castigados, por lo que en una noche de luna llena, o casi llena, a todos los castigados nos pusieron en fila india. Éramos unos 20 y frente a nosotros estaban los 3 o 4 jefes que debían castigarnos haciéndonos pasar las penas del infierno vía “tiburones”. Sin pensarlo, viendo que éramos mucho más los castigados que los castigadores, doy un paso adelante con una arenga: “A rebelarse señores”. Todos se quedaron mirándome, como pensando “este está loco”.  Nadie reaccionó, por lo que las penas del infierno cayeron sobre mí, sufriendo doble castigo. ¿cuál fue mi error? Estas cosas no se improvisan, hay que pensarlas, planificarlas, compartirlas. Nadie tenía en carpeta mi proclama revolucionaria. Debí haber planificado la rebelión, haberla compartido. Desde entonces, antes de tirarme a la piscina intento ver si hay agua en ella. No es llegar y tirarse al dulce. En todo caso que me tire o no me tire, que tenga o no certeza, no me hace liderar nada porque es algo más que eso.

julio 08, 2025

Ernesto Azorín


Llegamos casi juntos a Santiago de Chile, en octubre de 1962, al entonces aeropuerto de Cerrillos. Venias con tus padres desde México; yo desde Uruguay; tú como consecuencia de que tu padre se había ganado un concurso en la CEPAL; yo por quedar huérfano y ser acogido por mis tíos y primos. Nos conocimos en 1963, en los boys scouts de la Iglesia de El Bosque, en ese tiempo regentada por Karadima. Tus padres te matricularon en el Grange School, allá en Príncipe de Gales, para aprender bien el inglés; mis tíos me matricularon en el Santo Thomas Morus, en Pedro de Valdivia, al lado del Jean D’Arc, para que no perdiera mi alemán. En estos colegios, tanto tú como yo nos sentíamos como pollos en corral ajeno.

Con los boys scouts nos tocó estar en la misma patrulla, Los Cóndores, nombre que no recordaba, pero que tú sí recordabas bien. Estuvimos juntos en varios campamentos, siendo los más recordados los de Collipulli, en el fundo de los Bunster, y el de Cunaco, en el de la familia Arrigorriaga. Tu memoria, infalible, recordaba hechos que yo no recordaba para nada, como que tú eras mi ayudante de cocina, que desde entonces yo sabría preparar el arroz, en circunstancias que estaba convencido que había aprendido a cocinar cuando me casé gracias a mi señora. Por ti me enteré que me había casado en 1971 sabiendo cocinar.

Estando en uno de los campamentos de los boys scouts, en una oportunidad varios fuimos castigados, por no sé qué delito, a hacer no sé cuántas flexiones, tiburones, bajo la atenta mirada de los jefes, los zachems. Era una noche de luna llena, los castigados estábamos todos en fila frente a los verdugos. Sin mayor reflexión, ante el sentimiento de injusticia que me corroía, confiando en que sería secundado, di un paso adelante, con una proclama emitida a viva voz: “a rebelarse señores”. Nadie reaccionó. Mi rebelión fue sofocada sin dificultades, por lo que terminé siendo castigado doblemente. Años después, con tu racionalidad a toda prueba, me dijiste que no atinaste a reaccionar, que te pilló de sorpresa, que estás cosas no pueden hacerse de golpe y porrazo, que requieren ser preparadas, planificadas, no arrestos individuales que queden como meros saludos a la bandera. Así nos fuimos conociendo. Así fui aprendiendo.

Poco después nos reencontramos en la universidad, en Beaucheff, a donde ambos entramos a estudiar ingeniería en tiempos que debíamos rendir un bachillerato y que ambos sorteamos bien. Tú en 1° A y yo en 1° E porque la distribución era por apellido. Allí tuvimos un amigo común: Carlos Barceló, con quien estudiábamos aprovechando que él era, y es, organizado, ordenado, meticuloso y vivía en un apartamento tranquilo, cómodo, en Providencia, al fondo de la calle Félix Cabrera.

En algunas oportunidades nos juntábamos a estudiar en mi casa, en Pedro Torres, o en tu departamento, en San Sebastián. Allí siempre me encontraba con tu madre, de rostro siempre severo, atenta, y a tu padre, leyendo, interesado por todo.

