Su padre fue Alfonso Néspolo Arata, dueño, junto con Ángel
Ricci, de la firma comercial Ricci y Néspolo desde inicios del siglo pasado,
donde se vendían artículos deportivos, maletas y vestuario. Empresa emplazada
en la esquina de 21 de Mayo con Baquedano, local que alcancé a conocer poco después
de mi llegada.
Aquel local jugó un rol fundamental en los primeros días de
la Universidad del Norte en Arica, dado que su segundo piso se habilitó como
sala de clases mientras se construía el campus Saucache. Alfonso llegó a ser
consejero y presidente de la Comisión de Educación de la memorable Junta de
Adelanto de Arica (JAA).
A fines de la década de los 60, Mauricio ingresó a la
Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, en
Santiago, para estudiar Ingeniería Civil. Sin embargo, debido a problemas de
salud de su padre, se vio urgido a regresar a Arica para acompañarlo. Ante esta
situación, congeló sus estudios en la capital y resolvió retomarlos en la
carrera de Ingeniería Comercial de la Universidad del Norte, cuyo jefe de carrera
era Pablo Jiménez.
En 1974 falleció su padre. Por esos años tuve la oportunidad
de conocerlo más de cerca, ya casado con Gianina Maiocchi, con quien tuvo dos
hijas, Francesca y Claudia, de edades similares a las de mis hijos. Esos años
coincidieron con los difíciles momentos que vivió el país en la década de los
70, contexto que terminó precipitando el cierre de la emblemática tienda Ricci
y Néspolo.
A fines de esa década nos embarcamos en la creación de
PRODAT, la primera empresa computacional de Arica, equipada con un computador
NCR Century 100. Nos iba tan bien que a comienzos de los 80 tuvimos que renovar
el equipamiento para atender una demanda creciente y ponernos a tono con los
cambios tecnológicos.
NCR Century 100 operaba con tarjetas perforadas y dos discos
(uno fijo y otro removible), cada uno con una capacidad de 5 MB. La renovación
por un NCR 750, cuyo costo superaba los 100 mil dólares, nos obligó a pagar un
pie y endeudarnos en moneda extranjera. Poco después, para su uso personal, Mauricio
adquirió un Atari por 2 mil dólares, con 64 Kbytes de memoria RAM y un
floppydisk de 88 KB.
Apenas llegó el NCR 750, Chile comenzó a vivir una profunda
crisis económica que derivó en sucesivas devaluaciones. Nuestra deuda en
dólares se disparó hasta volverse impagable. Entre los socios —Mauricio, Yanko
Ossandón, Juan Carlos Gandolfo, Gonzalo Muñoz, Francisco Alfred, Carlos
Norambuena (gerente de Comercial Prat) y Hugo Fortes— debíamos decidir entre
tres opciones: declarar la quiebra, renegociar la deuda, o buscar un comprador.
Personalmente veté la renegociación porque significaba ponernos la soga al
cuello.
Fue Hugo Fortes quien puso sobre la mesa la alternativa de
vender la empresa, argumentando que no faltarían firmas con espaldas
financieras que nosotros no teníamos. Nos pidió un mes de plazo para buscar un
comprador antes de decretar la quiebra. Y así fue: dentro del mes, Hugo
consiguió una empresa nacional de Santiago que la adquirió por cero pesos, a
cambio de asumir la totalidad de la deuda. El atractivo de PRODAT era su
cartera de clientes y sus proyecciones.
Con esa “venta” volvimos a respirar tranquilos. Perdimos
horas de trabajo y recursos, pero ganamos un gran aprendizaje: los fracasos
enseñan mucho más que los triunfos.
En PRODAT prestamos servicios al municipio en tiempos del
alcalde Castillo Ibaceta, a Ferrocarriles Arica-La Paz, al Hospital Dr. Juan
Noé, a Bicicletas Oxford, CONTEX y QUIBORAX, entre otras instituciones.
Llegamos incluso a prestar servicios computacionales en Iquique, donde teníamos
un representante de lujo: Juan Carlos Gandolfo, también descendiente de
italianos.
En 1981, el área de computación de la sede Arica de la
Universidad del Norte organizó la Conferencia Regional de Computación (CRC-81).
Allí participaron algunas de las empresas más destacadas del rubro y destacados
conferencistas, entre los que resaltó Carlos Lauterbach, uno de los pioneros de
la informática en Chile. Eran tiempos de grandes equipos y marcas hoy
legendarias o desaparecidas (Burroughs, Digital, NCR, Wang). Entre los
expositores estuvo Mauricio, en representación de Comercial Prat, donde se
desempeñaba comercializando los computadores Atari.
Luego de la experiencia vivida en PRODAT Y Comercial Prat, y
de un período (1984-85) en la empresa automotriz CANEPA y Cía como jefe de
Procesamiento de Datos, entre los años 85 y 92, Mauricio vuelca sus capacidades
profesionales y humanas en el sector minero. Primero, incorporándose a PROMEL
como jefe del departamento de estudios, y luego, en la VILACOLLO, donde se
desempeña como Asesor de Gerencia e Ingeniero de Planificación.
Mauricio tenía rasgos que lo retrataban de cuerpo entero:
tranquilo, de hablar pausado, con un fino sentido del humor y una paciencia
infinita. Parecía tener todo el tiempo del mundo. Un humanista ciento por
ciento: buen conversador, dialogante, ameno y didáctico.
