febrero 15, 2018

La austeridad perdida

Vivimos tiempos de hiperconsumismo. La dinámica económica y el énfasis en el crecimiento, para tener y consumir más y más, parecen exigir que en vez de formarnos como personas, interesa que se nos forme como productores y consumidores. La austeridad, el recato, la modestia, el vivir para ser más, para crecer humanamente, parecen quedar relegados a un segundo plano.

En la actualidad el concepto de austeridad ha quedado reducido al ámbito de la acción social por parte del Estado en nombre de la disciplina fiscal. La desigualdad socioeconómica se extiende a la desigualdad en materia de austeridad. Mientras al Estado se le exige austeridad, particularmente en el campo de sus políticas públicas o sociales, por otro lado al interior de este mismo Estado campean los gastos militares a tajo y destajo y/o los fraudes en escalas de difícil dimensión sin que se les ponga atajo. A los de abajo les aprietan los zapatos y a los de arriba se los sueltan.

Por el lado privado, lo que está caracterizando a los sectores de altos ingresos es la ostentación antes que la austeridad, y de lo cual dan cuenta las páginas sociales de la prensa escrita y las teleseries en la prensa audiovisual. En Chile, quien fuera presidente, Jorge Alessandri Rodriguez, alias el paleta, estaría revolcándose en su tumba, o agarrándose la cabeza, si viera el comportamiento de los suyos, la derecha, en el Chile actual. Las ciudades se están partiendo en dos: donde están los de arriba y donde están los de abajo, con patrones de consumo que buscan “igualarlos”, pauteados por una penetrante publicidad que se conjuga con un endeudamiento facilitado por el dinero plástico. Este dinero plástico –las tarjetas de crédito- que nos permite efectuar compras hoy con ingresos futuros no era viable en el pasado. Los créditos se limitaban a compras de alto volumen, tales como la compra de una propiedad, una casa o un departamento.

Por otra parte, la innovación tecnológica hace cada vez más perecederos los productos, invitándosenos a renovar toda clase de productos. Mal que mal el consumo “mueve” la economía, el país, el trabajo. Qué pasaría si hiciéramos un alto en nuestro consumo, lo hiciésemos más pausado, sin endeudarnos mayormente. El país se detendría? La tasa de empleo disminuiría? Las inversiones se retraerían?

La austeridad implica no implica renunciar a una buena vida, sino que no caer en la vorágine del consumo. La buena vida, como niños, jóvenes, adultos y adultos mayores, pasa necesariamente por no entrar en el juego al que se nos presiona.

Para resistir requerimos más que nunca una buena educación, la que nos permita discernir, reflexionar, discriminar, no dejarnos envenenar, ser más personas. Un país con una mala educación lo más probable que su gente sea manipulada por los poderes fácticos que nos rondan.

febrero 08, 2018

El crecimiento y la educación

Pareciera que vivimos convencidos que para que haya prosperidad, necesariamente tenemos que crecer. Sin crecimiento sería una ilusión pensar en tener un país próspero. Creo importante señalar que no todo crecimiento asegura prosperidad, ni desarrollo si no hay una buena educación de por medio.

Más que la tasa de crecimiento, lo que importa es su composición o su estructura, quiénes se benefician de él. Un crecimiento que se base o se exprese en un aumento de la demanda interna, esto es, de los consumidores nacionales, es muy distinto de aquel asociado a un aumento de la demanda externa, o de otros países. De igual modo, un crecimiento basado en las exportaciones de recursos naturales, sin mayor valor agregado, es muy distinto de aquel causado por exportaciones de recursos con alto valor agregado o altamente tecnologizados.

Son distintos porque los afectados y/o beneficiados no son los mismos. No cabe duda que en las últimas décadas hemos crecido en forma importante, y en este plano la transición política vivida en Chile cuenta con un saldo a favor que se expresa en la significativa reducción de la pobreza, a menos de la mitad de la existente al término de la dictadura. ¿A dónde han ido a parar quienes dejaron de ser pobres? A engrosar las capas medias bajas, pero que ante cualquier recesión pueden volver a la pobreza. Se incorporaron al circuito de consumo, se entusiasmaron, pero simultáneamente viven con el temor de regresar al mundo que abandonaron no sin esfuerzo.

