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Sendos
artículos aparecidos en los diarios La Tercera y The Mercury Times donde se dan
entretelones de la conformación del gabinete de José Antonio Kast como si fuera
un cuento de hadas, me hizo recordar cuando se conformó el primer equipo
directivo de la Universidad de Tarapacá surgido en democracia en los
años 90.
Derrotado el innombrable en el plebiscito del 88, en las elecciones presidenciales del año siguiente triunfa Patricio Aylwin en representación de la Concertación de Partidos por la Democracia conformada por múltiples partidos opositores a la dictadura, entre los que destacaban el PDC (Partido Demócrata Cristiano), el PS (Partido Socialista), el PPD (Partido por la Democracia) y el PR (Partido Radical).
Con la llegada de Aylwin una corriente de esperanza recorre al país y las universidades no son ajenas a este ambiente. En las universidades se inician procesos eleccionarios conducentes a elegir a sus rectores, dejando atrás la figura de los rectores delegados impuestos desde el gobierno. Se convoca a un proceso eleccionario en la Universidad de Tarapacá, al igual que en todas las universidades estatales. Por tratarse de una universidad resultante de la fusión de las sedes que la Universidad de Chile y Universidad del Norte tenían en Arica, en ella imperaban dos culturas: la de la Universidad de Chile que era eminentemente masónica, y la cultura de la Universidad del Norte donde predominaba la católica. Por otro lado, la sede de la Universidad de Chile era de carácter humanista que incluía las pedagogías y las carreras sociales, en tanto que la sede de la Universidad del Norte, era más tecnológica, volcada a las ingenierías.
Se convoca a elecciones para la rectoría y surgen dos postulantes: Claudio Díaz, masón, partidario de la dictadura, quien provenía de la Universidad de Chile, profesor de ciencias, y Jorge Urquart, también profesor, proveniente de la Universidad del Norte, católico, DC, doctorado en letras de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), opositor a la dictadura. Había dos clivajes comprometidos: el de la dictadura versus democracia, y el de la masonería versus catolicismo. Jorge Urquhart me invita a participar como jefe de campaña, lo que acepto con mucho gusto, sin pensar en las consecuencias. Y empezamos configurando el equipo de trabajo y la campaña propiamente tal recorriendo las facultades, institutos y departamentos en que se estructuraba la universidad, conversando, dialogando con los académicos. Sin arrasar, ganamos con holgura.
El día del triunfo, por la noche el rector electo nos convoca a quienes habíamos participado en la primera línea de la campaña a celebrar en su casa con un cóctel. En medio de la celebración, Jorge Urquhart se me acerca, y pregunta: ¿qué cargo quieres? Me pilló de sorpresa, nunca imaginé una pregunta de ese tenor. No tenía cargo alguno fuera de ser académico. A lo más había sido jefe del Área de Computación y Director del Departamento de Computación en tiempos de la Universidad del Norte, cargo eminentemente técnico el primero, y académico el segundo. Cargos que ocupé más que nada porque las autoridades no encontraban a otro personaje dado que no era santo de la devoción de las autoridades de entonces.
Sin pensarlo mayormente le respondo que me gustaría ser director de extensión y comunicaciones porque me interesaba estrechar la vinculación con el medio por parte de la universidad y siempre me ha atraído todo lo asociado a las comunicaciones. Jorge Urquhart me mira de arriba abajo y luego de unos segundos me dice “No, no puedo darte ese cargo”. Le pregunto ¿Por qué no? La respuesta fue lapidaria: “No puedo poner a una persona con tu sordera en un cargo que demanda mucha comunicación oral”. Quedé de una pieza y solo atino a responder: “Entonces para qué me preguntas”. Bueno, me dice, confiaba en que me dirías el nombre del cargo para el cual te tengo en vista, esperando que saliera de ti. Y yo entonces le pregunto ¿para qué cargo me tenías pensado? Y me responde: Director de Planificación. Le pregunto ¿porqué? Su respuesta fue simple: “por ser organizado, metódico, cuadrado, ingeniero”. Me pareció totalmente plausible el razonamiento por lo que acepto sin sospechar siquiera el objetivo que el rector electo tenía en mente a la hora de asumir el cargo.
