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| Foto de GR Stocks en Unsplash |
Por estos días tenemos el caso
Epstein que nos muestra en todo su esplendor en qué pueden terminar los abusos
de poder por parte de quienes se creen que pueden hacer lo que quieran. En
Chilito tuvimos nuestro propio caso Epstein en los primeros años del presente
siglo, hace ya más de dos décadas: el caso Spiniak. ¿Qué tienen en común ambos
casos?
Tanto Epstein como Spiniak eran
empresarios con un poder económico suficiente para financiar y hacer lo que les
diera la gana. Ambos tejieron redes para explotar a menores de edad o adultos
jóvenes que no denunciaban nada por la asimetría de poder existente. Y en caso contrario,
las denuncias eran desacreditadas por el peso de una extensa red de contactos y
protección.
La consecuencia de esta manifiesta
desigualdad de poder, no es otra cosa que la impunidad. Pero todo tiene un
límite. Creyéndose intocables, gracias a sus riquezas monetarias, van tejiendo
una amplia red de conexiones políticas, sociales y económicas, como una suerte
de muro infranqueable destinado a blindarlos. El problema es que tanta es el
agua que llega al cántaro, que éste al final se rompe. Es lo que parece estar
ocurriendo ahora con el príncipe Eduardo, hermano del rey de Inglaterra.
Junto a estos casos de tanta
notoriedad, también hay otros más cercanos, que nos acompañan, de menor
envergadura, pero que encierran lo mismo: abuso de poder. Mas de uno de mis
lectores debe haber conocido casos en el ámbito laboral en los que necesitamos
contratar a alguien. Y donde se constituye una comisión con miras a definir las
características que deben cumplir quienes postulan al puesto de trabajo que se
está creando. Definido el perfil de quien debía ocupar el puesto de trabajo, se
hizo el llamado a concurso correspondiente.
Lo curioso es que las
características definidas estaban a la pinta, calzaban, con las de la esposa
del jefe de quienes conformaban la comisión. Como era de esperarse, la esposa se
adjudicó el puesto, razón por la cual su nombre se elevó a instancias
superiores para su concreción. Dada la relación existente (esposa del jefe), el
resultado del proceso fue rechazado. ¿Cuál fue la solución? Poco después,
renuncia el jefe, quien es asignado a otro cargo. Se hace un nuevo llamado a
concurso, con similares bases, y vuelve a ganarlo la misma persona. Ahora el
resultado del proceso fue aprobado. Poco después el esposo vuelve a la unidad
de la que era jefe, y en la que fue contratada su señora. Y a poco andar,
vuelve a ser jefe. Y ahora es jefe de su señora.
El jefe salió con la suya, pero
la mona por más que se vista de seda, mona queda. A veces se demora en destaparse la olla, pero
al final se destapa. Es la gran lección que nos deja el caso Epstein. El ser
humano requiere controles. A la sociedad le hace mal una desigualdad de poder
-de todo orden- más allá de la razonable. Precisar cuánta desigualdad es la
razonable es todo un desafío.

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