febrero 07, 2026

Las vueltas de la vida (parte 2)

Estando con mi familia en Madrid, en los años 83 al 85, en mi apartamento localizado en Alcalá 290, un buen día, toca a la puerta el más impensado de los visitantes: Lupercio Vásquez Fuchslocher. El mismísimo que siendo la máxima autoridad de la Universidad del Norte en Arica, quiso echarme en 1979 (*). No sin sorpresa, abro la puerta para hacerlo pasar. Su expresión asemejaba a la de un paciente recién dado de alta de un hospital. Le ofrezco una taza de té que acepta gustoso.

Me cuenta que venía llegando de un congreso realizado en la India, al que había asistido en representación del gobierno del innombrable, donde ocupaba el cargo de subsecretario de Agricultura. En su estadía en el país asiático se intoxicó. “La pasé muy mal, no sé cómo salí vivo”, dijo evidenciando en su rostro los signos del inconveniente de salud. El regreso lo tenía previsto vía Madrid, para estar unos días conociendo la capital española. No contaba con la intoxicación. “Pero acá me tienes, a mal traer, solo, aunque recuperándome”, acotó.

Intrigado por haber dado conmigo, a pesar del altercado que habíamos tenido hace unos pocos años  le pregunto cómo fue que dio conmigo. Me responde que antes de viajar desde Chile estuvo con Emilio Lorca, el mismísimo que se la jugó para sacarme de la lista negra. Y Emilio, quien ya estaba radicado en Santiago al igual que Lupercio, cuando supo que se iba a un congreso a la India, y que a la vuelta pasaría por Madrid, le dijo que yo estaba estudiando un magister en la Universidad Politécnica de Madrid, no resistió la tentación de decirle que podría pasar a verme. Lupercio le respondió que no pensaba hacerlo. Emilio insistió dándole mi número telefónico y dirección (en esos años no existían los celulares). Estando en Madrid no se atrevió a llamarme por teléfono por temor a que lo mandara a freír monos a otra parte. Así fue como llegó a Alcalá 290 quien había intentado sacarme de la universidad, herido por una carta donde lo mandaba a ocuparse de cosas más importantes que los atrasos de mi secretaria.

Ya relajados, y degustando el té servido, me consulta si tengo tiempo para sacarlo de paseo para conocer el Alcázar de Toledo. Envalentonado, e imbuido de los aires de la transición española, le respondo que no podía acceder a su petición, porque se trataba del símbolo de la resistencia fascista en tiempos de la Guerra Civil.

“Bueno, entonces llévame al Valle de los Caídos”, contraataca, confiando que no me negara nuevamente. Quise resistirme, pero me fue imposible. Sin querer queriendo, en un día helado, con nieve, en la popular renoleta (Renault 4) que tenía, viajamos junto a Cielo y los niños a conocer el lugar donde reposan los restos de los líderes del fascismo español, acompañando al subsecretario de agricultura del gobierno del capitán general, el innombrable.

Para quienes no conocen la historia del Valle de los Caídos me basta señalar que es uno de los íconos de la ultraderecha española, donde estaban enterrados Franco y José Antonio Primo de Rivera. A ello se agrega que fue construido con las manos de quienes fueron perseguidos y apresados por la dictadura franquista. Así fue como gracias a Lupercio conocí el Valle de los Caídos. Son las vueltas de la vida.

Nota: Me observan que desde el año 2019 los restos de Franco ya no están allí.

(*) Leer en parte 1 https://rodolfoschmal.blogspot.com/2026/02/las-vueltas-de-la-vida-parte-1.html  

1 comentario:

  1. C. Ghymers1:53 a.m.

    Buena historia, vale la pena que siguas contando tus experiencias. Un pequeño detalle para corregir tu relato sobre el valle de los caídos: Franco ya no esta allí, en el 2019, el gobierno español decidió remover sus restos de allí por respeto a los caídos, y la familia lo transladó a un lugar privado (no me recuerdo donde, el evento fue seguido por la TV).

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