diciembre 14, 2011

Desde la Punta

Es increíble cómo en pocos días este país puede ofrecernos toda clase de días, porque los hubo de sol, de lluvia, de tormentas con relámpagos y vientos. Los de sol me pillaron en Punta del Este, una península que a un lado tiene playas mansas que dan al río de la plata, y al otro, playas bravas, que dan al océano atlántico. Todas amplias, generosas, de arenas blancas, donde la distensión se adereza en sillas plegables con mate en mano para conversar de lo divino y lo humano, resolviendo en la imaginación lo que la realidad no logra concretar. Luego, a esperar el atardecer, que en la punta adquiere especial realce.

La península es atravesada por la calle Gorlero, que se inicia con un casino remozado, y donde los cafés, restaurantes, librerías, heladerías y boutiques se alternan para abrir sus puertas a turistas, mayoritariamente argentinos y brasileros que llegan de vacaciones o asistiendo a congresos. Estos se centran en el hotel Conrad, un monumento a la magnificencia, destinado a cobijar al jet set latinoamericano, y en cuyo subterráneo sus más de 10 salones para conferencias posibilitan la realización de congresos con cientos de expositores y otros tantos participantes.

De un momento a otro, los truenos y relámpagos anunciaron tormentas, ventarrones y lluvias, con granizadas incluidas. Cobijado en una confitería en plena rambla, ya en Montevideo, frente a la playa Pocitos, veía llover y llover mientras agraciadas mozas me preguntaban “¿cómo andás?” “¿qué te quieres servir? Pedí café con leche y una media luna de jamón con queso. Y me puse a leer el diario local mientras la lluvia arreciaba y sorbía el delicioso café con leche, cuyo color era el mismo del río de la plata que estaba viendo, ahora con fuerte oleaje.

Las noticias dan cuenta de similares temas a los cuales estamos acostumbrados acá. De la inseguridad, de las protestas por mejoras salariales. Claro que allá con un presidente tupamaro que anda por las calles sin custodia y que gobierna filosofando. Un guerrillero de los años 60 que participó en acciones armadas, por las cuales pasó años encarcelado y que hoy es presidente.

Todo esto en un paisito llamado Uruguay, que tuvo tiempos de gloria, simbolizados en lo futbolístico por ser el primer campeón mundial de fútbol, allá en 1930, supremacía que reverdeció en el 50, en Brasil, en el famoso maracanazo cuando 11 futbolistas le aguaron la fiesta a millones de brasileros. Desde entonces, la persistente decadencia del Uruguay, en aquellos tiempos tradicional país exportador de lana y cueros, se expresaba en la falta de trabajo para los suyos que forzó a la emigración a tantos uruguayos.

Con el cambio de siglo, Uruguay parece reencontrarse consigo mismo, apostando a un futuro a partir de su pasado, de lo que es: su sencillez, su hospitalidad, su nivel educacional, su calidad de vida, su fuerte talante democrático que se expresa en la forma que tienen de relacionarse unos con otros. Su recuperación futbolística en el concierto mundial, ahora como campeones de América parece todo un símbolo de un Uruguay que mira con más optimismo que ayer su futuro.

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