En el verano de 1967, luego de llegar a Coquimbo con Carlos en su Citroneta, de donde era originario, y donde vivían sus padres hicimos un viaje a dedo desde La Serena. A La Serena nos fue a dejar Carlos en su Citroneta, a Arica. No sé cómo llegamos a Arica, pero tú recuerdas anécdotas que yo no recuerdo para nada. Desde Antofagasta nos llevó una camioneta que iba a Arica, pero que tenía que pasar por Iquique. Le dijimos que no importa y nos subimos. En Iquique nos dejó en la plaza diciéndonos que en una hora más volvería a recogernos. Para no andar con las mochilas a cuesta dejamos todo en la camioneta. A la hora estábamos de vuelta en la plaza para seguir viaje, pero la camioneta no aparecía. Nos miramos, no teníamos nada, ni un peso en el bolsillo, todo estaba en las mochilas. No teníamos ni para llamar por teléfono avisando que quedamos con los bolsillos vacíos. Ya estábamos por ir donde la policía denunciando lo vivido cuando aparece la camioneta. Se había retrasado, sus diligencias habían demorado más tiempo del previsto. Eran tiempos sin celulares. Nos volvió el alma al cuerpo prosiguiendo viaje, ahora rumbo a Arica, donde mas adelante el destino quiso que viviera 21 años.

En Beaucheff vivimos años políticos bravos de los que no era fácil sustraerse: tiempos de reformas, de flexibilización curricular. En cursos superiores, seguimos distintos derroteros. Tú te inclinaste por ingeniería matemáticas, yo también, pero a poco andar me cambié a ingeniería civil industrial. Viene el golpe. Tú terminas la carrera y te vas a hacer un doctorado a Francia. Pero antes de partir, te casas con Denise, tu compañera desde entonces hasta el día de hoy, a quien conociste vía su hermano Lucho quien también fue compañero nuestro. Con Carlos estuvimos en tu matrimonio amenizado por Sergio Polanski, otro compañero de esos tiempos, con su órgano Yamaha en tiempos de ritmos frenéticos.

Las circunstancias me llevan a Arica. Tú regresas a Santiago de tu doctorado al departamento de Ciencias de la Computación. Nos reencontramos en un congreso de computación en Valdivia, y también en Arica donde fuiste a dar una charla, ya no recuerdo sobre qué. Entre 1983 y 1985 me voy a España a estudiar un master en informática, reencontrándome, una vez más contigo. Allá te habías ido. A poco de llegar nos vamos un día a Alcalá de Henares, dándonos a conocer su universidad y su paraninfo, la casa de Miguel de Cervantes, y las almendras garrapiñadas típicas de allá. A través tuyo empecé a conocer los distintos estilos arquitectónicos al darme a conocer sus respectivas características: el churrigueresco, el herreriano, el barroco, el románico, y así sucesivamente.

Estando allá, tus padres un día nos invitan a ir a Cerceda, un pueblo en los alrededores de Madrid, donde tenían un departamento. Allá fuimos y pasamos un lindo día. Luego todo apunta a que regresaste a Chile, creo que a mediados del 85. Eran los duros años del innombrable, los años de la Universidad de Chile NO.

Sin mayores esperanzas postulaste a un puesto en la Comisión Económica Europea. Denise, más apegada al familión que tenía en Chile, no veía con buenos ojos esta partida, pero tú sentías que el clima político en Chile ameritaba buscar nuevos horizontes. Contra todo pronóstico, ganaste el concurso y partieron con camas y petacas para clavar estacas con vuestros dos hijos, María José y Sebastián. Te fuiste con el propósito de asentarte definitivamente.  Todo fluyó, a gusto, trabajando en Bruselas y viviendo en Luxemburgo. Este último país lo hiciste tuyo, a punto tal que te luxemburguesaste a mucha honra.

En uno de tus viajes a Chile con Denise, y habiéndome ido de Arica a trabajar a Talca, nos llega una invitación tuya desde Luxemburgo para asistir al matrimonio de tu hija María José en Santiago de Chile porque acá residía el familión de Denise. Fue un precioso matrimonio en el que tuvimos el gusto de compartir mesa con Carlos y Norma, nuestros amigos de siempre. 