Un buen termómetro de lo descrito está dado por la estructura de la matrícula escolar básica. La matrícula particular pagada históricamente no ha logrado superar el 10% de la matrícula total; el resto se distribuye entre la matrícula particular subvencionada y la matrícula municipal según el vaivén económico. Si las cosas andan bien, sube la matricula particular subvencionada a costa de la matrícula municipal, si las cosas andan mal, es el revés. El total de ambas es del orden del 90% con independencia de las tasas de crecimiento.

Si hiciéramos un mapa socioeconómico grueso constaríamos que los sectores de más altos ingresos tienden a matricular a sus hijos en establecimientos particulares pagados; quienes tienen ingresos medios, matriculan a sus hijos en establecimientos particulares subvencionados; y los sectores de bajos ingresos, en escuelas municipales. Qué nos dicen los datos de matrículas? Que la matrícula particular pagada se mantiene estable con independencia de las tasas de crecimiento, o sea, no cualquiera ingresa a ese selecto club, que existiría una suerte de barrera difícil de franquear. Nos dice que el concepto de la meritocracia y del aprovechamiento de las oportunidades solo vale para pasar de ser pobre a clase media baja o semipobre dado que la movilidad solo se da entre la matrícula particular subvencionada y la municipal.

Lo expuesto también da cuenta del estigma que afecta a la educación chilena, donde se asume que la calidad de un establecimiento está dada por el monto a pagar por concepto de arancel a pesar de que no existe evidencia alguna al respecto.

Para tener un país próspero, más que un crecimiento de tantos puntos porcentuales, se requiere poner el acento en un sistema educacional en el que los más pobres reciban una mejor educación que quienes tienen los más altos ingresos. Ya habrá oportunidad de conversar en torno a lo que entendemos por “mejor educación”.

En síntesis, quienes se verán más favorecidos con altas tasas de crecimiento son los sectores más pudientes, y los menos favorecidos, los sectores más pobres; por el contrario, con bajas tasas de crecimiento los más afectados son estos últimos, mientras que los primeros se abanican.

febrero 01, 2018

Será posible la prosperidad sin crecimiento?

En el reciente Congreso Futuro realizado en nuestro país, que tuvo lugar no solo en Santiago, sino que también en ciudades regionales, entre ellas Talca, entre los grandes y apasionantes temas abordados, se incluyó el del crecimiento. En esta charla, de Tim Jackson, destacado académico inglés, sostuvo que no podemos poner el foco en un crecimiento indefinido sin que en algún momento se produzca un impacto tal sobre nuestro planeta, cuyos recursos son finitos, que finalmente afecte nuestra capacidad de sobrevivencia. Jackson nos invita a reflexionar en torno a la posibilidad de una prosperidad sin crecimiento.

Desde tiempos remotos se ha debatido en torno a este tema. A mediados del siglo pasado el temor estuvo centrado en el crecimiento poblacional, particularmente entre los más pobres. Este temor se ha ido conjurando a través de una planificación familiar por medio de la masificación de píldoras anticonceptivas y la promoción del uso de preservativos. El caso extremo se observó en China con la política de limitar el número de hijos a uno solo por familia, política que hoy está en discusión y en vías de relajación.

A comienzos de los 70 los temores se centraron en las dificultades para encarar un crecimiento basado en un alto consumo de petróleo, lo que hizo encender las alarmas, presumiéndose un pronto agotamiento de las reservas. Es así como en 1972 se publica el informe titulado “Los límites del crecimiento”, donde se cuestionaba la tesis del crecimiento continuo de la actividad económica dados los límites físicos del planeta. Mal que mal los recursos que se tienen no son infinitos. Fueron los tiempos en que se postulaba la tesis del crecimiento cero.

Estos temores han terminado disolviéndose gracias a los avances científico-tecnológicos que han logrado disminuir la dependencia del petróleo por parte de los distintos países. ¿Significa ello que las preocupaciones eran infundadas? Muy por el contrario, tales preocupaciones impulsaron investigaciones, orientaron decisiones de financiamiento por parte de los gobiernos y privados para el logro de una mayor eficiencia en el uso de los recursos, así como hacia la búsqueda de nuevos yacimientos petrolíferos y de nuevas fuentes energéticas.

