En la
columna anterior (leer) hicimos alusión a dos columnas y dos cartas que abordan a un
eventual problema de sobreoferta de títulos o exceso de profesionales que
existiría en el país (Chile). En ellas no dejan de sorprenderme porque se trata
de un debate absolutamente previsible. Más bien me sorprende que, tanto Loreto,
Pablo, como Felipe y Jaime, se sorprendan. ¿Acaso esperaban otra cosa? ¿Olvidan
el paisito en que vivimos? Acá van algunas pildoritas recordatorias:
1. En Chile existen carreras universitarias que
son tales por esnobismo, clasismo o arribismo. Acá el universitario se
sobrevalora, en tanto que el técnico se infravalora. Ser un profesional
universitario en el mercado laboral chileno, pareciera que nos sube el pelaje.
2. El esnobismo, clasismo o arribismo se expresa
en que lo que en el mundo son técnicos, en Chile se reemplazó por la figura del
ingeniero de ejecución como una forma de “ascenderlo” social y académicamente.
3. El resultado es que tenemos más profesionales
universitarios que técnicos (alrededor de 3 profesionales universitarios por
cada técnico) en circunstancias que debiera ser al revés. En los países
desarrollados es de 8 a 10 técnicos por ingeniero.
4. Las universidades, ni cortas ni perezosas, se
subieron al carro dado que al mismo tiempo se les empezó a mover el piso
financiero. Dejaron de tener asegurado su financiamiento, eliminándose la
gratuidad en la educación superior.
5. Con el innombrable se abrieron las compuertas
para que surgieran universidades privadas, con una mano adelante y otra atrás,
sin mayores requisitos.
6. Unos vieron a la opción de generar un nuevo y
suculento negocio dado que las instituciones existentes eran incapaces de
absorber la demanda por educación superior. Esto, a pesar de que por ley se
asumía que a las universidades que se crearan se les exigía que fueran “sin
fines de lucro”.
7. Otros, antes que un nuevo negocio financiero,
vieron la creación de nuevas universidades como una forma de generar nuevos profesionales
imbuidos de un nuevo espíritu político-cultural-económico que asegure la
continuidad de la ideología subyacente en el régimen del innombrable.
8. Lo concreto es que hoy estamos llenos de
profesionales de primera generación, a punta de un endeudamiento no sostenible
con los ingresos que disponen “gracias” a la formación recibida. Y no pocos de
ellos, sin trabajo o con trabajos que poco o nada tienen que ver con la
formación recibida, o con una formación que no es la que el mercado laboral demanda.
9. De esta forma se multiplicaron universidades y
profesionales, hasta que se descubrió que había que regularlas cuando se
descubrió que se producían profesionales como quien produce salchichas.
10. Y no se encontró mejor manera de “regular” que
creando el concepto de acreditación, de universidades y carreras,
subdividiéndose en acreditadas y no acreditadas.
11. Hoy pareciera que vamos camino hacia una
paulatina y creciente acreditación desacreditada.
12. Y la fiesta continúa. Ahora se está
descubriendo la pólvora: que hay carreras muy largas, que hay que acortarlas. Y
las acortan al mismo tiempo que crean posgrados y postítulos para compensar el
descubrimiento de la pólvora. Se chutea la pelota hacia adelante.
¿A dónde
iremos a parar? No lo sé. Sólo sé que nada sé, o sólo sé que un libre mercado
sin algún grado de planificación no es el camino, así como tampoco lo es una
educación superior planificada de espaldas al mercado.
El camino a
seguir pasa por el encuentro entre el mercado y un mínimo de planificación que
incluya una suerte de “observatorio” honesto que nos diga para dónde va la
micro. El drama reside en que la honestidad brilla por su ausencia en tiempos
de amoralidad, por ni decir de inmoralidad.
Más en los
tiempos que corren, donde ya nos acompaña un nivel de inseguridad y una inteligencia
artificial, de Padre y Señor mío, que no podemos soslayar.

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