A
fines de los 70 trabajaba en la sede Arica, de la Universidad del Norte, a
cargo del Centro de Computación recientemente creado para prestar servicios
computacionales en el ámbito docente. Éramos 2 académicos -Yanko y yo- y una
secretaria -Ada Ramírez. Teníamos un equipo Digital PDP 11/34. Habíamos
conquistado la independencia de un peregrinar que habíamos iniciado en 1976
cuando iniciamos los primeros cursos de computación a las carreras de
ingeniería sin computadores. Los programas computaciones -escritos en Fortran-
los escribíamos en hojas de codificación, los que se iban al poderoso centro de
computación que la universidad tenía en su casa central localizada en
Antofagasta. Esta es otra historia de la que te4ndremos oportunidad de escribir
más adelante.
Ada
tenía la costumbre de llegar atrasada, lo que como su superior inmediato no me
complicaba mayormente en la medida que cumpliera con eficiencia sus funciones.
Un día recibo una carta del entonces secretario general, Lupercio Vásquez
Fuchslocher, denunciando estos sucesivos atrasos, por lo que me conmina a
adoptar las medidas correspondientes para que no sigan ocurriendo.
Le
respondo, a través del mismo medio, que se trataba de una responsabilidad de mi
competencia, y que mejor se preocupara de aspectos más relevantes del quehacer
universitario. Lupercio, al recibir mi carta, me llama de inmediato a su
despacho. Voy y me conmina, dado el insolente tenor de la carta, que la retire
para darla por no recibida. Le respondo que no tengo problema en retirarla,
pero que le recalco que es lo que pienso. Furioso, el secretario general se
dirige hacia la puerta y la abre exigiendo que me retire.
Fue
un encontronazo en tiempos del innombrable que, más adelante, me saldría caro..
El vicerrector de sede de entonces era Félix Viveros, dentista, reservista del ejército,
y como tal, no pocas veces ingresaba a la universidad en tenida de combate, de reservista.
Él era mi superior inmediato. Con Yanko teníamos el monopolio del control de la
docencia en computación y de las actividades relacionadas a este tema en la
universidad.
De
tiempo en tiempo en esferas de gobierno se producían remezones, movimientos
telúricos de mayor o menor calibre. En uno de ellos, Viveros se ve afectado,
forzándose su salida. Entonces, los rectores y vicerrectores eran designados
por las más altas esferas del gobierno. En reemplazo de Viveros, para
infortunio mío, Lupercio Vázquez es nombrado como vicerrector de sede. En
diciembre de 1979, como era habitual a fin de año, se confecciona la lista de
académicos a exonerar. En el equipo de colaboradores de Vásquez destacaba
Emilio Lorca, sismólogo, director académico, con quien yo mantenía una relación
de amistad. Nuestros hijos tenían edades similares y asistían al mismo
parvulario, celebrando muchas veces en conjunto sus cumpleaños.
Una
noche, entre Navidad y Año Nuevo, Emilio llega a mi departamento para
informarme que era el número uno de la lista de exonerados. Me dijo que iría a
la casa de Lupercio con la misión de sacarme de esa nómina, y que lo esperara
sin moverme del departamento. Quedé helado. Lupercio se estaba dando el gusto
de vengarse por el incidente de la secretaria. Son las vueltas de la vida.
A
pesar de tener pensamientos políticos opuestos, con Emilio sintonicé apenas
llegó a Arica, esencialmente por su jovialidad, su bonhomía, porque siempre
veía el vaso medio lleno. No tenía pelos en la lengua, dicharrachero, alegre,
positivo. Mi primer vehículo nuevo fue un Volkswagen modelo Brasilia año 1977,
influenciado por él que tenía uno del 76, morado, del cual hablaba maravillas.
Emilio
apenas estuvo en la casa de Lupercio, se plantó ante él para decirle: “Vengo
para que saques a Rodolfo de la lista”. La respuesta fue fulminante: “No,
cualquier otro, pero no él, por insolente”. Emilio insiste: “No puedes tomar
decisiones institucionales en base a apreciaciones personales. No me iré de acá
hasta que saques a Rodolfo de la lista”. La conversación se alargó hasta las
tres de la madrugada. Finalmente, Emilio logró lo que parecía imposible,
sacarme de la lista. Al momento de informarme, acota: “Por favor, no vuelvas a
hacer chambonadas porque cuestan caro. Ándate con cuidado, las paredes
escuchan”. Volví a respirar aliviado. Me había salvado jabonado.
Más
de 3 décadas después, residiendo yo en Talca, Emilio fallece en Santiago. Viajo para estar en las exequias Allí me encontré con sus hijos, quienes se sorprenden de verme llegar. Les conté esta historia que no conocían y que los quise acompañar en estos duros momentos porque Emilio hizo lo que
pocos hacen por otras personas: jugársela. Lloramos
todos juntos.