Pasamos juntos más de un fin de año pasamos en familia, y
compartimos muchas veces en las playas ariqueñas. En 1981, con ocasión de un
viaje a Alemania que realicé con mi esposa para visitar a una tía, mis hijos
—de 4 y 6 años— se quedaron al cuidado de Mauricio y su familia, en su casa de
la calle Daniel Copaja, durante unos quince días.
A quienes no veíamos con buenos ojos el devenir político y
social del país, nos dio por reunirnos dos veces al mes, de manera rotativa, en
nuestras respectivas casas. Mauricio formó parte de ese grupo desde el primer
instante. Nuestro propósito era sencillo: conversar libremente sobre lo divino
y lo humano, y editar una revista mensual de tiraje limitado destinada a amigos
y conocidos.
Al conocer nuestra iniciativa, Jaime Barros Pérez-Cotapos nos
bautizó como "La Aventura del Pensamiento". A riesgo de omitir a
alguien, recuerdo que en grupo compartimos Santiago Arata, tío de Mauricio,
Salvador Urrutia, Álvaro Silva, Jaime Rodríguez, Oscar Arancibia, Rafael
Fuertes, Juan Prado, Francisco Alfred, Germán Cruzat, Luis Salgado, Sergio
Pulido, Patricio Arancibia, Octavio Arratia, Jaime Barros P-C, Mauricio Néspolo
y quien escribe estas líneas.
Mauricio no solo aportaba con su presencia, sino también con
sus escritos: sus legendarias crónicas macondianas. Todo lo que ocurría
en el mundo real lo miraba con ojos de realismo mágico. Sentía que vivíamos en
Macondo, el célebre pueblo creado por Gabriel García Márquez en Cien años de
soledad. Sus crónicas eran de las más leídas por su humor, su ironía y su
agudísima capacidad para “ver bajo el agua”.
Entre los años 1993 y 1996 se integra al directorio de la
Empresa de Servicios Sanitarios Tarapacá (ESSAT), primero en calidad de
vicepresidente, y posteriormente como presidente del directorio. Período en el
que le correspondió enfrentar la crisis hídrica existente, para lo cual
implementó significativos planes de inversión conducentes a reducir las importantes
pérdidas de agua que afectaban a la infraestructura existente.
Es a partir de 1994 que se incorpora a la Universidad de
Tarapacá para asumir distintos cargos directivos a lo largo del tiempo: Contralor,
Vicerrector de Administración y Finanzas, Secretario General, Registrador.
Luego de más de 10 años en funciones directivas, en el año
2007, ingresa a la Escuela de Negocios de la Universidad de Tarapacá en calidad
de académico jornada completa. Quizás su sueño de siempre, en contacto con la
academia, con los alumnos. Ahora con toda una experiencia profesional acumulada
que volcaría al ámbito docente.
Podríamos decir que “se reincorporó”, pues siempre fue un
universitario en el sentido más pleno de la palabra. Desde niño había respirado
universidad, cuando su padre habilitó el segundo piso de la tienda comercial
como aulas provisorias mientras se construía el campus Saucache de la
Universidad del Norte. En la Escuela de Negocios fue Director de Escuela, Jefe
de Carrera de Ingeniería, Comercial y también Decano Subrogante.
Su vocación lo llevó a volcar toda su experiencia en las
aulas. Lo hizo, además, en un contexto educativo complejo, donde la
investigación comenzó a priorizarse por sobre la docencia. Esta última fue
quedando relegada por la lógica de sistemas de acreditación y financiamiento
que terminaron por pervertir, a mi modesto entender, el espíritu y la misión de
la universidad.
Su inesperada muerte, sorprendió a diversos ámbitos de la
sociedad ariqueña y a la comunidad de la Universidad de Tarapacá. “Hemos
abandonado nuestra misión”, fueron algunas de sus últimas palabras antes de
someterse a una intervención quirúrgica aparentemente rutinaria. Decisión que habría
tomado para afrontar en mejor forma física su lucha contra una forzada
jubilación que le esperaba.
Al afirmar que la universidad había abandonado su misión,
Mauricio aludía a una institución que había dejado de pensar “fuera de la
caja”, atrapada en la lógica mercantil. Sostenía que las universidades se
habían enfocado en la producción masiva de papers y la fabricación de diplomas,
postergando la formación en el más pleno sentido de la palabra. Su calidad
humana, compromiso con la docencia y sus estudiantes, competía en desventaja
contra las métricas dominantes.
Mauricio terminó siendo víctima de un sistema que parece regirse
por la lógica de usar y tirar. Al cumplir 75 años, las normas vigentes
lo condenaban al retiro, para dejar espacio a ganadores de proyectos y
redactores de artículos académicos.
Quienes más lo extrañarán serán su familia, estudiantes y
colegas, quienes tuvieron la fortuna de aprender de su experiencia profesional,
su calidez y su inagotable repertorio de historias e interpretaciones de la
vida real, tanto de su querida tierra como de la quebrada del ají.
Quienes tuvimos la
suerte de compartir su amistad también lo extrañaremos: nos queda el recuerdo
de un hombre que supo mirar el mundo con humor, inteligencia y humanidad. Hoy,
desde el más allá, debe estar dialogando con quienes le precedieron, entre
ellos, Francisco Alfred y Yanko Ossandón.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario