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agosto 01, 2026

La famosa curva de Laffer

Llegó a Chile, Arthur Laffer, invitado por Res Pública e Ideas Republicanas, dos think tank de derecha. Llegó para dar un ciclo de conferencias en la Universidad del Desarrollo y traernos la buena nueva de las bondades que traen los recortes de impuestos. Su visita se enmarca dentro de lo que dentro de la ultraderecha se la llamado la gran batalla cultural en que están empeñados para combatir a los zurdos, al zurderío.

Entrevistado por The Mercury Times sostuvo que, en referencia a la mega reforma en trámite legislativo “Ahora creo que Chile ha retomado el rumbo”. Esto es, viene a decirnos que estaríamos haciendo bien las cosas.

Pero ¿quién es Arthur Laffer? Es un economista estadounidense conocido por darle nombre a un gráfico donde se relaciona la tasa de impuestos con la recaudación fiscal. La famosa curva de Laffer escrita en una servilleta. Digo famosa porque nació en diciembre de 1974, en una reunión en el restaurante del Washington Hotel con altos personeros del gobierno de Gerald Ford, cuando se le pidió que explicara su tesis de que subiendo mucho los impuestos no necesariamente aumenta la recaudación del Estado. Para explicarlo Laffer agarró una servilleta que tenía a mano y dibujó la curva en ella, la que ilustra el inicio de esta columna.

Laffer, en la década de los 80, fue asesor económico de la administración del presidente Ronald Reagan e influyó fuertemente en los recortes fiscales implementados en esos tiempos. Recortes implementados tanto en EEUU como en la Inglaterra de Margaret Thatcher, y que ahora están reverdeciendo en manos de Trump y sus boys. Acá ya tenemos una pista de porqué se le trajo. Para respaldar la mega reforma de la dupla Kast-Quiroz.

Pero ¿qué nos dice la curva de Laffer? En simple, si la tasa de impuestos es 0, el Estado no recauda nada. Sin impuestos el Estado no existiría, el sueño de no pocos libertarios o iliberales. En el otro extremo, si el impuesto es 100, esto es, del 100%, tampoco recaudaría un solo peso por el simple hecho de que nadie produciría bien o servicio alguno. Esto último, porque nadie emprendería un negocio para que todos sus ingresos se los lleve el Estado.

Entre medio de estos dos valores (0 y 100) está la curva de Laffer, representación gráfica que se caracteriza por ilustrar el crecimiento de recaudación por parte del Estado a medida que aumenta la tasa impositiva. Esto se reconoce como tal hasta cierto valor. Pasado dicho valor de la tasa impositiva, la recaudación fiscal empieza a decrecer hasta llegar a 0 cuando la tasa pasa a ser del 100%.

La madre del cordero reside en identificar el punto óptimo, esto es, el valor óptimo de la tasa impositiva, en el que se maximiza la recaudación estatal.

Si se nos pasa la mano, esto es, aplicamos una tasa impositiva mayor corremos el riesgo de disminuir el nivel de actividad económica y de alentar el fraude fiscal, con lo que en vez de recaudar más terminamos recaudando menos. Como quien dice, fuimos por lana y salimos trasquilados.  

Si, por el contrario, aplicamos una tasa impositiva menor al punto óptimo, habiendo espacio para subirla sin afectar la actividad económica ni estimular el fraude impositivo, corremos el riesgo de déficit fiscal y/o de disponer de un Estado sin la capacidad para proveer los bienes/servicios que se le exigen.

En resumen, ni tanto ni tan poco. Unos empujan hacia abajo, otros hacia arriba. Y el tema se complica si nos adentramos en la estructura de la tasa impositiva y a quienes afecta, quienes se benefician y/o perjudican con un valor u otro.

La tesis que sostienen quienes promueven la baja de impuestos es que los recortes se pagan solos dado que generarían crecimiento económico, y éste una mayor recaudación impositiva que compensa la baja de impuestos. O sea, la tesis de que los recortes se pagan solos y con creces.

Una tesis sin evidencias empíricas. En la práctica, lo que se ha visto al final del día, es que los recortes terminan en déficit fiscal. Efectivamente tiende a generar crecimiento, pero un crecimiento insuficiente para evitar el déficit fiscal.

julio 10, 2026

Neoliberalismo: antes y después

Fuente: https://gemini.google.com/app/8f5dc11099a59519 

El déficit se produce cuando los costos en que se incurre son mayores que los ingresos que se generan. Esto es válido ya sea que estemos hablando acerca del presupuesto personal, familiar, empresarial, comunal, regional, nacional o internacional.

Si se dispone de ahorros, éstos pueden ocuparse para financiar el déficit, o para que no se manifieste, y/o el déficit se financie mediante endeudamiento con terceros, lo que supone que a futuro se espera, o confía, disponer de ingresos por sobre los costos.

En un pasado no tan remoto, cuando no se disponía de un mercado financiero crediticio tan “robusto” como el que tenemos hoy, hablar de endeudamiento eran palabras mayores. Solo nos endeudábamos en casos extremos, como es el caso de comprar una vivienda en el caso de una familia, o de grandes maquinarias para el caso de una empresa.

Pero el caso es que en algún minuto esto cambió. Tal como el plano histórico del mundo occidental se divide en antes y después de Cristo (AC y DC), en el plano financiero podríamos hablar de antes y después de las tarjetas de crédito. Lo digo porque a partir del nacimiento de las tarjetas de crédito la capacidad de consumo se disparó de la mano de un marketing a la vena marcada por una publicidad apabullante que jugó psicológicamente con las aspiraciones de las personas.

Y este antes y después de la aparición de las tarjetas plásticas de crédito en las décadas de los 70 y 80, por esas casualidades de la vida, coincide con el arribo del axioma neoliberal que tan bien encarnaron en su tiempo Reagan y Tatcher en EEUU e Inglaterra, y nuestro innombrable en Chile vía manu militare.

Por tanto podríamos hablar que el tiempo se divide ya no en AC y DC, sino en AN y DN, esto es, antes después del neoliberalismo. Así como estamos viviendo en el año 2026 después de Cristo (DC), en términos económicos-financieros podríamos estar hablando de que estamos en el año 50 DN si creemos que el neoliberalismo nace en 1976. Es cosa de fijar esta u otra fecha.

