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| Foto de Homa Appliances en Unsplash |
Hace 5 años escribí dos columnas referidas a la necesidad de implementar una renta básica universal (RBU) tituladas RBU: ¿podremos vivir sin trabajo? y Dándole vueltas a la RBU. En ellas afirmaba que, al paso que vamos, nos estamos encaminando hacia un mundo que nos permita vivir decentemente sin necesidad de tener un trabajo remunerado. Afirmación que está sustentada en un desarrollo científico-tecnológico que no solo está destruyendo más puestos de trabajo que los que crea, sino que, además, como guinda de la torta, los está precarizando. La informalidad crece, los contratos de por vida tienden a desaparecer para reemplazarse por contratos temporales.
Las máquinas nos están
reemplazando. Las grandes empresas con miles de trabajadores están dando paso a
empresas con decenas de trabajadores apoyados por máquinas, robots. Y al paso
que vamos tendremos empresas conformadas por máquinas-robots apoyados y/o
controlados por unos pocos trabajadores. No sé si ya tenemos empresas sin
trabajadores, pero para allá vamos. Se me dirá que en algún minuto de la cadena
habrá uno o más trabajadores dado que los robots habrán de ser creados por
humanos. Entiendo que ya hay robots que están siendo fabricados por robots, y
la inteligencia artificial (IA) ya está haciendo su aporte acelerando este
proceso de empresas con cada vez menos trabajadores.
Es en este contexto que irrumpe
la llamada RBU que ha ido tomando distintas denominaciones (bonos, seguros, etc.)
y formas según el país que se trate.
Toda una paradoja el “progreso”
en que estamos inmersos, con cada vez más bienes y servicios, pero en
condiciones laborales cada vez más inestables que nos hacen vivir a salto de
mata. Vivimos con ingresos cuyo componente fijo va en descenso, mientras con
nuestros costos ocurre lo contrario: los fijos van in crescendo. El impacto
psicológico y sociológico no es menor. Las relaciones familiares, sociales,
laborales, políticas se deterioran. El piso se mueve, se desestabiliza. Muchos
de los crecientes conflictos sociales y políticos que estamos observando se
relacionan con esta temática.
Lo expuesto también ayuda a
explicar la pérdida de relevancia del factor trabajo en beneficio del factor
capital. Para los dueños del factor trabajo, los trabajadores, la mano de obra
manual e intelectual, estos son tiempos aciagos. Por el contrario, para los
dueños del factor capital, los capitalistas, la automatización les viene de
perillas, aunque no están exentos de la necesidad de sortear obstáculos
vinculados con los grandes capitales que exige la automatización que exigen los
tiempos actuales. Lo prueba la
desaparición de las pequeñas empresas, o absorción de ellas por empresas de
mayor tamaño, en los más diversos sectores -bancario, aeronáutico, pesquero,
supermercadista, etc.-.
Lo señalado explica que la expresión
bíblica “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” esté batiéndose en retirada
y el surgimiento de la RBU que más temprano que tarde terminará por imponerse sencillamente
porque vamos hacia un mundo con menos trabajo. Lejos de ser una mala noticia,
debe ser una buena noticia, porque nos amplía el espacio de libertad de uso de
nuestro mayor tiempo libre. Pero para ello debemos estar preparados, porque al
menos hasta ahora estamos siendo educados, formados, para trabajar, no para
saber qué hacer con nuestro tiempo de ocio. Además, debemos estar preparados
para financiar una RBU que no sea meramente testimonial o de supervivencia.
El punto es ¿cómo financiamos una
RBU decente? Lo razonable es que lo hagan las máquinas que están
realizando el trabajo que nosotros hacíamos. Bill Gates lo ha dicho
recientemente: hay que gravar la automatización. No puede ser que las empresas estén
automatizando, eliminando puestos de trabajo sin atenerse a las consecuencias. Gates
lo dice sin pelos en la lengua al afirmar que “El trabajo humano tiene valor social. Si lo sustituye la
tecnología, debemos reinvertir en la humanidad”.
Por lo demás va en beneficio de las
mismas empresas porque ellas sin demanda no tienen destino. De nada les sirve estar
insertos en una población sin poder adquisitivo.
Estamos inmersos en un
proceso de automatización imparable y acelerado por la irrupción de la IA que
ha llegado para quedarse. No atender las consecuencias en el plano social que
esto conlleva es lo que parece explicar una realidad marcada por la emergencia
de conflictos que se prolongan en el tiempo. A su vez, tales conflictos abren
espacio a políticos identificados con posturas extremas que hoy parecen campear
por doquier.

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