junio 23, 2026

Tiempos de colonización (*)

Llegué a Arica contratado por la Universidad del Norte (ahora Universidad Católica del Norte) en agosto de 1974, luego de casi un año buscando trabajo. A raíz del golpe del 73, la unidad donde trabajaba en el Banco Central de Santiago, la Secretaría de Relaciones Económicas Externas (SEREX) fue suprimida el mismísimo 11 de septiembre. Justo ese día celebraba mi segundo aniversario de matrimonio. Había egresado como Ingeniero Civil Industrial de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. Enviaba mi currículo a distintas empresas que ofrecían puestos de trabajo en los medios de comunicación, sin obtener respuesta alguna. Convencido de que me encontraba en una lista negra, empecé a sentir el síndrome del perseguido. Eran tiempos bravos.

Con el propósito de “extirpar el cáncer marxista”, en las universidades los rectores designados por el gobierno militar se encontraban exonerando profesores, ya sea por tener un sello marxista o izquierdista, y/o estar adscritos a unidades académicas que se estaban eliminando por calificarse como innecesarias o conflictivas. De allí que, lentamente, cada vez más universidades estaban empezando a efectuar llamados a concurso para plazas docentes que habían quedado vacantes, las que debían llenarse para restablecer la docencia a las distintas carreras. Todo esto, dentro del marco de recuperación de la actividad académica, particularmente la docente.

Es así como empiezo a postular a tales concursos, aprovechando una experiencia docente como ayudante desde mi segundo año de ingeniería, y como profesor auxiliar en mis últimos años en la Universidad de Chile. Uno de esos llamados provenía de la Sede Arica de la Universidad del Norte. Allí se requería un profesor de Estadísticas, asignatura que estaba impartiendo en Santiago, en la Universidad de Chile como profesor auxiliar.

Soy entrevistado en Santiago, en una de las oficinas de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile por quienes eran el director académico, Enrique Correa, y el profesor del Departamento de Matemáticas y Física (DMF), Mario Alvarado, en representación del director, que en la época era el profesor Freddy Veas. Sorteo con éxito ambas entrevistas.

Así fue como llegué al DMF para impartir los cursos de estadísticas que solicitaban departamentos que tenían carreras a su cargo. En esos tiempos no existían facultades ni escuelas, tan solo departamentos. El DMF estaba conformado, entre otros, por su director Freddy Veas, Mario Alvarado, Washington Mansilla, Gonzalo Masjuan, Eward Trigo, Víctor Sánchez, Jaime Rodríguez, Yanko Ossandón, Benjamín Cordero, Miguel Schönfeldt, Verónica Rey Más, Fresia Zúñiga, Edmundo Lazo y David Lazo.

Poco tiempo después de mi arribo, se resuelve disolver el DMF, distribuyéndose las asignaturas que impartía entre los departamentos que estaban a cargo de las carreras que requerían tales servicios docentes. Me destinan, junto con Yanko Ossandón y Miguel Schönfeldt, al Departamento de Administración y Economía (DAE), donde me encuentro con Ángel Awad, su director, Raúl Díaz, Amparo Núñez, Jaime Díaz, Ángel Henríquez, Pablo Jiménez, René Labraña y Carlos Valencia, entre otros.

En esos tiempos el Vicerrector de la Sede Arica de la Universidad del Norte era Sergio Giaconi, uno de los fundadores de la carrera de Ingeniería Comercial. Poco después arriba Christian Ghymers, economista belga, en el marco de las relaciones existentes entre la Universidad del Norte y la Universidad de Lovaina.

En 1976, con motivo de denuncias de atropellos a los DDHH desde sectores vinculados a la Democracia Cristiana y la Iglesia Católica, el Cardenal Raúl Silva Henríquez resuelve crear la Vicaría de la Solidaridad como instancia de protección y apoyo a quienes estaban siendo afectados. El régimen imperante reacciona, generándose una crisis política que se expresa en la marginación de quienes eran militantes o adherentes demócrata cristianos. Estos, si bien en un inicio habían respaldado al régimen, posteriormente, con motivo de las actuaciones y consecuencias de organismos secretos (DINA) dependientes del gobierno, fueron adoptando posturas crecientemente críticas. Su impacto en la Universidad del Norte se expresa en la destitución del Vicerrector en la Sede Arica, Sergio Giaconi, y en el de los académicos del DAE, Ángel Awad, René Labraña y Carlos Valencia. No eran menores las consecuencias que en el seno de la universidad estaban generando los despidos y las difíciles circunstancias sociales y económicas que estaban viviendo las familias de los estudiantes.

