enero 23, 2026

Intentando descifrar a Trump

Foto de visuals en Unsplash

Trump tiene múltiples propósitos. Uno de ellos es llamar la atención, que el foco esté puesto en él y para ello no pierde ocasión para estar en todas. Al cumplirse un año de su gobierno, es imposible encontrar un día siquiera, de entre los 365 días, en el que no haya estado en la portada de los medios de comunicación escritos y no escritos. Ha sido un año tan vertiginoso, sin duda, que cualquiera pensaría que llevara mucho más tiempo. partió como tromba con sus famosas órdenes ejecutivas. Desde entonces, no ha parado.

Ha estado en todas. Si no es por la guerra arancelaria que ha desatado, es por la guerra en Ucrania, o por la guerra en Gaza, o por el bombardeo en Irán, o por el rapto de Maduro en Venezuela, o por su intromisión en las elecciones argentinas, o por su voluntad de apoderarse de Groenlandia por las buenas o por las malas, o por despreciar o menospreciar a Europa, o por sus amenazas a México y Colombia, o por querer resucitar la doctrina Monroe, o por querer sacar a la máxima autoridad monetaria de EEUU, o por deportar a los inmigrantes ilegales separándolos violentamente de sus familias. Si no es por una cosa, es por otra, porque siempre tiene que estar en el candelero.

Esta necesidad de ser protagonista permanente de lo que está ocurriendo revela una personalidad digna de ser analizada, no sé si por psicólogos, psiquiatras o neurólogos. Un psiquiatra norteamericano, Otto Kernberg, especializado en los trastornos de personalidad, lo ha estado estudiando. Kernberg, nacido en Viena (Austria), con tan solo 11 años, junto con sus padres, por ser judíos, tuvo que huir de la barbarie nazi a Chile en 1939. En 1961, vuelve a emigrar, hacia EEUU donde está radicado actualmente.

Consultado por Trump, afirma que no le extraña su comportamiento, que asemeja al de Hitler en su tiempo. Si bien fue elegido por medio de una votación popular, su actuación es el que caracteriza a las dictaduras. Recuerda cuando le expulsaron de la escuela; recuerda cuando sus amigos no podían seguir siéndolo y le quitaron el saludo; recuerda los carteles en los que se prohibía el ingreso a locales comerciales por parte de “judíos y perros”.

Kernberg sostiene que tanto Trump como Hitler son personajes que emergen cuando una gran parte de la población se siente insegura, no escuchada, desprotegida, impotente, insatisfecha, y víctima de un mundo hostil que los lleva a anhelar la llegada de un “hombre fuerte” capaz de revertir este estado de cosas invocando la “unidad nacional” para encarar la “emergencia”. Al caer bajo un alto nivel de estrés y miedo, la población, sin percatarse, en vez de desarrollar un comportamiento adulto, pasa a seguir un patrón infantil. Cuando esta sensación de inseguridad, desprotección se vuelve abrumadora, surge naturalmente el deseo de confiar, de entregarse a quien invite a volver a hacer “grande” al país. Es lo que vemos en el mensaje trumpista “Make America Great Again”.

El común denominador de estos líderes es su agresividad, narcisismo, descalificación como enemigos, o antipatriotas, a quienes no comulgan con los ideales que pregonan, y su exigencia de incondicionalidad. Invito a mis lectores a hacer el ejercicio de quienes cumplen actualmente con estas características en forma moderada o radical.

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