Posteriormente, en otro de tus viajes a Chile, reencontramos en Viña del Mar, en el pequeño departamento que habíamos comprado con Cielo. Encuentro que programamos para que vinieras con Carlos, donde a última hora se bajó Carlos por un resfrío de su esposa. Entre paréntesis, recordemos que Carlos es reacio a viajes, le incomodan. Lo concreto es que llegaste solo, en bus. Desde la estación de autobuses de Viña nos fuimos caminando al departamento poniéndonos al día luego de años sin vernos.

Poco después te pierdo la pista. Te escribo sin respuesta. Por años. Nada sabía de ti ni de los tuyos.  Hasta que un día, mi hijo, quien vivía en Barcelona, me cuenta que por esas casualidades de la vida, se había encontrado con Sebastián, tu hijo, quien por esos días, como médico, trabajaba en un hospital y era compañero de trabajo y amigo del marido de Constanza, prima de mi hijo. Conversando y conversando, atando cabos se empiezan a percatar que sus respectivos padres se conocían y eran amigos. En uno de mis viajes a Barcelona a ver a nuestros hijos que allí vivían, tuve ocasión de estar con tu hijo Senastián. Fue un encuentro muy especial. Quedamos en juntarnos  por el mercado San Antonio y no llegaba, lo que me extrañaba. Con Cielo ya nos estábamos resignando a que no nos encontraríamos, cuando de repente se aparece en bicicleta. Venía todo compungido, no tenía cómo avisarnos, que se atrasaría por una urgencia hospitalaria. El trabajo de los médicos es así. Lo concreto es que nos invita a un bar-cafetería-restaurante que conocía donde nos enteramos que estabas complicado, sin darme mayores detalles, y que esperaba que tú me los dieras, que él transmitiría mis saludos e interés por saber de ti porque hace años que nada sabía. Es así como a poco andar, me escribes que te había sobrevenido un accidente cerebro vascular, y luego una depresión de la que esperabas poder salir pronto.

Gracias a este fortuito encuentro entre nuestros hijos, volví a saber de ti y luego de insistentes correos de mi parte, me llega respuesta tuya, revelándome que te habían jubilado sin querer jubilar. Lo que se supone es un derecho, la jubilación, lo habían convertido, en tu caso en una obligación. Este hecho te habría desencadenado una profunda depresión que te sumergió en un pozo negro del que te costó mucho salir. Las partidas de tus padres, el no haber estado viviendo cerca de ellos también te afectó. Tus palabras transmitían mucho dolor. La figura materna te era muy fuerte.

Recuperar el contacto, la conexión gracias a nuestros respectivos hijos, nos hizo mucho bien. Nos escribimos casi a diario desde el año 2020 por más de 5 años, como para recuperar el tiempo perdido. En uno de tus viajes a Chile, tuve el gusto de recibirte en Talca, en mi casa a pleno campo, donde estuvimos rememorando viejos tiempos. Y hace unos pocos años nos reencontramos con Carlos, en Santiago, en su casa junto con Norma y Denise. Cielo se lo perdió. Ya no recuerdo por  qué no pudo ir. Un reencuentro memorable, donde recordamos viejos tiempos.

Siento una tristeza infinita con tu partida. Duele. Me queda el privilegio de haber tenido tu amistad, y la esperanza de que nos reencontremos en el más allá, arriba de alguna nube, de esas que tanto conocías tan bien, conversando sobre lo divino y lo humano.


abril 11, 2025

Luis Tapia Iturieta

Estando en San Vicente de la Barquera me vengo a enterar del fallecimiento de Luis Tapia, Ingeniero agrónomo, y quien fuera Rector de la Universidad de Tarapacá donde tuve el gusto de trabajar hasta el año 1995. Me entero a tan solo dos semanas que falleciera mi mejor amigo en Arica, Yanko Ossandón. Poco a poco, los viejos tercios nos estamos yendo. Unos antes, otros después.

Es el sino de la vida. Mientras tanto, la universidad, la institución que nos cobijó, sigue viva, rejuveneciéndose, renovándose y creciendo de la mano de nuevas generaciones que traen nuevas ideas luego de conjugarlas con la experiencia de quienes se están yendo.

Tristeza y alegría van de la mano. Tristeza por quienes se van, alegría por haber dejado buena siembra, por quienes están dejando en alto el nombre de la universidad. Nosotros no somos más que aves de paso, en tanto que las instituciones quedan. Pero para que las instituciones queden, y no solo queden, crezcan, se desarrollen, quienes se van tienen que haber dejado buena siembra.