Lo digo porque da la impresión que no podríamos volver atrás, que habría que dar por sentado que el neoliberalismo llegó para quedarse. Uno conversa con un neoliberal y es algo de Perogrullo, indiscutible, axiomático, que no hay por donde perderse y que cuando celebremos el primer centenario, esto es, el año 100 DN, los progresos pueden llegar a ser tales que nos encontraríamos en el mundo de bilz y pap, en la tierra prometida.

Quienes adhieren al dogma neoliberal no se cansan de vanagloriarse de los avances alcanzados, así como de los perfeccionamientos efectuados en este primero medio siglo. Incluso más, todos los esfuerzos por desmontar el neoliberalismo habrían chocado frente a una realidad que solo invita a perfeccionarlo para su consolidación. Proceso histórico que sus adherentes consideran como irreversible. En esto se asemejan a quienes hablan de la irreversibilidad de los procesos. Bien sabemos que todo es reversible, que solo el tiempo es irreversible. Minuto que pasa, no vuelve.

Todo un tema dado que estos primeros 50 años DN se caracterizan por no tener precedentes en las más diversas esferas, tanto positivas como negativas. Basta ver los logros en el campo científico-tecnológico, en destrucción masiva, en desarrollo espacial, en superación de la pobreza, así como en producción de pobreza, en incremento de la desigualdad, en disponibilidad de bienes y servicios, en precarización del trabajo y en tantos otros ámbitos.

Sin darme cuenta, me he ido por las ramas porque partí con el tema del déficit y después me he ido en volada a otros confines. Lo concreto es que los déficits que vivíamos en los años AN persisten a 50 años DN, pero su contenido, su estructura es otra, muy distinta. AN no existía la capacidad de déficit económico que existe actualmente, pero sin duda que existía un déficit, pero era un déficit de consumo, dado que la pobreza se expresaba en desnutrición, en alta mortalidad infantil, baja esperanza de vida. Hoy el déficit es de otro tenor, es un déficit económico en su origen, pero que se extiende a un déficit de estabilidad laboral, familiar, social. El piso se mueve más que nunca, excepto para los que están arriba.

julio 05, 2026

Intentando entender el anarcocapitalismo (parte 3)

Foto de Specna Arms en Unsplash

En relación con las Fuerzas Armadas (FFAA), Murray Rothbard sostiene que no deben existir bajo ninguna circunstancia por visualizarlas como el “brazo armado” del Estado. Y como tal, el Estado tiende a utilizarlas ya sea para embarcarse en guerras de conquista de territorios y expansión del poder, como para reprimir protestas internas y forzar a la población a financiar, vía impuestos, el monopolio de la violencia estatal representado por las FFAA. Consistente con lo expuesto, Murray se opone al servicio militar obligatorio, que asemeja a la esclavitud, donde el Estado obliga a jóvenes para que mueran o maten en guerras decididas por políticos.

En su análisis de las FFAA, Murray constata la existencia de un espacio de corrupción entre las empresas fabricantes de armas y la alta oficialidad armada estatal dados los jugosos contratos implicados. A esto se agrega la fuerte propensión a generar tensiones geopolíticas que inflan los presupuestos militares. Surge entonces la pregunta ¿cómo se defiende un país frente a un ataque armado si no tiene FFAA? Murray responde que la mejor defensa sería por la vía de las milicias ciudadanas y guerrillas voluntarias, junto con empresas armadas de defensa privadas.

Esta postura se basa en que a lo largo de la historia se ha comprobado que ejércitos profesionales regulares estatales de alto costo pueden ser derrotados por fuerzas irregulares organizadas a nivel local y bajo un formato de guerrillas -Cuba y Vietnam son tan solo dos claros ejemplos-.

Las empresas armadas privadas tendrían un carácter eminentemente defensivo, de protección de los activos de sus clientes frente a cualquier ataque externo. En concreto, en materia de defensa, el anarcocapitalismo rechaza la existencia de FFAA estatales por verlas como un monopolio estatal de las fuerzas armadas financiadas con impuestos forzados. En su lugar el anarcocapitalismo y Murray proponen empresas de defensa y milicias voluntarias destinadas a la defensa de los implicados.

Murray concibe la defensa de ataques externos, como un bien o servicio privado a transar en el mercado como cualquier otro. Quien quiera defensa, que la pague; quien no lo quiera, no tiene por qué pagarlo. Esto es, propone la privatización total de la defensa nacional, donde el rol de las FFAA sería desempeñado por agencias de defensa privadas, las que competirían entre sí para ofrecer protección a los interesados y con recursos económicos para contratarlos. Estas agencias estarían conformadas por mercenarios, como suelen ser llamados. 

Por otra parte, habría empresas aseguradoras, las que se encargarían de invertir en prevención para evitar ser atacados y tener que pagar la destrucción que origina una guerra. Así como existe un seguro contra terremotos, existiría un seguro contra guerras. Si no contrato el seguro y hay una guerra que destruye mi casa, seguro no paga; si por el contrario, como consecuencia de una guerra mi casa es destruida, y he contratado el seguro, éste me paga el costo de la reconstrucción de la casa.

Murray lo resume afirmando que “la defensa nacional puede ser provista por el mercado igual que la comida”. Así de simple. La simplicidad elevada a su máxima expresión. Como para decir “Chao Estado”, “Adiós FFAA”, "Chao pescado”.

Confieso que me cuesta imaginar que no existan FFAA, ni un ministerio de Defensa, pero como hemos visto más arriba, Murray no se inmuta ante las objeciones convencido que mediante agencias de defensa privadas, empresas aseguradoras y milicias voluntarias, el tema de la seguridad queda mucho mejor resuelto y más eficientemente.

Imagino a Kaiser soplándole al oído a Kast que elimine las FFAA. Éste lo mirará feo como diciéndole: “¿Me estás pistoleando?”. Y Kaiser, con apoyo de Murray, le dirá que en el mundo actual las FFAA son ineficientes y corruptas, que más vale tener empresas privadas armadas que compitan entre sí por proveer un mejor servicio de seguridad. A esto agregaría que frente a un ataque externo, el agresor en vez de enfrentar a unas FFAA, enfrentaría a cientos de empresas privadas armadas y a miles de milicianos voluntarios. La defensa sería por la vía de una suerte de guerra de guerrillas.  

