Llegué a Arica contratado por la
Universidad del Norte (ahora Universidad Católica del Norte) en agosto de 1974, luego de casi un año buscando trabajo.
A raíz del golpe del 73, la unidad donde trabajaba en el Banco Central de
Santiago, la Secretaría de Relaciones Económicas Externas (SEREX) fue suprimida
el mismísimo 11 de septiembre. Justo ese día celebraba mi segundo aniversario
de matrimonio. Había egresado como Ingeniero Civil Industrial de la Facultad de
Ingeniería de la Universidad de Chile. Enviaba mi currículo a distintas
empresas que ofrecían puestos de trabajo en los medios de comunicación, sin
obtener respuesta alguna. Convencido de que me encontraba en una lista negra,
empecé a sentir el síndrome del perseguido. Eran tiempos bravos.
Con el propósito de “extirpar el cáncer
marxista”, en las universidades los rectores designados por el gobierno militar
se encontraban exonerando profesores, ya sea por tener un sello marxista o
izquierdista, y/o estar adscritos a unidades académicas que se estaban
eliminando por calificarse como innecesarias o conflictivas. De allí que,
lentamente, cada vez más universidades estaban empezando a efectuar llamados a
concurso para plazas docentes que habían quedado vacantes, las que debían
llenarse para restablecer la docencia a las distintas carreras. Todo esto,
dentro del marco de recuperación de la actividad académica, particularmente la
docente.
Es así como empiezo a postular a tales
concursos, aprovechando una experiencia docente como ayudante desde mi segundo
año de ingeniería, y como profesor auxiliar en mis últimos años en la
Universidad de Chile. Uno de esos llamados provenía de la Sede Arica de la
Universidad del Norte. Allí se requería un profesor de Estadísticas, asignatura
que estaba impartiendo en Santiago, en la Universidad de Chile como profesor auxiliar.
Soy entrevistado en Santiago, en una de
las oficinas de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile
por quienes eran el director académico, Enrique Correa, y el profesor del
Departamento de Matemáticas y Física (DMF), Mario Alvarado, en representación
del director, que en la época era el profesor Freddy Veas. Sorteo con éxito
ambas entrevistas.
Así fue como llegué al DMF para impartir
los cursos de estadísticas que solicitaban departamentos que tenían carreras a
su cargo. En esos tiempos no existían facultades ni escuelas, tan solo
departamentos. El DMF estaba conformado, entre otros, por su director Freddy
Veas, Mario Alvarado, Washington Mansilla, Gonzalo Masjuan, Eward Trigo, Víctor
Sánchez, Jaime Rodríguez, Yanko Ossandón, Benjamín Cordero, Miguel Schönfeldt,
Verónica Rey Más, Fresia Zúñiga, Edmundo Lazo y David Lazo.
Poco tiempo después de mi arribo, se
resuelve disolver el DMF, distribuyéndose las asignaturas que impartía entre
los departamentos que estaban a cargo de las carreras que requerían tales
servicios docentes. Me destinan, junto con Yanko Ossandón y Miguel Schönfeldt,
al Departamento de Administración y Economía (DAE), donde me encuentro con
Ángel Awad, su director, Raúl Díaz, Amparo Núñez, Jaime Díaz, Ángel Henríquez,
Pablo Jiménez, René Labraña y Carlos Valencia, entre otros.
En esos tiempos el Vicerrector de la
Sede Arica de la Universidad del Norte era Sergio Giaconi, uno de los
fundadores de la carrera de Ingeniería Comercial. Poco después arriba Christian
Ghymers, economista belga, en el marco de las relaciones existentes entre la
Universidad del Norte y la Universidad de Lovaina.
En 1976, con motivo de denuncias de
atropellos a los DDHH desde sectores vinculados a la Democracia Cristiana y la
Iglesia Católica, el Cardenal Raúl Silva Henríquez resuelve crear la Vicaría de
la Solidaridad como instancia de protección y apoyo a quienes estaban siendo
afectados. El régimen imperante reacciona, generándose una crisis política que
se expresa en la marginación de quienes eran militantes o adherentes demócrata
cristianos. Estos, si bien en un inicio habían respaldado al régimen,
posteriormente, con motivo de las actuaciones y consecuencias de organismos
secretos (DINA) dependientes del gobierno, fueron adoptando posturas crecientemente
críticas. Su impacto en la Universidad del Norte se expresa en la destitución
del Vicerrector en la Sede Arica, Sergio Giaconi, y en el de los académicos del
DAE, Ángel Awad, René Labraña y Carlos Valencia. No eran menores las
consecuencias que en el seno de la universidad estaban generando los despidos y
las difíciles circunstancias sociales y económicas que estaban viviendo las
familias de los estudiantes.
