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| Foto de Javad Esmaeili en Unsplash |
Estamos viviendo tiempos de pérdida de peso de los trabajadores. Atrás parecen haber quedado los tiempos de lucha por vacaciones, por contratos de trabajo, por limitar las horas de trabajo, por condiciones ambientales decentes. Logros obtenidos con sangre, sudor y lágrimas. Una soga con dos puntas, en una los trabajadores en representación del factor trabajo, y en la otra, los capitalistas, representando al factor capital.
Luego de un paulatino incremento en el peso del factor trabajo, hasta
llegar al 65% en los años 70, se inicia, de la mano del neoliberalismo, un
descenso que se prolonga hasta nuestros días como podemos observar en la tabla
que sigue:
|
Año |
Trabajo (%) |
Capital (%) |
Trabajo/Capital (%) |
|
1950 |
63 |
37 |
1,70 |
|
1960 |
64 |
36 |
1,78 |
|
1970 |
65 |
35 |
1,86 |
|
1980 |
64 |
36 |
1,78 |
|
1990 |
61 |
39 |
1,56 |
|
2000 |
58 |
42 |
1,38 |
|
2010 |
56 |
44 |
1,27 |
|
2020 |
55 |
45 |
1,22 |
Los valores de la tabla no se refieren a un sector específico ni a un país
en particular. Son datos a nivel mundial obtenidos desde diversas fuentes tales
como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Internacional del
Trabajo (OIT), el Banco Mundial (BM).
Estos valores dan cuenta que estamos frente a una realidad indesmentible:
la pérdida de peso del mundo del trabajo que estamos observando, esto es, una
disminución de la incidencia de los trabajadores y un aumento de la incidencia
de los dueños del capital en la generación del producto geográfico bruto. Las
preguntas que podríamos hacernos son esencialmente dos: cuáles son sus causas y
si estamos ante una buena o mala noticia.
Las causas que tienden a mencionarse se centran en el debilitamiento del
poder sindical, en la globalización, en la concentración empresarial y en el
desarrollo científico-tecnológico subyacente en la automatización y
digitalización que nos está invadiendo.
Me atrevería a sostener que la causa última es la aspiración por vivir
mejor, trabajando menos, en labores que demanden menos esfuerzo físico, para
así disponer de más tiempo libre, de ocio. Es lo que quizás unos llamen la ley
del mínimo esfuerzo que algunos intentan implementar por la vía del engaño, de
la corruptela, del atajo, pero que otros procuran hacerlo por la vía del
desarrollo científico-tecnológico que es el que ha hecho posible, logros que
nuestros padres jamás imaginaron. Son los avances científico-tecnológicos los que
han posibilitado la automatización y digitalización. Avances que exigen grandes
capitales, las que son posibles solo con la conformación de grandes consorcios
empresariales: Avances que son causa y consecuencia de la globalización en que
estamos sumidos. Avances que explican el crecimiento de sectores intensivos en
capital y activos intangibles.
Respecto de la segunda pregunta, si estamos ante una buena o mala noticia,
la respuesta es un tanto esquizofrénica porque “depende” como diría Larry. Depende
del sector en que se desempeñe el trabajador, de sus capacidades, de sus
conocimientos, de su edad. También depende del país dónde vive, de dónde viene,
y/o de dónde nació. No solo depende de sus “méritos” intrínsecos.
Pero convengamos que debiera ser una buena noticia en la medida que lo sea
para todos. Este es el punto. Mal que mal, como mencionaba al principio, la
lucha de los trabajadores ha apuntado a mejorar su calidad de vida, no a
empeorarla que es lo que señala la pérdida de su peso en relación al capital
desde los años 70.
En este escenario surge la pregunta ¿qué hacer para que los trabajadores no
sigan perdiendo terreno y puedan subirse al carro del desarrollo? La respuesta
no la veo simple, por lo que tendré que terminar acá, para desarrollarla en
otra columna que dejo pendiente.
Abrazo!

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