Esta mirada tiene muchas críticas, y no es para menos, porque cuesta imaginar que no se tenga una institución estatal como son las FFAA. Pero la historia tiene ejemplos de todo orden, ya sea de países sin FFAA (Suiza, Andorra, Lichtenstein e Islandia entre otros), como de países con FFAA que no han logrado imponerse ante guerrillas internas (Cuba, Nicaragua, Etiopía, Angola, entre otros), y de países con poderosas FFAA que han perdido guerras externas enfrentando guerrillas (EEEE en Vietnam y Afganistán, URSS en Afganistán, Francia en Argelia).

Es un tema para largo, pero lo que llama la atención en la actualidad es que los más cercanos al anarcocapitalismo, tienden a postular la necesidad de privatizar todo, pero nada dicen respecto de las FFAA y las fuerzas policiales.

Queda harto paño que cortar, pero por el momento quedaré hasta acá para no abusar de vuestro tiempo Espero continuar más adelante.

julio 04, 2026

Intentando entender el anarcocapitalismo (parte 2)

Fuente: https://chatgpt.com/c/6a49839a-6fa4-83eb-88ae-a84d43daa317

El anarcocapitalismo propone la supresión del Estado por considerar que coarta las libertades individuales e impide el pleno desarrollo de mercados libres sin restricciones ni reglas que lo entorpezcan. Sin Estado me pregunto quién se encarga de la justicia, de dirimir los conflictos, de la provisión de seguridad que suele estar bajo la responsabilidad de agentes policiales estatales dado que se consideran servicios de carácter públicos.

La respuesta que da Murray Rothbard, padre del anarcocapitalismo, es que la justicia y la seguridad no tienen por qué verse como servicios públicos de carácter "especial", sino que como servicios económicos al igual que cualquier otro servicio.

Lo que nos propone su modelo es, en lugar de una policía estatal, monopólica, disponer de múltiples agencias de protección privadas, tal como en la actualidad lo hacen las empresas privadas de seguridad que toda persona o empresa, interesada en su seguridad, contrataría. Así como cuando contratamos seguros contra incendios, contra robos, contra terremotos.

En vez de pagar un impuesto al Estado, pagas la contratación de un seguro de protección a la empresa que tú quieres, que te provea más confianza, más seguridad. Si no quieres, no contratas el servicio. Así de simple, y no pagas nada. Las empresas proveedoras de seguridad competirán por ofrecerte el máximo de seguridad, al menor precio posible, y tú eliges.

El trabajo de estas empresas se centrará en evitar y/o reducir la delincuencia porque las consecuencias de sus acciones deberán ser cubiertas por ellas. Si un delincuente roba a quien no está asegurado, -este pierdo lo robado; si por el contrario, robó a quien está asegurado, éste se verá resarcido de acuerdo al seguro contratado. En consecuencia, la misión de estas empresas será de carácter preventivo como disuasivo, buscando proteger las propiedades aseguradas y evitar que los delincuentes cometan delitos.

Respecto del tema judicial, de la provisión de justicia, frente a conflictos o delitos, Murray nos propone, en reemplazo de los juzgados estatales, tribunales privados de arbitraje donde los jueces y árbitros son elegidos y contratados por las partes en conflicto. Al igual que en el caso de la seguridad, acá las empresas responsables de proveer justicia, conformadas por abogados, serían contratadas por las partes comprometidas en un conflicto o delito.

También habría empresas aseguradoras de justicia. No me queda claro de dónde vienen estos jueces y árbitros. Probablemente se encuentren adscritos a empresas.

La justicia rothbardiana no requiere cárceles estatales ni multas dado que se basa en la indemnización económica a las víctimas por los daños causados y los costos de la captura del victimario. En caso que los victimarios no tengan los recursos para pagar a las víctimas, serían forzados a trabajar para empresas privadas destinando los sueldos a pagar a las víctimas hasta saldar su deuda.

Las críticas a este modelo no son menores, tanto desde una perspectiva de lógica económica como de factibilidad. En un mercado totalmente libre, sin regulaciones, las empresas más grandes, tanto para proveer seguridad como justicia, terminarían absorbiendo a las más pequeñas, por las buenas, o por las malas dado que no existe un Estado moderador. La paradoja reside en que al final del día la empresa más grande terminaría comiéndose a las demás. Sería una suerte de nuevo Estado, pero de carácter privado.

A lo señalado habría que agregar el tema de los fallos de mercado. Si en un barrio una familia contrata a una empresa de seguridad para el cuidado de su casa, la vecindad se ve indirectamente beneficiada con la incorporación de un vigilante. Es el caso conocido como el del polizón o del free-rider dado que hay un tercero que se beneficia sin pagar un peso.

En una sociedad desigual, y más si existe mucha desigualdad, ésta se expresará a la hora de contratar seguridad y justicia. Quienes tienen más poder económico, dispondrán de más y mejor seguridad y justicia. Si una persona no ha contratado empresa de seguridad por no disponer de recursos, y es asaltado. No tiene defensa alguna y el delincuente no es enjuiciado. En este esquema la vulnerabilidad de quien no dispone de recursos, es total.

En una tercera parte incursionaré en el pensamiento de Murray respecto de las FFAA.

Intentando entender el anarcocapitalismo (parte 1)

Intentando entender el ascenso del anarcocapitalismo que por estos días está viviendo tiempos de gloria de la mano de sus impulsores, he dado con Murray Rothbard, fallecido en 1995, y de quien este año se celebra el centenario de su nacimiento. Milei, Musk y otros lo recuerdan.

¿Quién es Murray Rothbard? Nació en Nueva York, en 1926, hijo de inmigrantes judíos, siendo su madre rusa y su padre polaco. Fruto de su experiencia como inmigrantes a comienzos del siglo pasado, ambos inculcaron en Murray valores orientados a la promoción del esfuerzo individual, a la valoración de la propiedad privada, y al rechazo a toda injerencia estatal.

Ahí reside el punto de partida de su anarquismo sustentado en su defensa radical de la libertad y un pensamiento hostil a la existencia de un Estado. Estudia matemáticas y economía, obteniendo los grados de bachiller y maestría en economía, doctorándose en la Universidad de Columbia con la tesis titulada El pánico de 1819: Reacciones y políticas. En ella analizó la primera gran crisis financiera de EEEUU, demostrando cómo la expansión del crédito bancario terminó por distorsionar la economía.

