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| Foto de Nikolai Kolosov en Unsplash |
La contratación de Bielsa como entrenador de la selección uruguaya
tuvo un propósito claro. No solo clasificar para el mundial que acaba de
finalizar, sino que para estar al menos dentro de los 4 primeros. Y transformar
al futbol uruguayo. Es claro que, si éste era el propósito, el fracaso fue
mayúsculo. Y así se siente. No es para menos. Si bien clasificamos para llegar
al mundial, no logramos pasar la primera ronda quedando ni siquiera dentro de
los mejores terceros. Y no transformó nada. Pero no solo por eso fracasamos.
Fracasamos porque al final del día tan solo quedaron resquemores, diatribas,
desencuentros, malestares.
Es imperativo preguntarnos ¿qué pasó? ¿en qué fallamos? Las respuestas
serán múltiples dependiendo del cristal con que lo miremos, pero aún así, haré
un ejercicio muy personal. Mal que mal me hice expectativas de que podríamos
llegar lejos con él.
No soy de los que cree que nos fue mal porque es argentino. Eso constituye
un chauvinismo que desconozco en los uruguayos. Tampoco soy de los que creen
que Bielsa nunca ha ganado nada, o porque habla sin mirar de frente.
A Bielsa no se le contrató por ser argentino, ni por ganar copas,
ni por ser de fácil trato, ni por simpático. Se le contrató porque su
convicción, su filosofía de juego, era lo que se aspiraba para la selección
uruguaya. Se le contrató para abandonar el juego defensivo, del contrataque, de
esperar el error adversario. Se le contrató para tener un Uruguay ganador, disciplinado,
profesional, dominador, en cancha rival, al ataque, donde todos atacan y todos
defienden. Y sus primeros partidos por
las eliminatorias deslumbraron.
Bielsa estaba en su salsa, feliz en Uruguay. Él mismo sentía que
su forma de ver el futbol, como un juego, en el que lo que importa es la
búsqueda del gol era compatible con la personalidad de los uruguayos. Él mismo
debe haber pensado que la simbiosis entre lo que él buscaba y los atributos de
los uruguayos, calzaba totalmente. Creo que en ninguna otra parte del mundo
podía sentirse más cómodo.
A Bielsa me tocó verlo cuando estuvo dirigiendo la selección
chilena. Curiosamente, en Chile se le quiere. Logró sacar trote a los
jugadores, levantar la autoestima a los jugadores. Logró cambiar el juego
defensivo habitualmente temeroso donde lo que más importaba era no perder, o
perder por lo menos posible.
El público chileno vió por primera vez un equipo que no entraba a
defenderse, sino que al ataque, no importando a quien se tenía al frente. Se podía
estar ganando por un gol y no por ello se retrocedían las líneas. El pressing
era permanente, persistente. Y los jugadores respondieron. No salieron
campeones ni mucho menos, pero marcaron una época. Impuso un estilo de juego
ofensivo que trascendió a su presencia.
En Chile lo que Bielsa veía como errores en el juego, se asumían
como tales para corregirse, ya sea por parte de los propios jugadores como desde
los medios de comunicación. En Uruguay, no. Lo que él veía como errores no se aceptaban
como tales, ni por jugadores ni por nadie, excepto los bielsistas.
En Uruguay, no sé en qué minuto, algo se volvió tóxico y todo
apunta a que pasó sin pena ni gloria. Que los conflictos de camarín y sus
obsesiones le pasaron la cuenta.
A Bielsa no hay que evaluarlo tan solo por las copas ganadas,
porque si fuera por eso, no se le contrata. Se le contrató porque allí donde ha
estado deja huella, deja una impronta, una manera de jugar, más allá de si por
esa vía se gana o se pierde. La dejó en Chile, la dejó en España, en Francia,
en Inglaterra. El punto es que acá no parece haber dejado nada, excepto, que
haya dejado a todo el mundo viendo estrellas, marcando ocupado, forzándonos a
preguntarnos ¿qué pasó?
Ojalá esta experiencia sirva para sacar las lecciones del caso. Imputar
toda la responsabilidad del fracaso a Bielsa, creo que es un error. La tiene y
mucha, pero eso no habilita para que otros, que tienen tanta o más
responsabilidad, se laven las manos.
Si no hacemos este ejercicio de sacar las lecciones
correspondientes de este nuevo fracaso, seguiremos de tumbo en tumbo.

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