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Foto de AbsolutVision en Unsplash
Habiendo guerras en el Medio Oriente, en el estrecho de
Ormuz, y en Ucrania, si creemos que podemos seguir viéndolas por televisión o
leyéndolas en los medios de comunicación, sin mayores consecuencias, estamos
muy equivocados.
La razón es simple: las guerras tienen consecuencias más allá
de los límites geográficos en las que se desarrollan. Consecuencias de todo
orden que estamos viviendo en carne propia. Mal que mal hace rato que dejamos
de vivir en forma independiente, si es que alguna vez vivimos de esta forma. Somos
dependientes. Nos guste o no, estamos globalizados, desde el minuto en que se
nos invitó a dejar de producir lo que no sabemos, concentrarnos en lo que sí
sabemos, en aprovechar lo que tenemos y traer de afuera lo que no tenemos.
La guerra en Irak es la cara más visible por su impacto en el
valor del petróleo, recurso del que dependemos y seguiremos dependiendo quizás
por cuánto tiempo más.
Las guerras en Ucrania y en Gaza nos impactan más
indirectamente, pero no por ello dejan de hacerlo. Desestabilizan los mercados,
ponen signos de interrogación respecto del futuro, afectan las sensaciones, las
emociones. Las muertes, atentados, destrucción que observamos a diario, y quienes
no la vivimos, inciden en nuestro ánimo, en nuestra salud mental, en nuestros
hijos, en nuestra convivencia, en nuestra mirada del futuro.
Vaya mundo el que estamos dejando a nuestros hijos. ¿Qué ganas
de tener hijos podemos tener? La baja tasa de natalidad algo tiene que ver con
todo esto. Muchas parejas jóvenes prefieren tener animales de compañía antes que
hijos.
Todas estas guerras ¿para qué? ¿Para clavar estacas? ¿Para
imponer nuestros términos? ¿Para que el adversario, o enemigo, no salga con la
suya? Confieso que me cuesta entender los tiempos que vivimos. Me baja la duda
si somos seres racionales; también dudo que seamos seres emocionales. ¿Cuántas veces
tenemos que tropezar con la misma piedra para darnos cuenta de las barbaridades
que cometemos?
Curiosamente todo esto se está dando junto con avances científicos
y tecnológicos sin precedentes. Vaya paradoja, avances que permiten una mejor
vida para unos, y en paralelo, una peor vida para otros. En la práctica, lo de
la mejor vida para unos es discutible, porque al final del día estamos todos en
un mismo barco, vivimos en un mismo planeta que estamos haciendo zumbar, climáticamente,
ecológicamente, socialmente.
No pocos pensarán que quienes no estamos implicados,
físicamente, geográficamente, militarmente, o de cualquier otra forma, no nos
veremos afectados. Por más alejados que estemos de los puntos en conflicto, de
los centros de poder, nos rebota, sino financieramente, nos rebota psíquicamente.
No se puede vivir bajo la amenaza permanente de calores extremos, de
bombardeos, de incendios, de inundaciones como parecen ser los tiempos que
vivimos.
Es tiempo que demostremos que no hemos perdido nuestra capacidad
de raciocinio. Es tiempo de levantar la cabeza, de apelar a lo mejor de cada
uno de nosotros en vez de lo peor. Es tiempo de demostrar que somos más
inteligentes que tontos antes que sea tarde.
Es tiempo de saber elegir bien a quienes han de liderarnos.
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