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| Foto de Elyse Chia en Unsplash |
Hay dos
hechos cuyos contrastes dan cuenta de la vara con que los distintos sectores los
relatan, observan, evalúan.
Uno es el de
los niños haitianos supuestamente perdidos, descubrimiento que el gobierno de
Kast aprovechó para hacer leña del árbol caído, culpabilizando al gobierno de
Boric. El paso de los días puso las cosas en su lugar: los niños no están
perdidos. Estamos hablando de migrantes vulnerables que arrancan de un país
fallido, Haití.
Dos, es el
del conductor de un automóvil BMW, que transitaba por Santiago a una velocidad
por sobre los 200 km por hora. La policía, al detectarlo, le ordena detenerse.
Todo apunta a que se trata de un palo grueso, no perteneciente a sectores vulnerables,
por lo que a pesar de manejar a exceso de una velocidad poco razonable, de alto
riesgo, no se le retuvo la licencia de conducir ni se le detuvo.
Son dos casos
opuestos, uno perteneciente a la casta económica, que debe vivir en el triángulo
de Bermudas configurado por las comunas de Vitacura, Las Condes y Lo
Barrenechea. Seguramente hijo de la meritocracia, hijo de familia decente. Para
protegerlo se ordena ocultar su identidad. El otro, perteneciente a los pobres,
marginados, postergados, son nominados públicamente una y otra vez. Seguramente
fruto de la pobreza, de no querer trabajar como pregonan y exigen los de
arriba.
Los casos
que revelan empatía con unos, pero no con otros. Empatías que se entrecruzan. En
el caso de los niños haitianos ahora se afirma que se violaron las leyes al posibilitar
el ingreso a Chile de niños sin su documentación en regla. El servicio de migraciones
de la época no habría exigido lo que las leyes exigían. Privilegió la
humanidad, la solución del drama haitiano a la obediencia de leyes. Privilegió la
reunificación familiar.
En el caso
del palo grueso solo faltó que recriminaran a la policía que tuvo la osadía de
detener al BMW por poner en riesgo a otros. Seguramente, al comunicarse con sus
superiores, éstos al consultar quien era el conductor, prefirieron cortar por
lo sano, devolviéndole su licencia. Solo faltó que le pidieran disculpas.
Esta es la
realidad, la penosa realidad que corroe, que explica porqué todo se nos hace
cuesta arriba, porqué estamos como estamos. Para salir de esto hay que cortar por
lo sano partiendo por tratarnos como iguales.

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