Hoy es Luis quien se nos va. Tuve el gusto de conocerlo en los años 80, en tiempos del Instituto de Agronomía. Y a fines de dicha década, con ocasión del plebiscito del 88 afianzamos nuestra relación a raíz de nuestro mutuo interés por dejar atrás la dictadura. Es así como para la primera elección de rector, una vez recuperada la democracia, el rector electo, Jorge Urquhart, nos llama para acompañarlo en su gestión. A Luis, como Director de Relaciones Internacionales (RRII), y a mi como Director de Planificación.

En un día de 1993 que recuerdo con brutal nitidez, Luis viene a mi oficina, cuando ambos teníamos nuestras oficinas en el campus Velázquez para informarme que estaba molesto, descontento con la gestión del rector, que estaba pensando en renunciar a la dirección de RRII para postular a la rectoría en la próxima elección. Para estos efectos me consultó si estaba disponible para apoyarlo. Mal que mal, compartíamos similar pensamiento político.

Le respondí que comprendía su desazón por las características que estaba asumiendo la rectoría de entonces, pero que no podía responderle sin saber si el rector al que estaba acompañando en el equipo directivo, Jorge Urquhart, se postularía a la reelección; que contara conmigo si Jorge no iba a la reelección, pero si Jorge decidía ir a la reelección, yo tomaría palco sin apoyar a ninguno de los dos.

Personalmente no quería abandonar el barco hasta que no llegara a puerto, esto es, al término del período rectoral; quería probarme a mí mismo si era capaz de tragar los sapos y culebras que habitualmente demanda todo tipo de trabajo en equipo, ahora en un equipo directivo. Sin duda que no fue la respuesta que Luis esperaba.

Había decisiones y actitudes del rector de entonces, Jorge, que tenían muy molesto a Luis, razón por la cual un buen día decide postularse a la rectoría, desafiando al rector en ejercicio si éste resolvía presentarse nuevamente.

Finalmente, Jorge Urquhart, desoyendo a quienes le desaconsejaban presentarse a la reelección, decide hacerlo. Me pide el apoyo y le dije lo que le había dicho a Luis. Si se presentaban los dos, no estaría con ninguno, y volvería a mi hábitat académico, a mi departamento de computación e informática.

El resultado fue elocuente. El rector en ejercicio pierde estrepitosamente y Luis asume la rectoría en 1994, cargo en el que es reelecto 4 años después, dejando como huella indeleble una sólida y extensa infraestructura física.

En 1995, por razones familiares decido radicarme en la región del Maule para extender mi vida académica en la Universidad de Talca. Por ello presento mi renuncia, la que llega a manos del entonces rector, Luis Tapia, quien me cita a su despacho para invitarme a retirar la renuncia y reemplazarla por un permiso sin goce de sueldo por seis meses. Recuerdo muy bien esta reunión por la calidez demostrada. Me dijo: Rodolfo, uno nunca sabe, pide un permiso y si las cosas no se dan como piensas, vuelves que acá te recibimos con los brazos abiertos. Le agradecí emocionado la oferta. Le dije, gracias, pero no, no quiero irme mirando para atrás, con una patita acá y otra allá. Tenía que jugármela, no podía irme pensando en la posibilidad de volver. Luis entendió, y me despidió deseándome éxito. Asegurándome al mismo tiempo que en la Universidad de Tarapacá siempre tendría las puertas abiertas. Y así ha sido. Cada vez que he ido a Arica y recorro la universidad, los recuerdos, las amistades, los afectos resuenan.

Gran abrazo Luis, ya nos reencontraremos cualquier día de estos en algún lugar del universo.

marzo 27, 2025

Yanko, un gran amigo como pocos

¡Querido Yanko!

Te fuiste intempestivamente, sorpresivamente, en la plenitud de tus condiciones. Duele mucho tu partida, a los tuyos, a tu linda familia, a quienes fuimos tus amigos. Quienes tuvimos el privilegio de conocerte y compartir importantes momentos de nuestras vidas. Estamos desolados, intentando absorber una realidad en la que no somos más que aves de paso, hojas a merced del viento.