Políticamente es imposible encasillar a Murray dentro de las categorías de derecha e izquierda, porque unas veces respaldó a unos, y en otras ocasiones a otros. Rechazaba todo intervencionismo estatal, no solo el económico, sino que el militar, como lo prueba su rechazo a la guerra del Vietnam en los años 60.

En 1940, huyendo de la Alemania nazi, llega a Nueva York, Ludwig von Mises, a quien Murray conoce a fines de década cuando estaba haciendo su posgrado en la Universidad de Columbia. Pasa a ser su discípulo. En 1949 Ludwig publica su libro La Acción Humana, un tratado que deslumbró a Murray al encontrar en él lo que buscaba: una adhesión sin matices de la economía de libre mercado que incluía todos los elementos para su defensa.

Es a partir de entonces que Murray abandona el liberalismo clásico, abrazando la Escuela Austríaca (de economía) de Ludwig, convirtiéndose en un anarcocapitalista. En lenguaje actual, abandona las posturas de “la derecha cobarde”. Murray pasa a defender los derechos individuales absolutos basada en el derecho natural, promoviendo la eliminación total del Estado en todas las esferas de la vida, tanto pública como privada, la existencia de un mercado totalmente libre.

Estos conceptos los desarrolla durante su vida mediante múltiples artículos y se pueden encontrar en los siguientes textos claves de su autoría: “Hombre, economía y Estado” (1962), donde explica la economía desde la perspectiva de la acción humana individual; “Hacia una nueva libertad: El manifiesto libertario” (1973), donde se explaya sobre el funcionamiento de una sociedad sin Estado; y “La ética de la libertad” (1982), donde expone la base moral y filosófica de sus ideas.

Sus ideas pueden agruparse en los siguientes ámbitos:

Político: promueve la eliminación total del Estado sobre la base de que los servicios que provee pueden ser atendidos más eficientemente por empresas privadas en un mercado competitivo, incluyendo los servicios policiales, militares, y de justicia.

Economía: promueve el libre mercado puro, sin intervención gubernamental alguna en la economía, la propiedad privada, y la eliminación de los bancos centrales o estatales.

Ética: el Estado es visto como una organización criminal que se financia con impuestos coercitivos, y nadie tiene derecho a emplear la fuerza física o la coacción contra otra persona o su propiedad privada.

Cabe agregar que Murray fue un incansable activista político que cofundó el Cato Institute, cuna del conservadurismo económico norteamericano, y el Mises Institute, la institución destinada a preservar y difundir, no solo el legado intelectual de Ludwig, sino que Murray, así como de otros próceres del pensamiento anarcocapitalista que hoy abrazan algunos de sus más fieles seguidores que encabezan los destinos de algunas naciones.

En una segunda parte intentaré indagar en torno a cómo enfrenta Murray el tema de la seguridad, de la justicia, de la convivencia, de que el pez más grande no se coma al más pequeño, el más fuerte al más débil, el de la defensa cuando se es atacado. Aspectos todos que para mi resultan todo un misterio resolver sin que medie un Estado.


junio 28, 2026

Repensar la política industrial

Foto de Ant Rozetsky en Unsplash

Cuando el mundo estornuda, Chile se resfría, y si el mundo se resfría, a Chile le da neumonía. La razón es simple: somos un país altamente dependiente, con las ventanas abiertas de par en par que los Chicagos Boys nos han legado sin arbitrar las defensas necesarias.

En honor a la verdad, Chile siempre ha sido un país dependiente. Para reducir la dependencia económica en la primera mitad del siglo pasado se procuró un desarrollo industrial mínimo a sabiendas que no podíamos depender exclusivamente de nuestros recursos naturales. Teníamos la experiencia del salitre. Bastó que apareciera el salitre sintético para que su precio en el mercado se derrumbara y nos fuéramos al garete. La pampa nortina es muda testigo de lo que fueron tiempos de gloria pasajera.

La lección que se supone debió dejarnos es que, si bien siempre tendremos algún grado de dependencia, tenemos que procurar reducirla. Ser menos dependientes. Esto vale para todo, para un país, una región, un pueblo, una familia, para cada uno de nosotros.

Esta realidad impulsó al país hacia un desarrollo orientado a tener una base industrial mínima. Nacen la CORFO, EL Banco del Estado, la Compañía de Acero del Pacífico (CAP), la Empresa Nacional De Electricidad (ENDESA), así como tantas otras, todas bajo impulso estatal. Sin este impulso seguiríamos pateando piedras.

En este marco, la política arancelaria estuvo orientada a desalentar importaciones de bienes de consumo final, y a estimular las importaciones de bienes de capital y de insumos. Una política destinada a promover la sustitución de importaciones por producción nacional.

En eso estábamos cuando de la noche a la mañana, en 1973 y de la mano del innombrable, aparecen los Chicago Boys con su librito El Ladrillo en mano, donde nos dicen que acá hay que cortar por lo sano, que para qué producir acá lo que otros son capaces de hacer con mayor eficiencia y ofrecernos a menor precio. Mejor dediquémonos a producir aquello en lo que somos más eficientes. Así fue como se dio vuelta la tortilla, abriendo nuestras ventanas de par en par bajando los aranceles.  

¿Resultado? Lo que tenemos. La producción nacional se fue a la cresta, y con ella las empresas, el empleo. Para sortear la crisis nacen los programas de empleo mínimo (PEM), los programas de ocupación para jefes de hogar (POJH), los taxis colectivos, los cuidadores de coches en las calles. El empleo informal se multiplica. Las empresas productivas se transformaron en importadoras.

Si bien desde que el innombrable dejó la primera magistratura, pero manteniéndose al cateo de la laucha desde la comandancia en jefe del Ejército, esta política arancelaria se ha amortiguado, en su esencia, no es mucho lo que ha cambiado. Seguimos sin una política industrial propiamente tal, seguimos con una matriz exportadora concentrada en el cobre, y por tanto altamente dependiente del vaivén de su precio, en cuya fijación no pinchamos ni cortamos.