Dentro de las personas más recordadas y
queridas en Arica se encuentra el sacerdote jesuita Juan Valdés, quien bautizó
a mis dos hijos. Juan Valdés estuvo a cargo de la pastoral universitaria en la
década de los 70, en una Universidad del Norte intervenida y con un rector
designado. Le tocó vivir un tiempo de gran efervescencia política y una
compleja realidad socioeconómica que enfrentó con resistencia ética y
acompañamiento crítico, priorizando la defensa de los DDHH y la libertad
académica. Un período en el que procuró, con santa paciencia y llevando la
palabra de Cristo, amortiguar conflictos, dar consuelo y esperanza entre
estudiantes, administrativos y académicos. Amparó y medió siguiendo a Cristo.
Dejó un recuerdo que perdura hasta la actualidad, al contribuir a una formación
espiritual contextualizada a la realidad que se vivía en la comunidad
universitaria. Aportó humanidad allí donde reinaba inhumanidad, expresó
cercanía donde imperaba lejanía, dio la cara cuando no se daba, escucha a
quienes no eran escuchados, dedicación a quienes no eran atendidos, procurando
en todo momento una formación de personas comprometidas socialmente.
Se le atribuye la expresión de que “no
sirve de nada un título si no hay un corazón que lata por el prófugo y el
pobre”. Pedía a los estudiantes no olvidar la misión que se les ha dado,
invitándoles a que “no se dejen seducir por el título, sino por el servicio”.
Son muchos los estudiantes que lo recuerdan con cariño. Promovió jornadas,
retiros, trabajos voluntarios, misiones en apoyo a necesidades materiales y
espirituales en distintos barrios de Arica y de Azapa y Lluta. Apoyándose en
las encíclicas sociales de la Iglesia, su presencia fue refugio y espacio de
diálogo y deliberación en tiempos en que estaban fuertemente cercenados.
Fueron tiempos en los que el mundo
cristiano empezó a levantar la voz ante las desapariciones, torturas,
asesinatos y exilios que se estaban dando a conocer públicamente. Desde la Casa
Central de la Universidad del Norte en Antofagasta, es impuesto un nuevo
Vicerrector, Félix Viveros, dentista, reservista del Ejército, quien en no pocas
ocasiones llegaba a la universidad en uniforme de combate. El DAE es renovado
con savia nueva de sus propias entrañas, que complementan a quienes ya estaban.
Allí están Juan Iglesias, Alda Acevedo, Norman Reyes, Julio Gaete, Benedicto
Colina, Jorge Pérez Barbeito, Héctor Cáceres y Alexis Gutiérrez. Por sugerencia
de este último, se inicia un proceso de capacitación MBA en el extranjero por
parte de algunos académicos.
En reemplazo de Ángel Awad llega un
nuevo director, Pedro Arriagada, economista traído desde las alturas de
Santiago. Dura poco. Eran tiempos en que las universidades eran distribuidas
entre militares, marinos, aviadores y cómplices civiles. La Universidad del
Norte había sido asignada a los marinos.
Junto con Yanko Ossandón, en el DAE
empezamos a hacernos cargo de los primeros cursos de computación, sin tener
computadores. Eran los tiempos de las tarjetas perforadas, las de la Polla Gol,
de los mazos de tarjetas que partían al Centro de Computación que la
Universidad del Norte tenía en Antofagasta (CECUN), en tiempos cuyo director
era Gerardo Vergara. Allá tenían un equipo IBM 1130, en una gran sala
especialmente acondicionada para estos efectos. Los primeros cursos de lenguaje
de programación eran en FORTRAN, para posteriormente complementarlos con COBOL.
En un semestre a duras penas se
alcanzaba a procesar un programa computacional. Partían las hojas de
codificación de los alumnos y en CECUN sus secretarias se encargaban de
traspasar su contenido a tarjetas de codificación, mediante máquinas
perforadoras de tarjetas. Por cada programa escrito en las hojas de
codificación se trasladaba a un mazo de tarjetas perforadas, el que era
ingresado a una unidad lectora de tarjetas para su compilación y eventual
ejecución, si el programa estaba “bien” compilado. Es así como regresaban a
Arica los mazos de tarjetas con los programas “compilados”. Todo esto
tomaba semanas, y siempre llegaban con errores, ya sea de perforación, de
interpretación, de compilación o de ejecución. Toda una odisea de la cual son
testigos los alumnos de entonces. Y los errores había que buscarlos,
identificarlos y corregirlos.
Así, los programas iban a Antofagasta y
regresaban a Arica a paso de tortuga. Es así como con Yanko en más de una
oportunidad viajamos a Antofagasta para acelerar este proceso. Eran tiempos de
viajes por tierra, los fines de semana, sin presupuesto, sin viáticos. Tiempos
de colonización computacional. Para el fin de cada semestre, para aprobar,
exigíamos que los alumnos tuviesen sus respectivos programas ya ejecutados
correctamente. Se acercaba el término del semestre y los programas seguían
arrojando errores, no entregando los resultados esperados en base a los datos
de entrada que se tenían.
