junio 29, 2026

La tragedia de Bielsa

A raíz de la eliminación de Uruguay en la primera ronda, el loco Bielsa se encuentra en la picota, como su máximo responsable. No es para menos. Uruguay llegó con miras a ser protagonista. Cuando se le contrató fue con miras a reverdecer laureles. Se le contrató a sabiendas de su estilo, frontal. Y empezó como caballo de carrera. Sendos triunfos en las eliminatorias sobre Brasil y Argentina abrieron apetitos, abrieron expectativas. Todos nos fuimos entusiasmando. De ahí para adelante, todo empezó a cojear, a menguar. ¿Qué mierda ocurrió para que al final se derrumbaran todos los sueños?

Todo apuntaba a que Bielsa le venía anillo al dedo al jugador uruguayo, al ser uruguayo, a la garra charrúa. Su obsesión, su exigencia, su orden, su disciplina, su filosofía, su planteamiento radicalmente ofensivo sin importar si el rival era chico o grande, su autonomía.

Sin embargo, a poco andar afloraron características que en su minuto se soslayaron a pesar de que se conocían. Sus atributos positivos pesaron más. Con el tiempo, y al no darse los resultados esperados, empezaron a ponerse sobre la mesa atributos negativos: su carácter huraño, su mirada huidiza, su sermoneo filosófico, sus decisiones, sus controversias. Quizás le penó alguna
carencia de competencias blandas o sociales que ayudan a saber ser, estar o relacionarse con otros.

Al final del día, para sintonizar, en la convivencia, en el trabajo en equipo, hay un proceso adaptativo de ajuste mutuo. No es unilateral. Son las partes las que se van moldeando, ajustando para dar con el tono. Los resultados son fruto de procesos, de actores, de sus roles, los que se van afinando en el tiempo con miras a su optimización y a la obtención de los objetivos perseguidos. Para su éxito son necesarios recursos físicos, materiales, humanos, financieros. Son necesarios, pero no suficientes. Se requiere disposición, voluntad, integración, empatía de las partes. Esto no se dio. Creo que nos farreamos una oportunidad preciosa.

Quizás lo traicionó su personalidad. Su capacidad para ver los partidos, para estudiarlos una y otra vez, su capacidad formativa, se vino al suelo por una manera poco empática de ser, donde no le importaban las consecuencias. Acá visualizo, a mi modo de ver, que su personalidad ha terminado traicionándolo al comprarse conflictos, odiosidades, que se podrían haber evitado o, al menos, morigerado. 

Convengamos que Bielsa es un personaje difícil, y por lo mismo tiene acérrimos admiradores y acérrimos detractores. O se le quiere, o se le odia. Para unos, ahora los menos, es un héroe, para otros, ahora los más, un vende humo. No admite medias tintas. Y a él no le importa, no le preocupa. Es así. Tengo la sensación de que es una manera de posicionarse ante el mundo, de expresar una timidez. Imagino lo que sufre cada vez que ha debido enfrentarse a las conferencias de prensa de tener que andar dando explicaciones, una y otra vez, de porqué puso a este jugador y no a otro.

Sus detractores estaban al acecho. Desde un inicio no pocos vieron con malos ojos su contratación con argumentos de la más diversa naturaleza. Que cómo podíamos tener a un argentino de entrenador, que debía ser uruguayo. Que era un fracasado, que no le ha ganado a nadie. Qué no se ha dicho de él. Hoy, estos críticos están festinando con él, haciendo leña del árbol caído.

Mal que mal, lo que importa en el mundo de hoy, son los resultados. Si ganas eres la gloria misma, si pierdes, eres un desastre. Por momentos pareciéramos olvidar que resultados sólidos, estables, persistentes, son fruto de procesos serios, exigentes, más largos que cortos, no contaminados. Nunca perdí la esperanza de que Uruguay, su plantel de jugadores, así como su director técnico, fuese capaz de sortear las andanadas experimentadas durante todo el proceso desde los medios de comunicación y las redes sociales. Francamente me impresionaron muchas de las expresiones vertidas, cargadas de mala fe y chauvinismo. Me impresionaron porque desconocía esta faceta del ser uruguayo. Así no se puede.

En síntesis, como siempre, la responsabilidad máxima del fracaso reside en el director técnico, en este caso, en Bielsa, pero ello no exime de responsabilidades a los otros actores, en particular de los jugadores, de la dirigencia, de los medios de comunicación y sus periodistas que no trepidaron en echarle leña al fuego, así como de las redes sociales, donde desde el anonimato aportaron al derrumbe. Ojalá aprendamos algo una vez que se nos pase la calentura.

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