abril 16, 2015

La danza de los millones

A lo largo de estos meses, diariamente hemos tenido sorpresas que nos tienen con la boca abierta. Ni que estuviésemos en Macondo, ni que se tratara de una teleserie cuyos creativos postergan el final inventando cualquier cosa para mantener la tensión. En este caso se trata de una teleserie cuyos protagonistas estelares son peces gordos y uno que otro no gordo, pero que es quien suele pagar los platos rotos. Peces gordos empresariales y políticos.

Una teleserie donde se mueven millones de lado a lado, mientras que la chusma, a la que se le va la vida pateando piedras, solo atina a contamplar impávida estos movimientos. La población está paralogizada al descubrir que en una pasada hay conspicuos personajes que se embolsan millones como si nada, sin arrugarse siquiera. Son operadores, hijos, primos, tíos, nueras o yernos de. Los mismos de siempre. La mayoría emparentados de alguna manera, operando en las sombras por décadas.

Los que reclaman, o ponen el grito en el cielo, los más porque quizás no los han invitado al festín, y los menos porque habiendo sido invitados, se desistieron de participar. A estos últimos seguramente el Señor los tendrá en su regazo.

El tema es preocupante porque quienes deben dar el buen ejemplo, están dándonos el mal ejemplo. Se asume que el buen ejemplo lo deben dar los viejos a los jóvenes; los de la derecha a los de la izquierda; los profesionales egresados de universidades confesionales a los de las otras universidades. Por el contrario, dan el mal ejemplo.

Cuando partió la bolita? Mi hipótesis es que todo partió cuando al arrancar la transición democrática en los 90 se acordó no airear, o se hizo la vista gorda con las oscuras privatizaciones de las empresas del Estado a precio de huevo al poder civil que estaba tras la dictadura, los jóvenes de Chacarillas y quienes capturaron para sí el aparato estatal. Entre ellos destaca con luces propias, Ponce Lerou, el ex yernísimo. Allí nacen las grandes fortunas de quienes compran conciencias, financian campañas políticas y tienen a no pocos políticos golpeando sus puertas mendigando raspados de olla.

Dicen que fue una condición impuesta al primer gobierno democrático para que pudiese asumir o que pudiese gobernar sin que la derecha le moviera mayormente el piso. Mal que mal eran tiempos complejos, con Pinochet vivo y en la comandancia en jefe, con capacidad para boinazos y operaciones de enlace, para frenar investigaciones en torno a los pinocheques.

Lo concreto es que el país, la gente que la trabaja, que se endeuda para sobrevivir o para darse gustitos terrenales, está viendo que hay empresas con capacidad para pagar por trabajos reales o ficticios a cambio de boletas o facturas para descontar impuestos. Todo esto sin pestañear siquiera.

Vivimos tiempos de vergüenza. Es necesario restaurar la honestidad, la credibilidad, la confianza. Para ello se hace indispensable sacar toda la basura que hay bajo la alfombra. Y para ello se necesitan barrenderos, que no pueden ser los mismos que ensuciaron todo. Este es el gran acuerdo que se requiere. No otro.

1 comentario:

Víctor Ramió dijo...

Una óptica sobre la que escribiré próximamente: todos (casi) tratan de burlar la ley según sus posibilidades. Unos evadiendo impuestos y danzando millones como dices. Otros, los más humildes, subiéndose al Transantiago sin pagar o colgándose del alumbrado público o TV cable.
Un abrazo.

 
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