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| Foto de Jared Schwitzke en Unsplash |
Finalmente, Uruguay terminó su participación en el campeonato mundial de futbol en la primera ronda con la cola entre las piernas.
La
defraudación es mayúscula porque nos habíamos hecho expectativas de avanzar a
la siguiente ronda. El grupo en que estábamos era absolutamente abordable. Cabo
Verde y Arabia Saudita sin mayor tradición futbolística no parecían ofrecer mayor
resistencia. Los favoritos para continuar eran España y Uruguay.
La pregunta
que se hace todo el mundo es ¿qué pasó? El tema tiene múltiples aristas,
algunas de las cuales intentaré bosquejar aquí.
De partida, todo
se ha tornado más competitivo. Nadie se puede dar por ganador antes de jugar. Si
bien esto ha sido siempre así, hoy es así más que nunca. Las sorpresas andan a
la orden del día. Y dentro de este ambiente de mayor competitividad por la
entrada de nuevos actores, en especial del mundo africano, hemos ido quedando
atrás.
Se estila
que fuimos un desastre. No lo veo así. Así como empatamos dos partidos y
perdimos uno, podíamos perfectamente haber ganado dos de los tres partidos. ¿Hubo
mala suerte? Sí, y justamente uno de los desafíos es no dejar espacio al
infortunio. El partido contra Arabia Saudita debimos haberlo ganado. El que hicimos
contra Cabo Verde podíamos haberlo ganado, y contra España no nos vimos
inferiores, pudimos empatar. Pero bien sabemos que el futbol es futbol y tiene
sus imponderables que no podemos soslayar.
Teníamos
plantel para más. No voy a entrar a juzgar si estaban quienes debían estar o
no. No soy el indicado para valorarlo. Tampoco voy a dudar si mojaron o no la
camiseta. Doy por sentado que lo hicieron, que cada jugador dio lo mejor de sí.
No fuimos un desastre como pregonan no pocos con furia. Fuimos protagonistas,
nadie nos pasó a llevar, así como nosotros tampoco logramos pasar a llevar a nadie.
Tengo la
percepción que la suerte de Uruguay estaba sellada de antemano. El clima en los
medios de comunicación y en las redes sociales no era de los mejores. Todo lo
contrario, se tendía a la polarización, al extremismo, y pocos ponían paños
fríos. Parecía que todos tiraban para abajo, como que se quería, o vaticinaba,
que todo se derrumbaría. Una suerte de profecía autocumplida donde todos metían
su cuchara.
Qué otro
resultado podíamos esperar si nos pasábamos subiendo y bajando al entrenador y
a los jugadores. Al entrenador se le atacó porque ganaba mucha guita, porque
era argentino, porque no miraba a los ojos, porque filosofaba, porque se sentaba
arriba de una heladera, porque no citó a Suárez, a Nandez, etc. Lo mismo
respecto de los jugadores. Qué no se decía de ellos, de los citados y de los no
citados. No es fácil sobrellevar un ambiente de este tipo. Finalmente mella el
espíritu de cualquiera por más preparado que estés.
Al final el
horno estaba para bollos, esto es, para que bos fuera mal. En mi opinión no estábamos
como para campeonar, pero tampoco para irnos de buenas a primeras de vuelta a
casa. No somos tan buenos, pero tampoco tan malos como estamos dando a entender
enrabiados por no haber avanzado. Así como hay otros peores que nosotros, aceptemos
que hay otros mejores.
El futbol de
hoy es muy diferente al del siglo pasado. Antes jugábamos parados a punta de
desbordes, de centros a la olla, de juego fuerte. Hoy el futbol es otra cosa, velocidad
pura, físico, pases milimétricos, cálculo, donde los errores no se perdonan.
Lo importante
es que saquemos las lecciones de lo ocurrido. En frío, no en caliente. Arriba
el ánimo.

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