Así fue como a medida que fue conversando con las distintas personas que estábamos presentes en el coctel fue configurando su equipo directivo. Resultado: cada uno de los presentes salimos del coctel, con un cargo bajo el brazo. Creo que nadie se imaginó esto. Así partió la bolita. Pocos días después me encomendó una tarea destinada a cumplir con uno de los objetivos centrales planteados en la campaña: reestructurar una universidad pequeña que estaba jibarizada en 8 facultades porque la lógica del gobierno de entonces era dividir para reinar. Esta estructura tenía asociada una elevada burocracia con un alto costo de mantenimiento y en el que todos los decanos eran designados.
En consecuencia, se me encomienda la tarea de reestructurar las facultades con miras a su reducción, una tarea compleja porque iba a pisar callos, dado que iban a haber decanos que dejarían de ser tales, lo mismo vicedecanos, directores de departamentos. Y durante la campaña habíamos planteado que debíamos hacerlo, no imponiendo dictatorialmente como había sido en los años previos, sino participando colectivamente.
Es así como en calidad de director de planificación organizo reuniones a nivel de facultad con los académicos para conocer sus posiciones, criterios y fundamentos, las que dan origen a una propuesta de fusión de facultades acompañada del criterio de fusión empleado. Dicha propuesta, que reducía las facultades de 8 a 5, fue sometida a consideración del consejo académico y de la junta directiva. No sin dificultades, fue aprobada y oficializada por la contraloría de la universidad. Fueron dos años intensos en el que hubo no pocos heridos.
Luego de la reestructuración me correspondió generar una estrategia de desarrollo para la universidad, la que también fue elaborada a partir de conversaciones e innumerables reuniones con los consejos de cada una de las facultades. Para este trabajo tuve la valiosa colaboración de Marianela Vega, quien fuera alumna mía en los tiempos de la Universidad del Norte en la carrera de Ingeniería Comercial. El resultado, plasmado en un documento, propone la necesidad de establecer áreas de desarrollo prioritarias, las que se presentaron bajo un triángulo con tres niveles, en cuya cúspide se encontraban las áreas de agronomía en zonas áridas y arqueología.
La elección se explicó porque en ambas áreas la universidad tenía significativas ventajas comparativas dada la aridez del entorno geográfico y la existencia de los valles de Azapa y Lluta en medio de esta aridez. En un segundo nivel, en apoyo al primer nivel se proponían las áreas de ingeniería y de economía, y en un tercer nivel el área asociada a la educación y las ciencias sociales como soporte de las anteriores. El fundamento de este ordenamiento residía en la necesidad de priorizar dados los escasos recursos disponibles para atraer académicos con miras a desarrollar todas las áreas al más alto nivel. Esta propuesta no fue aceptada, optándose por no priorizar área alguna dejándose en libertad de acción para que todas las áreas se desarrollaran en igualdad de condiciones.
Con el tiempo
esas áreas que habíamos definido como prioritarias, se encuentran al más alto
nivel dentro de la Universidad de Tarapacá, ganándose su espacio en igualdad de
condiciones, pero muy probablemente a un mayor costo de lo que habría sido bajo
un esquema como el que habíamos presentado hace ya más de 30 años atrás. Hoy la
Facultad de Agronomía está especializándose en agricultura en zonas áridas, y
el área de arqueología junto con ser capaz de atraer académicos de nivel
mundial tiene una revista reconocida internacionalmente, organizar pasantías,
congresos, conferencias, con invitados extranjeros. De hecho, entiendo que son
las dos áreas que en la actualidad más se destacan en la universidad.

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