Tuve el privilegio de encontrarme contigo a poco de llegar a Arica, en 1974, cuando me incorporé a la sede Arica de la Universidad del Norte, donde te desempeñabas como profesor de Matemáticas junto con Jaime Rodríguez y Víctor Sánchez. Este último, el negro Sánchez, tu compadre de toda la vida, a quien estoy seguro ahora estás acompañando en algún lugar del universo. Eran tiempos bravos, en los que a fines de cada año solían haber purgas. En una de ellas, cayeron Jaime y Víctor. Tú te libraste de esa, así como de tantas otras que se vivían por esos años, gracias a una personalidad tranquila, paciente, quitada de bulla, además de caracterizarte por ser un excelente profesor.

En la segunda mitad de la década de los 60 la computación en Chile empezó a dar sus primeros pasos en la Universidad de Chile. Para su expansión a nivel nacional, en la década de los 70 se creó el Plan Nacional de Capacitación en Computación (PLANACAP), en el que te inscribes avizorando lo que se venía.

A tu llegada, comenzamos a impartir los primeros cursos de Computación en la Universidad, sin que existiera computadora alguna y debíamos circunscribirnos a elaborar programas computacionales en hojas de codificación a partir de diagramas de flujo, las que se iban al Centro de Computación de la U. del Norte en Antofagasta (CECUN). Allí los programas eran transcritos a tarjetas perforadas para su procesamiento. En un semestre a duras penas los alumnos alcanzaban a procesar un único programa luego de varias idas y vueltas a Antofagasta, y donde en más de una oportunidad, nos íbamos en bus junto con los alumnos, los fines de semana, para que los programas pudieran alcanzar a ejecutarse correctamente en el curso del semestre.

Tu personalidad era muy particular. Parco, de pocas palabras, ordenado, frecuentemente nos íbamos caminando al campus Saucache, luego de encontrarnos en 18 de septiembre con Borgoño. Lo mismo al regresar. En estas conversaciones, tú expresabas en un par de palabras lo que yo no sería capaz de hacer en 50 palabras. Envidiaba tu orden, tu oficina siempre impecable, la mía un desastre. Éramos polos opuestos.

Nuestro primer logro fue que la universidad adquiriera una máquina perforadora de tarjetas, de modo que ahora los programas computacionales escritos en hojas de codificación pudiesen ser transcritos a mazos de tarjetas. Luego se crea el Área de Computación al alero del Departamento de Economía y Administración de entonces. Nos sentíamos colonizadores, responsables de la introducción de la computación en Arica.

