marzo 16, 2026

A disfrutar, o sufrir lo votado

Existen circunstancias en que tenemos dichos que vienen anillo al dedo. Uno de ellos es “más vale diablo conocido que santo por conocer” particularmente cuando se trata de votar, de elegir entre distintas opciones.

Unos se tirarán a la piscina asumiendo que tiene agua, en tanto que otros verificarán si tiene agua antes de tirarse. En política el tema tiene varias aristas. Los conservadores prefieren perseverar con lo conocido, pero el tema va más allá. De lo que se trata es de no dar un salto al vacío. Una cosa es gerenciar una institución, o un país, y otra cosa es gerenciar una parte de ella.

A modo de ejemplo, tenemos al “choro” Soria, caudillo de Iquique, a quien nadie ha podido hacerle sombra dentro de su región, pero que a nadie se le ocurriría ponerlo a cargo del país. Son quienes hacen carrera vía electoral para llegar a lo alto.

También tenemos el caso inverso, de quienes nunca han asumido jefaturas o responsabilidades parciales por vía electoral, sino por la vía de la designación, excepto cuando se trata de llegar a la cúspide organizacional, en que las circunstancias exigen que debe someterse al escrutinio electoral de las bases.

Bien sabemos que existen personajes que se sienten más cómodos en la arena electoral que nominados a dedo. Los primeros. por personalidad, por labia, por contactos, por redes. Suelen ser quienes buscan, ambicionan el poder. Los segundos, prefieren ser designados, no pasar por el filtro electoral, por timidez, por parquedad, por frialdad. Suelen ser quienes, al menos aparentemente, no buscan el poder, más bien les llega vía varita mágica y apoyos en la sombra.

Hay quienes nacieron para vender la pomada, particularmente cuando se trata de la propia, en cambio otros son un desastre. Yo soy un claro ejemplo de esto último. A la memoria se me viene cuando décadas atrás postulé a un cargo, aupado por quienes querían que me tirara a la piscina electoral. 

Agarré papa, me tiré, y en la campaña recuerdo haber estado en un barrio donde al hacer entrega de un volante, la señora que lo recibe me dice: “porqué voy a votar por Ud. ¿acaso me va a pagar la cuenta de la luz y el agua? La miro y le respondo: “Ud. cree que mi función como autoridad es pagarle la cuenta de su consumo de luz y agua?”. Con esta respuesta cavé mi tumba electoral.

No escapará a mis queridos lectores, que no fui elegido. Por la noche de ese día, reunido el equipo de campaña me recriminó la respuesta dada porque así no se ganan las elecciones, sino todo lo contrario, se pierden. “Y qué respuesta creen que debí haber dado?”. Haber tomado nota de la petición, y responder que haremos todo lo posible para ver qué podemos hacer. En concreto, dar esperanza, dejar el asunto en el aire, lo importante es sumar a como dé lugar. Olvidé que uno más uno somos más. Si no lo haces tú, lo hará el otro candidato. Así de simple.

La noche de la derrota fue amarga, pero mirando en perspectiva, por suerte perdí. Me salvé jabonado. De allí que uno de mis refranes favoritos sea: “No hay mal que por bien no venga”.

Uno rara vez sabe con qué chicha se está curando. Al momento de votar entra en juego la racionalidad con la emocionalidad bajo intensa presión en uno u otro sentido. Sustraerse a esta presión a la hora de votar es el gran desafío.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario