julio 24, 2026

Seguiremos haciéndonos los locos

Foto de Kelly Sikkema en Unsplash        

Una columna anterior titulada Chile se descose (leer), abordé la tragedia que periódicamente nos afecta, el sistema frontal. Lo hice reproduciendo un texto titulado Llueve que se cree fue escrito por Pedro Lemebel.

Al término de la columna pregunté ¿Qué nos dice todo esto? Para responder esta interrogante haré alusión a lo que nos dicen algunos expertos en esta temática. Me apoyaré en Marcelo Lagos, Geógrafo especialista en procesos naturales extremos y gestión de riesgo de desastres, académico de la UC; y en Roberto Pizarro, Ingeniero Forestal, Doctor en Hidrología, director de la Cátedra UNESCO en Hidrología de Superficie y académico de las Universidades de Chile y de Talca.

1. Chile no está preparado para abordar aluviones, desbordes, inundaciones, frente a las cuales nuestra vulnerabilidad es crítica. Estamos mucho más preparados para enfrentar terremotos que inundaciones. Nuestras políticas, acciones, leyes y normativas son extremadamente severas en materia de construcción para responder ante emergencias sísmicas, no así ante emergencias hidrológicas. Incluso más, muchas veces se reprocha la existencia de normativas impulsadas por expertos para construir en terrenos potencialmente inundables. Esto da cuenta de un alto nivel de conciencia sísmica, y un bajo nivel de conciencia hidrológica.

2. Las emergencias han dejado de ser tales desde el momento que se producen frecuentemente. Se han invertido los papeles: ahora la emergencia es que no pase nada porque lo común es que pase algo. Lo excepcional dejó de serlo para pasar a ser lo habitual. Ahora, lo habitual es que pase algo. Los eventos extremos, como son lluvias intensas en poco tiempo, dejaron de ser anomalías para pasar a ser recurrentes, siendo ahora la nueva normalidad.

3. Muchos están viviendo allí donde no existe la infraestructura adecuada de drenaje y mitigación, o en zonas de riesgo como son los cauces naturales de ríos y las quebradas. Por tanto, son los primeros damnificados, y por esas cosas del “destino”, son los más pobres. Acá se denota la ausencia de una planificación urbana, u ordenamiento territorial, que tome en cuenta estas emergencias que llegaron para quedarse.

4. La naturaleza parece tener razones que el ser humano no entiende. No es llegar y doblarle la mano a la naturaleza. Pizarro nos dice que la naturaleza nos recuerda que es dueña del territorio, que los cauces de ríos, humedales, dunas y quebradas tienen memoria hidráulica. Basta que llueva mucho para que el agua busque recuperar el espacio que el ser humano le ha usurpado. Así de simple.

3. Recordando la obra de Benjamín Subercaseaux (Chile o una loca geografía), Chile es una larga y delgada franja territorial situada entre la majestuosa cordillera de los Andes y el océano Pacifico, con una pendiente de miedo. Por tanto, cuando se producen fuertes lluvias, ellas dan origen a vertiginosas caídas de agua desde las alturas que suelen arrasar con todo lo que encuentren en su camino. Lechos de ríos que habitualmente están secos y de donde se han extraído. Legal o ilegalmente áridos, pasan a convertirse en trampas mortales.

Así como hay una polarización política, también estamos teniendo una polarización climática, pasando de sequías a inundaciones y viceversa. Una realidad que habría llegado para quedarse.

Con lo escrito espero haber dado respuesta a la pregunta que formulé en su momento (¿qué nos dice esto?) y que nos lleva a la pregunta ¿qué hacer? A partir de lo que nos dicen los expertos podemos resumir en que necesitamos dejar de mirar al techo y:

a) Tomar conciencia de una realidad que llegó para quedarse, forzándonos a adoptar políticas y acciones preventivas, tal como lo hacemos en el ámbito sísmico;

b) Gestionar adecuadamente las cuencas hidrográficas, esto es, reforestar, proteger los suelos contra la erosión y diseñar obras de conservación de aguas y suelos en las partes altas y medias de la cuenca para frenar el impacto en las zonas bajas;

c) Planificar el uso de suelos urbanos de manera que reduzcan el impacto destructivo de las lluvias extremas en el país;

d) Implementar una infraestructura de drenaje pluvial dimensionada para eventos extremos o continuos; y

e) Liberar las vías naturales de escurrimiento o quebradas que se reactivan históricamente ante eventos extremos y que tienden a ser ocupados ilegalmente.

¿Seremos capaces de hacerlo? O ¿seguiremos haciéndonos los lesos?

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