noviembre 14, 2011

Trayectoria de un movimiento

El conflicto estudiantil ya se encuentra en su sexto mes de existencia y cuesta identificar el estado en que se encuentra. Haciendo un símil con la evolución de las organizaciones, podemos observar que hubo un primer período de inicio reflejado en demandas específicas, puntuales, aisladas. Allí está la sublevación que se dio en la Universidad Central en oposición a su venta que implicaría que los terrenos serían de unos y la propiedad de otros, que serían los mismos, pero que, de manera fraudulenta, abrían espacio al lucro en un sector en que está expresamente prohibido. Es en este período donde también saltó por los aires el tema de los pases escolares de transporte.

Una vez que estas demandas se acumularon y agruparon sistémicamente, se puede afirmar que se ingresó a una segunda fase que podríamos denominar de crecimiento y que se expresó en la demanda por una educación pública, gratuita y de calidad, además de participativa y democrática. Esta fase se caracterizó por la innovación en las movilizaciones que logró atraer la adhesión de la ciudadanía. Ahí están las maratones, los besotones, las representaciones teatrales. El gobierno aún no le tomaba el pulso a lo que se estaba produciendo, a punto tal, que las movilizaciones, junto con las huelgas de hambre y las tomas de establecimientos educacionales, lo sobrepasaron, como lo prueba la caída del Ministro de Educación y el descenso en la popularidad del propio Piñera.

Luego tendríamos un período de madurez, ya con Bulnes instalado en el Ministerio de Educación, caracterizado por el mantenimiento de las movilizaciones, las huelgas de hambre y las tomas, pero ahora con intentos de acercamientos y diálogos de ambas partes, todos infructuosos. Mientras al gobierno le interesaba perfeccionar el modelo educativo existente, los estudiantes aspiraban cambiarlo de raíz.

Ahora me atrevería a afirmar que entramos a la última fase, cuyo nombre está por verse. Por el momento lo llamaría de desgaste por el efecto que la prolongación de los desencuentros está teniendo en los distintos actores. Que a seis meses de iniciado el conflicto el gobierno no haya sido capaz de resolverlo, está siendo castigado con una continua baja en su popularidad. La oposición también está siendo castigada sin misericordia, más que por el conflicto en sí, como por su incapacidad para tener una postura clara, única, creíble. Los estudiantes no se salvan de este desgaste. Si bien sus demandas siguen contando con un significativo apoyo mayoritario, el apoyo a las movilizaciones está decreciendo, reflejo de un cansancio y de la sistemática campaña del gobierno por desacreditarlo al vincularlo con las acciones de violencia que se han observado.

Este conflicto parece que fuera una carrera para ver quien aguanta más, donde nadie da el brazo a torcer. Los estudiantes, conscientes del desgaste, se están mostrando más abiertos, pero ahora tienen al frente a un gobierno que se ha parapetado en su lógica doctrinaria –de privatización a fondo, junto con la criminalización y represión de las movilizaciones- confiando que la baja del apoyo ciudadano a las movilizaciones sea seguido por el desgaste del apoyo a las demandas estudiantiles.

Según el tenor que tome esta fase, también podría pasar a llamarse de negociación o parlamentarización, por el cual las demandas sean abordadas en el parlamento, lo que implica que la oposición las haga suyas, tarea que los estudiantes se resisten por la desconfianza y falta de credibilidad que tienen hacia los congresistas y políticos en general. Desafortunadamente, lo ocurrido en 2006 avala esta desconfianza. Sin embargo, es la única salida que tienen los estudiantes porque no tienen el control sobre instituciones que son determinantes para decidir sobre el futuro del movimiento. También es la única salida que tienen los políticos para reencontrarse con la ciudadanía.

En el 2006 se desactivó el conflicto estudiantil, se pospuso, pero no se resolvió. Ahora corresponde resolverlo. Es la oportunidad a la que los dirigentes estudiantiles aluden por estos días.

Desactivar este conflicto sin resolverlo es entrar en un proceso de gangrena, de descomposición de la educación que no le hace bien a nadie. Ahí perdemos todos.

1 comentario:

Víctor Ramió dijo...

Rodolfo: me gustó tu enfoque.
La incapacidad de la clase política para hacerse cargo y resolver un problema real, es abismante. Todos han desempeñado un triste papel.
Ahora se ve alguna luz, pero haciendo a un lado a los estudiantes.Puede que sea lo que corresponda, pues hay organismos para abordar y darle forma legal a las soluciones (espero que estén a la altura de las circunstancias). Ellos pusieron el problema en el tapete, y al parecer la clase dirigente piensa que deben salir de escena. Pero los estudiantes se niegan a ello, y puede ser fuente de nuevos conflictos.
Me hubiera gustado mucho haber podido conversar contigo que vives el problema desde adentro. No fue posible.Ojala que cuando se dé la oportunidad, sea para analizar los resultados y no estemos aún en pleno conflicto.
Un abrazo.

 
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