enero 06, 2025

El dilema de la carrera a estudiar

Foto de Akson en Unsplash

Por estos días una nueva generación de jóvenes inicia su postulación a las universidades y carreras, rutina que se repite año a año para quienes han egresado de la enseñanza media. Momento en el cual jóvenes que bordean las dos décadas de vida deben tomar decisiones, que incidirán en el futuro que les espera: ¿qué carrera estudiar? Y ¿en qué universidad?

Recuerdo cuando hace ya más de medio siglo, en los días previos a mi postulación, en tiempos de bachillerato, mi tío me preguntó ¿qué pensaba estudiar? Le respondí periodismo o arqueología. Me miró de arriba para abajo y me dijo: No, no quiero muertos de hambre en la familia. Me quedé de una pieza, nunca imaginé dicha frase. Solo atiné a reaccionar preguntando ¿entonces qué estudio? Mi tío me dice, sin asomo de duda: ingeniería. Yo no tenía idea lo que era la ingeniería, la que asociaba a la construcción de puentes, edificios, carreteras, embalses, estadios. A duras penas me atrevo a preguntarle ¿por qué? Y mi tío, con una seguridad pasmosa en forma taxativa, sin el menor asomo de duda me responde “porque le pegas a las matemáticas”. Así de simple. Ni yo sabía que era bueno para las matemáticas, no me consideraba como tal ni mucho menos. Lo que más me gustaba era leer los diarios, estar en contacto con la naturaleza, estar de campamento, hacer fogatas en los campamentos, mirar las estrellas.

El periodismo me gustaba porque veía que los periodistas salían de viaje como corresponsales, transmitían los partidos de futbol con una pasión desenfrenada, a punto tal que si ibas al estadio y escuchabas el partido por la radio portátil, todo apuntaba a que no era el mismo partido que estabas viendo. Allí donde el locutor sentenciaba un cuasigol, lo que veían tus ojos era otra cosa nada que ver. Esta capacidad para transmitir algo distinto a lo que veías era impagable. El mejor campeonato mundial de futbol me tocó escucharlo por radio, no verlo: el del mundial del 58 en Suecia, donde Brasil se coronó campeón mundial por primera vez de la mano de Pelé con tan solo 16 años.  ninguno de los que me tocó ver después por TV le llegó a los talones.

La arqueología me atraía porque me permitía acampar, salir al aire libre. Como pueden ver, mis motivos eran bien pedestres. Pero eran tiempos en los que uno a esa edad no cortaba ni pinchaba. Eran otros tiempos. hoy es impensable que terceros tomen la decisión por uno. Yo no tenía escapatoria, ni se me pasó por la mente contrariar la voluntad del tío.

Rendí el bachillerato, obtuve 25 puntos, los suficientes para postular a ingeniería, la que era impartida por la Universidad de Chile y la Universidad Católica. Quedé en la Chile. No puedo ocultar que la sufrí. En primer año éramos 500 quienes ingresamos en 1966 distribuidos de 100 en 100 en 5 grupos. Por el apellido me tocó el último grupo, el E. Eran tiempos bravos, donde a segundo año solo pasaba uno de cada dos estudiantes. La especialidad se escogía recién en tercer año. Eran tiempos de las tablas Larsen, de la regla de cálculo y cuando recién asomaban las calculadoras Texas Instruments a precio de oro. 

Tiempos en los que hacer clases en la Chile era por bolitas de dulce, por el privilegio de hacer clases en Beaucheff. Tuve profesores memorables, Moisés Mellado, todo un personaje de raíz mapuche a quien tuve el gusto de visitar su casa una vez, una casa abarrotada de libres distribuidos desordenadamente, pero que él sabía dónde estaban. A Jorge Cauas, en esos tiempos vicepresidente del Banco Central bajo el gobierno de Frei Montalva, quien llegaba a clases directamente del banco con una libretita y que comenzaba la clase preguntando qué materia habíamos visto la última vez. Posteriormente se puso al servicio del innombrable para asumir la responsabilidad de aplicar una política de shock en 1974, política que se asemeja a la de la motosierra de Milei en Argentina actualmente en curso. A Efraín Friedmann en Mecánica Racional. Efraín llegaba con mucha pachorra y gran atraso a las clases sin arrugarse siquiera, pero nadie se iba: Todos lo esperábamos porque sabíamos que llegaba, tarde, pero llegaba. Se manejaba al revés y al derecho en su materia con ejemplos de la vida real que daban cuenta de su ideología, de hacia donde estaba su corazón. Todos profesores pesos pesados que hacían sus clases y se iban dejando una estela de conocimientos. Así como ellos, muchos otros que ocupaban altos puestos en empresas públicas o privadas, que tenían un conocimiento tanto teórico como práctico. Todos ellos me hicieron sufrir. No sé cómo salí vivo de este período.

Lo concreto es que terminé como ingeniero civil industrial, lo que de alguna manera quizás me permitió no ser un muerto de hambre como diría mi tío, pero lo que son las cosas de la vida. Escribo desde que tengo uso de razón. Más de 20 años publicando columnas en La Estrella de Arica, luego otros tanto años en el diario El Centro de Talca, y últimamente en DiarioTalca. Y ahora en mis tiempos de “júbilo”, como jubilado, centrado en medios digitales nacionales (elquintopoder.cl) e internacionales (pressenza.com).

El agua, por algún lado se escurre. No siendo periodista de profesión, he estado terminando por serlo a punta de porrazos, de voluntad.

Cuando les llegó la hora a mis hijos de ingresar al mundo de la educación superior, no me atreví a ser como mi tío. Estos ya son otros tiempos en los que mas vale atenerse a considerar tres variables en la postulación a una carrera, dándole a cada una el peso, o la prioridad, que el interesado estime pertinentes. Estas variables son: 

a) la vocación, lo que uno quiere, aquello que uno siente es lo suyo; 

b) la capacidad, para qué siente uno que tiene “dedos parar el piano”; y 

c) el mercado laboral, dónde hay más trabajo, dónde están los puestos de trabajo mejor pagados. 

Lo ideal es que las tres variables vayan de la mano, esto es que lo que uno quiere, lo que a uno le gusta, coincida con la capacidad, la facilidad que uno tiene y con la oferta de trabajo que se proyecta para los próximos años. 

Tomar en cuenta, no ignorar estas tres variables, creo que hace bien a los jóvenes que deben decidir.

El tema de la elección de universidad ya es otro cuento, que tendré que dejar para otra ocasión.

 

1 comentario:

  1. Anónimo5:34 p.m.

    Muchas gracias por este texto querido Rodolfo. Me gustó mucho tu visión y claridad respecto a tan ansiosa decisión. Yo tuve la suerte (o infortunio) que siempre supe que por los libros y las humanidades iba el camino, nadie me dijo que estudiara otra cosa, creo que no me quedaba otra. Un abrazo amigo.

    Franco

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