A nivel nacional, en la década
de los 80 empezó a entronizarse el concepto de jerarquía académica en el ámbito
universitario e impulsarse la creación de universidades privadas. Ya dejábamos
de ser todos académicos de similar jerarquía para pasar a ser clasificados en
distintas jerarquías en base a determinados estándares por parte de comisiones ad-hoc.
Jerarquías importadas desde el mundo desarrollado. Y empezaron a multiplicarse
las universidades privadas al amparo de universidades públicas que actuaban
como entidades “examinadoras”. Los académicos éramos tentados a ser los agentes
examinadores en comisiones de servicios.
Todo era muy macondiano porque
los criterios de jerarquización eran definidos y aplicados según las caras que conformaban
las comisiones ad-hoc nominadas desde las alturas. Lo concreto es que las vacas
sagradas, los históricos, quienes habían sido partícipes en la gesta de la
creación de las sedes Arica de las universidades originarias, más allá de si tenían
producción académica, ya sea investigativa o docente, ocuparon las más altas
jerarquías.
En mi caso, al igual que Yanko,
dentro de las 4 categorías existentes (titular, asociado, asistente e
instructor) fuimos jerarquizados como asociados. Era como para golpearnos el
pecho con el morro de Arica. Quedábamos dentro de las dos más altas jerarquías,
la zona de “los intocables”.
Se habían creado las carreras
de Ingeniería Civil, que hicieron posible que la Universidad de Tarapacá fuese
tal, y no un Instituto Profesional, como se temió. Estas ingenierías civiles,
pasaron a complementar las Ingenierías de Ejecución existentes.
A poco andar, estas ultimas
pasaron a ser parientes pobres de las primeras. Las Ingenierías de Ejecución
fueron creadas en sustitución de los técnicos, títulos que no tenían buena
prensa, a diferencia de las ingenierías.
Así fue como os técnicos
pasaron a ser ingenieros de ejecución, y a estas alturas, estos últimos, salvo
excepciones, han pasado a ser ingenieros civiles.
Es lo que llamo inflación de
títulos, inflación educativa, tal como cuando elevamos nuestros años de
escolaridad, pero sabiendo lo mismo, o menos, de lo que se sabía con menos años.
Los resultados PISA son muy ilustrativos al respecto. Lo mismo que la inflación
en la matrícula universitaria, donde en un dos por tres pasamos de unos 200 a
300 mil estudiantes universitarios a más de un millón.
Ojalá fuese porque tenemos mejores
egresados de la enseñanza básica y media. Desgraciadamente, es mas bien por una
baja en las exigencias de ingreso a la educación universitaria de la mano de
una mirada de la educación como un negocio más.
Ya me estoy yendo por las
ramas. Volvamos al ruedo. Las jerarquías académicas, le cambiaron el pelo a las
universidades. Se instauró un esquema inédito en el país, donde al interior de
las universidades unos académicos tenían más derechos que otros en función de
criterios que se asumían académicos, en función de su producción académica, de
sus posgrados, y de su tonelaje histórico, lo que se fue refinando con el
tiempo. Esto es, hilando cada vez más fino.
En esos años, estoy hablando de
la década de los 80 e inicios de los 90, no importaba dónde publicabas, qué
publicabas, ni nada por el estilo. No se miraba si la revista en que publicaba
era indexada ni en qué índice estaba, ni si era resultado de alguna
investigación en tu disciplina, o fruto de algún proyecto.

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