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| Foto de Yara Kinds en Unsplash |
En Chile, un escrito anónimo,
titulado LLUEVE, recorre las redes sociales que se atribuye a Pedro Lemebel y
que se ha publicado en Ojo de Loca. En este escrito da cuenta de las miserias
que las lluvias revelan y que no queremos ver.
Afirma que llueve
y Chile se descose. No de golpe, no de una vez. Primero aparecen las goteras. Después
las filtraciones. Luego el techo que cruje. Después la grieta en la ampliación
construida con sacrificio, zinc reciclado y dos maestros que cobraron en
cerveza. Y finalmente aparece algún periodista a mostrar "el Chile
real". Porque en Chile una tragedia no está completa hasta que un
periodista empapado la relata frente a una cámara.
Prosigue afirmando
que el invierno chileno tiene algo de ritual. Todos los años ocurre exactamente
lo mismo. Todos los años las autoridades se declaran preparadas. Todos los años
los meteorólogos anuncian sistemas frontales como si estuvieran relatando el
desembarco de Normandía. Todos los años las municipalidades aseguran que existe
un plan de contingencia. Y todos los años el agua encuentra la forma de
demostrar que no existe ninguno.
Porque basta que
llueva dos días seguidos para descubrir que el progreso nacional está sostenido
con silicona, buena voluntad y declaraciones de prensa.
Los canales se
desbordan. Los cerros se deslizan. Las quebradas recuerdan que siguen ahí. Los
árboles se caen. La luz desaparece. Las calles se convierten en ríos. Y las casas
quedan colgando de la tierra como dientes flojos.
Entonces llegan
las autoridades. Siempre después. Nunca antes. Porque en este país la
prevención es una especie de leyenda urbana. Algo que todos mencionan pero que
nadie ha visto jamás.
Las familias
llaman durante años denunciando grietas. Informan que el terreno se está
hundiendo. Que el canal se sale cada invierno. Que el muro está cediendo. Y la
respuesta suele ser la misma: "Vamos a evaluar." "Vamos a
revisar." "Vamos a monitorear." Hasta que la casa finalmente se
cae.
Ahí sí. Ahí
aparecen la ayuda. Porque en Chile primero ocurre la tragedia y después
comienza la planificación. Como si el desastre fuera un requisito administrativo.
Mientras tanto, en las poblaciones, la lluvia no tiene nada de romántica.
La lluvia cuesta
plata. Cuesta parafina. Cuesta gas. Cuesta leña. Cuesta remedios. Cuesta ropa
seca. Cuesta días de trabajo. Cuesta enfermedades. Cuesta salud mental.
La gente no está
viendo caer la lluvia desde una cabaña escandinava decorada para Instagram. La
está viendo entrar por debajo de la puerta. La está viendo avanzar por el
patio. La está viendo acercarse a los enchufes. La está viendo mojar los
cuadernos de los cabros. La está viendo transformarse en humedad que después
habrá que raspar durante meses.
Pero el Chile
publicitario insiste en otra imagen. La del café caliente. La manta. La
película. La chimenea. La ventana empañada. La pareja abrazada mirando Netflix,
mientras la lluvia golpea suavemente los vidrios.
Una fantasía
neoliberal. Una fantasía que tiene su precio. Porque para millones de personas
el invierno no es una experiencia estética. Es una amenaza palpable.
Y mientras los más
pobres calculan cuánta parafina queda para llegar a fin de mes, el temporal se
transforma en espectáculo. Porque en Chile todo termina transformándose en
espectáculo.
Incluso el agua. Sobre
todo el agua. Los meteorólogos se convierten en celebridades. Los mapas
adquieren relevancia política. Los radares meteorológicos parecen instrumentos
militares. Y los matinales despliegan reporteros por todo el territorio
nacional como si estuvieran cubriendo una invasión extraterrestre. Ahí están. Empapados.
Azotados por el viento. Con la parka inflada como vela de embarcación. Gritando
mientras la lluvia les golpea la cara. Tratando de explicarnos que está
lloviendo. Como si el agua no fuera suficientemente convincente por sí sola.
Mientras tanto los
conductores observan desde estudios perfectamente climatizados. Indignados. Conmovidos.
Alarmados. A veces incluso furiosos.
Y no deja de tener
algo profundamente chileno esa imagen. Un periodista siendo golpeado por el
temporal para demostrar que el temporal golpea. Un corresponsal peleando cuerpo
a cuerpo con una ráfaga para explicarnos que hay viento. Una señora relatando
entre lágrimas que perdió el techo. Un poblado que nadie mencionó durante
veinte años convirtiéndose en noticia durante cuarenta minutos.
Porque al letrero
de Los Vilos se le voló la V y ahora se llama "Los ilos". Y a los
días desaparecen todos nuevamente del mapa. Hasta el próximo desastre. Porque
la tragedia también tiene calendario televisivo. Dura exactamente lo que dura
el rating. Y el morbo es el padre del rating. Se termina el morbo y volvemos a
la programación habitual.
Y de pronto vimos
a un país entero entrar en estado de alerta. P rque esa es quizás la palabra
que mejor define al invierno chileno. Alerta. Siempre alerta. Alerta temprana. Alerta
preventiva. Alerta amarilla. Alerta roja. Alerta meteorológica. Alerta por
marejadas. Alerta por remociones en masa. Alerta por viento. Alerta por lluvia.
Alerta por frío.
Vivimos
permanentemente anunciando la catástrofe que viene. Porque sabemos que viene. No
sabemos cuándo. No sabemos dónde. Pero sabemos que viene.
Y también sabemos
que después pasará. Como pasa todo. Saldrá el sol. La humedad empezará a
retirarse. Las noticias buscarán otro espectáculo. Los periodistas volverán al
estudio. Los meteorólogos perderán protagonismo. Las autoridades declararán que
aprendieron lecciones.
Y las familias
volverán a esperar el próximo invierno. Porque el próximo invierno llegará. Y
volverá a mostrar exactamente las mismas grietas. Las mismas desigualdades. Las
mismas casas colgando. Las mismas calles sin luz. Los mismos canales
desbordados. Los mismos discursos. Las mismas promesas.
Porque la lluvia
tiene una virtud que ningún gobierno ha conseguido derrotar: Dice la verdad. Cada
invierno cae del cielo para recordarnos dónde están las costuras del país.
Y entonces la
cordillera aparece blanca. Vestida de novia. Radiante. Perfecta. Decorando el
paisaje para las postales. Mientras abajo, mucho más abajo, alguien sigue
poniendo baldes en el living para que no se le llueva la casa.
Y quizás esa sea
la imagen más exacta de Chile. La belleza arriba. La emergencia abajo. Y el
agua, como siempre, encargándose de unir ambas cosas. Sin respeto también.
Lo descrito es un retrato de Chile, pero que por desgracia se hace extensivo a muchos otros países. Una y otra vez. Y así seguimos.
En invierno son las lluvias las que nos descosen; en verano, son los incendios. Pero ojo que esto no es exclusivo de Chile. Es extensivo a muchos países. A modo de ejemplo, hoy España está siendo azotada por incendios de marca mayor.
¿Qué nos dice todo esto? A ver si en otra ocasión vemos qué no hacemos y debemos hacer..
Fuente:
://www.facebook.com/Acunadiputadoxd8/posts/llueve-y-chile-se-descose-no-de-golpeno-de-una-sola-vez-la-lluvia-tiene-modales-/10242934959370715/

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