mayo 18, 2016

Un país apatronado, colonial

Conversando con amigos uno se entera de ciertas actuaciones muy extendidas, que me tomaré la libertad de exponer mediante un par de casos.

Un subordinado, Perico, solicita apoyo para la inscripción a un congreso en el que participará y a quien se le está costeando el viaje y la estadía. Su jefe, inmediato, Fulana, le informa que no puede acceder a la petición porque los procedimientos, las normas, los protocolos vigentes, emanados de instancias superiores, entre ellos el jefe de Fulana, así lo establecen. Ante esta respuesta, Perico resuelve recurrir a instancias superiores, al jefe de Fulana. Éste no encuentra nada mejor que acceder a la petición vulnerando por sí y ante sí, las disposiciones en las cuales él mismo participó, sin consultar ni informar a Fulana.

En otro caso un personaje, que llamaremos Zutano, tenía bajo su responsabilidad reducir la alta morosidad en los pagos de los clientes de una empresa. Se establecieron definiciones y requisitos exigibles y/o deseables para renegociar las deudas. Dado que uno de los clientes no cumplía con los requisitos para una eventual renegociación, su petición fue rechazada por Zutano. El cliente resolvió recurrir al jefe directo de Zutano, quien luego de escuchar los argumentos, decidió, por sí y ante sí, renegociar la deuda no obstante no cumplir los requisitos establecidos. Solo posteriormente, no sin perplejidad, Zutano se enteró de ello.

Y así, muchos otros casos del mismo tenor, en el que los jefes son pasados a llevar sin consideración alguna. ¿Cuál es el punto? ¿Qué hacer en estos casos? Depende! ¿De qué depende?

Cuando en cierto nivel se adopta una decisión, los afectados tienen todo el derecho a recurrir a las instancias que estimen pertinentes, las que tienen el deber de escuchar el reclamo que se trata, y explicar porqué el reclamo no corresponde ser acogido, excepto si se trata de una situación injusta, una arbitrariedad, una arrancada de tarro del subordinado, o bien las circunstancias ameritan una especial consideración por razones políticas, humanitarias u otras. En estos casos, y solo en éstos, lo que corresponde es explicar que se conversará con el subordinado para ver qué solución puede darse, y que dentro de un plazo prudencial se dará una respuesta definitiva, la que le será confirmada por quien tiene la responsabilidad del caso.

De lo contrario, la señal que se da es que uno vale callampa, y que quien tiene la manija es el superior. Bajo este esquema, este superior se siente un macanudo, que tiene el poder, un poder de barro, pero poder al fin y al cabo. Con ello no se hace sino promover el centralismo, donde hay que recurrir al de arriba porque es quien corta el queque. La idea es que las malas noticias las dé el de abajo; las buenas el de arriba. Así es como se perpetúan los mismos de siempre.

Desgraciadamente, con tales comportamientos de los superiores, que de alguna manera nosotros mismos avalamos, no hacen sino reforzar este modelo de trabajo que solo fomenta el autoritarismo, el centralismo, la destrucción de los conductos regulares y de los formalismos existentes.

También se da el caso inverso, cuando los jefes inmediatos eluden las decisiones complejas, difíciles, chuteando la pelota para arriba. Pero eso ya es para otra columna.

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