Desde que tengo uso de razón se habla de diversificar las exportaciones, de innovación, etc. etc. pero la realidad es que seguimos en las mismas, con algunos logros que no alcanzan a hacer cosquillas, esto es, a cambiar una realidad. La de que seguimos teniendo una economía extractivista, basada en la succión de nuestros recursos naturales sin mayor valor agregado.

Lo peor de todo es que seguimos con más de lo mismo, ahora bajo el pomposo nombre de “reconstrucción nacional”, donde se quiere crecer pasando a llevar al medio ambiente, a los trabajadores por la vía de arrasar con lo que despectivamente llaman la “permisología” y las conquistas laborales obtenidas a punta del sacrificio y lucha de quienes las impulsaron.

La política económica vigente no da para más. Es necesario repensarlo todo. Pensar en qué sector nos centramos para tener una base industrial mínima. Darnos un plazo para su desarrollo proveyendo todos los recursos necesarios para su sustento. Pasado dicho plazo debe ser capaz de sustentarse por sí mismo y apoyar a otros sectores.

Un ejemplo de lo que se puede hacer lo da Indonesia, donde no se puede exportar ningún recurso natural sin que tenga un valor agregado mínimo, esto es, sin algún grado de procesamiento industrial. Esto es, no se permiten exportar recursos naturales en bruto.

julio 15, 2025

Las políticas económicas de Jara y Allende

Foto de Andre Taissin en Unsplash

En una de sus columnas mercuriales en las que Sebastián Edwards dicta cátedra en torno a temas económicos, este 15 de julio, expresa preocupación frente a la candidatura de Jeannette Jara. Preocupación que nace del interés de la candidata por aumentar el salario mínimo a $ 750,000 y una política que fomente la demanda interna.

Para ello Sebastián nos invita a responder la pregunta ¿Lo que sugiere Jara ha sido implementado alguna vez en la historia? Él mismo se responde la pregunta en términos afirmativos, razón por la que después se pregunta ¿cuáles fueron los resultados de esta política? Para estos efectos hace un paralelo con las medidas adoptadas bajo el gobierno de Salvador Allende hace más de medio siglo atrás como parte de la política económica adoptada.

Sebastián termina afirmando que bajo tal política económica los salarios reales se derrumbaron, la producción industrial y agrícola colapsó, que el acaparamiento, desabastecimiento y mercado negro campearon, que el dólar real se disparó con relación al oficial, y que se desencadenó la inflación. Esto es, Jara pretendería implementar una política económica fracasada.

Pero lo que no hace Sebastián es contar la película completa. ¿Qué pasó realmente? El país tenía una importante capacidad productiva, tanto agrícola como industrial, ociosa, esto es, había un espacio para el crecimiento tanto agrícola como manufacturero que viabilizaba un mayor poder adquisitivo vía un aumento en las remuneraciones de los trabajadores sin que ello impactara mayormente en la inflación. Y así ocurrió en el primer año de gobierno.

Esto, en circunstancias normales, supondría todo un incentivo para mayores inversiones conducentes a aumentar la capacidad instalada que permitiera dar continuidad a una política de esta naturaleza. Estas mayores inversiones no tuvieron lugar por razones políticas. No solo no tuvieron lugar, sino que además se desató toda una campaña orientada a impedir que la experiencia chilena de implementar un “socialismo con sabor a vino tinto y empanadas” tuviera éxito. Campaña orquestada y financiada por la oligarquía chilena de la mano de The Mercury Times en connivencia de los EEUU.

Un análisis serio de la experiencia vivida bajo el gobierno de Allende no puede omitir tampoco que, hiciera lo que hiciera, estaba condenado a fracasar. El imperio y la oligarquía nacional habían dado prueba indesmentible de que no estaban dispuestos a que el gobierno de la Unidad Popular (UP) fuera exitoso: el secuestro y asesinato del comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider. Estaban dispuestos a todo. El gobierno estaba condenado a fracasar, hiciera lo que hiciera Allende. Poderes reales y fácticos ya habían dictado condena. Las cartas estaban echadas: había que hacer “gritar” la economía como lo ordenó Nixon en su minuto.

Lo señalado apunta a complementar lo que señala Sebastián en un intento por contar el cuento completo, sin sesgos. También apunta a la relevancia que tiene considerar factores difíciles de evaluar, pero que no se pueden dejar de tomar en cuenta para saber qué es lo realmente factible. Y esto vale, no solo para un lado, sino para ambos, izquierda y derecha. No es posible soslayar las consecuencias de no evaluarlas adecuadamente en base a la correlación de fuerzas existentes, tanto políticas, como económicas, sociales y militares.

Una gran lección que nos deja lo vivido entre los años 70 y 73, es que todo aumento de la demanda interna debe necesariamente ser acompañada de un incremento en la capacidad productiva del país. De lo contrario, el aumento en el salario mínimo o vital se nos escurrirá entre los dedos. Y la otra gran lección es que si no queremos terminar mal, se precisa de un gran acuerdo nacional entre el mundo del trabajo y del capital bajo un gobierno que lo aliente generando un ambiente propicio a ello.

Ir a la pelea, a los combos, a la imposición de unos sobre otros, es inconducente, o mejor dicho, nos condena al fracaso. Jugando al todo o nada ya sabemos cómo terminamos, con nada.

La idea de aumentar la demanda interna no es mala idea, sobre todo en el contexto mundial en que estamos con un imperio, el de EEUU, en manos de un presidente que está usando la política arancelaria como instrumento de imposición y vasallaje. Hay que perseverar en esta idea de modo de hacerla factible. 

mayo 21, 2025

Milei y las criptomonedas

Foto de Kanchanara en Unsplash

En las recientes elecciones legislativas de Buenos Aires, el partido de Milei, La Libertad Avanza (LLA), se impuso holgadamente, de la mano de su portavoz Adorni, relegando a un tercer lugar al candidato de PRO. Con ello ganó el gallito que sostenía con Macri, quien sufrió una fuerte derrota allí donde desde hace años era su feudo, el gran Buenos Aires.

Recordemos que a mediados de febrero de este año, hace poco más de 3 meses, Milei, como presidente de Argentina promovió la criptomoneda $LIBRA a través de las redes sociales, subiendo su cotización como la espuma en un 1300% en tan solo horas. Ni cortos ni perezosos, decenas de miles de inversores se sintieron atraídos en su compra con el aval de la publicidad que le había dado Milei. Lo concreto es que en pocos segundos, “alguien” tiró del mantel para que la cotización de la criptomoneda se fuera a pique, desplomándose. Quienes compraron la criptomoneda, creyendo hacer fortuna, se encontraron con que de la noche a la mañana lo invertido se les había desvanecido entre los dedos. En simple, se sintieron estafados, o dicho de otro modo: fueron estafados.