Dentro de las personas más recordadas y queridas en Arica se encuentra el sacerdote jesuita Juan Valdés, quien bautizó a mis dos hijos. Juan Valdés estuvo a cargo de la pastoral universitaria en la década de los 70, en una Universidad del Norte intervenida y con un rector designado. Le tocó vivir un tiempo de gran efervescencia política y una compleja realidad socioeconómica que enfrentó con resistencia ética y acompañamiento crítico, priorizando la defensa de los DDHH y la libertad académica. Un período en el que procuró, con santa paciencia y llevando la palabra de Cristo, amortiguar conflictos, dar consuelo y esperanza entre estudiantes, administrativos y académicos. Amparó y medió siguiendo a Cristo. Dejó un recuerdo que perdura hasta la actualidad, al contribuir a una formación espiritual contextualizada a la realidad que se vivía en la comunidad universitaria. Aportó humanidad allí donde reinaba inhumanidad, expresó cercanía donde imperaba lejanía, dio la cara cuando no se daba, escucha a quienes no eran escuchados, dedicación a quienes no eran atendidos, procurando en todo momento una formación de personas comprometidas socialmente.

Se le atribuye la expresión de que “no sirve de nada un título si no hay un corazón que lata por el prófugo y el pobre”. Pedía a los estudiantes no olvidar la misión que se les ha dado, invitándoles a que “no se dejen seducir por el título, sino por el servicio”. Son muchos los estudiantes que lo recuerdan con cariño. Promovió jornadas, retiros, trabajos voluntarios, misiones en apoyo a necesidades materiales y espirituales en distintos barrios de Arica y de Azapa y Lluta. Apoyándose en las encíclicas sociales de la Iglesia, su presencia fue refugio y espacio de diálogo y deliberación en tiempos en que estaban fuertemente cercenados.

Fueron tiempos en los que el mundo cristiano empezó a levantar la voz ante las desapariciones, torturas, asesinatos y exilios que se estaban dando a conocer públicamente. Desde la Casa Central de la Universidad del Norte en Antofagasta, es impuesto un nuevo Vicerrector, Félix Viveros, dentista, reservista del Ejército, quien en no pocas ocasiones llegaba a la universidad en uniforme de combate. El DAE es renovado con savia nueva de sus propias entrañas, que complementan a quienes ya estaban. Allí están Juan Iglesias, Alda Acevedo, Norman Reyes, Julio Gaete, Benedicto Colina, Jorge Pérez Barbeito, Héctor Cáceres y Alexis Gutiérrez. Por sugerencia de este último, se inicia un proceso de capacitación MBA en el extranjero por parte de algunos académicos.

En reemplazo de Ángel Awad llega un nuevo director, Pedro Arriagada, economista traído desde las alturas de Santiago. Dura poco. Eran tiempos en que las universidades eran distribuidas entre militares, marinos, aviadores y cómplices civiles. La Universidad del Norte había sido asignada a los marinos.

Junto con Yanko Ossandón, en el DAE empezamos a hacernos cargo de los primeros cursos de computación, sin tener computadores. Eran los tiempos de las tarjetas perforadas, las de la Polla Gol, de los mazos de tarjetas que partían al Centro de Computación que la Universidad del Norte tenía en Antofagasta (CECUN), en tiempos cuyo director era Gerardo Vergara. Allá tenían un equipo IBM 1130, en una gran sala especialmente acondicionada para estos efectos. Los primeros cursos de lenguaje de programación eran en FORTRAN, para posteriormente complementarlos con COBOL.

En un semestre a duras penas se alcanzaba a procesar un programa computacional. Partían las hojas de codificación de los alumnos y en CECUN sus secretarias se encargaban de traspasar su contenido a tarjetas de codificación, mediante máquinas perforadoras de tarjetas. Por cada programa escrito en las hojas de codificación se trasladaba a un mazo de tarjetas perforadas, el que era ingresado a una unidad lectora de tarjetas para su compilación y eventual ejecución, si el programa estaba “bien” compilado. Es así como regresaban a Arica los mazos de tarjetas con los programas “compilados”.  Todo esto tomaba semanas, y siempre llegaban con errores, ya sea de perforación, de interpretación, de compilación o de ejecución. Toda una odisea de la cual son testigos los alumnos de entonces. Y los errores había que buscarlos, identificarlos y corregirlos.

Así, los programas iban a Antofagasta y regresaban a Arica a paso de tortuga. Es así como con Yanko en más de una oportunidad viajamos a Antofagasta para acelerar este proceso. Eran tiempos de viajes por tierra, los fines de semana, sin presupuesto, sin viáticos. Tiempos de colonización computacional. Para el fin de cada semestre, para aprobar, exigíamos que los alumnos tuviesen sus respectivos programas ya ejecutados correctamente. Se acercaba el término del semestre y los programas seguían arrojando errores, no entregando los resultados esperados en base a los datos de entrada que se tenían.

