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Trump tiene múltiples propósitos.
Uno de ellos es llamar la atención, que el foco esté puesto en él y para ello
no pierde ocasión para estar en todas. Al cumplirse un año de su gobierno, es
imposible encontrar un día siquiera, de entre los 365 días, en el que no haya
estado en la portada de los medios de comunicación escritos y no escritos. Ha
sido un año tan vertiginoso, sin duda, que cualquiera pensaría que llevara
mucho más tiempo. partió como tromba con sus famosas órdenes ejecutivas. Desde entonces,
no ha parado.
Ha estado en todas. Si no es por la
guerra arancelaria que ha desatado, es por la guerra en Ucrania, o por la
guerra en Gaza, o por el bombardeo en Irán, o por el rapto de Maduro en
Venezuela, o por su intromisión en las elecciones argentinas, o por su voluntad
de apoderarse de Groenlandia por las buenas o por las malas, o por despreciar o
menospreciar a Europa, o por sus amenazas a México y Colombia, o por querer
resucitar la doctrina Monroe, o por querer sacar a la máxima autoridad monetaria
de EEUU, o por deportar a los inmigrantes ilegales separándolos violentamente
de sus familias. Si no es por una cosa, es por otra, porque siempre tiene que
estar en el candelero.
Esta necesidad de ser
protagonista permanente de lo que está ocurriendo revela una personalidad digna
de ser analizada, no sé si por psicólogos, psiquiatras o neurólogos. Un
psiquiatra norteamericano, Otto Kernberg, especializado en los trastornos de
personalidad, lo ha estado estudiando. Kernberg, nacido en Viena (Austria), con
tan solo 11 años, junto con sus padres, por ser judíos, tuvo que huir de la barbarie
nazi a Chile en 1939. En 1961, vuelve a emigrar, hacia EEUU donde está radicado actualmente.
Consultado por Trump, afirma que
no le extraña su comportamiento, que asemeja al de Hitler en su tiempo. Si bien
fue elegido por medio de una votación popular, su actuación es el que caracteriza
a las dictaduras. Recuerda cuando le expulsaron de la escuela; recuerda cuando
sus amigos no podían seguir siéndolo y le quitaron el saludo; recuerda los
carteles en los que se prohibía el ingreso a locales comerciales por parte de “judíos
y perros”.
Kernberg sostiene que tanto Trump
como Hitler son personajes que emergen cuando una gran parte de la población se
siente insegura, no escuchada, desprotegida, impotente, insatisfecha, y víctima
de un mundo hostil que los lleva a anhelar la llegada de un “hombre fuerte” capaz
de revertir este estado de cosas invocando la “unidad nacional” para encarar la
“emergencia”. Al caer bajo un alto nivel de estrés y miedo, la población, sin
percatarse, en vez de desarrollar un comportamiento adulto, pasa a seguir un
patrón infantil. Cuando esta sensación de inseguridad, desprotección se vuelve
abrumadora, surge naturalmente el deseo de confiar, de entregarse a quien
invite a volver a hacer “grande” al país. Es lo que vemos en el mensaje
trumpista “Make America Great Again”.
El común denominador de estos
líderes es su agresividad, narcisismo, descalificación como enemigos, o
antipatriotas, a quienes no comulgan con los ideales que pregonan, y su exigencia
de incondicionalidad. Invito a mis lectores a hacer el ejercicio de quienes cumplen actualmente con estas características en forma moderada o radical.
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