Trump no se aguanta de estar permanentemente en la cresta de la ola. Se las arregla para estar siempre en el candelero, esto es, llamando la atención permanentemente y generando una relación de amor y odio. Nadie, o pocos, pueden permanecer indiferentes ante sus expresiones.
Acaba de estar en China. De la boca para afuera puede
decirse cualquier cosa, pero en la práctica todo apunta a revertir una realidad
que aparece como irreversible. Una suerte de iniciativa desesperada por cumplir
con su slogan MAGA (Make America Great Again) con el que logró volver a la Casa
Blanca. Prueba lo señalado que no fue acompañado de políticos, sino que, de
palos gruesos tecnológicos, de la élite tecnocrática que lo rodea. Ahí estaban
Elon Musk de Tesla, Jensen Huang de Nvidia, Tim Cook de Apple, así como
representantes de otras grandes empresas tales como Qualcomm, Boeing,
Citigroup, Goldman Sachs.
No escapará a mis lectores que no fueron por bolitas de
dulce. La hegemonía estadounidense, industrial, tecnológica y financiera está
en declive. Y me atrevería a afirmar que a EEUU le salió el tiro por la culata.
Recordemos la visita de Kissinger a China, en tiempos de Nixon, a comienzos de
los 70, en 1971, para reunirse con Mao Tse Tung y Zou En Lai. Su objetivo fue abrir
el mercado chino al aparato productivo estadounidense. Un mercado con dominio
de una economía campesina, poco desarrollado, pero muy apetitoso por su
magnitud, los millones de chinos. Lo concreto es que a partir de esta apertura
los chinos se desarrollaron de forma tal que están terminando por dar vuelta la
tortilla.
En poco más de medio siglo tenemos al primer ministro
chino, Xi Jin Ping, frente a Trump hablándole de la “trampa de Tucídides”. Estoy
seguro de que Trump, al igual que todos nosotros, lo desconocía, como lo prueba
que haya quedado mirando al techo. Esta trampa hace referencia al riesgo de
conflicto cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia
dominante. Tucídides fue un historiador griego que explicó la inevitabilidad de
la guerra del Peloponeso (siglo V A.C.) debido a la emergencia de Atenas que
activó las alarmas de Esparta, la potencia dominante.
Como puede verse, Xi fue al hueso, sin medias tintas,
invitando a Trump a no caer en la trampa de Tucídides, esto es, la
inevitabilidad de una conflagración entre una potencia emergente (China) y una
potencia decadente (EEUU). Para estos efectos, Xi formuló la pregunta del
millón: ¿Podrán China y Estados Unidos superar la 'trampa de Tucídides' y
establecer un nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias?
Lo que hizo Xi, no fue una amenaza, sino una invitación a
tratarse como iguales, lo que a Trump debe costarle tanto porque cree en el “destino
manifiesto“ de EEUU, como por poner en jaque tanto su slogan MAGA como la
expresión “God Bless America”. Pero lo peor de todo, para Trump y acérrimos sus
seguidores en todo el mundo, es que China esté emergiendo con un sistema
político que es la antítesis del que impera en occidente. Todo un tema que
amerita otra columna, al menos una.
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