Y en medio de este escenario estaba el mismísimo presidente de la República Argentina, Javier Milei, el de la motosierra, el de viva la libertad carajo.

¿Por qué se desplomó la criptomoneda? Alentados por Milei, muchos la compraron, haciendo subir su valor, hasta que uno o más vivarachos, se desprendieron de los paquetes que tenían, vendiéndolos para aprovechar su alto valor. Su venta masiva produjo una abrupta caída en su valor ocasionando cuantiosas pérdidas a quienes habían comprado a alto valor.

Todo legal. Dado el escándalo generado, para sacudirse del escándalo generado, Milei conformó una comisión para determinar la existencia de fraude y encontrar a los responsables de lo ocurrido, haciéndose el desentendido, que inocentemente había promovido la criptomoneda porque creía en ella, que quienes estaban atrás eran serios.

Lo concreto es que nadie sabe qué hizo la comisión designada por el mismísimo Milei, que nadie recuperó su dinero perdido, apostaron y perdieron, que Milei se lavó las manos, nadie es responsable de nada. Y colorín colorado la comisión se acabó.

Sin perder tiempo, Milei aprovechó de inmediato la holgada victoria obtenida recientemente para disolver la comisión que él mismo había creado destinada a investigar a su propio gobierno por el escándalo de las criptomonedas. La disolvió sin arrugarse siquiera porque supuestamente, en palabras de su portavoz Adorni, “ya había dado respuestas a todos los requerimientos que se había autoencomendado”. Nadie conoce tales respuestas.

Moraleja: no hay que dejarse engañar con el cuento de ganancias rápidas, aun cuando el mismísimo presidente nos esté invitando a hacerlo. Ojo, que no es primera vez que Milei promueve una criptomoneda que termina yéndose a pique. Hace tan solo poco más de 3 años que siendo diputado de LLA hizo lo mismo promoviendo una criptomoneda, $VULC, que a las pocas semanas perdió todo su valor.

Hay que ser bien carajo. Y los argentinos lo siguen votando. Mientras tanto, sus admiradores chilenos y en todo el mundo, están creciendo a vista y paciencia de todos. ¿Nos estaremos volviendo locos?  ¿Nos estarán viendo las canillas?

abril 04, 2025

El día después de la guerra comercial desatada por Trump

Foto de visuals en Unsplash

Finalmente, Trump concretó lo que venía amenazando desde que estaba en campaña: alzar los aranceles a las importaciones procedentes de más de 150 países, declarando lo que en los países afectados denominan una guerra arancelaria.

El objetivo perseguido está dado por su slogan de campaña, hacer grande nuevamente a América (“Make Amerika Great Again” -MAGA) por la vía de reducir el déficit comercial y equilibrar el comercio exterior. Lo que buscan Trump y su gobierno, es proteger a la industria estadounidense, desalentando las importaciones de terceros países al encarecerlos por la vía de los aranceles, que no son otra cosa que impuestos a los bienes importados.

Esto lo está aplicando un gobierno de un país, EEUU, que por décadas ha estado promoviendo tratados de libre comercio destinados a facilitar el comercio exterior por la vía de la rebaja de aranceles. Tratados de libre comercio que han sido firmados con innumerables países por parte de gobiernos encabezados tanto por presidentes republicanos (Nixon, Ford, Reagan, Bush padre e hijo), como demócratas (Carter, Clinton, Obama, Biden).

Es claro que Trump está haciendo saltar por los aires lo preconizado por todos sus antecesores, incluyendo su propio partido, el republicano, del cual se ha apoderado gracias a su experiencia en el mundo de las comunicaciones, particularmente el televisivo, y su condición de multimillonario. No está de más recordar que Trump estuvo afiliado al partido demócrata al cual renunció, para después recalar en el partido republicano, del que logró tomar el control, desplazando a su dirigencia tradicional a punta de un discurso que tiene su origen en el Tea Party, una versión ultraconservadora republicana de origen religioso.

No es un misterio para nadie que Trump está buscando reventar todo un orden mundial que en su momento impulsaron los propios EEUU: un orden basado en la libre competencia, buscando facilitar el comercio mundial, por la vía de la reducción aranceles. Un orden mundial que si bien se inició al término de la 2ª Guerra Mundial, se vio reforzado en tiempos de Nixon y de Reagan, ambos republicanos al igual que Trump.

Richard Nixon lo hace en la década de los 70 ordenando a su canciller, Henry Kissinger realizar una visita secreta a la China de Mao con el propósito de reanudar relaciones diplomáticas, y por esta vía abrir y penetrar a un apetitoso mercado conformado por millones de chinos. Nixon y Kissinger hicieron la vista gorda a las características del régimen comunista imperante.

Y Ronald Reagan, también republicano, encabeza, junto con Margaret Tatcher, la cruzada neoliberal que perdura hasta hoy, donde se pregona que cada país produzca aquello en que es más eficiente, dejando que terceros países produzcan aquello en no se es eficiente.

El resultado de las acciones iniciadas por Nixon y Reagan fue todo lo contrario de lo esperado por ellos, que todo el mundo consumiera productos estadounidenses, producidos por empresas estadounidenses en EEUU. A lo largo de estas décadas el mercado norteamericano ha estado siendo invadido por bienes foráneos, y el mercado chino no ha logrado ser penetrado como se esperaba. Los campeones de la libre competencia fueron por lana y salieron trasquilados.

El declive norteamericano en el concierto mundial tanto productivo como económico, es manifiesto, al igual que la emergencia china. Esta constatación es la que a mi juicio explica el MAGA, las actuaciones de Trump. Actuaciones que parecen ser un intento por detener la decadencia de los EEUU y poner coto al crecimiento de la presencia china en el mundo.

La ofuscación de Trump la asemejo a la del matón del barrio que se apoya en la amenaza militar, donde aún ronca bajo el paraguas nuclear. Ofuscación que también es asimilable a la del berrinche del niño que ha perdido la pelota que creía suya. No se puede llevar gratis la pelota a su casa.

