junio 17, 2026

El factor trabajo cuesta abajo

Foto de Javad Esmaeili en Unsplash

Estamos viviendo tiempos de pérdida de peso de los trabajadores. Atrás parecen haber quedado los tiempos de lucha por vacaciones, por contratos de trabajo, por limitar las horas de trabajo, por condiciones ambientales decentes. Logros obtenidos con sangre, sudor y lágrimas. Una soga con dos puntas, en una los trabajadores en representación del factor trabajo, y en la otra, los capitalistas, representando al factor capital.

Luego de un paulatino incremento en el peso del factor trabajo, hasta llegar al 65% en los años 70, se inicia, de la mano del neoliberalismo, un descenso que se prolonga hasta nuestros días como podemos observar en la tabla que sigue:

Año

Trabajo (%)

Capital (%)

Trabajo/Capital (%)

1950

63

37

1,70

1960

64

36

1,78

1970

65

35

1,86

1980

64

36

1,78

1990

61

39

1,56

2000

58

42

1,38

2010

56

44

1,27

2020

55

45

1,22

Los valores de la tabla no se refieren a un sector específico ni a un país en particular. Son datos a nivel mundial obtenidos desde diversas fuentes tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Banco Mundial (BM).

Estos valores dan cuenta que estamos frente a una realidad indesmentible: la pérdida de peso del mundo del trabajo que estamos observando, esto es, una disminución de la incidencia de los trabajadores y un aumento de la incidencia de los dueños del capital en la generación del producto geográfico bruto. Las preguntas que podríamos hacernos son esencialmente dos: cuáles son sus causas y si estamos ante una buena o mala noticia.

Las causas que tienden a mencionarse se centran en el debilitamiento del poder sindical, en la globalización, en la concentración empresarial y en el desarrollo científico-tecnológico subyacente en la automatización y digitalización que nos está invadiendo.

Me atrevería a sostener que la causa última es la aspiración por vivir mejor, trabajando menos, en labores que demanden menos esfuerzo físico, para así disponer de más tiempo libre, de ocio. Es lo que quizás unos llamen la ley del mínimo esfuerzo que algunos intentan implementar por la vía del engaño, de la corruptela, del atajo, pero que otros procuran hacerlo por la vía del desarrollo científico-tecnológico que es el que ha hecho posible, logros que nuestros padres jamás imaginaron. Son los avances científico-tecnológicos los que han posibilitado la automatización y digitalización. Avances que exigen grandes capitales, las que son posibles solo con la conformación de grandes consorcios empresariales: Avances que son causa y consecuencia de la globalización en que estamos sumidos. Avances que explican el crecimiento de sectores intensivos en capital y activos intangibles.

Respecto de la segunda pregunta, si estamos ante una buena o mala noticia, la respuesta es un tanto esquizofrénica porque “depende” como diría Larry. Depende del sector en que se desempeñe el trabajador, de sus capacidades, de sus conocimientos, de su edad. También depende del país dónde vive, de dónde viene, y/o de dónde nació. No solo depende de sus “méritos” intrínsecos.

Pero convengamos que debiera ser una buena noticia en la medida que lo sea para todos. Este es el punto. Mal que mal, como mencionaba al principio, la lucha de los trabajadores ha apuntado a mejorar su calidad de vida, no a empeorarla que es lo que señala la pérdida de su peso en relación al capital desde los años 70.  

En este escenario surge la pregunta ¿qué hacer para que los trabajadores no sigan perdiendo terreno y puedan subirse al carro del desarrollo? La respuesta no la veo simple, por lo que tendré que terminar acá, para desarrollarla en otra columna que dejo pendiente.

Abrazo!

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