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Foto de Marco Zuppone en Unsplash |
Estamos próximos al cambio de mando en la capital del imperio yanqui. Trump vuelve por sus fueros gracias a un triunfo electoral que no sé cómo calificar: aplastante, porque ha ganado no solo en número de electores por ser una elección indirecta, sino también en número de votos. Ha ganado en la cámara de representantes y en el senado. Un triunfo para hacer lo que se le antoje. Un triunfo vergonzoso, de un perseguido por la justicia. Dice que va a hacer nuevamente grande a EEUU (MAGA: Make America Great Again), que la hará entrar a una era dorada. Ha sido un triunfo de los bulos. Es el triunfo de un tozudo, de un perseverante, de un impostor, de un condenado. Primera vez que en EEUU se elige a una persona que ha sido condenada por la justicia.
Celebran Orban, Netanyahu, Putin y todos los autócratas que están empezando a dominar la escena mundial. Los resultados parecen reflejar los tiempos que vivimos, de mediocridades, de fracasos. La pregunta que me hago es: ¿cómo se pudo llegar a esto? Y con la pregunta no me refiero solamente a esta elección, sino que también a muchas otras, reveladoras de una tendencia que no obstante sus baches de tiempo en tiempo, parece irrefrenable. La derrota de Trump en 2020 no habría sido sino un traspié momentáneo producto de oscuros intereses. A este paso, más temprano que tarde, terminaremos viendo a Marine Le Pen instalada en el Eliseo (Francia), a Díaz Ayuso o Abascal en Moncloa (España).
¿Qué estamos haciendo
mal? Probablemente, muchas cosas. No creo que saquemos mucho inculpando a los
votantes, a su eventual falta de educación o de que no saben por quién están
votando. La democracia está siendo puesta en jaque desde el minuto que estamos
privilegiando votar por quienes la basurean. Los resultados parecen indicar que
la democracia está defraudando a los votantes, que quienes son elegidos
democráticamente han fallado expectativas infladas por promesas incumplibles
que nos tragamos sin mayor reflexión.
En su minuto Clinton
cuando estuvo en campaña en 1992 sostuvo: “Es la economía, estúpido” explotando
las dificultades económicas que se vivían en esos tiempos. Ahora, aunque no lo sostuvo
explícitamente, con su discurso Trump pareciera haber dicho “es la inseguridad,
estúpido”.
En concreto, debemos reconocer, admitir, que en democracia la mayoría no suele votar por valores, por conceptos, sino en base a “cómo vamos en la parada” (al bolsillo) y la inmigración vista como amenaza. Se votó sin importar si el postulante es un delincuente. Trump cerrará fronteras, elevará aranceles, disminuirá impuestos a quienes más ganan. La globalización entrará en remojo. Abandonará a Ucrania a su suerte o a la suerte de Europa con el beneplácito de Putin, quien debe estar sobándose las manos. Mi única duda es qué hará en el Medio Oriente.
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