julio 25, 2017

Cuál es el problema? la desigualdad? o la pobreza?

Desde la derecha nos dicen que el problema no es la desigualdad, sino que la pobreza. Los gurúes de la derecha, desde sus think tanks, insisten una y otra vez en ello. Debemos golpearnos con el morro de Arica en el pecho su preocupación actual por la pobreza, porque en el pasado ni siquiera lo veían como un problema. Basta remontarnos a los tiempos de los latifundios o de las minas en el norte. Podían estar rodeados de pobreza y ni se arrugaban.

Mi tesis es que ambos fenómenos no son independientes, no se trata de lo uno o lo otro, sino que de uno y lo otro. No estamos hablando de la desigualdad natural, propia de la realidad en la que somos distintos, en potencialidades, capacidades; estamos hablando de la desigualdad de ingresos, de accesos, de oportunidades, de trabajos, de las que emergen de las injusticias en que incurrimos.

Hace poco conversaba con un querido primo derechista a más no poder y le hacía ver que con el modelito de sociedad que tenemos nos vamos derecho al abismo. Le citaba el caso del grueso de los trabajadores que gana menos de $ 500,000 mensuales (unos US$ 700), en condiciones precarias y sin contrato, con trabajos tipo chatarra, amenazados en todo momento con perder su trabajo, sin poder de negociación alguno, viviendo endeudados y hacinados. Agregaba después al grueso de los pensionados, cuyas miserables pensiones se agudizan en un contexto de libre mercado donde todo tiene su precio y que buscan amortiguarse a punta de bonos invierno, marzo, fiestas patrias, fin de año, arriendo u otros. La convivencia de esta realidad la contrastaba con aquella vergonzosa opulencia en que nadan unos pocos -el 0,1% más rico de la población- sin el menor escrúpulo. Este 0,1%, que está constituido por unas 10,000 personas, concentra casi el 20% del ingreso total, lo que les permite percibir ingresos que superan los 15 millones de pesos mensuales. Esta cifra supera en más de 50 veces el ingreso o la pensión mínima. Si consideramos que crecimos y fuimos educados bajo la máxima de que te ganarás el pan con el sudor de tu frente, cabe preguntarse si existe tal disparidad del valor del trabajo, de “productividad”: ¿el trabajo de un empresario, de un ejecutivo de alto nivel vale tanto más? ¿La sudan tanto más que los trabajadores de la tierra, de las minas, del comercio, de los choferes, de los profesionales? ¿Hemos pasado a ser trabajadores chatarra que no valemos nada?

Luego de escucharme, paciente y atentamente, mi primo dijo que yo estaba equivocado, que no íbamos al abismo, que muy por el contrario, si seguíamos por el camino de este modelito, consolidándolo, profundizándolo, llegaríamos a la tierra prometida, el ansiado desarrollo. Me concentré para escucharlo con atención dado mi precario y desgastado oído. Rodolfo ¿has visto cómo están las carreteras? ¿la cantidad de gente que anda en automóvil? ¿Cómo están de llenos los aeropuertos? ¿Cómo está viajando gente que nunca antes se había subido a un avión? Cuando hay un fin de semana largo la cuarta parte de Santiago sale disparada: ¿habías visto esto antes? ¿Has visto cómo están de llenos los restaurantes los fines de semana? Remató afirmando que los jóvenes están carreteando más que nunca, la esperanza de vida de los chilenos se eleva a magnitudes nunca vistas en la historia del país; nunca antes tantos jóvenes están estudiando en las universidades. Este país está en movimiento gracias al modelito, no al gobierno, más bien, a pesar del gobierno. Por eso, terminando su filípica, este primo sostuvo enfáticamente que lo que tenemos que hacer es consolidar, profundizar el modelito y dejar de preocuparnos de la desigualdad. Lo que importa es salir de la pobreza, y de hecho está saliendo. Nuestra pobreza era congénita, dura, alta, y ahora está en retirada. La desigualdad es lo de menos.

Iba a responderle, pero mi primo tenía que irse, y eso que no pertenece al 0,1% ni al 1% de quienes tienen los más altos ingresos en este país. ¿Dónde está la trampa?

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