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| Foto de note thanun en Unsplash |
Uno de los mayores problemas que está enfrentando Chile, se
inscribe en el ámbito educacional. No solo en Chile, sino que en numerosos
países. Me refiero a una suerte de degradación, desvalorización, a pesar de que,
en el discurso, en el papel, nos llenamos la boca afirmando que la educación es
muy importante. Llevo décadas escuchando esta música.
Una decadencia que se expresa en múltiples indicadores de
todo orden. El broche de oro lo acaba de poner el asesinato de una inspectora
en una escuela en el norte de Chile, específicamente en Calama, por parte de uno
de sus alumnos. Hoy se habla de instalar portales detectores de armas blancas
en las entradas de los establecimientos educativos. Este es un tema, el de la
violencia física al interior de ellos. Pero no es el único tema, puesto que
también está el del acoso escolar, bulling, en aulas y patios escolares.
Como si esto fuera poco, ahora también está el debate en
torno al impacto que están teniendo los celulares, las redes sociales, la
inteligencia artificial en el desarrollo de niños y jóvenes. Y para rematarla,
la crisis educacional se expresa en que estamos viendo jóvenes que egresan de
enseñanza básica sin saber leer ni escribir.
El drama reside en que esta crisis se ve multiplicada
desde el minuto que a la educación terciaria -universidades, institutos
profesionales y centros de formación técnica- está recibiendo anualmente
alumnos con menos conocimientos para cursar y rendir satisfactoriamente
estudios superiores. Cada vez son más quienes inician tales estudios sin
comprender lo que leen ni escribir sin errores ortográficos.
La paradoja reside en que al mismo tiempo que decaen los
conocimientos con el que los estudiantes ingresan a la educación terciaria,
aumentan las vacantes. Toda una paradoja que solo se explica por la desgraciada
y perversa asociación existente entre el financiamiento y la matrícula.
Así de simple: sin estudiantes, no hay financiamiento,
por tanto, mientras más estudiantes, más financiamiento. En este contexto, no
hay que ser muy astuto para constatar que los responsables de dirigir las
instituciones educativas no trepiden en abrir las puertas de par en par aumentando
las vacantes. Bienvenidos todos.
Y al interior de los planteles, en el marco de procesos
de acreditación, se piden indicadores de deserción, de titulación, de tiempos
de egreso, etc. etc. para que tales indicadores den valores “decentes” hay que
retener estudiantes, evitar que deserten; que egresen y se titulen lo más pronto
posible. Sin querer queriendo desde las más altas esferas de cada universidad,
instituto profesional o centro de formación técnica, se presiona para que los
valores de los indicadores sean “favorables”.
Todo esto va empujando a los profesores responsables de
la docencia, suave y lentamente, a rebajar exigencias, o lo que coloquialmente
podríamos llamar “a bajarse los pantalones”. Hay que tener cojones para resistir.
Para remate, al menos en las universidades, la docencia es la pariente pobre al
lado de la relevancia que se le asigna a la investigación.
En consecuencia, el docente si no investiga se encuentra
en una suerte de callejón sin salida, por lo que procura investigar, o hacer
como que investiga, a como dé lugar. Este es otro tema, porque para “demostrar”
que investiga, hay que ganar proyectos y publicar como sea. Pero esto es tema
para otra columna.
Ramón Espejo, catedrático de la Universidad de Sevilla,
con más de tres décadas de experiencia académica, sostiene que estamos ante un problema
estructural que afecta al modelo educativo no solo chileno, sino que de muchos
países. Un problema comparable al de un edificio cuyos cimientos, cuya base,
está completamente erosionada, y cuyas “deficiencias no son aisladas ni
corregibles con reformas parciales, sino que afectan al conjunto del modelo”.
Podemos simular que estamos hablando de un edificio cuyo
primer piso es la educación inicial, la que provee la familia y el ambiente en
que se desenvuelve; un segundo piso constituido por la educación básica; un
tercer piso en el que está la educación media; y un cuarto piso donde estaría
la educación superior. No escapará a mis queridos lectores que tal como están
las cosas, es imposible que quienes están en todos los pisos no se encuentren a
medio morir saltando aceleradamente, muy especialmente en el último piso.

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