Desgraciadamente, no veo a Uruguay llegando al mundial con la fe del carbonero. Soy un uruguayo que vive fuera de Uruguay hace decenas de años, más de 6 décadas. Me fui en el 62 y solo he vuelto esporádicamente. Me fui, pero Uruguay no se fue de mí. No soy exiliado político ni económico, tan solo una tragedia familiar, hizo que me fuera sin querer irme. Mi infancia está allá. Allá están mis calles, mis playas, mis parques, mis árboles, mis amigos, mis lágrimas, mis alegrías. Soy de los tiempos de jugar con una pelota de trapo en la calle, con arcos hechos a punta de piedras.
Soy de los tiempos en que Peñarol y Nacional dominaban la
escena futbolística, de los tiempos de Gonzalvez -capitán de capitanes-, de Spencer
-cabeza mágica-, Joya -negro el 11- y Rocha -el verdugo- en Peñarol, y de
Emilio “Cococho” Álvarez, de Walter Taibo en el arco, de Troche, de Douksas, de
Domingo Perez, del negro Escalada en Nacional. Cada temporada, la disputa para
alcanzar la punta era monopolizada por Peñarol o Nacional, porque los demás no
les hacían sombra, eran todos equipos chicos, cuya hazaña se centraba en
empatarles o ganarles a alguno de los grandes. Hoy la disputa parece haberse “democratizado”,
los grandes ya no son tan grandes ni los chicos tan chicos.
Entonces éramos atractivos, contratábamos a estrellas
foráneas en sus mejores tiempos -Spencer, Joya, Artime, Onega, entre otros-; hoy,
nuestras estrellas se van buscando mejores horizontes. No sé qué cambió, pero
lo concreto es que se dio vuelta la tortilla. Antes importábamos buenos
jugadores, ahora los exportamos. Vuelven, en el mejor de los casos cuando están
en su ocaso, para volver al terruño, al paisito, porque como Uruguay no hay.
Uruguay, en la primera mitad del siglo pasado dictaba
cátedra en materia futbolística. Nos parábamos en la cancha de igual a igual. No
sé en qué minuto nos venimos abajo ni porqué. Quizás vino de la mano de crisis políticas
y/o económicas. Lo concreto es que dejamos de roncar, pero así y todo, seguimos
inspirando respeto. Ningún rival puede
mirarnos por encima, ni pisarnos los callos, porque en cualquier minuto nos
sale la garra, el pundonor, el alma y corazón uruguayo que tenemos quienes
hemos tenido el privilegio de nacer allí sin pedirle permiso a nadie.
Todo esto a propósito del mundial que se nos viene
encima, y los nominados, los seleccionados para ponerse la celeste, esa celeste
que nos energiza, que nos multiplica, que explica lo inexplicable. Y bueno,
bastó que saliera la nómina para que los millones de técnicos que nos creemos,
nos pusiéramos a subir y bajar al técnico, que para que puso a este que no
juega a nada, o a este que ya no corre; o porqué no puso a este otro que está
jugando bárbaro, o que es capaz de dar vuelta un partido de un minuto a otro, o
que provee experiencia y sagacidad. Y así vamos poniendo palos a la carreta.
El proceso eliminatorio fue un desastre, lo que temo
incida en el mundial propiamente tal. Me explico. De partida, la dirigencia
escogió como director técnico al loco Bielsa, todo un personaje, obsesivo a más
no poder, pero que a poco de llegar no faltaron quienes empezaron a tirarle
piedras: que nunca ha ganado nada, y para remate, que no es uruguayo. No fue la
mejor bienvenida que se le podía dar. a pesar que en sus primeros partidos
eliminatorios el plantel que dirigió consiguió una hazaña difícil de igualar:
le ganó tanto a Argentina, campeón del mundo, y a Brasil por dos goles a cero
en el estadio Centenario. De ahí para adelante se empezó a trastabillar. Las dudas,
el acoso periodístico, las patadas en las canillas, la desconfianza en el
trabajo del técnico, empezaron a mellar, lo que no alcanzó a dejarnos fuera de clasificación.
Con todo, clasificamos, y bien, con un buen plantel. Si bien no tenemos figuras
para tirar por la ventana, sí tenemos un bien número considerando el paisito
que somos. Un plantel a respetar, que ningún país puede mirar por sobre el
hombro por el simple hecho de que no cualquiera viste la celeste.
Nuestra chance está para
llegar lo más arriba posible. Para el mundial del 50, nadie daba un peso por
nosotros, y mira a dónde llegamos. Lo que tenemos que tener claro, meridianamente,
es que Uruguay está para cualquier cosa, pero para ello, es imprescindible que
dejemos a un lado el chaqueteo, el pesimismo. La filosofía, la psicología
también juega en esto. Los jugadores uruguayos no son de palo, tienen alma y
espíritu. El pesimismo es contagioso, al igual que el optimismo. Si queremos
ganar, hay que ser optimista, respaldar con todo al cuerpo técnico y al plantel
nominado. Aunque el loco Bielsa sea argentino, aunque sea hosco, antipático, o
lo que sea, aunque no estén los jugadores que quisiéramos. Están los que están.
¡Vamos Uruguay, arriba Uruguay porque como Uruguay no hay!

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