A fines de los 70, un vendedor de equipos computacionales, marca NCR, le ofrece un computador NCR Century 100 a Carlos Norambuena, dueño de Comercial Prat (CMPrat), quien era alumno de ingeniería comercial de último año, a punto de egresar. Un bien día, Carlos se aparece en nuestras oficinas para decirnos: yo tengo un computador y no sé trabajarlo; ustedes saben trabajarlo, pero no tienen computador, porque el que tiene la universidad está en Antofagasta. Les ofrezco que creemos una empresa donde yo pongo el equipo y ustedes el trabajo de echarlo andar y prestar servicios, donde yo como dueño de CMPrat sería el primer cliente. Si nos va bien, nos vamos a medias; si nos va mal, yo pierdo lo pagado por el equipo, y ustedes el trabajo que hayan realizado para echarlo a andar. Con Yanko nos miramos, y aceptamos. Era una oportunidad que teníamos que agarrar al vuelo. Nace PRODAT, empresa que consolidó nuestra amistad a nivel familiar y laboral, de confianza mutua, de nuestra capacidad para trabajar juntos, y para incorporar a la empresa a muchos de nuestros alumnos que tuvieron a PRODAT como su primera práctica y/o primer empleo -ahí están grabados a fuego los nombres de Mauricio Néspolo, Juan Carlos Gandolfo, Gonzalo Muñoz, René Solar, Marcelino Garay-. Los dos primeros se incorporaron en calidad de socios. Allí aprendimos que otra cosa es con guitarra. Todas las tardes, después de la universidad, nos íbamos a PRODAT a trabajar, por las noches y muchos fines de semana. Pasamos momentos de zozobra que sorteamos gracias a la confianza. Nuestras familias resintieron esto. Nuestros hijos eran pequeños y muchas veces se quedaban dormidos esperándonos. Fueron tiempos de sacrificio, de aprendizaje, de gloria y emprendimiento que intentábamos compensar algunos fines de semana viajando al valle de Codpa, adentrándonos hasta Guañicagua, al valle de Lluta o Azapa. Con nuestras familias, viajamos juntos a Uruguay, recorriendo las calles y parques de mi infancia.
A comienzos de los 80 se crea la Universidad de Tarapacá -a partir de las sedes Arica de las Universidades de Chile y del Norte- la que resuelve abrir las carreras de Ingeniería de Ejecución y Civil en Computación. Para estos efectos se crea el Departamento de Computación (DECOM) responsable de impartir dichas carreras, adoptando las más altas autoridades dos decisiones: contratar desde la sede Antofagasta de la Universidad del Norte a dos académicos, Ricardo Durán y Ante Vrsalovic; y enviarnos a seguir estudios de posgrado en el exterior. Todo esto con miras a reforzar las carreras y el desarrollo de la computación en la universidad. Decidimos seguir nuestros estudios de posgrado en la Facultad de Informática de la Universidad Politécnica de Madrid, España. Tú partes en 1982 y yo lo hago en 1983. Allá estuvimos juntos, con nuestras respectivas familias, un año, viviendo en Alcalá 290, Madrid, tú en un apartamento en el 3er piso, y yo en otro, en el 4to piso que tú nos conseguiste. Allá crecimos profesionalmente, académicamente, familiarmente, afianzando nuestros lazos de amistad. Eran tiempos de la movida madrileña, del alcalde Tierno Galván. Compartimos una navidad en Benalmádena, en plana Andalucía, la región de los pueblos blancos, y una semana santa el Mahamud, un pueblo en plena región de Castilla y León, con la familia de un compañero mexicano. Ese viaje a una España recién incorporada a la Comunidad Económica Europea (CEE), predecesora de la actual Unión Europea (UE), dejó huella. Es así como hoy, tu hija Paula vive en Italia, en tanto que los míos viven en Alemania.

Felices de la experiencia vivida, regresamos con mucho entusiasmo para volcar en favor de nuestros estudiantes el aprendizaje alcanzado en todos los planos, profesional, académico y personal.

En la década de los 90, tú asumes la dirección de DECOM con miras a su consolidación. En 1992, concurrimos juntos a un congreso de Informática de Sistemas en Santiago, la capital del reino. Mi sordera ya estaba limitando severamente mis capacidades de comunicación, por lo que mi señora me conminaba a usar audífonos. Aproveché el viaje a Santiago para ir a probarme audífonos para comprar y usar. Tú me acompañaste. El audífono me incomodaba. Al salir a la calle con audífono escuchaba ruidos que no había escuchado nunca y que me molestaban. Tú , a mi lado me decías, paciencia, es cosa de tiempo. Aguanta Rodolfo. Yo solo quería volver al local para devolver el audífono. Con la calma que te conocimos, insististe en que no me dejara doblegar. Que debía volver a Arica con el audífono, que era tan solo cosa de tiempo. Así fue. Ahora sin audífono soy hombre muerto. Doy cuenta de esto porque retrata de cuerpo entero el privilegio que tuve de contar con tu amistad.

Posteriormente, cuando separamos aguas al irme de Arica y venir a Talca, seguiste creciendo. Contra viento y marea, diste origen a la vertiente virtual de la Universidad de Tarapacá, permitiendo que ella fuera pionera en la creación de carreras on-line. Seguimos en contacto, siguiéndonos la pista. Nos volvimos a ver en Talca, en Santiago, en Arica, en Viña y en Concón. Yan con nuestros hijos grandes, con nietos. Nuestras conversaciones ya giraban en torno a la salud, la jubilación, el devenir de los hijos.

Más allá de lo mencionado, me atrevería a afirmar que tus mayores logros fueron haber constituido, junto con Zuny, una gran familia con dos hijos de bien, haber sido un partícipe clave en la formación de muchas generaciones de profesionales, y ser un amigo de fiar como pocos.

Querido Yanko, cuesta asumir tu partida, y busco consolarme con la idea de que más temprano que tarde nos reencontraremos para ponernos al día. Saluda a Víctor y a Jaime cuando los veas. Un abrazo!

Rodolfo