No hay otro camino que cerrarle el paso, plantarle cara y hacerle morder el polvo de la derrota. ¿Cómo? Mediante aranceles recíprocos, dejando de comprar productos de origen norteamericano, facilitando el comercio exterior entre nuestros países, fortaleciendo la producción nacional.

La gran lección que deja todo esto es que todo país debe tener una base productiva esencial mínima que le permita sustentarse con autonomía de las acciones de terceros. De lo contrario se corre el riesgo de quedar en pampa y aparezca un personaje como Trump que crea que nos tiene en sus manos. ¿Se entiende?

marzo 14, 2025

Guerra arancelaria

Foto de Антон Дмитриев en Unsplash

Ya antes de asumir, Trump había amenazado con aplicar aranceles a diestra y siniestra. Ya asumido no está haciendo más que concretar lo que no pocos temían: que hiciera realidad sus amenazas. Estirando más o menos la cuerda en función de las reacciones de los afectados. Partió con la vecindad inmediata -Canadá y México- para luego hacerlo con los países de la Unión Europea. Ya le tocará el turno a América Latina y a Chile en particular. Todo dependerá de cómo se porten los afectados, de la importancia que tengan para los EEUU y del poder que sean capaces de esgrimir.

¿Qué está explicando el afán de Trump por aplicar aranceles a todos los productos que importa? Trump salió elegido en gran parte con el argumento de que el mundo los estaba estafando gracias a la debilidad de los gobiernos demócratas que le precedieron. Debilidad que ha generado un mercado estadounidense que se ha estado llenando de productos importados, entre otros, los chinos.

Recordemos que las relaciones entre China y EEUU estaban rotas hasta 1971, año en que Kissinger hace una visita secreta a la China de Mao, visita que dio origen al establecimiento de relaciones diplomáticas y a la histórica visita del presidente Nixon a China. El propósito buscado por el entonces gobierno estadounidense, en manos del partido republicano, no era otro que abrir el gran mercado chino a las empresas de EEUU. Es así como las más grandes empresas de EEUU han terminado por instalarse en China aprovechando que allá sus costos son más bajos. Con el tiempo, tan solo medio siglo, les salió el tiro por la culata dado que el resultado final es el que estamos viendo: abrir a los chinos, no solo el mercado norteamericano, sino el mundial. Es así como hoy la producción china florece y la estadounidense languidece.

Esto es lo que ahora Trump parece querer revertir en su objetivo de “Make America Great Again” (MAGA). Para eso no ha encontrado nada mejor que implementar aranceles que encarezcan las importaciones para alentar la producción interna y por esta vía reactivar la economía interna.

Lo curioso es que esto está ocurriendo en el país que supuestamente promueve la libre competencia; donde desde la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago, por décadas se ha estado alentando la firma de tratados de libre comercio conducentes a eliminar aranceles al comercio internacional porque de esta manera cada país se dedica a producir aquellos bienes en los que es más eficiente.

La realidad, ha sido más fuerte. El concepto de eficiencia supone que todos operamos en y bajo las mismas condiciones, lo que en la práctica no ocurre. El mejor ejemplo lo dan los mismos chinos cuyas condiciones laborales son muy distintas a las de los países occidentales. También está el hecho de que existen gobiernos que protegen y/o alientan a sus empresas a exportar, con lo que la competencia se hace desleal (dumping), lo que se procura controlar, pero que habitualmente se logra sortear. El resultado es que no solo se impone quien es más eficiente en la producción y comercialización de bienes; sino quien tiene más capacidad para presionar económica, política y/o militarmente. El concepto de eficiencia va más allá del productivo.

Y lo que estamos viendo es que Trump recurre a todos estas presiones. Se cabreó de la diplomacia. El suyo es un gobierno del poder puro y duro, con garrote en mano, donde todo depende de las cartas que tengas como le hizo saber a Zelensky. Con las cartas que tiene, o cree tener, está declarando una guerra arancelaria que dejará secuelas al hacer tabla rasa con tratados económicos internacionales firmados por gobiernos de su propio país. Está convencido que le saldrá gratis. Creo que se equivoca.

agosto 23, 2024

Horas sin luz

Foto de Mike Labrum en Unsplash

A raíz de los recientes temporales, gran parte del país y millones de sus habitantes, han quedado sin luz, sin energía eléctrica, muchos de ellos por más de una semana. Todo esto en tiempos de una sociedad aun altamente dependiente de la provisión de energía por parte de empresas de distribución eléctrica. Empresas que desde los tiempos del innombrable están en manos privadas a partir de un simulacro de capitalismo popular que el tiempo se encargó de desmentir. Efectivamente, al final recayeron en quienes eran los más altos ejecutivos del sector público de entonces, muchos de ellos de las mismas empresas que serían privatizadas.

Ejemplo paradigmático de lo señalado, fue SOQUIMICH, hoy SQM, que prácticamente quedó en manos del yernísimo, Ponce Lerou. Otro ejemplo fue el de José Yuraszeck, en su tiempo gerente general de CHILECTRA, empresa responsable de la distribución y comercialización de energía eléctrica en Santiago y Valparaíso. En efecto, a la hora de la privatización adquirió para sí un importante paquete accionario que posteriormente vendió a Endesa España en lo que se llamó el negocio del siglo, conocido como el caso chispas. Ambos se privatizaron a su pinta, comprando a precio de huevo y vendiendo a precio de oro.

Todo en el marco de un proceso de privatización sustentado en el racional neoliberal cuya máxima es que el Estado, por su propia naturaleza, tiende a ser ineficiente, en tanto que los privados, por el contrario, tienden a ser eficientes. El fundamento es muy simple: el Estado no puede quebrar, en tanto que los privados sí pueden, aunque en la práctica la tendencia apunta a privatizar ganancias y socializar pérdidas.

Lo concreto es que las consecuencias de lluvias y vientos inusuales volvieron a poner sobre la mesa la propiedad y el desempeño de la empresa responsable de distribuir la energía eléctrica (hoy ENEL) para que el país -el aparato productivo y los hogares- se mantengan en pie. Esto, a raíz de la demora en la reposición del servicio de energía que afectó a tantos, no obstante los múltiples llamados realizados por el gobierno. Un gobierno que se vio impotente, sin capacidad para hacer nada, salvo exigir la reposición del servicio y amenazar con revocar la concesión a la empresa multinacional ENEL donde tienen una importante participación tanto el estado italiano como el estado chino.

