febrero 03, 2012

Dilemas éticos

Permanentemente estamos sometidos a dilemas éticos que tendemos a soslayar por comodidad, por evasión, por conveniencia atrapados en un ambiente que promueve el individualismo, el hedonismo, el sálvese quien pueda. Digámoslo con todas sus letras: nuestras varas éticas están por los suelos. Ni nos arrugamos cuando caemos en falta, y si somos descubiertos, las justificaciones afloran sin asco alguno. 

En este ambiente, la corrupción encuentra tierra abonada, y no hay sistema regulatorio ni Estado que se salve, puesto que serán capturados por quienes detenten el poder. Y si la ética de éstos está en los mínimos, Sodoma y Gomorra campearán. 

No se trata de un tema banal independiente de las crisis que periódicamente nos azotan, sean estas políticas, militares, económicas, sociales, educacionales, sanitarias o ambientales. Muy por el contrario, estas tienen su origen en que las barreras éticas están muy bajas, o son prácticamente inexistentes. 

Poderosas cadenas farmacéuticas se han coludido para incrementar sus precios sin miramientos. Lo que debiera verse como un servicio en beneficio de la salud, es visto como un negocio redondo. No les es suficiente obtener rentabilidades de mercado, necesitan más, necesitan rentabilidades monopolísticas. Quienes están involucrados en la colusión son personajes de la alta sociedad, provenientes de familias de alcurnia y formados en prestigiosas universidades que les han enseñado a lucrar, a medrar, a ser servidos, no a servir. La ética se la meten al bolsillo. Lo mismo que en La Polar, donde los máximos ejecutivos, sin pudor alguno hicieron su propio negocio a costa de las necesidades de la población. 

Un comportamiento ético pone el acento en el beneficio de los demás, en los que nos rodean, antes que en el propio. Vivimos tiempos en los que la ética parece no rentar, a diferencia de los comportamientos no éticos, o corruptos. Desafortunadamente, por este camino, el final es previsible: el derrumbe, la crisis. 

Cuando quienes tienen el poder de decidir qué hacer, optan por lo que sus respectivos códigos éticos les ordenan. Si éstos no existen o son bajos, los rastreros son los beneficiados y pululan alrededor de los sátrapas, degradando a los países, las instituciones, las personas. Por el contrario, cuando la ética es la que rige nuestras conductas, las personas se dignifican, prestigiando a las instituciones en las que trabajan. 

El desarrollo tiene que ver no solo con el progreso material, sino que con que las decisiones estén guiadas por una ética intachable. 

3 comentarios:

jota eme dijo...

De acuerdo, Don Rodolfo.

La ética es una cualidad generalmente presente el ser humano (éticamente) desarrollado. Muchos otros, en vías de desarrollo humano, sienten afinidad por el concepto y tratan de acercarse a éste, en sus decisiones y sus conductas diarias. Los desarrollados se guían por paradigmas universales, buscan el bien común, y cuidan la Natura…Los (éticamente) subdesarrollados se guían por intereses propios, y justifican su gula con ideas hechas a la medida: el Darwinismo social, los instructivos de Nicolás Maquiavelo, de Milton Friedman…o simplemente lo hacen carepalo, para tener más. Lo peor del ser humano florece en estos ambientes. ¡Queremos democracia plena y transparente! ¡Basta ya!

jota eme

Víctor Ramió dijo...

De acuerdo.Mi punto: deben conjugarse tres aspectos: 1)Ética, realemnte ausente, al parecer, en forma generalizada.2)Normas claras, labor de los legisladores mirando el bien país y no los intereses personales, que nunca están ausentes. Y penas a los infractores que sean mayores que el beneficio que les haya podido reportar la infracción de las normas tanto legales como éticas; y 3) Un Estado lo suficientemente dimensionado para controlar que las normas se cumplan.
Parece que tenemos serias fallas en las 3 patas.
saludos.

Jim Morin dijo...

Cuando una sociedad baja su vara ética, históricamente suele ser el comienzo de un ciclo de decadencias, desilusión y desintegración que anuncia la muerte de un paradigma cultural dominante. Los signos de nuestros tiempos son indicativos que vivimos en un momento así.

Actualmente medimos el progreso en términos del desarrollo científico-tecnológico y de la adquisición material y no en términos del desarrollo moral y ético. El desarrollo moral esta fundado en el ejercicio responsable de la libertad que considera el bien estar de los demás con cara a los desafíos históricos del entorno, en acuerdo con un marco de valores comunes que asegura la convivencia.

Cuando la gratificación material del interés personal es norma, la vara ética baja al nivel del materialismo liberal que incentiva el endeudamiento y el consumismo para sostenerse, al mismo tiempo que descuida las inequidades crecientes y las amenazas al medio ambiente que produce. El modelo socialista centralizado no representó una alternativa viable, porque también restringió la libertad humana a sus propios supuestos materialistas.

Los síntomas de decadencia moral en Chile sobren en las noticia de todos los días, porque ya son parte del sistema social sobre el cual el propio Estado ejerce poca autoridad. Esto es particularmente grave y evidente en las áreas de la salud y de la educación. Chile es el país que menos aporte recibe del Estado para sus sistemas de salud y educación: incluso se sigue fomentando políticas de mayor privatización en estas áreas. Son las familias pobres y de la clase media que asumen el costo, endeudándose para una educación de baja calidad más cara del mundo. Al mismo tiempo la colusión entre las principales cadenas farmacéuticas para subir los precios de los medicamentos y las explosivas ganancias de las ISAPRES mientras siguen aumentando las cuotas de sus clientes, coinciden para afirmar la opinión popular que la salud y la educación son mercancearía para el lucro de una minoría que se amparen en la ley.

Esta es una situación peligrosa porque cultiva un resentimiento social creciente, la perdida de confianza en las autoridades, disconformidad con las leyes y falta de respeto para el derecho. La violencia en su diversidad de manifestaciones que observamos son síntomas de esta situación. El desafío para nuestros tiempos es no confundir esta violencia resentida con las críticas y protestas de los movimientos que buscan protagonizar los cambios sociales que requerimos.

Lo que falta en este escenario son orientaciones del sistema de educación superior y de la Iglesia, que en unas ocasiones han cumplido la función de aportar una visión crítica de la sociedad existente. Por lo general, actualmente el sistema de educación superior tiende a colaborar para sostener el sistema existente en vez de aportar un conocimiento autónomo que permite una comprensión crítica de nuestra situación. La Iglesia por su parte ofrece unos criterios generales de orientación crítica en su enseñanza social. Sin embargo hay grupos católicos cercanos al poder que anhelan un modelo de cristiandad autoritario bautizado por el neoliberalismo. Por lo general la revelación de Dios y la renovación en la Iglesia no ha tenido sus orígenes con los administradores jurídicos del poder, sino desde los márgenes sociales donde hay sensibilidad para el sufrimiento de los que han sido excluidos.

Sin embargo el desafío mayor en este escenario es la tarea de asumir las exigencias de nuestra propia libertad responsable como sujetos históricos. Según Eric Fromm, los modernos tenemos miedo a nuestra libertad y tendemos a preferir el egoísmo, la evasión e incluso el autoritarismo antes de asumir la responsabilidad que implica crear un orden social aun desconocido. Pero esto no es solo una condición moderna. Moisés en su tiempo tuvo que enfrentar el hecho que después de la liberación de su pueblo, preferían volver a su estado de esclavitud anterior en vez de enfrentar los desafíos éticos de construir un mundo nuevo.

 
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