octubre 15, 2026

Pintamonos

A lo largo de nuestras vidas es difícil no encontrarse con pintamonos, peculiares personajes, que se caracterizan por estar llamando la atención, por estar siempre “en cámara”. No pueden evitar “estar en todas”.

Para llegar a serlo no trepidan en nada. Si hay que ser bombero, bomberos son; si hay que ser reservista, reservistas son; si hay que ser rotario, rotarios son. Son clásicos trepadores, rastreros públicos o agazapados. Doran la píldora hasta dar el zarpazo. Entre ceja y ceja tienen un objetivo, llegar a la cima del club social, de la fundación, del partido, de la confederación, de la empresa, de la universidad, de todo aquello que esté a su alcance. No se aguantan. Tienen un motor interno envidiable que los empuja a lo que algunos llaman destino manifiesto.

Así como sufren en el llano, que les incomoda en grado sumo, gozan en las alturas, entrando en una suerte de estado de éxtasis. Se rodean de “yes man”, aduladores, que les soban las espaldas una y otra vez. No pueden evitarlo.

La expresión “pintamonos” es una metáfora, de esas que les gusta a José Antonio Kast (JAK), que viene de la idea de pintar “monos” (figuras, garabatos de distinto orden) para distraer, emborrachar la perdiz en unos casos, o para llamar la atención en otros. Por mi parte la estoy usando en este último sentido.

Para ellos lo relevante es lo irrelevante, la imagen, la puesta en escena, congraciarse, llamar la atención, estar en todas las paradas, ser el florero donde se esté. No trabaja, actúa.

Uno podría preguntarse qué es lo que persigue el pintamonos: sentirse protagonista, validarse ante terceros, ser reconocido, proyectar relevancia, poder.

Tras todo pintamonos, en los términos que en estas líneas le estamos dando, pareciera querer seguridad y una alta autoestima. Sin embargo, más temprano que tarde, termina proyectando su reverso: inseguridad, baja autoestima, temor al rechazo e inmadurez emocional.

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