Curiosamente, el estado chileno no está presente, no tiene pito que tocar, porque así lo dispuso la constitución política fraguada en los 80 y que no ha podido modificarse hasta ahora. El estado chileno no puede, pero sí otros estados. Uno podría pensar: lo que pasa es que el estado chilenos es por naturaleza ineficiente, pero otros estados, por el contrario, son eficientes. Confieso que no me calza. Tampoco me calza que la distribución de energía en Chile esté en manos de estados extranjeros, y que quienes hacen gárgaras con la patria, la bandera y otras hierbas, miren al techo en esta materia.

Y ahora no faltan quienes descubrieron que el problema no es de propiedad -estatal o privada- que da igual, que el punto está en la regulación, que ahí estaría la madre y el padre del cordero. Que el foco debe estar ahí, en la calidad del servicio, no en la propiedad. El problema no sería que ENEL haya actuado ineficientemente, sino que las regulaciones no habrían ido en la dirección correcta. Todo esto mientras paradojalmente las tarifas eléctricas suben y suben. Por momento pienso que nos están tomando el pelo.

Mientras tanto, seguiremos pateando piedras, caracterizándonos por ser un país lleno de cables y dando palos de ciego ante emergencias climáticas cada vez más frecuentes y de mayor envergadura.

junio 25, 2024

El modelito económico (parte 1)

Foto de Eilis Garvey en Unsplash
Esta columna consta de 3 partes, siendo esta la primera, y fue escrita en las postrimerías de la década de los 80, esto es, hace 35 años. La reproduzco, porque ilustra los tiempos que se vivían y porque creo que mantiene plena vigencia. En la columna, cuando hablo de la oposición estoy haciendo referencia a lo que después sería la Concertación.

Está de moda afirmar que el actual modelo económico imperante en Chile debe ser mantenido y reafirmado, si es que se desea un desarrollo sostenido, continuado y estable en nuestra economía. Incluso personeros de la oposición no resisten la tentación de considerarlo atractivo, al cual solo cabría realizarle algunos ajustes marginales. Este modelo cuyos adalides quieren llamar economía social de mercado (ESM), suele ser denominado de mercado a secas por los opositores en virtud de que de social nada tendría. Incluso algunos dudan que sea de mercado siquiera. Habiéndosenos empapado de eufemismos durante más de 15 años, uno de los que más ha penetrado en nuestros esquemas mentales es justamente este: el de hacernos pasar una dictadura económica por ESM. Otros eufemismos han ido quedando en el desván de los recuerdos -léase el de “pronunciamiento” en vez de golpe; “gobierno autoritario” en vez de dictadura; “racionalizaciones”, “reestructuraciones” en vez de despidos o cierres.

Lo que intentaré en estas líneas es bosquejar los motivos que me inducen a sostener que esta no es una ESM, sino que una dictadura económica con rasgos, apariencias de ESM.

Primeramente, precisemos y pongámonos de acuerdo respecto de qué entendemos por una ESM. Lo haremos a través de las características esenciales que debiera tener a la luz de los conceptos que ella incluye, de las experiencias y del devenir mundiales.

Los conceptos que la ESM sostiene son: economía, que tiene relación con la disponibilidad -abundancia/escasez- de recursos, su generación, distribución y consumo; social, que concentra la atención en la distribución de los recursos entre los distintos componentes de la sociedad; mercado, que sería aquella abstracción representativa de la confluencia de la oferta y demanda de recursos que definen sus precios.

Tras estos conceptos existe un conjunto de supuestos implícitos, tales como la concurrencia de múlti0les productores y consumidores, de tal forma que ninguno de ellos, individualmente, esté en condiciones de imponer el precio de ningún bien en particular; la libre movilidad de los factores, en particular los recursos de capital y los humanos; la transparencia en la información, esto es, que todos tengamos acceso equitativo a la información existente requerida para la toma de decisiones.

El rol que suele asignar la ESM al Estado puede ser tanto subsidiario, orientador, como planificador. Incluso cada uno de estos roles puede ser asumido en distintos matices, desde el directo al indirecto, del pasivo al activo.

Es justamente esta diversidad de roles que puede jugar el Estado, como las distintas realidades educativas, sanitarias, previsionales, poblacionales, distribución del ingreso y de la propiedad, las que posibilitan que bajo el nombre de ESM quepa tanto una economía capitalista (EC) como una economía socialista (ES). ¿Por qué entonces, moros y cristianos, hablan de ESM? Simplemente porque hoy “vende más”.

De hecho, las ES, vía “perestroika” y “glasnost” están incorporando al mercado como un asignador nada despreciable de recursos/precios para muchos de sus bienes. Las que no lo hacen están dando la espalda a la realidad, quizás por orgullo, quizás por tozudez, pero más temprano que tarde se cabecearán.

Por otro lado, las EC, muy a pesar de ellas mismas, no han podido reducir el tamaño de sus aparatos estatales. Todo lo que reducen de su rol natural, cual es el de reducir, atenuar, corregir la desigual distribución/dotación de recursos -cualesquiera que éstos sean-, no es para otra cosa que, para incrementar su rol militarista, coercitivo. Con los avances tecnológicos, al rol natural del Estado habría que agregarle el de cautelar y resguardar el uso de los recursos de forma tal que se preserven en cantidad y calidad para generaciones futuras y no se destruya el extraordinario equilibrio que nos ofrece la naturaleza. Un adecuado manejo de los recursos debe ser capaz de evitar talas indiscriminadas de bosques; de pescas y cazas que sobrepasen la capacidad de reproducción de las especies; etc.

Relacionando entre sí los términos EC, ES y ESM, dejando de lado definiciones peyorativas, podemos definir una EC como una ESM que pone énfasis en el mercado como asignador de recursos, y que eleva a un primer rango de importancia el derecho a la propiedad. Por su parte, la ES sería una ESM con el acento puesto en la distribución del ingreso, limitando al mercado como asignador de recursos/precios a aquellos bienes donde se cumplan los supuestos implícitos ya mencionados -pluralidad de oferentes y demandantes, disponibilidad de información, movilidad de factores, etc.-