febrero 05, 2026

Las vueltas de la vida (parte 1)

A fines de los 70 trabajaba en la sede Arica, de la Universidad del Norte, a cargo del Centro de Computación recientemente creado para prestar servicios computacionales en el ámbito docente. Éramos 2 académicos -Yanko y yo- y una secretaria -Ada Ramírez. Teníamos un equipo Digital PDP 11/34. Habíamos conquistado la independencia de un peregrinar que habíamos iniciado en 1976 cuando iniciamos los primeros cursos de computación a las carreras de ingeniería sin computadores. Los programas computaciones -escritos en Fortran- los escribíamos en hojas de codificación, los que se iban al poderoso centro de computación que la universidad tenía en su casa central localizada en Antofagasta. Esta es otra historia de la que te4ndremos oportunidad de escribir más adelante.

Ada tenía la costumbre de llegar atrasada, lo que como su superior inmediato no me complicaba mayormente en la medida que cumpliera con eficiencia sus funciones. Un día recibo una carta del entonces secretario general, Lupercio Vásquez Fuchslocher, denunciando estos sucesivos atrasos, por lo que me conmina a adoptar las medidas correspondientes para que no sigan ocurriendo.

Le respondo, a través del mismo medio, que se trataba de una responsabilidad de mi competencia, y que mejor se preocupara de aspectos más relevantes del quehacer universitario. Lupercio, al recibir mi carta, me llama de inmediato a su despacho. Voy y me conmina, dado el insolente tenor de la carta, que la retire para darla por no recibida. Le respondo que no tengo problema en retirarla, pero que le recalco que es lo que pienso. Furioso, el secretario general se dirige hacia la puerta y la abre exigiendo que me retire.

Fue un encontronazo en tiempos del innombrable que, más adelante, me saldría caro.. El vicerrector de sede de entonces era Félix Viveros, dentista, reservista del ejército, y como tal, no pocas veces ingresaba a la universidad en tenida de combate, de reservista. Él era mi superior inmediato. Con Yanko teníamos el monopolio del control de la docencia en computación y de las actividades relacionadas a este tema en la universidad.

De tiempo en tiempo en esferas de gobierno se producían remezones, movimientos telúricos de mayor o menor calibre. En uno de ellos, Viveros se ve afectado, forzándose su salida. Entonces, los rectores y vicerrectores eran designados por las más altas esferas del gobierno. En reemplazo de Viveros, para infortunio mío, Lupercio Vázquez es nombrado como vicerrector de sede. En diciembre de 1979, como era habitual a fin de año, se confecciona la lista de académicos a exonerar. En el equipo de colaboradores de Vásquez destacaba Emilio Lorca, sismólogo, director académico, con quien yo mantenía una relación de amistad. Nuestros hijos tenían edades similares y asistían al mismo parvulario, celebrando muchas veces en conjunto sus cumpleaños.

Una noche, entre Navidad y Año Nuevo, Emilio llega a mi departamento para informarme que era el número uno de la lista de exonerados. Me dijo que iría a la casa de Lupercio con la misión de sacarme de esa nómina, y que lo esperara sin moverme del departamento. Quedé helado. Lupercio se estaba dando el gusto de vengarse por el incidente de la secretaria. Son las vueltas de la vida.

A pesar de tener pensamientos políticos opuestos, con Emilio sintonicé apenas llegó a Arica, esencialmente por su jovialidad, su bonhomía, porque siempre veía el vaso medio lleno. No tenía pelos en la lengua, dicharrachero, alegre, positivo. Mi primer vehículo nuevo fue un Volkswagen modelo Brasilia año 1977, influenciado por él que tenía uno del 76, morado, del cual hablaba maravillas.

Emilio apenas estuvo en la casa de Lupercio, se plantó ante él para decirle: “Vengo para que saques a Rodolfo de la lista”. La respuesta fue fulminante: “No, cualquier otro, pero no él, por insolente”. Emilio insiste: “No puedes tomar decisiones institucionales en base a apreciaciones personales. No me iré de acá hasta que saques a Rodolfo de la lista”. La conversación se alargó hasta las tres de la madrugada. Finalmente, Emilio logró lo que parecía imposible, sacarme de la lista. Al momento de informarme, acota: “Por favor, no vuelvas a hacer chambonadas porque cuestan caro. Ándate con cuidado, las paredes escuchan”. Volví a respirar aliviado. Me había salvado jabonado.

Más de 3 décadas después, residiendo yo en Talca, Emilio fallece en Santiago. Viajo para estar en las exequias Allí me encontré con sus hijos, quienes se sorprenden de verme llegar. Les conté esta historia que no conocían y que los quise acompañar en estos duros momentos porque Emilio hizo lo que pocos hacen por otras personas: jugársela. Lloramos todos juntos.


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