Estando con mi familia en Madrid, en los años 83 al 85, en mi apartamento localizado en Alcalá 290, un buen día, toca a la puerta el más impensado de los visitantes: Lupercio Vásquez Fuchslocher. El mismísimo que siendo la máxima autoridad de la Universidad del Norte en Arica, quiso echarme en 1979 (*). No sin sorpresa, abro la puerta para hacerlo pasar. Su expresión asemejaba a la de un paciente recién dado de alta de un hospital. Le ofrezco una taza de té que acepta gustoso.
Me cuenta que venía llegando
de un congreso realizado en la India, al que había asistido en representación
del gobierno del innombrable, donde ocupaba el cargo de subsecretario de
Agricultura. En su estadía en el país asiático se intoxicó. “La pasé muy mal,
no sé cómo salí vivo”, dijo evidenciando en su rostro los signos del
inconveniente de salud. El regreso lo tenía previsto vía Madrid, para estar
unos días conociendo la capital española. No contaba con la intoxicación. “Pero
acá me tienes, a mal traer, solo, aunque recuperándome”, acotó.
Intrigado por haber dado
conmigo, a pesar del altercado que habíamos tenido hace unos pocos años le
pregunto cómo fue que dio conmigo. Me responde que antes de viajar desde Chile
estuvo con Emilio Lorca, el mismísimo que se la jugó para sacarme de la lista
negra. Y Emilio, quien ya estaba radicado en Santiago al igual que Lupercio, cuando
supo que se iba a un congreso a la India, y que a la vuelta pasaría por Madrid,
le dijo que yo estaba estudiando un magister en la Universidad Politécnica de Madrid,
no resistió la tentación de decirle que podría pasar a verme. Lupercio le
respondió que no pensaba hacerlo. Emilio insistió dándole mi número telefónico
y dirección (en esos años no existían los celulares). Estando en Madrid no se
atrevió a llamarme por teléfono por temor a que lo mandara a freír monos a otra
parte. Así fue como llegó a Alcalá 290 quien había intentado sacarme de la
universidad, herido por una carta donde lo mandaba a ocuparse de cosas más
importantes que los atrasos de mi secretaria.
Ya relajados, y degustando
el té servido, me consulta si tengo tiempo para sacarlo de paseo para conocer
el Alcázar de Toledo. Envalentonado, e imbuido de los aires de la transición
española, le respondo que no podía acceder a su petición, porque se trataba del
símbolo de la resistencia fascista en tiempos de la Guerra Civil.
“Bueno, entonces llévame al
Valle de los Caídos”, contraataca, confiando que no me negara nuevamente. Quise
resistirme, pero me fue imposible. Sin querer queriendo, en un día helado, con
nieve, en la popular renoleta (Renault 4) que tenía, viajamos junto a Cielo y
los niños a conocer el lugar donde reposan los restos de los líderes del
fascismo español, acompañando al subsecretario de agricultura del gobierno del
capitán general, el innombrable.
Para quienes no conocen la historia del Valle de los Caídos me basta señalar que es uno de los íconos de la ultraderecha española, donde estaban enterrados Franco y José Antonio Primo de Rivera. A ello se agrega que fue construido con las manos de quienes fueron perseguidos y apresados por la dictadura franquista. Así fue como gracias a Lupercio conocí el Valle de los Caídos. Son las vueltas de la vida.
Nota: Me observan que desde el año 2019 los restos de Franco ya no están allí.
(*) Leer en parte 1 https://rodolfoschmal.blogspot.com/2026/02/las-vueltas-de-la-vida-parte-1.html

Buena historia, vale la pena que siguas contando tus experiencias. Un pequeño detalle para corregir tu relato sobre el valle de los caídos: Franco ya no esta allí, en el 2019, el gobierno español decidió remover sus restos de allí por respeto a los caídos, y la familia lo transladó a un lugar privado (no me recuerdo donde, el evento fue seguido por la TV).
ResponderBorrar