octubre 01, 2026

Mi vida académica ... parte 5

A nivel nacional, en la década de los 80 empezó a entronizarse el concepto de jerarquía académica en el ámbito universitario e impulsarse la creación de universidades privadas. Ya dejábamos de ser todos académicos de similar jerarquía para pasar a ser clasificados en distintas jerarquías en base a determinados estándares por parte de comisiones ad-hoc. Jerarquías importadas desde el mundo desarrollado. Y empezaron a multiplicarse las universidades privadas al amparo de universidades públicas que actuaban como entidades “examinadoras”. Los académicos éramos tentados a ser los agentes examinadores en comisiones de servicios.

Todo era muy macondiano porque los criterios de jerarquización eran definidos y aplicados según las caras que conformaban las comisiones ad-hoc nominadas desde las alturas. Lo concreto es que las vacas sagradas, los históricos, quienes habían sido partícipes en la gesta de la creación de las sedes Arica de las universidades originarias, más allá de si tenían producción académica, ya sea investigativa o docente, ocuparon las más altas jerarquías.

En mi caso, al igual que Yanko, dentro de las 4 categorías existentes (titular, asociado, asistente e instructor) fuimos jerarquizados como asociados. Era como para golpearnos el pecho con el morro de Arica. Quedábamos dentro de las dos más altas jerarquías, la zona de “los intocables”.

Se habían creado las carreras de Ingeniería Civil, que hicieron posible que la Universidad de Tarapacá fuese tal, y no un Instituto Profesional, como se temió. Estas ingenierías civiles, pasaron a complementar las Ingenierías de Ejecución existentes.

A poco andar, estas ultimas pasaron a ser parientes pobres de las primeras. Las Ingenierías de Ejecución fueron creadas en sustitución de los técnicos, títulos que no tenían buena prensa, a diferencia de las ingenierías.

Así fue como os técnicos pasaron a ser ingenieros de ejecución, y a estas alturas, estos últimos, salvo excepciones, han pasado a ser ingenieros civiles.

Es lo que llamo inflación de títulos, inflación educativa, tal como cuando elevamos nuestros años de escolaridad, pero sabiendo lo mismo, o menos, de lo que se sabía con menos años. Los resultados PISA son muy ilustrativos al respecto. Lo mismo que la inflación en la matrícula universitaria, donde en un dos por tres pasamos de unos 200 a 300 mil estudiantes universitarios a más de un millón.

Ojalá fuese porque tenemos mejores egresados de la enseñanza básica y media. Desgraciadamente, es mas bien por una baja en las exigencias de ingreso a la educación universitaria de la mano de una mirada de la educación como un negocio más.

Ya me estoy yendo por las ramas. Volvamos al ruedo. Las jerarquías académicas, le cambiaron el pelo a las universidades. Se instauró un esquema inédito en el país, donde al interior de las universidades unos académicos tenían más derechos que otros en función de criterios que se asumían académicos, en función de su producción académica, de sus posgrados, y de su tonelaje histórico, lo que se fue refinando con el tiempo. Esto es, hilando cada vez más fino.

En esos años, estoy hablando de la década de los 80 e inicios de los 90, no importaba dónde publicabas, qué publicabas, ni nada por el estilo. No se miraba si la revista en que publicaba era indexada ni en qué índice estaba, ni si era resultado de alguna investigación en tu disciplina, o fruto de algún proyecto.

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