Es así como en más de una oportunidad,
con los cursos completos, de las carreras que estaban bajo la responsabilidad
del DAE (Ingeniería Comercial y Contaduría), organizábamos viajes a
Antofagasta, para allá, “in situ”, corregir los errores detectados y así
avanzar más rápidamente. Alojábamos en escuelas, durmiendo en sacos de dormir,
en el suelo. Ya no recuerdo cómo ni dónde nos alimentábamos. Éramos jóvenes,
sentíamos que teníamos toda una vida por delante. Viajábamos toda una noche, procesábamos
y corregíamos los programas en el día, dormíamos, y al otro día seguíamos en
eso. Luego, regresábamos a Arica, también por tierra, con los programas ya
compilados y ejecutados correctamente, con la íntima satisfacción del deber
cumplido. Tiempos heroicos, sin pandemia, cuando no existían bonos, ni ayudas
de ningún tipo. ¡¡Todo por Cristo Nuestro Señor!!
Tiempos inolvidables, forjados a punta
del esfuerzo de alumnas y alumnos a quienes con honda satisfacción veo y sigo
sus pasos a la distancia. Mujeres y hombres de bien, profesionales a carta
cabal. A los próceres de entonces los recuerdo nítidamente, no así sus nombres.
Aun a costa de ser injusto, nombraré a quienes sí recuerdo de esos años
dorados: Marcelino Garay, Yamil Jorrat, Edmundo Urra, René Solar, Juan Carlos
Gandolfo, Leyla Farah, Aulis Tornero, Teresa Fernández, Marisol Correa, Teresa
Fernández, Gonzalo Muñoz, Mauricio Néspolo, Santiago Arata, Ernesto Cellino y
Julio Burich.
A pesar de los esfuerzos por
independizarnos del CECUN en Antofagasta, para tener un equipamiento
computacional propio en Arica, la gran conquista alcanzada a fines de los años
70 no fue otra cosa que la compra de una máquina perforadora de tarjetas, la
que nos permitía perforar localmente los mazos de tarjetas, que posteriormente
remitíamos a Antofagasta para su procesamiento en CECUN. Esto ayudó a acelerar
los procesos. Es así como se logró que, en los semestres sucesivos, en vez de
alcanzar a procesar un programa computacional cada semestre, pudiésemos
ejecutar dos programas por alumno en un semestre. Para estos efectos, se crea
el Área de Computación, que nace de las entrañas del DAE, pero que a poco andar
pasó a depender directamente de la Vicerrectoría de Sede, en esos años en manos
de Félix Viveros. Pero Arica seguía sin tener computadores. Ni la universidad,
ni la municipalidad, ni en las empresas privadas tenían computadores. No
existían en Arica.
Así y todo, disponer de una máquina
perforadora de tarjetas constituyó todo un hito, dado que pudimos dejar de enviar
los programas computacionales escritos en hojas de codificación. Ahora, los
traspasos de los programas, desde las hojas de codificación a tarjetas
perforadas podían ser realizados en Arica, aliviando la carga de trabajo en
Antofagasta y aumentando el número de veces que un mismo programa podía
compilarse hasta que saliera sin errores para su ejecución. Esa fue la
“independencia” alcanzada.
No olvidemos que eran tiempos de
procesamiento en modalidad por lotes, tiempos en los que no se vislumbraba el
procesamiento en línea. Es así como todas las semanas remitíamos cajas con
mazos de tarjetas, cada uno debidamente individualizado, que al cabo de una
semana retornaban bien o mal compilados y ejecutados, para ser reenviados una y
otra vez hasta que el programa fuese bien ejecutado, arrojando los resultados
esperados para los datos de entrada dados.
En una ocasión nos llegó un reclamo
desde CECUN, porque la máquina lectora de tarjetas se había estropeado a causa
de un mazo de tarjetas defectuosas. Efectuada la investigación de rigor, se
constató que al alumno responsable del mazo se le habían mojado las tarjetas, y
no encontró nada mejor que ponerlas a secar al Sol sin decirnos nada. Es así
como el mazo partió a Antofagasta, con sus tarjetas secas, pero distorsionadas
por la humedad, que al pasar por la lectora, no fue capaz de “leer” las
tarjetas. Este hecho nos forzó a reforzar los controles para evitar nuevos
bochornos.
Recién en 1982, después de la fusión de
las sedes Arica de la Universidad del Norte y la Universidad de Chile, la nueva
universidad, la Universidad de Tarapacá, logra tener su primer computador, un
equipo Digital PDP-11/34 con 128 Kb de memoria RAM. Pero esta ya es otra
historia.
(*) Escrito con ocasión de los 70 años de la Universidad Católica del Norte que podrán encontrar en la web de la UCN (leer)

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