En estricto rigor no
debiera sorprendernos porque no es una conducta original por parte del gobierno
de EEUU. Su historial de intervenciones es conocido. Lo que sorprende es su carácter
desembozado. Normalmente intervenía vía testaferros. Esta vez parece no
haberlos encontrados entre los miembros de las fuerzas armadas venezolanas, por
lo que no le quedó otra más que hacerlo sin disimulo alguno.
Esta captura me hizo
recordar la de Adolf Eichmann por parte de la agencia de inteligencia israelí,
Mossad, en 1960, para ser sometido a juicio por crímenes contra la humanidad
dada su responsabilidad en el asesinato de millones de judíos en el marco de la
2GM. La similitud reside en que ambos fueron capturados en sendas operaciones
secretas al margen de toda consideración del derecho internacional. En ambos
casos se impuso la ley del matonaje; o como diría Fernando Atria, por las
buenas o las malas.
En el caso de
Eichmann se lo llevaron subrepticiamente desde la capital de Argentina, Buenos Aires, a Israel, donde se le juzgó, condenó a muerte y
ejecutado en 1962; en el caso de Maduro estaría en un buque de asalto anfibio
de la marina estadounidense rumbo con destino a Nueva York donde enfrentaría un
juicio en el que se le acusaría de corrupción, conspiración para importar
cocaína y narcoterrorismo por parte del Departamento de Justicia de Estados
Unidos.
Esto se veía venir. Trump ya había mandado sus “avisos” bombardeando lanchas en aguas caribeñas a su regalado gusto, sin órdenes judiciales ni debidos procesos. Lo más probable es que haya intentado tentar, sobornar a uno, o más altos oficiales de las FFAA venezolanas, pero no habría encontrado ninguno disponible. Su argumento se centra en la necesidad de proteger a la población de la droga introducida por carteles del narcotráfico. A pocos se les escapa que ese argumento no es sino una argucia para apropiarse de las riquezas que posee Venezuela, centradas en el petróleo.
El mundo político y
social observa con estupor e impertérrito lo ocurrido. No faltarán las
protestas, las movilizaciones, pero dudo que ellas tengan algún impacto en
estos tiempos de pusilaminidad, medios de comunicación controlados por los
poderes financieros y redes sociales que emborrachan la perdiz. El gobierno
venezolano pondrá el grito en el cielo, pataleará, sus FFAA venezolanas se movilizarán,
las organizaciones internacionales reclamarán, pero el mundo seguirá girando
tal como cuando han ocurrido otras tropelías, iguales o mayores, de quienes se
arrogan el rol de sheriffs, de guardianes del orden, de quienes se creen con el
derecho a imponer sus condiciones.
No está de más
recordar que esto se inscribe en un nuevo contexto que se está dibujando y
cuyos contornos no se visualizan aún con claridad. De la 2GM emergió un mundo
bipolar cuyas fuerzas dominantes eran EEUU y la URSS. Con el derrumbe
de la URSS, a fines de los 80, surgió un nuevo orden monopolar o multipolar, según como se le mire, que parece
estar en su fase final con la emergencia de China, la decadencia de EEUU y el
intento de Rusia por abrirse paso en este nuevo mundo que se está configurando.
La irrupción de Trump y los esfuerzos de
Putin apuntan a resucitar viejos laureles, mientras China, con santa paciencia
china se abre paso. Europa no parece saber a qué atenerse ni qué monos está pintando en esta repartija.
¿Rusia y China
tomarán palco frente a la intervención estadounidense en Venezuela? Lo más
probable es que así sea. Pasando y pasando. Me atrevo a conjeturar que Rusia se
apropiará de Ucrania, mientras EEUU mirará al techo dejando a Europa con los
crespos hechos. Y China aprovechará de recuperar Taiwán. El juego del poder en
acción. Con ello ingresaríamos a un nuevo mundo, el tripolar, cuyos contornos
aún están un tanto difusos.
En todo caso esta nueva bravata de Trump no creo que le salga gratis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario