junio 24, 2026

Midiendo con distinta vara

Foto de Elyse Chia en Unsplash

Hay dos hechos cuyos contrastes dan cuenta de la vara con que los distintos sectores los relatan, observan, evalúan.

Uno es el de los niños haitianos supuestamente perdidos, descubrimiento que el gobierno de Kast aprovechó para hacer leña del árbol caído, culpabilizando al gobierno de Boric. El paso de los días puso las cosas en su lugar: los niños no están perdidos. Estamos hablando de migrantes vulnerables que arrancan de un país fallido, Haití.

Dos, es el del conductor de un automóvil BMW, que transitaba por Santiago a una velocidad por sobre los 200 km por hora. La policía, al detectarlo, le ordena detenerse. Todo apunta a que se trata de un palo grueso, no perteneciente a sectores vulnerables, por lo que a pesar de manejar a exceso de una velocidad poco razonable, de alto riesgo, no se le retuvo la licencia de conducir ni se le detuvo.

Son dos casos opuestos, uno perteneciente a la casta económica, que debe vivir en el triángulo de Bermudas configurado por las comunas de Vitacura, Las Condes y Lo Barrenechea. Seguramente hijo de la meritocracia, hijo de familia decente. Para protegerlo se ordena ocultar su identidad. El otro, perteneciente a los pobres, marginados, postergados, son nominados públicamente una y otra vez. Seguramente fruto de la pobreza, de no querer trabajar como pregonan y exigen los de arriba.

Los casos que revelan empatía con unos, pero no con otros. Empatías que se entrecruzan. En el caso de los niños haitianos ahora se afirma que se violaron las leyes al posibilitar el ingreso a Chile de niños sin su documentación en regla. El servicio de migraciones de la época no habría exigido lo que las leyes exigían. Privilegió la humanidad, la solución del drama haitiano a la obediencia de leyes. Privilegió la reunificación familiar.

En el caso del palo grueso solo faltó que recriminaran a la policía que tuvo la osadía de detener al BMW por poner en riesgo a otros. Seguramente, al comunicarse con sus superiores, éstos al consultar quien era el conductor, prefirieron cortar por lo sano, devolviéndole su licencia. Solo faltó que le pidieran disculpas.

Esta es la realidad, la penosa realidad que corroe, que explica porqué todo se nos hace cuesta arriba, porqué estamos como estamos. Para salir de esto hay que cortar por lo sano partiendo por tratarnos como iguales.

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