Es así como en más de una oportunidad, con los cursos completos, de las carreras que estaban bajo la responsabilidad del DAE (Ingeniería Comercial y Contaduría), organizábamos viajes a Antofagasta, para allá, “in situ”, corregir los errores detectados y así avanzar más rápidamente. Alojábamos en escuelas, durmiendo en sacos de dormir, en el suelo. Ya no recuerdo cómo ni dónde nos alimentábamos. Éramos jóvenes, sentíamos que teníamos toda una vida por delante. Viajábamos toda una noche, procesábamos y corregíamos los programas en el día, dormíamos, y al otro día seguíamos en eso. Luego, regresábamos a Arica, también por tierra, con los programas ya compilados y ejecutados correctamente, con la íntima satisfacción del deber cumplido. Tiempos heroicos, sin pandemia, cuando no existían bonos, ni ayudas de ningún tipo. ¡¡Todo por Cristo Nuestro Señor!!

Tiempos inolvidables, forjados a punta del esfuerzo de alumnas y alumnos a quienes con honda satisfacción veo y sigo sus pasos a la distancia. Mujeres y hombres de bien, profesionales a carta cabal. A los próceres de entonces los recuerdo nítidamente, no así sus nombres. Aun a costa de ser injusto, nombraré a quienes sí recuerdo de esos años dorados: Marcelino Garay, Yamil Jorrat, Edmundo Urra, René Solar, Juan Carlos Gandolfo, Leyla Farah, Aulis Tornero, Teresa Fernández, Marisol Correa, Teresa Fernández, Gonzalo Muñoz, Mauricio Néspolo, Santiago Arata, Ernesto Cellino y Julio Burich.

A pesar de los esfuerzos por independizarnos del CECUN en Antofagasta, para tener un equipamiento computacional propio en Arica, la gran conquista alcanzada a fines de los años 70 no fue otra cosa que la compra de una máquina perforadora de tarjetas, la que nos permitía perforar localmente los mazos de tarjetas, que posteriormente remitíamos a Antofagasta para su procesamiento en CECUN. Esto ayudó a acelerar los procesos. Es así como se logró que, en los semestres sucesivos, en vez de alcanzar a procesar un programa computacional cada semestre, pudiésemos ejecutar dos programas por alumno en un semestre. Para estos efectos, se crea el Área de Computación, que nace de las entrañas del DAE, pero que a poco andar pasó a depender directamente de la Vicerrectoría de Sede, en esos años en manos de Félix Viveros. Pero Arica seguía sin tener computadores. Ni la universidad, ni la municipalidad, ni en las empresas privadas tenían computadores. No existían en Arica.

Así y todo, disponer de una máquina perforadora de tarjetas constituyó todo un hito, dado que pudimos dejar de enviar los programas computacionales escritos en hojas de codificación. Ahora, los traspasos de los programas, desde las hojas de codificación a tarjetas perforadas podían ser realizados en Arica, aliviando la carga de trabajo en Antofagasta y aumentando el número de veces que un mismo programa podía compilarse hasta que saliera sin errores para su ejecución. Esa fue la “independencia” alcanzada.

No olvidemos que eran tiempos de procesamiento en modalidad por lotes, tiempos en los que no se vislumbraba el procesamiento en línea. Es así como todas las semanas remitíamos cajas con mazos de tarjetas, cada uno debidamente individualizado, que al cabo de una semana retornaban bien o mal compilados y ejecutados, para ser reenviados una y otra vez hasta que el programa fuese bien ejecutado, arrojando los resultados esperados para los datos de entrada dados.

En una ocasión nos llegó un reclamo desde CECUN, porque la máquina lectora de tarjetas se había estropeado a causa de un mazo de tarjetas defectuosas. Efectuada la investigación de rigor, se constató que al alumno responsable del mazo se le habían mojado las tarjetas, y no encontró nada mejor que ponerlas a secar al Sol sin decirnos nada. Es así como el mazo partió a Antofagasta, con sus tarjetas secas, pero distorsionadas por la humedad, que al pasar por la lectora, no fue capaz de “leer” las tarjetas. Este hecho nos forzó a reforzar los controles para evitar nuevos bochornos.

Recién en 1982, después de la fusión de las sedes Arica de la Universidad del Norte y la Universidad de Chile, la nueva universidad, la Universidad de Tarapacá, logra tener su primer computador, un equipo Digital PDP-11/34 con 128 Kb de memoria RAM. Pero esta ya es otra historia.

(*) Escrito con ocasión de los 70 años de la Universidad Católica del Norte que podrán encontrar en la web de la UCN (leer


No hay comentarios.:

Publicar un comentario