Por lo general,
aunque se sabe que no es lo mismo, se tiende a asimilar a los judíos con los
sionistas, lo que invita a extraer conclusiones erradas. Dado que unos y otros
han sido, y son actores relevantes, en la historia como en la actualidad, es de
interés clarificar sus diferencias, que no son menores.
El judaísmo, es
algo más que una religión que cree en Jehová, en el antiguo testamento, que no
reconoce a Jesucristo como hijo de Dios. Tras el judaísmo hay una historia, una
cultura, una manera de ver el mundo que se puede vivir y expresar de múltiples
formas, lo que explica la diversidad de corrientes existentes en su seno tanto
por el celo con que practican la religión como por las concepciones de sociedad
que tienen.
Están quienes
siguen a rajatabla los preceptos religiosos, como es el caso de los ortodoxos, así
como quienes no los practican. A nivel de sociedad, en el ámbito político,
podemos encontrar judíos de izquierda y de derecha, así como otros
indiferentes. Así como de todo hay en la viña del Señor, lo mismo ocurre en el
mundo judío.
El sionismo es
otra cosa. No es una religión ni una cultura, es un movimiento político que nace
en 1897 de la mano de Theodor Herzl en respuesta al fuerte antisemitismo
imperante en esos años en Europa.
El sionismo postula
la tesis de que los judíos deben tener un Estado propio en virtud del
surgimiento en Europa de un fuerte y violento antisemitismo. Tesis que cobra
especial fuerza con motivo del holocausto judío producido por el nazismo en la
segunda guerra mundial, y que se concreta en 1948 con la creación del Estado de
Israel. Al igual que en el judaísmo, en el sionismo coexisten distintas corrientes,
entre ellos, el religioso y el político.
En síntesis, tras
el judaísmo hay una concepción cultural y religiosa del mundo. Tras el sionismo
hay una concepción política, territorial.
Habiéndolos
definido, ahora podemos analizar sus diferencias. Y por eso la diferencia clave: Se puede ser
judío y no ser sionista, así como ser sionista sin ser judío, ser judío y
sionista, y no ser ni judío ni sionista.
A ver si en
una próxima columna nos adentramos en algunas interrogantes que puedan
desprenderse de estas líneas.

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