Me refiero a Lula, quien logró revertir el resultado de la primera vuelta. Obtuvo un triunfo épico y trascendental por las condiciones en que se dio. Los pronósticos apuntaban a que sería derrotado. ¿Qué hizo posible lo que parecía imposible? No soy quien para responder esta pregunta, pero sí me aventuraré a especular. Aunque parezca mentira, en política nada parece estar escrito en piedra.
Es un
triunfo épico porque no la tenía fácil. Con 80 años a cuestas, era como para
largar la esponja tras el decepcionante resultado de la primera vuelta. Pero fue
ese mismo resultado el que lo catapultó, el que lo reenergizó, lo rejuveneció.
Épico porque es en medio de una ola ultraderechista mundial; épico porque Lula no
dio el brazo a torcer, no arrió la bandera de la izquierda, sino todo lo
contrario; épico porque Lula viene de abajo, no de arriba, porque su historia
de vida lo avala. Me atrevería a afirmar que es el más digno representante de los
ideales de justicia social para que exista libertad. Sin justicia social, la
libertad pasa a ser papel mojado.
Si hiciésemos
un símil a un partido de fútbol, guardando las proporciones, el resultado de la
primera vuelta se asemeja al resultado al final de un primer tiempo; y el de la
segunda vuelta, al del término del partido. Esto me recuerda la final de la
copa Libertadores en 1966, hace ya 60 años, cuando en el Estadio Nacional de Santiago
de Chile se enfrentaron River Plate y Peñarol.
Se fueron a
los camarines al término del primer tiempo con una ventaja de River por dos
goles a cero de Peñarol. A pocos minutos de reiniciado el encuentro en el
segundo tiempo, una sobrada del arquero riverplatense, Amadeo Carrizo, quien tuvo
el desparpajo de parar una pelota con el pecho frente a Spencer, el ecuatoriano
centrodelantero aurinegro, cambia el talante del partido. Desde entonces,
Peñarol, enfurecido, se va con todo, y da vuelta el partido. El segundo tiempo
finaliza con un empate a dos goles, y en el alargue, Peñarol termina ganando
por cuatro goles a dos. Yo estaba en las graderías, lo viví, lo sufrí y lo disfruté.
Lo que estoy relatando no es cuento.
Es un
triunfo trascendental porque a pesar de que pareciera que tuviésemos todo en
contra, es posible revertir escenarios negativos. Trascendental porque los
grandes jugadores mundiales, los poderes fácticos tras las bambalinas -tecnócratas
multimillonarios manipuladores de redes sociales- jugaron sus cartas a favor de
Bolsonaro, en contra de Lula. Trascendental, porque nos concede un respiro,
porque nos permite vislumbrar luz al final del túnel.
Con todo, no
podemos obviar que el triunfo fue ajustado, que en el mundo se está dando una profunda
partición ideológica tal que dificulta el ejercicio de la democracia. Partición
que obedece a múltiples factores concatenados entre sí que amerita analizarse
en profundidad. Entre ellos me atrevería a mencionar la alta desigualdad socioeconómica
reinante, la amplificación de las mentiras, fake-news desde algoritmos
fraguados desde el anonimato y distribuidos a través de las redes sociales por
parte de intereses ocultos, una tecnocracia que está interviniendo en la
política con total desparpajo, y una clase política que no está a la altura de
los tiempos.
El triunfo
de Lula refuerza la necesidad de no obnubilarnos, de enfrentar nuestras debilidades
para corregirlas y fortalecernos. No podemos darnos el lujo de tener flancos
abiertos. El triunfo de Lula constituye una oportunidad preciosa para
reverdecer laureles, para recuperarnos, para hacer de este mundo uno más
humano, más justo, más amable.
Y no olvidemos que tendrá un parlamento con claro predominio bolsonarista que no trepidará en obstaculizar el accionar de Lula. Pero bien sabemos que Lula está fraguado en mil batallas.

Nos devuelve la esperanza y la alegría!
ResponderBorrarAunque esté difícil y complejo, pero ya es un buen y digno comienzo!