Con todo, es claro que no podremos crecer indefinidamente y que la prosperidad tenemos que ser capaces de alcanzarla sin que necesariamente estemos en perpetuo crecimiento. Esto nos lleva a reflexionar en torno a nuestros modos de vida, hábitos y estructuras de consumo. Por momentos pareciera que viviéramos en un ecosistema que aguanta todo. Pero no, nuestro ecosistema es frágil, su equilibrio está siendo puesto en jaque como lo prueban los cada vez más frecuentes desastres naturales –aluviones, inundaciones, terremotos-.

Esto pareciera un juego donde creamos problemas y los resolvemos. Al menos hasta la fecha hemos sido capaces de reaccionar y adoptar los cambios correspondientes. El agujero de ozono en la atmósfera que por años estuvo creciendo, ahora parece estar reduciéndose. Sin embargo no debemos bajar la guardia y no nos vendría nada de mal hacer un alto en nuestra existencia para no estar sometiendo a prueba los delicados equilibrios del planeta en que vivimos.

Con el desarrollo científico-tecnológico que hemos alcanzado, es una vergüenza que uno de los problemas mayores que enfrenta la humanidad sea el de la pobreza que aún aflige a millones de personas en el mundo entero, y la creencia que su solución pase por un crecimiento indefinido haciendo la vista gorda respecto de la distribución de sus frutos.

enero 25, 2018

El camino al desarrollo: el caso de Estados Unidos de Norteamérica

En mi última columna di cuenta del camino al desarrollo seguido por Inglaterra. En esta ocasión lo haré en torno a los Estados Unidos de Norteamérica (USA) dado que se tiende a pensar que allá son los campeones del neoliberalismo, de la libre competencia, de la no intervención estatal. Mal que mal en USA están los próceres provenientes de la Escuela de Chicago bajo la dirección de Milton Friedmann. Tales próceres, entre los que destacan no pocos chilenos, se encargaron de distribuir la “verdad revelada” en materias económicas al mundo entero.

Sin embargo, es preciso recalcar que no obstante que el neoliberalismo nace en USA, a lo largo de casi toda su existencia, allá se practica lo contrario. Y no será porque sean estúpidos, sino que por el contrario. La historia económica de USA se caracteriza por la práctica de un desembozado intervencionismo estatal. Incluso ha sido llamado el país madre y bastión del intervencionismo moderno, particularmente para el desarrollo de sus bases industriales. IBM no habría sido nunca IBM sin el apoyo estatal. Lo mismo que con muchas de sus principales industrias. Para qué hablar de su industria armamentista.

Antes de su independencia, cuando era una colonia de Inglaterra, ésta le prohibía que produjera manufacturas con alto valor agregado, para evitar su competencia. Cuando USA se independizó, muchos de quienes eran partidarios del libre comercio, percatándose de las desventajosas condiciones en que se encontraban, se convirtieron en defensores de un intervencionismo estatal que fuese capaz de sentar las bases industriales que les permitiera acceder al desarrollo y estar en condiciones de competir.

Desde entonces, hasta el término de la segunda guerra mundial los sucesivos gobiernos de USA, tanto republicanos como demócratas implementaron activas políticas de intervención estatal en las más diversas esferas. De hecho, por más de 100 años la tasa arancelaria para importar productos manufacturados fue uno de los más altos del mundo. Este “apoyo”, junto a la de los altos costos de transporte en esos tiempos, dotó a la economía norteamericana de una protección que hizo posible su desarrollo industrial para alcanzar a ser una potencia sin contrapeso mundial. Recién una vez asentado su dominio, después de 1945, una vez finalizada la segunda guerra mundial, USA decide liberalizar su comercio y a transformarse en el nuevo campeón del libre comercio.

La irrupción de los japoneses, de los tigres del sudeste asiático y del gigante chino, todos apoyados por fuertes estados protectores de una base industrial sólida, a punta de aranceles, de espionajes industriales, de envío de sus estudiantes a las mejores universidades del mundo, otorgando incentivos para que industrias extranjeras se instalen en sus suelos afectó la competitividad de la industria norteamericana. Y para resolverlo ¿Qué hace USA? Elige a Trump! Y qué hace Trump? ¿Profundiza el librecomercio? Muy por el contrario, lo rigidiza, lo bloquea, buscando el retorno de sus empresas instaladas en el extranjero.

Así es como nos encontramos hoy con la paradoja de que el país campeón de la libertad, de la competencia, aboga por el intervencionismo estatal, en tanto que China, bajo la dirección del partido comunista chino, se convierte en el representante del libre comercio. El mundo al revés.

 
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