agosto 21, 2014

La política de los acuerdos

Uno de los debates más confusos que se ha dado últimamente tiene que ver con los acuerdos, los consensos y demases. Así como en un pasado no muy remoto se catalogaban a unos de autoflagelantes y a otros de autocomplacientes, a duros y blandos, de halcones y palomas. Pareciera consustancial a la naturaleza humana clasificarnos en alguna de estas categorías, omitiendo los grises, más que nada por razones prácticas, para facilitar los análisis. Incluso podríamos afirmar que muchas veces estas dos visiones conviven en nosotros cuando nos debatimos entre estas dos almas.

Los acuerdos con consustanciales a la democracia. La democracia no es para pasar aplanadoras ni retroexcavadoras, para eso están los totalitarismos, las dictaduras, donde se dicta, no se conversa, no se acuerda, no nos sentamos a conversar, a dialogar. Diálogo supone no solo plantear posturas, sino que también escuchar a los otros, debatir a corazón abierto, sin subterfugios, en igualdad de condiciones, sin imposiciones; supone estar dispuestos a ceder, a transar.

Esto que parece tan simple y lógico, sin embargo, en la práctica no es tan fácil de implementar cuando se tiene una realidad política, social, económica y cultural que no ha sido fruto de acuerdo alguno, marcada por hechos consumados. Más complejo se torna cuando quienes invocan el retorno a los acuerdos son quienes estuvieron detrás de quienes impusieron a sangre y fuego lo que tenemos. La realidad actual no es fruto de acuerdo alguno, por el contrario, nos fue impuesto en tiempos de terror.

No recuerdo momento alguno en que el modelito educacional que tenemos haya sido fruto de acuerdo alguno. Por ello no puedo dejar de arrugar la nariz cuando quienes hoy invocan con voz engolada los acuerdos, ayer no tuvieron asco en imponernos lo que tenemos, tanto en materia educacional, sanitaria, laboral, previsional, productiva. Y lo que tenemos, no es para enorgullecernos, por más que no faltan quienes dicen que vamos bien, que somos modelo a seguir. Vamos, hasta cuándo vamos a andar creyéndonos que somos modelo. Desde que tengo uso de razón que nos creemos un país modélico. Primero fue nuestra revolución en libertad, con Frei Montalva, y desparramamos por el mundo la buena nueva de hacer cambios sin conculcar las libertades que nos son tan caras; luego tuvimos nuestro modelito de socialismo en democracia, con Allende, con sabor a empanadas y vino tinto; después, la dictadura del innombrable, modelito de desapariciones y torturas sin dejar rastros que sus adláteres se atrevían a catalogar de presuntas, todo con la venia de los rastreros medios de comunicación autorizados en esos tiempos. A continuación, nuestra modélica transición de la que nos ufanamos hasta no hace mucho, donde para no revolver el gallinero llegábamos a acuerdos a como diera lugar, incluso con las manitos alzadas.

La amenaza implícita a lo largo de estas décadas, es que sin acuerdo, la cosa seguía igual como nos había sido impuesta en los tiempos donde los acuerdos no corrían. Todo esto al amparo de un sistema político marcado por el empate, el uno a uno y los quórums calificados cuando osáramos querer tocar algo más o menos sustantivo del modelito. Y por último, si todos estos filtros son sobrepasados, está el tribunal constitucional para fallar la inconstitucionalidad de los cambios que se pregonan. Y si el tribunal constitucional no es suficiente, entonces recuperemos la política de los acuerdos, porque mal que mal, todos somos hijos de un mismo Dios Padre.

Por eso, si me preguntan si soy partidario de los acuerdos, mi respuesta es sí, pero junto con ello, también quiero decir con todas sus letras, que no me gusta que me tomen el pelo. No me gusta eso de que quienes invocan los acuerdos son los mismos que nos pusieron la bota encima sin que a la fecha muestren signos de arrepentimiento.

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