noviembre 07, 2014

La izquierda en busca de su destino

Ad portas de las elecciones presidenciales en Brasil y Uruguay, hice referencia al riesgo de que las coaliciones de sus gobernantes actuales fuesen derrotadas por coaliciones de centroderecha. Ello no ocurrió.

En Brasil, Dilma triunfó en la segunda vuelta a pesar del apoyo que el candidato de la centroderecha tuvo de la candidata que salió tercera en la primera vuelta, y que por momentos se había constituido en un fenómeno político. El pueblo brasileño volvió a darle la espalda a las ideas de la centroderecha.

En Uruguay, a diferencia de Brasil, lo que tuvo lugar fue la primera vuelta, la que confirmó lo que vaticinaban las encuestas: que habría segunda vuelta, y que ella sería entre Tabaré y Lacalle. Donde se equivocaron las encuestas fue en la distancia que los separarían, la que superó todo pronóstico. En efecto, ni sumando la votación de Lacalle y de Bordaberry, quien salió tercero, alcanzan la votación de Tabaré. Por la tanto, el favoritismo para la segunda vuelta está cargado a favor de Tabaré. Sin embargo, al igual que en el futbol, los partidos hay que jugarlos hasta el último minuto antes de cantar victoria.

La renovación generacional en la derecha, tanto en Brasil y Uruguay, por parte de sus candidatos, no les fue suficiente para ganar, en gran parte porque los candidatos eran hijos de expresidentes de derecha, al menos en Uruguay. Quien salió tercero fue Pedro Bordaberry, hijo de José María Bordaberry, quien se prestó para ser el brazo civil del golpe militar en años 70.

En ambos países, los triunfos obtenidos por la centroizquierda ocultan la ausencia de un relevo generacional y de una alternativa de sociedad que vaya más allá de administrar el modelo actual. En ese plano la derecha sigue en una posición expectante, tanto en Brasil como en Uruguay, y en muchos otros países, entre ellos Chile.

Se tiene claro que bajo el modelo socioeconómico, político y cultural dominante, los problemas que tenemos no se van a resolver, y que por el contrario, tienden a agudizarse. Esa misma claridad es la que parece que no se tiene a la hora de levantar un nuevo modelo y de cómo hacerlo, dadas las restricciones que la realidad impone.
Somos países que hemos tenido toda clase de vivencias, las que si bien no deben ser asumidas para inhibir nuestros sueños, sí deben servirnos para aprender, para extraer lecciones. Entre ellas, que no bastan los voluntarismos, que para cambios sustantivos se requieren mayorías claras, que no hay atajos, y que atizando los conflictos solo se lleva agua al molino de los más poderosos.

No queda otra que la búsqueda incansable de la colaboración, la integración, los acuerdos de cara a la gente, sin letras chicas, mirándonos a los ojos, teniendo siempre presente a los más débiles y teniendo presente que nuestros países lo tienen todo para darnos una buena vida a todos, sin excepción.

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